Portada del relato La novia de los gatos
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Fragmento:


Cuando Marcelo volvió a dormirse, Irene se quedó contemplando las pequeñas figuras moviéndose debajo de la luz parpadeante: Ari brincando, prácticamente invisible entre las sábanas. Fue entonces que empezó a notar ciertas cosas extrañas. Huellas diminutas y húmedas en la alfombra, restos de plumas a la entrada del baño. Una noche, mientras lavaba los platos, juraría que había visto dos ojos rojos reflejándose en el toallero.

Duración: 11:46

La novia de los gatos
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Texto de ajuste de pausa.

Desde hacía dos años, cada vez que miraba a Marcelo, Irene sentía que vivía al lado de un desconocido. La forma en que sorbía la sopa, la manía de rascarse entre los dedos de los pies, la manera en que sus ojos saltones la recorrían, irritados, como si la culpa de sus cosas se instalara siempre en su sombra. Había empezado con los detalles: el pelo en el lavabo, la luz encendida, ese perfume rancio. Luego fue más interno, como un arrepentimiento sin pausa; la certeza de que estaban juntos por pura inercia y por miedo, más que por amor o deseo.

No tenían hijos y el departamento, aunque modesto, era suficiente para esa vida organizada sobre la costumbre. Irene pensó varias veces en abandonarlo, pero acudía su madre a la mente, susurrándole que la soledad es peor. “Al menos alguien te preguntará cómo te fue el día.” Así que seguía allí, observando irritada la pequeña barriga de Marcelo, preguntándose si, llegado el caso, sería capaz siquiera de mudarse a otra ciudad.

El último miércoles, una tormenta rota sacudió la ciudad y pareció arrastrar consigo las últimas certezas de Irene. Marcelo llegó empapado, maldiciendo, y cerró la puerta tras de sí con un golpe que hizo temblar los marcos. Ari, su gata, se escabulló veloz bajo la cama, bufando. “Otra vez esa maldita bestia”, gruñó él, sacudiéndose el abrigo. Irene la buscó detrás de la cortina, le abrió una latita de atún y esperó a que saliera, mientras Marcelo se desnudaba y dejaba la ropa húmeda tirada en el suelo, como un niño de seis años.

Por la noche, cuando la luz de la lámpara deletreaba sombras extrañas sobre el techo y Marcelo ya dormía, Irene se quedó contemplando a Ari, que se acurrucó a sus pies. “Pequeña fiel”, susurró, acariciándole detrás de la oreja. Sintió que la gata se tensaba, los ojos encendidos, la cola rígida. Fue entonces que empezó a oírse un chirrido áspero en el ventanal del salón. Un chillido tan agudo como el de un roedor atrapado.

Irene se levantó. Fue hasta la ventana y miró afuera. El jardín aparecía a cuartos de luna, asfixiado de maleza y sombras. Nada. Sólo el viento y las ramas agitándose como brazos flacos y verdes.

La noche siguiente sucedió algo similar. Esta vez, fue Marcelo quien lo escuchó. Despertó sobresaltado, sudando, y cogió el cuchillo de la mesa de luz. Irene recordó la primera vez que él había reaccionado así: un murciélago entró por la ventana —ella intentó espantarlo y él, en vez de abrir, le lanzó una almohada, casi la ahogó. “Eres un inútil hasta para defenderte”, le escupió ella esa vez, y él la miró como quien calcula el daño exacto que podrá causarle a alguien.

Cuando Marcelo volvió a dormirse, Irene se quedó contemplando las pequeñas figuras moviéndose debajo de la luz parpadeante: Ari brincando, prácticamente invisible entre las sábanas. Fue entonces que empezó a notar ciertas cosas extrañas. Huellas diminutas y húmedas en la alfombra, restos de plumas a la entrada del baño. Una noche, mientras lavaba los platos, juraría que había visto dos ojos rojos reflejándose en el toallero.

Unas noches después, Ari empezó a comportarse distinto. Ya no ronroneaba, ni se frotaba contra Irene. No comía, no bebía; sólo la miraba fijo y luego desaparecía bajo la cama. Marcelo, hastiado, amenazó con echarla a la calle. “Está enferma, esa porquería. Si mañana sigue así, la saco y la dejo en el descampado.”

