Portada del relato Colmillos en la penumbra
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Fragmento:


Pero esa noche, el sueño fue peor. La despertó una sensación de peso en las piernas y entre la bruma vio -o creyó ver- decenas de ojos reluciendo bajo la cama. No era el brillo inocente de los gatos, sino algo más compacto, insistente, como pequeñas lámparas verdes y doradas arremolinadas unas sobre otras. Eleanor se sentó, llevó la mano al interruptor de la lámpara y, al iluminar la habitación, lo que había sentido desapareció, sustituido por el temblequeo débil de la bombilla y el golpeteo del viento en la ventana.

Duración: 10:26

Colmillos en la penumbra
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Texto de ajuste de pausa.

Allí donde la civilización languidecía, donde la brisa nocturna cruzaba los matorrales resecos y los viejos árboles, retorcidos por el viento, marcaban el horizonte como dedos artríticos, estaba la Vieja Granja Courts. La casa, oxidada por el tiempo y derretida en la imagen de una época pasada, reposaba junto al granero como un animal herido. En días claros, parecía incluso hogareña, pero bajo la capa del crepúsculo exhalaba una advertencia, un leve escalofrío sobre la nuca de quien se atreviera a acercarse demasiado.

Eleanor Parks llegó precisamente en el último hervor dorado del verano, atraída por la promesa de aislamiento. Viuda desde hacía apenas un mes, encontró en el arrendamiento de la granja una suerte de retiro, un exilio voluntario lejos del eco de las condolencias y el tacto incómodo de los conocidos. Era una mujer de mediana edad, con arrugas incipientes que hablaban de noches de insomnio y una expresión de agotamiento -más espiritual que físico-. Tantas veces había repetido que deseaba silencio, que ansiaba paz, que no le importó que la vieja casona chirriara bajo su peso y que las ventanas resistieran tercamente cualquier intento de abrirlas. Aquí, pensó al poner por fin su última maleta en la buhardilla, no había memoria ni futuro; sólo ella y la vasta, callada naturaleza.

La primera noche pasó como una exhalación inquieta, no tanto a causa del insomnio sino por el coro incesante de las criaturas nocturnas. Escuchó el chasquido de pequeños mamíferos entre las zarzas, el ulular de búhos, el lejano bramido de ciervos. Aquella sinfonía natural tan ajena al ritmo urbano ejercía sobre Eleanor un doble efecto: la atraía y la repelía. Tal vez por ese mismo contraste tuvo un sueño sutilmente inquietante, donde ruidos susurrantes la rodeaban bajo la cama, entre las paredes… risas o chillidos filtrándose en la oscuridad.

La rutina de los siguientes días fue transparente y sencilla. Revisó los despachos polvorientos, descubrió la cocina atiborrada de conservas descompuestas y reparó a duras penas el óxido del grifo de agua. Descubrió también que más allá de la cerca se extendía una maraña de hierbas altas y ramas, creciendo libres y desbordadas, ocultando senderos y escondrijos de antiguas madrigueras. Una tarde, al tratar de podar unas zarzamoras, se topó con los restos de una jaula retorcida. Se estremeció ante la imagen de los barrotes reventados. ¿Para qué, se preguntó, habrían utilizado los anteriores dueños una jaula tan robusta en medio de la intemperie? Rechazó el recuerdo con una sacudida; tal vez había sido para perros de caza, para zorros, animales grandes de campo.

Pero esa noche, el sueño fue peor. La despertó una sensación de peso en las piernas y entre la bruma vio -o creyó ver- decenas de ojos reluciendo bajo la cama. No era el brillo inocente de los gatos, sino algo más compacto, insistente, como pequeñas lámparas verdes y doradas arremolinadas unas sobre otras. Eleanor se sentó, llevó la mano al interruptor de la lámpara y, al iluminar la habitación, lo que había sentido desapareció, sustituido por el temblequeo débil de la bombilla y el golpeteo del viento en la ventana.

Al siguiente día, nuevas señales inquietantes: la huerta arrasada, tallos y brotes jóvenes cortados, pisoteados y arrancados de raíz. No vio cerdos salvajes ni ciervos, pero tropezó con la huella impresa y profunda de una pezuña demasiado grande para cualquier animal doméstico. De pronto, recordaba fragmentos de las leyendas que Mary, la anciana del pueblo, le había contado al entregarle las llaves. Hablaba de la “noche de la Garra”, cuando el monte se llenaba de chillidos y los animales, “los de fuera”, bajaban hasta la linde de la carretera. Eleanor se mofó mentalmente. No creía en historias, pero no pudo evitar mirar dos veces hacia el bosque cuando regresó a la casa y asegurar la puerta con el obturador oxidado.

Sin embargo, ya entrada la noche, el aire cambió. Era una de esas modificaciones apenas perceptibles que sólo advierten quienes están solos en plena naturaleza. Los grillos cesaron abruptamente su canto y la brisa pareció empujar cuarenta o cincuenta presencias invisibles alrededor de las ventanas. El suelo crujía bajo un peso ajeno. Eleanor apagó la lámpara y se sentó en la oscuridad, con los latidos perforando su pecho. Desde el granero, un estallido: madera astillándose, como si una garra gigantesca lo estuviese desgarrando.

Paralizada, escuchó cómo las pisadas subían los peldaños del porche. No eran pasos humanos. Había algo inconfundiblemente cuadrúpedo y extraño, pesadamente insistente. Desde las rendijas de la puerta asomaron sombras movedizas, contorsionadas, como animales pero con algo irreconocible en la forma: largos músculos, piel cubierta de manchas oscuras, una garra reluciente que brillaba en la débil luz lunar.

