Portada del relato Sombras bajo el Claro
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Fragmento:


La niebla no era común en esa época del año, pero esa noche se descolgaba del lago como una cortina pringosa, colándose entre los árboles y lamiendo los sacos de dormir. Incluso alguien como Eloísa, nacida y criada en el rumor de los álamos, apretó el calor de la linterna contra su pecho antes de ir a buscar leña seca.

Duración: 08:45

Sombras bajo el Claro
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Texto de ajuste de pausa.

La niebla no era común en esa época del año, pero esa noche se descolgaba del lago como una cortina pringosa, colándose entre los árboles y lamiendo los sacos de dormir. Incluso alguien como Eloísa, nacida y criada en el rumor de los álamos, apretó el calor de la linterna contra su pecho antes de ir a buscar leña seca.

El campamento había comenzado como una promesa rota. Cuatro amigos –Eloísa, Franco, Tomás y Rocío– escapando un fin de semana de la ciudad, buscando una naturaleza que la mayoría solo conocía por fotos y romances literarios. Nadie admitió por qué eligieron ese lago gris, hundido en la curva olvidada de las montañas, pero todos lo sintieron al llegar: el aire húmedo como un trapo, los juncos con raíces oscuras, la extraña ausencia de ranas y pájaros.

Y ahora la niebla los había encerrado. Franco y Tomás luchaban con la leña húmeda, y Rocío sacaba de la mochila una garra de vodka que olía a arrepentimiento. Eloísa, farol en mano, se alejaba un poco más allá de la zona iluminada… y el brillo lúgubre del lago llamándola cada vez más fuerte.

No era agua como la de otros lagos. Era espesa, casi negra, moteada de burbujas que subían lentamente, sin reventar nunca en la superficie. Se decía que nadie nadaba allí porque el fondo no tenía fin. A Eloísa le parecía que tampoco tenía principio, solo una liquidez desconocida bajo el tictac de los insectos muertos.

El primer grito vino de Rocío, o más bien un chillido ahogado. Eloísa giró y vio a su amiga mirando al bosque, los ojos redondos como monedas. Había algo moviéndose en los juncos; no muy grande, pero definitivamente real: tal vez un mapache, pensó Eloísa, aunque nadie había visto animales allí en todo el día.

Cuando Franco y Tomás se rieron, la tensión se redujo; todos sabían qué hacer con la incomodidad: bromas crueles y más tragos. Pero el animal volvió a aparecer, esta vez al borde mismo del lago.

Eloísa enfocó su linterna y el haz titilante rozó algo pálido y redondeado, demasiado liso para ser pelaje, demasiado húmedo para ser piedra. Otro chapoteo. La criatura se sumergió y el agua la cerró como una almohada morada. No era grande, pero se movía con una intención que no era de pez ni mamífero.

Alguien tiró una rama al lago. Nada. Pero poco después, mientras conversaban, esa cosa reapareció, y esta vez Eloísa vio un ojo. Amarillo. No un ojo normal, sino uno largo, rasgado en vertical, con una pupila que se ajustó a la luz de la linterna y titiló, analizando.

Esa noche nadie dormía bien. Eloísa soñó con respiraciones bajo su almohada y Rocío con susurros arrastrándose por la lona de la tienda. Al alba, lo que quedaba del fuego era un círculo de brasas impregnado del olor agrio del lago.

Franco fue el primero en levantarse y decidió lavar la cafetera en la orilla. Sus pies hundieron la grava y, con cada paso, la niebla parecía moverse para envolverlo. Después, un chapoteo brutal; la taza cayó, rodó y fue succionada. Se oyó otra vez el grito, más abierto y desesperado.

El agua parecía mansa, pero Franco ya no estaba en la orilla. Solo su taza seguía girando en círculos hacia el centro, como en la boca de un animal de mandíbula gigantesca, y su grito seguía en el aire cuando Eloísa y Tomás corrieron hacia él.

No era posible. El lago no tenía corriente fuerte ni remolinos. Aun así, Franco desapareció bajo la superficie y ni siquiera las burbujas quedaron para marcar el hundimiento. El frío que dejó fue tan físico como el de la niebla.

Después de los primeros minutos de histeria, de gritar el nombre de Franco y buscarlo a ciegas entre el agua y los juncos, Tomás se acercó a Eloísa. “No es natural”, fue todo lo que pudo decir, con las mejillas pálidas. Según él, algo lo había jalado, una fuerza que le arrancó el equilibrio sin ninguna lógica física.

Entonces Rocío señaló la tienda replegada. “¡Miren!” El nylon estaba roído, como si hubieran pasado una lija o una lengua áspera y babosa. ¿Un animal conocido haría eso? El miedo se colaba ya como moho entre ellos, oscureciendo incluso la luz creciente de la mañana.