Irene sintió, entonces, algo estallar en el centro del pecho. No de miedo por Ari, sino de terror por sí misma. Todo lo que sentía dentro —ese rencor, esa diminuta violencia diaria— encontró una vía de escape. Miró a Marcelo durmiendo, boca abierta, eructando con cada exhalación. Pensó en el cuchillo de la mesa de luz, en el abrelatas, en la manera en que Ari la había mirado desde la penumbra: fija, expectante, como si supiera todo lo que estaba a punto de ocurrir.

La tarde del viernes, la tormenta volvió. Marcelo llegó ebrio, malhumorado, apenas saludó. Encendió la televisión, subió el volumen y se quedó dormido en el sofá. Irene, al otro lado del departamento, cerró la puerta del dormitorio. Le sirvió a Ari un platito de leche y se sentó en la cama, contemplando el lento ascenso de la gata por el mueble, sus movimientos tensos, elongados, la cola gorda y baja.

La gata la observó largo rato. Irene, con el eco de un segundo whisky en la lengua, sintió una extraña comunión. Un intercambio sutil debajo de la piel. Como si en ese silencio tenso, ambas supieran lo que la otra anhelaba: ser otra cosa, no tener que obedecer, atacar. Irene depositó la mano frente al hocico de Ari, notando cierta electricidad recorriéndole los dedos. En la palma, una sensación de calor ajeno, líquido y transparente.

Durante la cena, Marcelo se mofó de la comida, la insultó apenas, le hizo comentarios vulgares sobre su ropa. Irene no contestó. Apenas recogió los platos, Ari saltó sobre la mesa y bufó. Marcelo intentó agarrarla; la gata lo esquivó y se lanzó contra su pierna, arañándolo desde el tobillo hasta la rodilla.

El grito de Marcelo sacudió la lámpara y los cuadros de la pared. Persiguió a la gata por el departamento, con la escoba, farfullando insultos tuberculosos. Irene observó pasivamente, dejando que el odio de ambos dialogara solo. Ari se escabulló por una rendija del armario y no volvió a salir en horas.

Cuando Marcelo por fin se calmó, miró a Irene de un modo tan maligno, tan pleno de desprecio, que le resultó casi atractivo; esa atracción inexplicable hacia lo peligroso, lo imprevisible. Él murmuró algo apenas inteligible, y se fue a la cama, mascullando que al día siguiente acabaría con la gata de una patada.

Esa noche, Irene no durmió. Se sentó en el borde de la cama, mirando a Ari, que la observaba desde dentro del armario, dos ojos brillando en la oscuridad como tizones. En ese silencio, la gata se acercó. Irene extendió la mano. La piel de Ari, apenas crespa, parecía más gruesa, más caliente de lo usual. Un olor penetrante —tufo de tierra, metálico, primitivo— le llegó a la nariz.

De repente, no supo cómo sucedió —tal vez fue el cansancio, o la paranoia de noches sin dormir—, la gata le lamió la palma. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Por un instante, juró que veía las garras de Ari, largas, afiladas, curvándose como bisturíes diminutos. Y sus propios dedos, ahora más finos, más ágiles, temblaron de anticipación.

Afuera, las ramas arañaban el ventanal. Marcelo roncaba. La casa entera parecía esperar un desenlace: la unión de dos fuerzas oscuras, un pacto sin palabras.

A la madrugada, Irene se levantó. Ari saltó en silencio sobre la cabecera, mirándola. Una expectativa zumbaba en el aire. Irene fue al baño y mientras orinaba, creyó ver cómo, bajo la camiseta, su torso parecía más flexible, curvado, la espalda le ardía como si unas vértebras nuevas quisieran despuntar dentro de la piel.

Al volver a la habitación, notó que Ari había anulado toda distancia. Bajo la luz tenue, la gata parecía más grande, más definida, su pelaje se le erizaba y formaba dibujos quiméricos, manchas que cambiaban según la sombra. Irene sintió un estremecimiento de deseo y temor; imaginó a Ari metiéndose dentro de su cuerpo, rascándole desde dentro las entrañas, como si ambas pudieran fundirse en un nuevo ser incompleto.

