Portada del relato El pozo de los rostros
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Fragmento:


El suelo se pegaba a mis botas, y el olor entraba por mis fosas nasales sin pedir permiso. Eric gemía, y Espectro se le acercó; sentí su paso por mi cuerpo, una zona helada transitando la médula. Cuando Raymond se cansó de hacerlo sangrar, me pasó la navaja sin decir nada: igual que un padre cansado entrega el cuchillo a su hijo en un rito de iniciación ajeno a toda civilidad.

Duración: 10:03

El pozo de los rostros
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Texto de ajuste de pausa.

La primera vez que arrastraron a alguien a mi sótano, yo tenía el corazón todavía intacto. Lo recuerdo porque aún me dolía pulsar en el pecho, aún sentía lo que los demás sentían en ese frío lugar al que nadie enmienda jamás: ni la policía, ni la iglesia, ni siquiera Dios.

El sótano apestaba a humedad y a la promesa rancia de cosas que ya no están vivas pero tampoco muertas. Las paredes, cubiertas por una telaraña de manchas verdosas y residuos sin nombre, parecían a punto de cerrar la boca y devorar cualquier sonido. Raymond, mi cómplice, fue quien rompió el silencio esa primera noche, arrastrando el cuerpo envuelto en una lona negra, con el mismo esmero con el que se remueve un animal herido que ya no va a sobrevivir.

La víctima —llamémosle Eric, porque no espero que nadie más recuerde su nombre— era un tipo normal. Demasiado común para soñar con el infierno que lo aguardaba tras la trampilla de madera que conduce bajo mi casa, bajo el bosque, bajo la niebla de un pueblo al que nadie va de visita. Eric había dicho algo incorrecto en voz alta una vez, lo suficiente para que Raymond creyera que merecía el destino de los elegidos. Yo nunca le pregunté la naturaleza exacta de su pecado; la moralidad era una pantalla turbia que ya no podía distinguir.

Raymond desapareció arriba en busca de las herramientas que iban a abrir a Eric como a un pez. Me quedé a solas con el bulto, la lona moviéndose a intervalos, pequeños espasmos de vida mezclados con una esperanza idiota. Miré hacia la esquina más alejada del sótano: allí, la figura difusa apenas se dejaba ver, como una sombra caída de una lámpara mal colgada. Era Espectro: así la llamo porque ningún otro nombre me viene a la mente sin perder los nervios. Espectro no estaba allí para ver sangre; estaba esperando otra cosa.

Cada vez que un prisionero bajaba por la trampilla, el aire cambiaba. Parecía a veces que la oscuridad se volvía más densa, un silbido infrasónico aleteando por debajo del umbral del oído. Era Espectro creciendo. Al principio, pensé que era mi conciencia, una especie de tumor psíquico que daba forma a mi culpa. Con los años, aprendí que era anterior a todos nosotros.

Raymond volvió con el martillo y el cincel. Empezó a golpear. El sonido era húmedo, pero el silencio reinante fue todavía más espeso cuando los gritos empezaron. Yo no participé la primera vez —tampoco la segunda— pero mi espectador invisible lo hizo a su modo: moviendo apenas la atmósfera, filtrándose hasta pegarse a la piel de Eric, congelándolo, arrancándole los quejidos de debajo de los párpados caídos.

En mitad de la tortura, al mirar de reojo, vi a Espectro desenrollarse hacia la esquina más oscura, donde dormía la trampilla que conduce aún más abajo, a la verdadera raíz de la casa. En sueños lo llamo El Pozo, pero en la vigilia apenas puedo pensar en él sin sentir las manos como hielo agrietado. La Bestia vive allí, aunque nadie la ha visto con los ojos abiertos.

Raymond no cree en nada de esto. Para él, somos solo dos hombres haciendo lo que sea necesario, limpiando algún error del mundo. Pero yo sé lo que hace la Bestia cuando el Espectro la alimenta: sé cómo chirrían los tablones, cómo la madera muta y se abre en grietas húmedas, cómo algo inhumano sube despacio. Bajo mis pies, los latidos de la Bestia eran como el eco de un tambor tocado con huesos humanos. Cada vez que sube, una vida se apaga en el mundo de arriba y otra, mucho peor, despierta.

El suelo se pegaba a mis botas, y el olor entraba por mis fosas nasales sin pedir permiso. Eric gemía, y Espectro se le acercó; sentí su paso por mi cuerpo, una zona helada transitando la médula. Cuando Raymond se cansó de hacerlo sangrar, me pasó la navaja sin decir nada: igual que un padre cansado entrega el cuchillo a su hijo en un rito de iniciación ajeno a toda civilidad.

El Pozo retumbó. Noté, igual que siempre, la vibración —como si algo enorme, demasiado grande para caber bajo la casa— hubiese virado en el lodo primordial. Espectro retrocedió hacia el agujero negro, y me pareció ver cómo le susurraba a Bestia, palabras sin forma y dolor convertido en forma de vapor. El miedo me cubrió como un abrigo mojado.

No recuerdo cuando Raymond se fue esa noche; a veces creo que nunca estuvo de verdad. Cuando el reloj del sótano marcó las tres y cuarto, supe que debía acabar con Eric. Porque si no lo hacía yo, lo haría el Pozo, y el Pozo no se conforma con carne: devora también pasado, futuro y hasta recuerdos.