“No vamos a quedarnos”, dijo Tomás. Sacaron los celulares: sin señal. Caminaron medio kilómetro entre la bruma para hallar el coche, pero la niebla distorsionaba la dirección, y pronto volvieron –sin notarlo al principio– al mismo círculo de tiendas, ahora aún más húmedo, más opresivo.

Esa tarde, el lago devoró un zapato de Rocío. Su pie resbaló en la franja de lodo y algo goteó, frío y ganchudo, rodeando su tobillo. Eloísa se arrojó a sacarla: una fuerza cortante y flexible tiraba del zapato hacia el agua. Cuando por fin soltaron a Rocío, quedó una línea de punzadas, como mini mordeduras semicirculares sobre la piel.

“Un pez… gigante”, gimió Rocío. Nadie la creyó. La marca era demasiado regular, demasiado… inteligente.

Caía la tarde y Tomás insistía en abandonar todo y subir la cuesta a pie, aunque debieran dormir en el bosque más allá de la niebla. Mientras tenseaban mochilas y abrían bolsas de frutos secos, Eloísa volvió la vista al lago.

La niebla se abría en ciertas zonas, como si respirara. Y allí, asomando apenas de los juncos, se veía el lomo plateado, reluciente y tumefacto, de algo que respiraba apenas bajo la superficie. El ojo asomó otra vez, mirándola directamente. Eloísa notó entonces que el animal –criatura, aberración, lo que fuera– la había elegido como presa u observadora. No supo cuál de las dos cosas resultaba peor.

Decidieron partir hacia el bosque. Andaban enfrentados, sin mirar atrás. A la media hora, un crujido entre el follaje volvió a poner los nervios de punta. Rocío comenzó a balbucear algo sobre manchas oscuras en las hojas, una humedad gelatinosa en el camino, y Tomás insistió en que era rocío de la madrugada, pero nadie le creyó del todo.

En algún momento se dieron cuenta de que no avanzaban: el bosque se hacía más espeso, la oscuridad más intensa. La niebla se volvía –ahora– más densa y rechoncha, lamiendo los tobillos con la frialdad de un animal muerto. Todo el ambiente olía a pescado podrido y a profundidad.

El sol ya no pasaba por las ramas. Rocío empezó a llorar bajito. Cuando Tomás desapareció fue como un trueno seco. Un solo grito, corto, y después el silencio. Corrieron, gritaron, y solo hallaron el suelo removido, algunas marcas de baba plateada y una suma de silencio que no era de este mundo.

Eloísa no recordaba cuánto tiempo caminaron después. Ni cuándo dejó de ver a Rocío, que solo emitía hipidos bajos, cada vez más lejanos. La niebla tenía ahora sonidos propios, como risitas apagadas o susurros de ramas que nunca se movían.

En algún punto sucedió: rodó y notó que había salido nuevamente al lago, al mismo claro primigenio. Ahora era de noche otra vez, o quizás siempre fue de noche desde que llegaron. El agua estaba más cercana, más plateada, y la criatura la saludó ―o la reclamó― con un susurro de burbujas. Vio, bajo el agua, formas llenas de pliegues y ventosas, bocas redondas y dientes alineados en múltiples círculos. Ojos, todos esos ojos quebrados, mirándola a través de la superficie.

La bestia emergió apenas, como el recuerdo de un monstruo antiguo, un instinto prehistórico que no conoce la piedad ni la humanidad. Alrededor, Eloísa adivinó los cuerpos de sus amigos, arrastrados bajo sin dejar marca más que algunas burbujas persistentemente truncas.

“Sabes cómo encontrarme ahora”, dijo una voz ―o la mente de Eloísa la inventó, no lo supo jamás. Comprendió que la criatura no cazaba por hambre, sino por compañía, por llenar la oscuridad interminable del lago con mentes y huesos nuevos, huyendo eternamente del vacío.

En su última decisión consciente, Eloísa se lanzó al lago. El descenso fue suave, como entrar en una cama cálida. Los tentáculos la rodearon con delicadeza absoluta, y la última imagen que tuvo fue el ojo enorme, escudriñándola, adoptándola.

Días después, unos pescadores que evitaban esa orilla ―demasiado enferma el agua ahí― hallaron una tienda roída, un zapato arrancado y marcas redondas en el barro como el beso de un calamar gigantesco. Juraron que un ojo, tan grande como una linterna, los observó un momento antes de que la niebla volviera a cubrirlo todo.

Después, no regresaron, y el lago permanece igual, eternamente a la espera bajo la niebla y los árboles, devorando a quien se acerca, en silencio y con la paciencia infinita de las criaturas abisales.

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