De repente, golpearon la puerta. No era un golpe deliberado, sino una presión constante. Como si alguien –o algo– tratara de aprender cómo cedería aquella barrera, tanteando la fragilidad de los goznes. Eleanor contuvo el grito y, en un impulso tembloroso, corrió escaleras arriba, hacia la buhardilla. Allí se escondió, con el corazón retumbando, mientras debajo la puerta crujía y cedía en sus fijaciones.

Oyó luego un jadeo bajo, gutural, una mezcla de respiración y gruñido. Un objeto pesado - ¿una cabeza, un flanco? – chocó con la puerta. Eleanor, arrastrándose hacia el ventanuco, espió y vio, apenas, un mar de cuerpos peludos y manchados en el umbral. Eran criaturas reconocibles y, a la vez, deformes; felinos del tamaño de un puma repletos de heridas, algunos con ojos carentes de pupilas, otros con hocicos desmesurados y colmillos que asomaban como parches de marfil hediondo.

No sólo eran gatos salvajes. Eran algo más antiguo, desalojados del tiempo, el vestigio de un experimento fallido o un derrame de monstruosidad de épocas remotas. Eleanor no podía moverse; sus músculos habían quedado convertidos en una gelatina helada.

Más tarde, mucho más tarde, cuando ya dudaba de estar viva, escuchó algo aún más terrible: pequeñas voces, como niñas imitando canciones infantiles, entonando palabras en un idioma ajeno. “Quédate… salida no hay… quédate.” Detrás de esa nana pueril crujía un hambre despiadada.

Los minutos se estiraron como goma ardiente. Eleanor no sabía si lo que oía era real o el producto de un colapso mental anticipado. Cuando el rayito débil del amanecer palideció entre las nubes, los ruidos cesaron tan súbitamente como habían comenzado. La casa estaba impregnada de un olor animal, ácido y untuoso. Al bajar la mujer por fin, con pasos vacilantes y la garganta seca, encontró el salón cubierto de barro, huellas y pelos que parecían de bestias de otro mundo. La puerta pendía de un solo gozne, el cristal de las ventanas roto. No encontró ni rastro de los seres, ni restos de carroña, pero sí, clavado en el umbral, como un trofeo dejado por una mente cruel, el hueso de una mandíbula, todavía húmedo.

El día transcurría lento y tenso. Eleanor no podía decidir si moriría de pánico o de extenuación. Buscó en los alrededores, hurgando entre árboles y matorrales, pero los animales habían desaparecido por completo. Apenas sí quedó un rastro de pisadas, profundo y fangoso, conduciendo hacia el bosque, a un claro donde los restos de animales menores yacían destrozados, pero ordenados en patrones casi artísticos. Al mirar esos círculos de despojos, no pudo evitar pensar en rituales, en inteligencia.

Desesperada, condujo el coche hasta el pueblo, directo al consultorio veterinario; allí, el doctor Lyman la miró con una mezcla de escepticismo y preocupación. “¡No se burle de mí!”, suplicó Eleanor, pero el hombre sólo murmuró que los felinos grandes a veces bajaban del cerro, que era mejor no salir de noche. No le creyó, pero tampoco tenía otro refugio. Decidió regresar a la granja y quemar el granero, quemar todo. Si algo quedaba, sería ceniza.

La noche siguiente, Eleanor armó barricadas con muebles, cerró ventanas, amontonó leña y vertió queroseno en el granero ya tambaleante. Cuando los sonidos volvieron, entraron con la negrura, multiplicados y más enfurecidos que nunca. Chillidos, arañazos, el animal susurrante rozando su puerta. Pero justo cuando la madera cedía, Eleanor prendió el fósforo, lanzó la llama al queroseno y, en un estallido de fuego y fragancia de combustión, el granero ardió como una antorcha monstruosa.

Desde la ventana vio cómo emergían decenas de bestias, atrapadas por el fuego, sus pieles encendidas, lanzándose como anguilas hacia el lodo, chillando un horror antinatural. La luz reveló más de lo que habría querido ver: mandíbulas desquiciadas, ojos fijos en el pánico y en la rabia primordial de una especie condenada.

El fuego duró toda la noche. Al amanecer, sólo quedaban cenizas y un silencio total, incluso los pájaros guardaban luto. Eleanor no se atrevió a dormir. Cuando los jornaleros locales llegaron y preguntaron por la causa de la conflagración, ella guardó silencio, temblorosa. Sabía que nadie le creería jamás.

No volvió a la granja, ni una sola vez. Pero, a veces, en la ciudad, al encender la luz demasiado de repente, creía ver por el rabillo del ojo un destello verdoso, una sombra agazapada y pomposa, el rumor de una melodía infantil nacida de la garganta de una bestia. Los animales, comprendió, no olvidan. Sólo esperan.

Y así transcurrió su vida. El instinto animal se había instalado en ella, como lo había hecho en todo lo que la rodeaba. Miraba a los gatos de la calle con una sospecha inconfesable. Al fin y al cabo, ella había invadido su reino, y su castigo, tarde o temprano, volvería por ella, como un bucle, como una sombra deslizándose entre la maleza.

Tal vez, cada vez que la noche se tornaba más negra de lo habitual, Eleanor pensaba que algún día escucharía de nuevo la canción infantil, esa que ninguna voz humana podría entonar, anunciando la llegada de los verdaderos dueños de la oscuridad.

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