Fragmento:
Se inclina, vencido por la necesidad irracional de ver, y es ahí donde la presencia se aplasta contra el vidrio: una cara, sí, pero imposible, oculta bajo parches de piel enmarañada, y con ojos demasiados humanos, demasiado grandes, que se abren y cierran como bocas invertebradas. De su lomo sobresalen, inmóviles, apéndices filamentosos cubiertos de una baba grisácea. Un parpadeo tenue y la cosa se lanza violentamente contra el cristal, haciendo vibrar la pecera. Kazuo retrocede, casi tropieza.
El sonido era, al principio, solo un rumor distante más allá de los cristales. Un roce, suave y metódico, de algo vivo contra el vidrio, rasgando las horas de la madrugada en un laboratorio abandonado donde nadie tenía derecho a escuchar nada. Y sin embargo, Kazuo, el encargado nocturno de limpieza, allí estaba. Así lo dictaba la economía y su mala suerte: barrer, desinfectar, y cruzar, aunque no quisiera, la zona de experimentos.
El reflejo de las luces frías sobre las jaulas y peceras le daba al laboratorio una apariencia líquida, como si caminara en la profundidad de un mar muerto. No había ventanas, solo líneas de fluorescencia blanquecina y, muy lejos a lo largo del pasillo, la salida sellada con cerrojo magnético. Nunca lograba acostumbrarse a ese ambiente: ni a la ausencia total de sonidos humanos ni a la opresión de la presencia animal, invisible y constante, como unos pensamientos extraños colándose entre los suyos.
Esa noche, como cada noche, camina rígido, con el carrito de limpieza a rastras detrás de él, haciendo vibrar las botellas de desinfectante vacías. Sabe a qué debe temer, pero no quiere saber qué le observa realmente.
Los experimentos del sector biológico están sellados. El doctor Nakashima —una mujer de pequeña estatura y modales secos— siempre anotaba en un pizarrón pequeño y sucio que la limpieza apenas traspasara la puerta de entrada, jamás tocar las recámaras internas de las jaulas. Kazuo, ignorante en biología avanzada, nunca tuvo curiosidad de ver qué especies se escondían allí: le bastaba la leyenda urbana de los peces de lenguas negras, los roedores que devoran carne en minutos, las serpientes alteradas genéticamente para detectar miedo.
El roce de nuevo. Esta vez, claramente cerca de él, a su izquierda, detrás de uno de los grandes terrarios refrigerados. Un sonido viscoso, como si algo raspara dentro con uñas recién afiladas. Kazuo detiene el paso, un instante, maldiciendo en voz baja. Es solo un animal, se repite, algún espécimen que no duerme o que reacciona ante su vibración.
Pero el sonido no cesa. Hay urgencia en el movimiento, una repetición a un ritmo inquietante. Su corazón, antes adormilado en la monotonía del trabajo, comienza a patear al compás de esa llamada animalesca.
“He escuchado historias”, le había dicho el viejo portero meses atrás. “Si alguna vez ves niebla dentro de las cajas, no mires. Hay cosas ahí que si las ves directamente, te miran de vuelta”.
Eso, desde luego, es solo superstición, pero el miedo crece como una espuma oscura.
Avanza un paso más y el movimiento dentro del terrario se detiene, de golpe. Un silencio denso se asienta. Kazuo, tembloroso, apaga por un segundo la linterna de mano para comprobar si sus nervios están jugando una mala pasada. Pero ve algo que no espera: una sombra densa, encaramada en el interior del cristal, una especie de masa peluda, imposible de identificar, que palpita como si respirara a la inversa.
Se inclina, vencido por la necesidad irracional de ver, y es ahí donde la presencia se aplasta contra el vidrio: una cara, sí, pero imposible, oculta bajo parches de piel enmarañada, y con ojos demasiados humanos, demasiado grandes, que se abren y cierran como bocas invertebradas. De su lomo sobresalen, inmóviles, apéndices filamentosos cubiertos de una baba grisácea. Un parpadeo tenue y la cosa se lanza violentamente contra el cristal, haciendo vibrar la pecera. Kazuo retrocede, casi tropieza.
Y el pensamiento, casi infantil, lo golpea: los sueños del portero tenían razón. Eso no era un animal común.
Busca a tientas el interruptor mayor de las luces del pasillo. La luz extra, sin embargo, solo agita al ser: la bestia se arrastra laberínticamente por su terrario, golpeándolo con su masa deforme, intentando —¿imitar?— algún lenguaje escamoso. Unas patas cubiertas de excrecencias buscan con insistencia la rendija superior.
Kazuo, ya sudando, recuerda de pronto que la ficha del día anterior advertía sobre “limitaciones de sujeción” en algunos ejemplares. ¿Era ese uno de ellos? ¿Qué pasaría si, por accidente, durante una limpieza anterior, alguien no cerró bien el seguro superior?
Un nuevo golpe. Esta vez, la tapa del terrario vibra hasta soltar un leve chasquido. El encargado observa, horrorizado, cómo un pequeño orificio se abre en la tapa. De él sale una lengua rosada, desproporcionada, cubierta de ventosas diminutas. Gira hacia la luz, huele el aire. Kazuo da un salto hacia atrás, dejando caer el carrito de limpieza, y la botella de cloro rueda hasta frenar junto a una jaula de ratas blancas.
Un chillido agudo se lleva el aire. La lengua se retrae; la cosa se enrosca sobre sí misma, produciendo un chillido ronco y orgánico, como el rechinar de dientes de algún animal acuático. Kazuo sabe que debe huir, pero las piernas le tiemblan.
Piensa en llamar al vigilante del exterior, pero no lleva celular. Se obliga a buscar en su bolsillo la tarjeta de acceso. Si logra alcanzarla y correr hasta la salida... Pero el miedo lo paraliza, tan profundo como esa mirada ósea detrás del cristal y de la niebla interior.