Le corté la garganta. Lo hice rápido, como le enseñaría a un perfecto desconocido. Miré al fondo. Esperando. El Pozo se abrió apenas un centímetro más —apenas un pestañeo de su atención— pero Bestia nunca subió del todo. Solo olisqueó el aire, absorbió el vapor de la sangre, y se rindió a dormir una noche más.

Me senté a esperar que amaneciera. Cada vez que Raymond secuestraba a alguien, yo internamente rezaba para que la policía diera conmigo, para que una ambulancia apareciera, incluso para amanecer convertido en bestia o en ceniza. Pero el pueblo encima del sótano vivía en gris. Callaban todos, miraban al bosque y se persignaban sin saber. Nadie preguntó nunca por Eric.

Los días se sucedieron, tristes y viscosos. El ritual se repitió muchas veces. Siempre Raymond arrastrando víctimas, siempre la Espectro expectante, el Pozo roncando, Bestia lamiendo los residuos de las almas que dejamos caer allí. Con el tiempo, Espectro se hizo más presente, a menudo visible apenas en el parpadeo, a veces en el reflejo de un charco, a veces al fondo de mi visión, devorando los últimos restos de mi humanidad.

Una noche, Raymond bajó solo. No traía un cuerpo; traía miedo. Oí el portazo arriba, el crujido de los peldaños bajo su peso. Vi cómo el vaho se le escapaba entre los labios, aunque no hacía frío. Dijo, sin mirarme:

— La he visto.

No dijo más, pero supe a quién se refería. La Bestia.

Me contó que había soñado con el Pozo. En el sueño, la Bestia era una lengua interminable de carne negra, cubierta de ojos como los de las moscas. Palpaban la tapia, lamían memorias, arrancaban con sus fauces rostros prestados. “El mío también”, murmuró.

Esa noche no hubo gritos. Solo el temblor sordo de dos hombres viejos mirando una puerta que no existe, a la espera de lo que se arrastra.

Días después, sucedió. Una luna tarda, hinchada y casi verde pálido, se arrastró sobre la cabaña y el aire olió a hierro. Yo dormía —al menos eso me pareció— cuando sentí la mano de Espectro apretándome la garganta. Al abrir los ojos, la Bestia ya había salido del Pozo.

No era nada de lo que hubiese temido jamás. Caminaba sobre costillas humanas, altísima y flaca, con la cabeza ladeada como un animal enfermo. Olía a tierra removida, a lluvia podrida. Donde posaba el peso, el suelo silbaba viejo, y el sótano parecía derretirse, sólo para reconstruirse en un parpadeo. Su boca no era una boca, sino un corte vertical, demasiado largo, de donde se caía el vapor de todas nuestras víctimas.

Allí, la Bestia se acercó a Raymond. No corrió: ni siquiera gritó; aceptó. Le tomó el rostro entre los dedos y, como una madre afectuosa, se lo arrancó sin esfuerzo. Vi el vapor, la vida de Raymond subir en hélices y la Bestia succionar hasta el último sollozo. Luego se volvió hacia mí.

No puedo contar lo que pasó después. Sé que toda mi piel se cubrió de un dolor imposible, que la memoria se fracturó y que Espectro se sentó encima de mi pecho, como una losa helada. Vi el mundo como a través de una pecera sucia, vi a la Bestia hurgando en mis pecados, clavando sus dedos de fango bajo mis costillas, y supe sin duda que nada de mí quedaría intacto nunca más.

Desperté solo. La Bestia se había retirado al Pozo. Espectro aún seguía allí, ahora en la forma de mi propio reflejo empobrecido. Todas las noches, bajo el pueblo, bajo la cabaña, bajo mis costillas, la siento esperando su próximo banquete.

No huí. No lo hice porque sé que me pertenece: el sótano, el Pozo, la Bestia. Raymond ya no está y yo, ahora, me siento vacío, menos que hombre, menos que víctima, menos que monstruo.

Ya no arrastro cuerpos. Ahora los espero. Ellos vendrán, guiados por el hambre irreparable de Espectro; cada vez el Pozo gime más fuerte, la madera cruje con más ansia, la Bestia trepa un poco más alto en la oscuridad. El mundo de arriba sigue ignorándome, pero las noches se llenan de nuevos lamentos, cada vez más próximos.

A veces, me tumbo sobre las tablas del sótano y escucho los latidos de la Bestia, su lenguaje de huesos y sangre, la retahíla de nombres que nunca serán reclamados. Otras noches, la Espectro me narra los sueños de aquellos que sufrieron, sus últimos pensamientos antes de caer al agujero. Me los tatúa en la piel, y yo me convierto en el contenedor donde el dolor se recicla, donde el miedo se fermenta y la vergüenza apesta.

Quizás algún día alguien se atreva a bajar —tal vez tú— buscando redención, venganza o simple curiosidad. Si lo haces, no traigas luz: la luz le enfurece. Y si oyes que te llaman desde la trampilla, no respondas. No todos los susurros son de los vivos.

Si tienes suerte, verás solo el Espectro antes de que la Bestia se despierte para ti. Pero si llegas a oír al Pozo abrirse, si notas los latidos bajo la madera y hueles el hierro, será tarde. Para entonces, tu rostro será uno más en la colección de la Bestia y yo, guardián inútil y testigo culpable, recordaré tu nombre por ti.

Aunque nadie más lo haga nunca.

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