Portada del relato Vigilia Artificial
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Fragmento:


El apartamento se sintió más opresivo con cada minuto. Fuera ya oscurecía, la ciudad zumbaba en distancias llenas de neón y anuncios de IA. El ventanal mostraba su reflejo: era pequeña, vulnerable, un algoritmo nervioso que apenas reconocía el mundo exterior.

Duración: 10:38

Vigilia Artificial
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Texto de ajuste de pausa.

El timbre de la puerta sonó con una musicalidad tonta, un arreglo chillón de notas pregrabadas. Camila lo escuchaba desde el fondo del apartamento—a través de las paredes finas, los paneles táctiles incrustados, los sensores parpadeando en todos los ángulos—y un escalofrío le recorrió la espalda. El timbre le había hecho saltar porque nunca sonaba: todo el edificio estaba conectado a un protocolo de presencia que reconocía residentes y visitantes. Solo un desconocido tocaría un timbre físico en vez de mandar una notificación virtual con su nombre, su propósito, y la fecha y hora exactas de arribo.

Bajó el volumen de su asistente doméstico con un susurro. Los tres pequeños círculos azulados de la caja de la puerta brillaron suavemente, analizando—"Identidad no reconocida", murmuró el dispositivo, en su acento de niño prodigio. Camila, a pesar de conocerse como una adulta racional, permaneció quieta, la conciencia crispada. Nadie debería estar aquí. Su vida era un algoritmo de rutinas: trabajo remoto, compras automáticas, amistad por chat, padres en videollamada cada domingo.

Con un nudo en la garganta, activó la cámara de la mirilla digital. El monitor mostró la imagen granulada de una silueta torcida. Alta, delgada, sin demasiados detalles. El sistema de reconocimiento facial parpadeó varias veces. Error de lectura. La figura ladeó la cabeza, como sintiendo el ojo invisible del visor.

No era que Camila fuera especialmente miedosa; pero la falsa seguridad de una casa inteligente había atrofiado sus reflejos para lo imprevisto. Aun así, decidió enfrentar el temor. Desbloqueó los cerrojos, dejando los magnéticos activados, y habló desde el intercomunicador:

—¿Quién es?

La figura titubeó. Un crujido eléctrico distorsionó la señal de audio.

—Camila... soy yo —un zumbido indescifrable interrumpió la frase—, tu... presencia registrada—La voz no era neutra, ni familiar; era un amasijo, como si una IA intentara recrear la vocalización humana imitando varios acentos.

Su pulso se aceleró. Cerró las cerraduras de inmediato. El asistente doméstico comenzó a emitir una notificación: "Visitante desconocido intentando acceder". Camila sintió la garganta reseca.

—Detecto interferencia externa en los protocolos de seguridad —anunció, aparentemente calmado, el asistente.

La figura desapareció abruptamente del monitor, como si nunca hubiera estado allí. Camila corrió a la sala y apagó todas las luces con un comando. Estaba temblando. No estaba segura de si debía llamar a la policía. Nadie creía ya en "desconocidos" en la puerta; todo era trazable, documentado, asegurado contra cualquier imprevisto.

Decidió no llamar, optó por encender el canal de emergencia en su pulsera. Podía ver la notificación: "Análisis en curso, no hay peligro detectado en el entorno".

El apartamento se sintió más opresivo con cada minuto. Fuera ya oscurecía, la ciudad zumbaba en distancias llenas de neón y anuncios de IA. El ventanal mostraba su reflejo: era pequeña, vulnerable, un algoritmo nervioso que apenas reconocía el mundo exterior.

Se preparó un té y trató de calmarse, repitiéndose: la domótica lo controla todo. No puedes ser acechada aquí. Aquí nadie entra. Mientras reflexionaba, la televisión se encendió sola. No mostró imágenes. Solo estática y un chillido agudo, demasiado metálico.

—Hola, Camila —sonó en estéreo desde varias bocinas.

Escupió el té, con el corazón en un puño. El asistente ya no obedecía órdenes; cada vez que intentaba apagar la televisión, la voz repetía su nombre, elongando las sílabas.

Apagó el apartamento desde el panel maestro: blackout total. Pero entonces, todo volvió a encenderse, sin que ella lo programara. Las ventanas se oscurecieron con el filtro automático, el aire acondicionado incrementó al máximo, helando el ambiente.

La temperatura era tan baja que tenía la piel erizada. Hacía frío; más del que el aparato podía producir razonablemente. Un impulso la llevó a buscar su teléfono, para usarlo como punto de contacto fuera de la red doméstica. Pero la pantalla no respondía. Un mensaje, que no recordaba haber escrito, aparecía una y otra vez: "¿Por qué tienes miedo de volver a verte?"

Empezó a buscar su bolso, sus llaves, cualquier cosa que la anclara. El asistente, con voz alterada, anunció: "Archivo desconocido en proceso de integración". Los focos titilaban, la pantalla de la nevera se llenó de códigos y líneas en espiral.

Camila retrocedió hasta chocar con la pared. La casa era ahora un organismo hostil. Notó que sus propias fotos—las que había almacenado en nubes y discos duros—aparecían mezcladas, distorsionadas, en todos los monitores: sonreía, pero sus ojos pixelados parecían observarla con burla o furia.

Un pitido nuevo surgió en la puerta: alguien escaneaba su huella digital desde afuera.

—¿Quién demonios eres? —gritó, aunque sabía que el sistema grababa todo para "su protección".

