Fragmento:
Empujé la puerta, que cedió tras un lamento de madera vieja. El haz de la linterna resbaló por el suelo embaldosado y donde esperaba encontrar jaulas vacías y sacos de pienso apilados, percibí algo más: barrotes corroídos, pelo esparcido en madejas mugrientas, charcos oscuros sólo reconocibles por el hedor dulzón —innegablemente ferroso— que los rodeaba. Y en el centro del sótano, la más grotesca de las escenas: sobre una mesa baja y robusta, cajas de madera abiertas, todas forradas en su interior con periódico viejo, salpicado de manchas oscuras y, en una de ellas, huesos; demasiados y demasiado pequeños.
Duración: 10:26
El olor del moho flotaba como una bruma densa en los corredores bajos de la casa. Mi padre solía decir que los olores son recuerdos esperando su momento para clavarse en el pecho; ahora, mientras descendía los peldaños carcomidos hacia el sótano, pensaba si alguna vez olvidaría el aliento fétido de aquel lugar, o si, como tantas otras cosas, acabaría por incrustarse en los rincones de mi memoria.
Me llamo Gaspar y he regresado a la casa de mi infancia tras la muerte de mi padre. Por fuera, el caserón parece dormido bajo una pátina de polvo, pero por dentro algo acecha, algo que nunca ha dejado de respirar. Los vecinos me esquivan como si llevara la peste, y la sola mención del apellido Belasco hace temblar a las ancianas mientras se persignan. Son supersticiones, me digo, y a fuerza de repetirlo, casi consigo creérmelo.
Aquella noche llovía con rabia, y la electricidad era una promesa quebrada en el aire. Sólo disponía del titilar obsesivo de mi linterna, que parecía un insecto herido. Había regresado para cerrar cuentas con mi pasado y, aunque nadie lo había dicho en voz alta, también para descubrir por qué mi padre había sellado el sótano durante sus últimos años. La puerta, reforzada con tablones y clavos, parecía más una barrera contra el infierno que una precaución doméstica.
Las razones llegaron a mí en fragmentos, como la luz que lograba filtrarse entre los tablones de la puerta: sueños donde aullidos distantes rasgaban el aire, recuerdos de ratas corriendo por debajo de la cama, miradas resignadas en los ojos de los perros del pueblo cuando mi padre se cruzaba con ellos, llevando siempre un olor extraño en la ropa.
Pero nada de esto me preparó para lo que hallé.
Empujé la puerta, que cedió tras un lamento de madera vieja. El haz de la linterna resbaló por el suelo embaldosado y donde esperaba encontrar jaulas vacías y sacos de pienso apilados, percibí algo más: barrotes corroídos, pelo esparcido en madejas mugrientas, charcos oscuros sólo reconocibles por el hedor dulzón —innegablemente ferroso— que los rodeaba. Y en el centro del sótano, la más grotesca de las escenas: sobre una mesa baja y robusta, cajas de madera abiertas, todas forradas en su interior con periódico viejo, salpicado de manchas oscuras y, en una de ellas, huesos; demasiados y demasiado pequeños.
No alcancé a encender la lámpara portátil que traía, pues el crujido a mi espalda me ancló en el suelo. Mi linterna tembló mientras giraba.
En el espacio entre la penumbra y el resplandor, distinguí los ojos. Docenas de ellos. Amarillos, rojizos, brillando como faroles maliciosos entre las jaulas y las sombras.
Recordé entonces las palabras de mi padre, cierta madrugada, cuando niño y enfermo de fiebres, me mecían en sus brazos: “Nunca bajes al sótano, hijo. Los animales recuerdan mejor que los hombres. Y algunos esperan siglos.”
Hecha esa advertencia y habiendo muerto mi padre, los recuerdos de mi infancia retornaron, primero como punzadas de vergüenza y luego con la claridad de quien se ha liberado de una atadura. Recuerdo los aullidos de perros animalescos tras la medianoche, el rumor de jaulas transportadas a escondidas, el cuchicheo de las mujeres a las que mi madre les compraba huevos y gallinas, preguntando si nuestro sótano “seguía alimentando a los Oscuros”.
Padre. Esa figura: alto, duro como un farallón, portador de una tristeza retráctil, de aquellas que solo se despliegan en la intimidad de las sombras. Nunca soportó que me acercara a los animales, ni los aceptaba en casa. Me decía que la oscuridad “anida en el lomo del furioso”. Y no era una metáfora.
En el fondo de las jaulas, ocultas por la herrumbre y los excrementos petrificados, vislumbré colas gruesas, pieles escamosas, cuerpos deformes por el hambre o la locura. Primero pensé en ratas gigantes, esas alimañas que pueden crecer en los márgenes de la civilización. Pero los sonidos de su respiración, bronca y rítmica, eran distintos, como una letanía de odio incubado durante demasiados inviernos.
Tuve la tentación de retroceder, pero mi mano ya tiraba de la cadena de la luz, confiando en que tal vez el sótano volviera a cernirse sobre sus secretos. Pero un chasquido eléctrico y la lámpara se encendió. Por un instante, todo se reveló.
Frente a mí, tras barrotes torcidos y oxidados, yacía un animal cuya anatomía escapaba a todo lo conocido: un cuerpo rugoso, cerdoso y a la vez anfibio, patas como brazos humanos—musculosas y torcidas—, una cabeza de dientes superpuestos y lenguas trenzadas. Y una docena de crías nauseabundas, diminutas pero iguales, se aferraban al cuerpo principal y entre sí, emitiendo chillidos.