Sin embargo, la mirilla muestra, de pronto, una escena distinta: la tapa se levanta bruscamente por completo, como un cepo suelto. Algo, ya sin resistencia, se arrastra fuera con la velocidad de una criatura desesperada: patas delgadas pero ágiles, un cuerpo que se dobla y estira con reflejos de viscosidad y pelos húmedos. En menos de dos segundos, gana terreno sobre la mesa y, sin mirar, Kazuo siente su sombra correrle por la pierna.
El terror lo empuja por fin a la acción. La tarjeta, la salida, la sangre golpeando timbales en sus oídos. Echa a correr, pero no en dirección a la salida: los nervios lo traicionan y toma, por puro instinto, el pasillo de las jaulas.
Ese error será su ruina.
Un aullido a su espalda: el ser, o lo que se arrastra en su lugar, cruza a un metro de distancia y parece multiplicarse, como si una serie de apéndices, al tocar el suelo, engendraran a sus propios dobletes diminutos. Pequeñas bolsas peludas, colmadas de huevecillos negros que explotan, liberando más criatura, más espanto. Kazuo cae de bruces y, al darse vuelta, descubre que el animal deformado ha logrado meterse ya en una jaula de ratas, la derriba en un estallido de barrotes.
Las ratas no chillan: entran en un extraño silencio mientras la lengua de ventosas se enrolla sobre ellas, levantándolas hacia la boca palpitante. Trozos de carne, de cola, de vida, desaparecen en segundos. El resto de la jaula, los que intentan huir, son alcanzados por las crías peludas emergidas de los huevecillos: muerden, desgarran. Lo que parecen simples bolas de pelo revelan entonces bocas circulares llenas de dientes, ojos como perlas y una hambre absoluta.
Kazuo, aturdido de horror, ve cómo una de ellas, más grande que las otras, lo observa. Se arquea, arrastrando la lengua de ventosas sobre las baldosas sucias y, en ese momento, el hombre comprende que no sobreviven solo de carne de rata. El grito se le ahoga en la garganta; la criatura está a centímetros de sus zapatos, babeando y olfateando.
Recuerda entonces los avisos de “no intervención sin protección”, de “riesgo biológico extremo”. Las historias del portero le parecen, a la luz de esa verdad monstruosa, infinitamente inofensivas. Trata de usar una escoba como lanza, pero la bestia la ignora, olisquea las piernas expuestas. Una bruma ácido se cierne en el ambiente, como si la atmósfera misma segregara miedo.
Kazuo logra, no sabe cómo, recuperar el equilibrio y correr hacia el sector opuesto del laboratorio. Huye, seguido de cerca por el rumor viscoso de cientos de patas, de lenguas húmedas. Busca refugio en la única sala cerrada: la de los reptiles mayores. Se encierra, apoyando el cuerpo contra la puerta, sintiendo cómo las criaturas golpean del otro lado. El sudor inunda su espalda.
En la penumbra, ve los tanques enormes donde flotan anacondas mutadas, cocodrilos con boquillas de metal sujetando fauces imposibles. Pero incluso esos espectros parecen menos temibles que el caos que acecha afuera. Se pregunta si el encierro fue buena decisión o si solo es una pausa antes del final.
Algo chirría bajo la rendija de la puerta. Un hilillo rosado, viscoso, intenta abrirse paso. Kazuo pone el pie encima, pero otro emerge inmediatamente. El miedo lo empuja a buscar entre los pocos objetos de la habitación una posible defensa. Encuentra un hacha de seguridad. Toma el hacha, alza el filo, dispuesto a destrozar la lengua si logra entrar.
Un cable lo rompe todo: las luces parpadean, la climatización falla y la temperatura sube rápidamente, liberando vahos peligrosos de los tanques. El agua, agitada, gotea de las peceras y los animales internos se revuelven, excitados. El laboratorio entero parece respirar, como si lo que ha escapado contaminara el aire y despertara deseos ocultos en las otras criaturas.
Cuerpos se arrastran entre los armarios; un roce húmedo sobre el metal de las mesas de operaciones. Las tarántulas, ratones y culebras del contenedor de emergencia comienzan a golpear las tapas, agitadas. Kazuo comprende que lo que ha escapado, la cosa de la lengua y pelo, desencadena un hambre colectiva, multiplica la rabia del encierro.
El vidrio de la puerta vibra. Las criaturas continúan golpeando, trepando y cayendo, gota a gota, dentro del cuarto. Un sonido líquido se filtra; la marea parece inevitable.
Kazuo, finalmente, recuesta el hacha contra la pared. Sabe que no puede salir ni salvarse. Solo aguarda. Recuerda a su hija, de la que nunca aprendió a despedirse, y siente una pena profunda, tan grande como el miedo.
El primer mordisco le llega en el tobillo. Algo le clava decenas de dientes diminutos y el dolor lo despierta, vívido, a la pesadilla física. Intenta sacudirse la cosa, pero otras se le prenden al muslo, a la mano, a la garganta. Son frías, húmedas, y en cada lengua que se le enrolla siente el vacío de las fauces, la asfixia del depredador ciego.
No hay gritos, solo un intenso golpeteo sobre carne, hueso y nervios. Lo último que oye, antes del fin, es el rumor de las jaulas abriéndose, una tras otra, como si en esa noche los animales, por una vez y para siempre, hubieran aprendido a reclamar su parte en la cadena.
Al día siguiente, cuando el personal de la mañana entra al laboratorio, encuentran solo bolsas vacías de desinfectante, unas huellas resbaladizas que se pierden hacia la alcantarilla del piso, y un silencio absoluto que ya no tiene nada de humano.
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