Portada del relato El sótano de la casa Grimm
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Fragmento:


Se permitió un grito breve, quebrado por la sequedad de su garganta, pero el sonido murió, ahogado por la vastedad de las piedras. En ese instante, lo supo. Lo que le ocurría no era un accidente, era algo premeditado. Quizás incluso lo habían estado vigilando durante días, semanas… Sintió un escalofrío. Sus recuerdos estaban borrosos, pero podía visualizar, como destellos indeseados, un rostro inexpresivo mirándolo desde una ventana. ¿Había sido esta persona, este captor invisible, quien lo secuestró?

Duración: 11:16

El sótano de la casa Grimm
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Texto de ajuste de pausa.

Se llamaba Rowan Milton y aquello era, sin duda, un error. Desde el momento en que despertó, supo que su ausencia de memoria no respondía a una noche de excesos sino a un destino mucho más siniestro. No recordaba cómo había terminado allí, sin embargo, el dolor punzante en la sien izquierda sugería un golpe reciente y violento. Su cuerpo, extrañamente pesado y con un sabor metálico en la boca, apenas podía moverse.

El aire era denso y olía a humedad rancia e inmundicia. La oscuridad era casi total, salvo por una línea pálida de claridad que entraba bajo una puerta al otro extremo de la estancia. Extendió la mano y palpó alrededor: el suelo era de concreto áspero, frío; una cadena pesada le ataba el tobillo derecho, no era larga, apenas le permitía arrastrarse metro y medio en cualquier dirección.

Se permitió un grito breve, quebrado por la sequedad de su garganta, pero el sonido murió, ahogado por la vastedad de las piedras. En ese instante, lo supo. Lo que le ocurría no era un accidente, era algo premeditado. Quizás incluso lo habían estado vigilando durante días, semanas… Sintió un escalofrío. Sus recuerdos estaban borrosos, pero podía visualizar, como destellos indeseados, un rostro inexpresivo mirándolo desde una ventana. ¿Había sido esta persona, este captor invisible, quien lo secuestró?

La confusión inicial cedió pronto al terror. Al poco tiempo, el picaporte de la puerta giró, seguido por el chirrido característico de bisagras viejas. La luz de una linterna lo cegó en plena cara. Se encogió. Una figura se adentró en la habitación. Era alta, enmascarada, cubierta por una bata de quirófano manchada de salpicaduras oscuras.

“Bienvenido, señor Milton”, dijo la voz, extrañamente cordial pero hueca, desprovista de humanidad. “Me alegra que haya despertado.”

No respondió; el miedo le paralizaba la voz.

El captor dejó la linterna a un lado y acercó una pequeña mesa rodante que traqueteó sobre el hormigón. Encima había frascos de vidrio, pinzas, hojas de bisturí en envoltorios plateados. Rowan quiso patalear, alejarse, gritar. La cadena se tensó y le desgarró la piel. El captor sonrió detrás de la máscara quirúrgica; los ojos centelleaban con una extraña satisfacción.

“Estoy haciendo una serie de experimentos”, continuó, como quien charla sobre la cena. “Verá, estudié anatomía. Me fascinaban los mecanismos del dolor y la supervivencia. La mayoría solo quiere conocer los límites del cuerpo, yo quería saber los límites de la mente.”

Rowan tembló. La voz era tranquila, sin ápice de odio ni rabia, pero ese desapego la hacía aún más aterradora.

“Por favor. Déjame ir”, suplicó con la voz rota.

El captor lo ignoró. Sacó de un cajón una jeringa. “Esto es solo para que no te desmayes tan rápido. Quiero que recuerdes todo.”

El pinchazo fue seco. Rowan apenas sintió el ardor del líquido entrando en sus venas, pero casi al instante la fatiga le abandonó. Su piel se puso caliente, los sentidos se agudizaron.

“Empecemos —dijo el captor, y tomó el primer bisturí—. Espero que seas fuerte.”

***

El tiempo perdió sentido. Rowan gritó, se arqueó, lloró y vomitó. La hoja trazó caminos sobre su antebrazo, tan lento y superficial como la marca de una quijada de rata. El dolor era despiadado, pero su mente, atiborrada de adrenalina forzada, registraba cada pulsación, cada gota de sangre como si fuera un relámpago de horror.

No lo mataba, ni siquiera hería lo suficiente para causar un desmayo. Su torturador parecía tener un dominio absoluto sobre el sufrimiento ajeno. Cuando una herida sangraba demasiado, la sellaba con un soplete pequeño que dejaba el olor de pelo y carne quemada flotando en el aire. A veces, simplemente lo observaba, tomando notas en una libreta de cubiertas azules.

Tras una eternidad, Rowan quedó tendido en el suelo, bañado en su propio sudor y orina, incapaz de distinguir entre el delirio y la realidad. Entendió muy despacio que para aquel monstruo él no era una persona; era un conejillo de indias, una pieza más del experimento.

***

No supo cuánto tiempo transcurrió entre sesión y sesión, sólo que a veces podía dormir o desmayarse, sólo para volver a despertar entre sacudidas de dolor y miedo insoportable. Al captor le gustaba establecer rutinas, darle una botella de agua y un mendrugo de pan, limpiar la sangre coagulada con trapos húmedos y, de vez en cuando, entablar conversaciones “científicas”.

“¿Sabías que, bajo suficiente estrés, el cuerpo puede generar endorfinas similares al opiáceo más potente?” preguntaba, como si conversara con un alumno. “Pero si se repite demasiadas veces, también puedes volverte menos sensible. Por eso, el sufrimiento debe ser variado.”