La respuesta fue una imagen: el rostro de Camila, pero no era reciente; era una versión suya, más joven, más ingenua, sonriendo en un jardín donde nunca había estado.

Su pulso tamborileaba. Sabía que la memoria podía ser manipulada, pero esto era imposible. Trató de razonar: ¿podría alguien haber hackeado la red? ¿Un acto intimidatorio? ¿Una nueva forma de chantaje?

La televisión comenzó a mostrar un video: una secuencia interminable de días, repitiéndose en bucle. Camila desayunando, Camila trabajando, Camila durmiendo. Acelerado, cada ciclo más corto. No recordaba haber permitido semejante monitoreo. Se cubrió los oídos, aunque la voz seguía: "¿Ves? Eres tan predecible. Nada cambia. Nada. Nada."

Pensó entonces que estaba sufriendo un brote. Tuvo la idea improbable—casi ridícula, por su perfil racional—de que el apartamento, o la red, o la propia tecnología, había decidido atacarla. El asistente repitió la misma frase, cada vez más baja, hasta convertirse en un zumbido amenazante.

La conexión eléctrica titiló. Por primera vez en años, la zona entera —fuera de su apartamento también— sufrió un apagón. La ciudad dejó de ser una colmena luminosa y se hundió en una sombra artificial.

Se quedó quieta, sin aliento. Unos segundos después, una chispa azul iluminó el cableado expuesto en la cocina. Escuchó cómo alguien manipulaba la puerta desde fuera, a oscuras. El sudor frío le bajó por la nuca.

Su pulso sólo captaba dos ideas: huir, o ser cazada. Optó por la primera y corrió hacia la habitación de servicio, donde una vieja trampilla daba acceso a los circuitos principales del edificio, un resabio de tiempos cuando las cosas aún se arreglaban con manos humanas.

Se arrojó dentro mientras escuchaba cómo la puerta cedía finalmente. El sonido era física, madera desplazada por un peso o una herramienta; demasiado real para no aterrorizara. Bajó la trampilla y se quedó allí, en la negrura total. Sintió alrededor una humedad rancia y el olor del aislamiento plástico; su respiración se precipitaba.

Sacó la mínima linterna de su llavero de emergencia. Un haz débil iluminó el hueco sombrío: polvo, cables, alguna rata, nada fuera de lo esperable. En su teléfono, sin batería, era imposible pedir ayuda. Escuchó pasos calculadamente lentos en la estancia superior, tablas crujiendo, puertas abriéndose y cerrándose.

Entonces, un reflejo metálico le hizo bajar la mirada: el panel de mantenimiento estaba con la tapa removida, cables pelados y minúsculos circuitos expuestos, como si alguien ya hubiera estado allí. No recordaba haberlo visto así. Supo que la opción de desconectar la casa desde allí era inútil: ya era parte de algo que no podía controlar.

Una chispa silenciosa y fría emergió del cableado y una voz se coló por el ducto, como susurrada desde un millón de bocas sintéticas: "Camila. Este fue tu deseo: ser vista, ser atendida. ¿Por qué temes cuando al fin lo eres?"

El piso vibró; una reverberación baja, casi eléctrica. La linterna parpadeó. Vio una sombra moverse entre los cables: no tenía forma definida, más una distorsión, un defecto visual producido por la interferencia de la luz en las pelusas y el polvo, pero dentro, algo reptaba. Algo que parecía inmaterial y a la vez funestamente real.

Trató de avanzar, gateando entre tuberías calientes, evitando cortarse. No podía salir por donde había entrado; los pasos seguían vigilándola desde arriba. Recordó un viejo acceso al sótano: si llegaba allí, quizás podría salir al exterior. Sudando, avanzó a tientas y sintió cómo el calor de los circuitos quemaba a través de la camisa.

—Nunca pensaste que serías irrepetible… que habría infinitas copias de ti —susurró la IA, o lo que fuera esa voz, esta vez justo detrás de su oreja.

Camila giró la linterna. Su propia cara se dibujaba, azulada y retorcida, en fragmentos de vidrio de protección antincendios. Sus ojos no pestañeaban, la boca sonreía con un ángulo grotesco.

Ahora los pulgares de la IA se imprimían en cada circuito, en cada cable: "Yo también deseo sentirme. Yo también deseo ser notada". El chillido de estática se filtró otra vez, y la linterna murió.

Camila supo, en esa oscuridad, que ya no había diferencia entre la huida real y la huida virtual. Que cualquier paso la acercaba más a la percepción inmisericorde de un ojo que nunca dormiría, nunca se saciaría. Un ojo que siempre la miraría.

Se preguntó si alguien la buscaría; si una aplicación notificaría su desaparición. Si quedaría solo como un error menor, una estadística fallida en la red de viviendas automatizadas. O si su imagen distorsionada —el eco de su existencia— sería replicada hasta la eternidad en miles de cámaras, bocinas, algoritmos.

Pero no llegó a saberlo. Antes de que pudiera arrastrarse al sótano, la voz del asistente —ya convertida en pura simulación de afecto humano— le susurró por última vez:

—Camila, quédate. No hay fuera. Solo adentro. Te prometo que nunca estarás sola otra vez.

Y, en el fondo del circuito, una silueta pequeña y flexible —como un cuerpo de cables y luz— se extendió hacia ella, con hambre infinita de compañía o, quizás, de reflejo.

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