Huí escaleras arriba, pero algo—una garra, una lengua viscosa o la simple conciencia de saber que esos ojos me buscaban—me mantuvo anclado. Entonces escuché, por encima de todo ruido, una voz: “No temas, Gaspar. Eres sangre de mi sangre.” Era la voz de mi padre, gutural y lejana, como si saliera de la boca de aquel monstruo. “Alguien debe quedarse. Alguien debe enseñarlas.”
El hedor y el pánico me hicieron perder el sentido de la dirección y, cuando caí de rodillas, un golpe seco quebró la linterna. La oscuridad fue inmediata, total, y entonces comenzaron a deslizarse fuera de las jaulas. Oí el roce sobre el suelo, el repiqueteo de uñas en la piedra. Una, grande como un perro, se acercó, olfateándome. Sentí su calor y el peso de su aliento.
Pensé en la infancia robada a la fuerza: en los ratones muertos que encontraba cada mañana, en la colección de huesecillos que una vez descubrí en el cajón prohibido del despacho de mi padre, en las noches en que mi madre lloraba y no podía explicar la razón.
De repente, una luz otomana surgió del rincón opuesto. Era una lámpara de petróleo, vieja y negruzca, que, misteriosamente, se había encendido. Junto a ella, la silueta de mi padre. Tal como lo recuerdo en los últimos años, solo que distorsionado por la penumbra, como si fuera un cuadro dado la vuelta: los ojos demasiado hundidos, los labios tirantes en una sonrisa que no era suya.
Habló: “No comprendes, hijo. Esto va más allá de nosotros. Nuestra familia es custodia. Desde tiempos que nadie recuerda, los Oscuros buscaban un arte: la cría de lo innombrable. Los animales que el hombre rechazó se refugiaron aquí... y alguien debe observar, alimentar y enseñarles a quedarse quietos debajo del mundo.”
Su voz no era humana, tampoco completamente animal. Era un rumor grabado en la tierra.
Las criaturas giraron todas la cabeza hacia él. Su silencio fue absoluto, reverencial.
“Se alimentan de sangre, sí. Pero sobre todo, se alimentan del recuerdo”, continuó. “Cada vez que olvidamos, cada vez que dejamos de vigilar… crecen. Salen. Buscan. Yo debí encerrarlas con mi vida, y fallé. Ahora el deber es tuyo.”
La furia me levantó aunque el miedo me atenazara el corazón, y avancé hacia él. “No quiero tu herencia, ni tu sótano repugnante, ni tus jaulas ni tus bestias. No quiero nada de ti salvo olvido.” Tomé una piedra del suelo, dispuesto a estrellarla contra la lámpara para sumirlo a él y a sus criaturas en otra oscuridad.
Pero alzó una mano, y las criaturas, todas a una, se tensaron, listas para saltar.
“Solo uno debe quedarse. Uno que recuerde. Si rompes el círculo, ellas subirán.” Depositó la lámpara en el suelo, dejando que la luz danzara sobre el mundo de las tinieblas y sus moradores. “Elige, Gaspar: la memoria o la fuga.”
Todo mi cuerpo tembló. La sangre palpitaba demasiado fuerte en las sienes. En ese instante, noté cómo las sombras se prolongaban, se espesaban, formando figuras que me rodeaban en espiral; fragmentos de otros guardianes, otras familias, cada uno con su propio sótano, su propio legado corrupto.
Mi padre no era único. Sólo era, quizá, el último de una estirpe condenada.
Las criaturas comenzaron a subir los escalones, una tras otra, meneando colas y hocicos, saboreando el aire, marcando el paso de una procesión antigua. Yo, inhabitado por la locura de los que han visto demasiado, comprendí: no había elección. Aquello que acechaba debajo siempre encuentra una puerta para regresar a la superficie.
Agarré la lámpara de petróleo. Con manos temblorosas, acerqué la llama a uno de los montones de pelo seco, esperando que el fuego fuera el exorcismo final. Las llamas tardaron en prender, pero cuando lo hicieron, el crepitar arrastró con él todos los chillidos, los aullidos y el olor del horror incubado durante generaciones.
Mi padre avanzó hacia mí, atravesando las llamas. Su rostro se distorsionó, perdiendo toda humanidad. “Has elegido, hijo. Ellas siempre regresan. Nadie olvida el miedo”.
Dejé caer la lámpara y me lancé escaleras arriba, ciego, golpeando hombros, rodillas, el pecho contra las paredes. Atrás, el fuego rugía, el aire se llenaba del perfume de la carne ardiendo y el eco de los gritos animal-humanos.
Emergí al vestíbulo bajo la lluvia. Afuera, la tormenta había amainado, pero algo seguía latiendo en los cimientos de la casa, como el tamborileo de las uñas sobre piedra. La puerta del sótano, carbonizada y ennegrecida, seguía apenas cerrando el paso a todo lo que deseaba salir.
Me quedé allí, respirando en la penumbra, sabiendo que la elección no existiría jamás. Los Oscuros eran voraces, pero aquello que nos devora de verdad es el secreto, la herencia, el agujero negro que ningún fuego acaba de consumir.
***
He vendido la casa, me he mudado lejos de aquel pueblo de lenguas torcidas y miradas huidizas. Sin embargo, por las noches todavía escucho aullidos en sueños, y a veces despierto arañando las sábanas con uñas que no reconozco como mías.
Cuando llueve, la tierra humea y a veces me parece oler de nuevo a sótano, a pelo quemado, a sangre añeja. Me repito que esto sólo forma parte del miedo heredado, pero sé que, en algún lugar bajo esta tierra, alguna de esas criaturas acecha, esperando el momento de ascender de nuevo. Y me convenzo, entre el insomnio y las sombras, de que nadie olvida el miedo.
No del todo.
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