Fragmento:
El suelo de cemento estaba frío bajo mis botas baratas, y la única luz en aquel pasillo venía del ventanuco alto, cubierto de rejas, allá al fondo. Olía a comida agria y a orín viejo. Me limpié las manos sudorosas en el pantalón antes de agarrar la manija de la puerta. Era mi primer trabajo y no podía cagarla; la agencia había sido clara: “Haz lo que te digan, sonríe, y no preguntes.” Fácil para una entrevista. Quizá menos fácil cuando la agencia era la única en la ciudad que no preguntaba por los antecedentes penales.
Duración: 10:10
El suelo de cemento estaba frío bajo mis botas baratas, y la única luz en aquel pasillo venía del ventanuco alto, cubierto de rejas, allá al fondo. Olía a comida agria y a orín viejo. Me limpié las manos sudorosas en el pantalón antes de agarrar la manija de la puerta. Era mi primer trabajo y no podía cagarla; la agencia había sido clara: “Haz lo que te digan, sonríe, y no preguntes.” Fácil para una entrevista. Quizá menos fácil cuando la agencia era la única en la ciudad que no preguntaba por los antecedentes penales.
Era la noche del miércoles y la jauría estaba inquieta. El jefe, un tipo bajito con un tic en la ceja derecha y un abrigo de cuero que olía a sangre seca, me miró de arriba abajo como quien revisa la mercancía. “Eres el sustituto de Leo”, dijo, refiriéndose al imbécil que, según rumores, perdió un dedo y la cabeza con una de las bestias la semana pasada. “Ellos sienten el nerviosismo. No seas imbécil. Mantente afuera de las jaulas. Solo mira y aprende. Mañana será tu turno.”
Miré las jaulas. Había cinco. Todas de metal reforzado, el acero de las puertas raspado y mellado, como si alguien con cuchillos para dedos hubiera intentado salir. En la más grande yacía un bulto de pelo, moviéndose con un ritmo antinatural. Alguien silbó y una sombra se alzó, mostrando ojos afilados que me siguieron hasta que dejé de mirarlos. El jefe me entregó un paquete de carne en una caja metálica. “Solo cuando yo diga. Sin errores. No te asomes.” Noté que todos los trabajadores evitaban el contacto ocular con las jaulas. Se hablaba poco. Pasaban corta carne, rellenaban cubetas de agua, y evitaban mirar algo que yo aún no había entendido.
La carne tenía un olor agrio, casi dulce. La empujé con paleta hacia la trampilla de la jaula. Las risas de los hombres—dos tipos gordos y una mujer que llevaba más tiempo aquí que la edad de mis botas—me dijeron que esperaban a que cometiera un error, algún movimiento rápido, un descuido. Fue entonces cuando, entre las rejas, un hocico húmedo se asomó. No era de perro, ni de lobo. Tenía colmillos torcidos y una lengua bífida que lamió el aire. Se escuchó el chasquido de una espiral dental al reventar contra la bandeja metálica.
“Son caras nuevas”, musitó la mujer, Lucía, sin dejar de pelar una zanahoria para alimentar a los conejos—los ‘aperitivos’, decían. “Siempre se fascinan el primer día.” Me pregunté a cuántos sustitutos había visto, y cuántos habían quedado fuera del turno de mañana.
El jefe encendió un cigarrillo y con el dorso de la mano me hizo señas de apartarme. “Nunca mires directo a los ojos. Sienten la flaqueza”. ¿Animales? Había algo más en esa orden. Quizá no del todo animales.
Pasó una hora en silencio, música de fondo de desgarros y chillidos amortiguados. Me pregunté si era sólo el miedo lo que veía reflejado en las pupilas negras de aquellas cosas, o si realmente pensaban. De pronto, una alarma sonó. Bajo el pitido metálico, los animales empezaron a moverse, a girar y gruñir. El jefe maldijo, se lanzó a la consola y golpeó el botón rojo. “Alguien se saltó la alimentación”, gruñó. Me lanzaron una barra de acero: “Ven”.
Desde la jaula tres, la criatura forcejeaba. Era del tamaño de un lobo, pero más flaca y el doble de rápida. Tenía orejas largas, piel grisácea como cuero quemado, y dientes en fila doble. Vi a Lucía sacar un taser. “Se dan cuenta de cuándo faltó comida”, me susurró. “Recuerdan olores, turnos… malos hábitos.”
“Abre la trampilla, tú”, me espetó el jefe.
Tragué saliva, forcé la trampilla, y arrojé la carne. El animal se abalanzó tan rápido que mi mano casi se atascó. Olía a podredumbre; sus bocados, la piel de mis nudillos muy cerca de ser parte del menú. Sentí que algo más grave que el dolor rasguñaba mi conciencia: una inteligencia insidiosa, una evaluación. “Son bestias pero aprenden”, dijo uno de los gordos. “Probando límites, probando barrotes.”
Esa noche soñé con fauces apretando mi muñeca, oyendo risas y chillidos. Desperté temblando antes de que pudiera gritar. Alcé la cortina y vi la luna. En mi pecho vibraba ese viejo miedo de la infancia, el que tienes cuando te cuentan que hay algo bajo la cama y decides no mirar.
La mañana llegó con el sonido de la lluvia contra las chapas del techo. El jefe me esperaba afuera de la puerta, la chaqueta aún manchada de sangre. “Tu turno”, dijo. Hoy me tocaba limpiar la jaula cinco.