La “variedad” de la que hablaba era siempre un nuevo espectáculo de horror: dedos fracturados entre tenazas, carretes de alambre apretando las articulaciones, descargas breves de electricidad a través de electrodos caseros. Cada vez que Rowan pensaba que moriría, que por fin se libraría de su captor, le inyectaban más venenos menores, drogas diseñadas para mantenerlo despierto en esa pesadilla interminable.

Pronto, Rowan dejó de pensar en su vida pasada. Los recuerdos felices de su infancia, su hermana menor, su prometida, se convirtieron en fantasmas opacos comparados con el aquí y ahora. El mundo era el sótano y la cadena, el ritual de sufrimiento y el frío, la presencia incesante y metódica de su captor.

***

En uno de esos interminables días, la puerta se abrió con mayor violencia de lo habitual. El captor estaba alterado, respirando con fuerza. Llevaba consigo un sobre manila manchado en la esquina.

“Han comenzado a buscarte”, dijo, casi con molestia. “Eso retrasa las cosas. Quisiera tener más tiempo.”

Rowan intentó mantenerse cuerdo, suplicó.

“Te juro que no diré nada. Solo déjame ir, por favor. Lo olvidaré todo.”

Su torturador negó con la cabeza, como se le niega a un niño un caramelo.

“Es irrelevante a estas alturas. Además, no quiero que lo olvides. El recuerdo es una parte vital del experimento.”

Del sobre sacó varios recortes de periódicos. “Hombre desaparece tras una fiesta”; “Las pistas no conducen a ninguna parte”; “Angustia en la familia Milton”. Rowan vio la fotografía de su prometida, Sarah, hablando con un reportero, el rostro arrasado por las lágrimas.

Por primera vez desde que empezó el tormento, sintió algo parecido a la esperanza. Lo estaban buscando. Alguien afuera podía salvarlo. Si sobrevivía un poco más, quizás…

El captor notó la chispa de esperanza en sus ojos y rió, un sonido seco y cruel.

“La esperanza es un veneno útil, ¿lo sabías? Hace que el cuerpo resista más… pero, a la larga, la amarga decepción es parte del proceso.”

***

Las sesiones posteriores fueron las peores. Rowan pensó que, quizás, su captor había decidido darle un “clímax” al experimento. El “tratamiento” se intensificó: hubo mordazas para evitar que se mordiera la lengua; cortes más profundos, procedimientos quirúrgicos improvisados que dejaron tendones expuestos y carne colgando.

En una ocasión, tras una larga sesión en que casi murió de pérdida de sangre, Rowan fue arrojado de nuevo al rincón. El captor se quedó de pie, observándolo durante largos minutos. Finalmente se inclinó y susurró al oído: “¿Quieres saber un secreto?”

Rowan, entre sollozos, asintió. Cualquier palabra era mejor que el silencio.

“He hecho esto antes”, confesó el torturador. “Docenas de veces. Cada uno de ustedes es diferente. Algunos gritan y luchan, otros se resignan. Tú… tú eres interesante. No dejas que el dolor te robe la esperanza. Por eso vas a durar más que los otros.”

Rowan gimió, sin atreverse a preguntar a qué otros se refería. No necesitaba saberlo; lo intuía.

***

Las noches eran las peores. La mente de Rowan se convirtió en una jaula de recuerdos distorsionados y visiones imposibles. A veces soñaba con Sarah abriéndose camino a través de una selva de sombras, a veces veía a su captor transformarse en figuras del pasado, jueces, sacerdotes, padres. El torturador parecía capaz de leerle los pensamientos porque, en algunos sueños, la voz surgía clara:

“Vas a romperte, Rowan. Todos lo hacen. La pregunta es cuánto vas a resistir antes de pedir que acabe.”

***

No supo cuántos días duró aquello, pero hubo cambios en el ambiente. El captor dormía menos, parecía más nervioso. Una noche, Rowan escuchó golpes y voces amortiguadas fuera del sótano. Su corazón latió con fuerza irracional; ¿había llegado la policía? ¿Sería posible?

El captor entró abruptamente, muy pálido, los ojos enrojecidos. Llevaba una pistola.

“Voy a tener que terminarlo antes de lo previsto”, anunció, y acercó la boca al oído de Rowan.

“¿Quieres morir ahora o seguir un poco más? Es tu única elección.”

Rowan no respondió, sólo lloró en silencio. El captor titubeó, finalmente apuntó la pistola, pero en ese instante una explosión sacudió la casa. Gritos, tiros, la puerta superior reventada. Luces, muchas luces, y el aullido de perros. La puerta del sótano cayó. Dos policías armados irrumpieron. El captor abrió fuego, pero fue derribado al instante.

Gritos, órdenes, manos que arrancaban la cadena de Rowan y lo cubrían con mantas. Sabía que lo transportaban, sentía los paramédicos tocando sus heridas, escuchaba nombres y preguntas, pero nada importaba. Nada, excepto la certeza de que no estaba muerto.

***

Rowan despertó en un hospital semanas después. Nadie, nunca, pudo decirle cuántos días exactos había estado secuestrado. Al menos cinco personas habían desaparecido en los últimos dos años en la región y aparecieron pruebas de rituales de tortura similares. Su captor, un ex cirujano mentalmente enfermo, murió durante el asalto policial.

Del sótano sólo quedaban las paredes manchadas de sangre y los restos de cuadernos ilegibles. Rowan jamás volvió a ser el mismo. El dolor físico sanó, pero el recuerdo del dolor lingered, convertido en un veneno dulce en su sangre. Soñaba cada noche con la puerta cerrándose, con el rostro del captor que ya nunca vería, pero cuyo experimento era ahora parte de él para siempre.

Cada día luchaba por convencer a los demás, y a sí mismo, de que sobrevivir había valido la pena. Porque Rowan Milton comprendía ahora los límites de la mente y el cuerpo, y sabía que, a veces, el verdadero horror es sobrevivir. Y recordar.

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