Fue entonces cuando Marcelo gritó desde la sala. Un alarido seco, como de garganta recién cortada. Irene corrió. El hombre estaba sentado en el suelo, la cara llena de rasguños, los ojos desorbitados. Temblando, señalaba una sombra que atravesaba la cocina: “¡Esa bestia, te juro que tenía los ojos humanos!”.

Irene, en vez de asustarse, se sintió excitada. Notó que Ari se frotaba contra sus piernas, pero entonces juraría que unos segundos después —en un parpadeo— la gata tenía mitad cuerpo felino y mitad humanoide, un cuello alargado y delgado como un brazo de mujer, las orejas erguidas y los dientes demasiado puntiagudos. O acaso sólo fue el reflejo de la lámpara.

Marcelo estaba balbuceando, su miedo mezclado con el alcohol y el odio quedaba encapsulado en la baba blanca que caía de sus labios. Entonces, con esa parsimonia estúpida que lo caracterizaba, la insultó de nuevo: “Culpa tuya es, que trajiste a este demonio aquí”.

Irene lo miró. Sintió —más fuerte que nunca— la vibración de Ari a su lado. Era como si, en esa esquina húmeda del departamento, ambas hubieran despertado un pacto antiguo: la furia de las hembras, la venganza de todo lo frustrado. En un impulso casi inverso al miedo, Irene dejó que la invadiera una ola súbita de calor. Una parte de ella deseó atacar, destrozar, despedazar.

Ari saltó entonces sobre Marcelo con la precisión de una máquina de guerra. El primer zarpazo le cortó un ojo. Marcelo gritó; tiró un manotazo, pero erró. Irene vio cómo la gata trepaba al torso, cómo le desgarraba la carne de la mejilla, cómo los colmillos —ahora definitivamente no felinos, sino una suerte de híbrido: más largos, más retorcidos— mordían el cuello blando y él, por fin, caía.

Irene no gritó. Miró la escena como quien asiste a una opereta macabra. Sintió una oleada de alivio, de libertad. Como si una costra vieja se le partiera la mitad. Vio la sangre manchar la alfombra, vio a Ari erguirse sobre el pecho de Marcelo, la boca roja, los ojos fosforescentes. Y después —apenas llegó la luz del alba—, la gata lamió sus propias garras y se tumbó, satisfecha, en el regazo de Irene.

Pero entonces —aún con el cadáver tibio en la alfombra—, notó que la transformación no había terminado. Dentro del pecho de Irene algo palpitaba diferente. Miró sus manos: las uñas, crecidas y afiladas, una flexibilidad inhumana en los dedos. Ari levantó la cabeza. La miró largo, hondo, con esa gravedad de quien sabe un secreto antiguo, inmemorial.

En los días siguientes, Irene arregló una coartada simple —“Fue un accidente, vino alguien, no logré ver quién”—. Los vecinos cuchicheaban, los policías revisaron, pero todo el mundo sabía: Marcelo era un ogro, un tipo a quien nadie echaría demasiado de menos. Cuando Ari entraba en la sala, ahora nadie más la encontraba. Pero Irene la veía, sentía incluso en la manera en que se lamía las patas, esa vibración gemela, ese rastro de animalidad en la sangre.

Por las noches, de cara al espejo, Irene notaba que los iris se le volvían oblicuos, que las encías tironeaban hacia colmillos, que la curvatura de la espalda ya no era completamente humana. Y cuando en la cama, Ari se acurrucaba a su lado, podía escuchar cómo ambas respiraban al unísono, cómo el deseo de atacar, de destrozar, de fundirse, era un pacto intacto.

En el barrio, de cuando en cuando, desaparecía algún niño pequeño, o algún perro callejero amanecía partido en dos. Nadie sospechó nada. Nadie, salvo los gatos del vecindario, que ahora acudían en tropel ante la ventana de Irene cada medianoche. Espiaban, silentes, esperando el día en que, por fin, la unión entre la bestia y la mujer se completara y ambos se convirtieran en una sola forma: esa quimera lúcida y atroz que destroza, una y otra vez, a lo que más teme y más desea.

Porque así son las malas parejas: una fusión entre el ansia y el odio, una nueva criatura que sólo aprende a amar después de la sangre.

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