El olor era indescriptible. Cierro los ojos y juro que aún lo huelo a veces, un aroma a barro, sudor rancio y algo peor, como monedas oxidadas y carne vieja. Adentro, los rayones sobre el metal dibujaban caprichosas formas. Me entregaron un cubo, un cepillo de cerdas duras y una máscara de plástico. “Entra, pero no cierres la puerta, sólo deja el pestillo en la primera muesca. Si escuchas a la cosa moverse, sal sin mirar atrás”, instruyó Lucía. “Ellos eligen.”
Entré, tragándome el miedo. Bajo un montón de paja, la criatura observaba. Sólo sus ojos, dorados y quietos. Pasé el cepillo por el suelo, recogiendo la suciedad y barro, y mientras lo hacía, esos ojos no parpadeaban. No vi ningún movimiento, pero el aire se volvió más frío. Había una capa de raspaduras nuevas en la puerta. Tal vez eran palabras, pensé en ese momento, letras torcidas de un idioma antiguo.
Fue entonces cuando la criatura se levantó a medias, solo para observarme. No hizo otro movimiento, pero sus ojos claros parecían bailar alrededor del cubículo, evaluando, sopesando posibilidades. Comprendí que no era la jaula la que me protegía de él, sino su momentánea falta de deseo. Salí sin mirar atrás tan pronto terminé, y sentí su aliento frío subir por mis tobillos desnudos, fingiendo ignorarlo como quien ignora que la muerte repta bajo una mesa cuando apaga la luz.
El jefe me entregó mi paga en sobre marrón. “Una semana y podrías conseguir algo mejor, si no mueres antes”, me dijo. Quise preguntarle si hablaba en serio, pero su ceja temblorosa ya miraba hacia otra cosa, y yo no quería sentirme más novato de lo que era.
Esa noche la lluvia no paró. Truenos quebraban la calma y, en casa, intenté no imaginar lo que pasaría si alguna de esas cosas saliera. Pensé en Leo, en su dedo perdido, en su cabeza, y en lo rápido que el puesto se había vuelto vacante.
El tercer día, uno de los animales enfermó. El jefe me llevó a la pequeña farmacia del recinto. “Necesita antibiótico. Tú, entra y ponlo en un filete. Ellos saben cuando metemos química en su comida, así que disimula”. Entré, filete en mano, blíster roto, fragmentos de pastilla metidos bajo la carne jugosa. La criatura —gris, más esquelética que el resto— olió la comida, titubeó. Luego, sus fauces atraparon el filete y entre el chisporroteo de dientes, me juró con la mirada que la próxima vez sabría antes. “¿Ves? Aprenden”, repitió el jefe. Me obsesionaba esa frase. Me pregunté cuántas veces habían aprendido antes, cuántas veces al año buscaban una grieta, una distracción, una puerta mal cerrada.
Esa noche, un chillido me despertó. Era distinto: más humano, menos animal. No salía de las jaulas, sino del exterior. Miré por la ventana y vi una sombra moverse por el patio trasero. Cerré las cortinas, temblando. Me senté en la cama abrazando las rodillas y escuché la lluvia y los pasos que creí escuchar bajo la ventana. Esa fue la primera vez que pensé en renunciar.
En la penumbra de la caseta, al día siguiente, los obreros reunidos no querían hablar. El jefe fruncía el ceño mientras revisaba la lista de trabajadores; faltaba uno de los gordos. Un charco de sangre cubría una esquina, y las cámaras habían fallado justo esa noche. “Son listas”, masculló Lucía, pálida. “Escogen el momento. Escogen a quién comer.”
No hubo funeral. Sólo una bolsa negra, gritos contenidos y la promesa de que la agencia se encargaría. Nadie mencionó a la policía. Nadie preguntó por el gordo. El silencio en las jaulas era más grave, más denso. Y cuando miré, las criaturas me devolvieron una mirada distinta: triunfo, complicidad, o quizá reconocimiento. Odié sentirlo, odié descubrir cuánto de humano había en esos ojos y cuán monstruosos podían ser algunos humanos comparados con aquellas bestias atrapadas.
La semana pasó despacio, cada noche con un nuevo rumor. El jefe dormía con una escopeta cortada a su lado. Lucía se persignaba antes de alimentar a las jaulas. Nadie preguntaba por turnos dobles ni por los reemplazos. Y en la jaula cinco, sobre la suciedad que había limpiado, aparecieron nuevas marcas: esta vez, más claras, como dibujos de caras, de manos que se abrían y cerraban y figuras humanas caminando desde una jaula abierta hacia una puerta vacía.
Hoy es mi séptima noche. El jefe está ausente. Lucía tiembla, y los pasillos huelen diferente, como si la humedad arrastrara algo del bosque distante, como si hubiera una grieta en la seguridad. Desde mi rincón, siento los ojos tras las rejas que ya no me miran con hambre sino con algo más peligroso: paciencia.
Me pregunté, mientras miro la luz roja de la alarma, cuándo llegará el siguiente sustituto y si aprendería más rápido. Y sé —como únicamente lo sabe el primer trabajador que sobrevive a la primera semana—, que los barrotes sólo retrasan lo inevitable, que la puerta de salida casi nunca está donde uno espera, y que algún día, una de esas bestias no solo recordará mi olor, sino también mi nombre.
Retumbo de garras, silbido de muerte tras la puerta. Afuera, la noche grita. Y mi vida pende de una voluntad animal, agazapada, esperando que mi pulso, o mi cuidado, falle una sola vez. Una vez basta. Siempre basta una vez.
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