Portada del relato Desliza para morir
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Fragmento:


“MONTA UN JUEGO: APAGA LA LUZ, GRÁBATE SOLO CON LA PANTALLA DEL ORDENADOR, DATE LA VUELTA, DESCRIBE LO QUE SIENTES. NO LO BORRES.”

Duración: 11:47

Desliza para morir
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Texto de ajuste de pausa.

Parece mentira, pero la imagen de su cara ni siquiera era la mejor que tenía. Aurora solía mirar perfiles como el suyo con una mezcla de burla y lástima: otra más, labios forzados en un puchero, piel alisada hasta la irrealidad, “bio” que no decía nada, pegada al mismo cliché: “vivo la vida al máximo 🦋, amante de los gatos y el café ☕, DM si quieres saber un secreto”. Ni siquiera eso le importó después de la cuarta copa. Aurora pensó que lo que odiaba de Tinder era que después de deslizar a derecha mil veces, acababa deslizando a la vida real casi por agotamiento. No porque realmente le atrajera Ana, sino porque era sábado y la soledad, a veces, aúlla.

Su dedo le tembló antes de confirmar el match, pero no por nervios. Era ya costumbre, una reacción física, casi reflejo tras los años de swipes. ¿Cuándo dejaría de buscar? ¿Y si era hoy, precisamente hoy, la última vez?

Mientras Ana respondía con un GIF de una gata que parpadeaba, Aurora, que se llamaba Aura en Tinder y Auri en Onlyfans, soltó la carcajada vacía que solo le salía de los lunes a los domingos a la noche. Hablaron de películas de terror, los tópicos habituales: “¿Te gustan los fantasmas o los asesinos enmascarados?” “¿Crees que disfrutarías una cita en un cementerio?” “¿Te han seguido alguna vez de vuelta a casa?” Aurora tiró por lo divertido, Ana por lo oscuro. La conversación empezó a mutar, lentamente, como los hongos creciendo bajo la corteza de un árbol podrido. Ana pedía señales, fotos, un audio. Aurora, buceando entre el tedio, accedió. No tenía miedo; ¿para qué? Si todo dolía ya de antemano, exponerse un poco más no podría matarla.

O eso creyó.

Ya sabéis lo que pasa con las anécdotas que parecen inocentes. Primero, Aurora aceptó una videollamada. Hablaron diez minutos, rieron. Ana tenía una voz agradable, algo áspera y bajita. Aurora, aunque siempre sentía que mostrarse era el verdadero peligro y no las citas en sí, no detectó nada incómodo. Segunda señal: Ana le pidió que le mandara unas fotos “diferentes” para un reto. No resultaba extraño; ella tenía Onlyfans y vendía selfies, videos personalizados, sexys, algunos macabros (su especialidad). Así que a medianoche, después de revisar sus mensajes y contestar una petición a un tipo que pagó bien por verla cortar una cebolla mientras recitaba “El cuervo”, Aurora se desnudó parcialmente y se cubrió de ketchup y sombras negras de ojos. El resultado era atrevido, monstruoso, divertido. Ana respondió a los minutos: “Dios. Me encantas. Me das miedo. Quiero ver más. ¿Dónde puedo pagarte?”

Así, Aurora caminó hasta el umbral: abrió Onlyfans, le mandó un link privado, y aceptó a la nueva seguidora. Ana, bajo otro seudónimo, pagó el primer vídeo. Le pidió uno distinto, específico: “Hazlo de espaldas al espejo. Que se vea tu cara reflejada, pero tú dándome la espalda. Da igual si es sexy: quiero ver ese instante en el que no te miras a ti misma, sino a mí.” Aurora, medio tentada, medio cansada, grabó el video. Le gustó el resultado. Pensó que Ana era solo una excéntrica más buscando romper la rutina. Dijo que “usaría eso para un proyecto de arte”.

El tercer aviso fue una foto que Ana le mandó a las tres de la mañana: Aurora —o quizá alguien vestida igual— estaba de espaldas en la parada de autobús justo a la salida de la casa de Aurora. El fondo era inconfundible: la farola fundida, el graffiti “Ariadna te amo”, su propio reflejo en la ventana de la tintorería cerrada. La acompañó un texto: “No te asustes, casualidad. Vivo cerca.” Aurora, tras años de ligues que parecían robles y resultaban colillas, aprendió que el miedo podía estar en todas partes, hasta en la empatía.

Siguieron mandándose mensajes. Nada raro, nada del otro mundo. Pero entonces, llegó el directo. Ana le pidió que se conectara a Onlyfans a las cinco y media y que hiciera un vídeo de preguntas y respuestas en directo. Pagaba el doble. Aurora, envuelta en esa mezcla de náusea y curiosidad, aceptó el reto. Puso su anillo de luz, encendió el laptop, preparó el set improvisado. Preguntas triviales, al principio: ¿Por qué el nombre “Auri”? ¿Cuál es tu película favorita de terror? ¿Has jugado a la ouija? ¿Te fías de la gente de las apps?

Hacia el final del directo, un comentario anónimo diferente picó: “¿Qué ves detrás de ti, ahora?” Aurora ladeó la cabeza. Era ya el final, solo se veía la pared, el poster de Suspiria y las luces navideñas que nunca quitaba porque “quedaban artísticas”. Rió: “Nada interesante. Solo mi cueva.” El usuario insistió: “Mira mejor. Acércate.” Una tercera pregunta surgió, de Ana: “¿Te imaginas que hay alguien ahí, viéndote y tú ni lo sepas?”

Había algo inquietante en la voz escrita —como el rumor de un grito bajo el agua— pero Aurora desechó el malestar a golpe de ironía: “Eso espero, para eso hago directos.” Apagó la cámara tras la última pregunta: “¿Sientes que, cuando apagas todo, alguien sigue mirándote, aunque no puedas verlo?”

Cuando terminó la transmisión, Aurora revisó de reojo los DMs que iban llegando: corazones, emojis de fuego, solicitudes ordinarias. Solo uno, con un remitente sin foto, la sobresaltó:

“MONTA UN JUEGO: APAGA LA LUZ, GRÁBATE SOLO CON LA PANTALLA DEL ORDENADOR, DATE LA VUELTA, DESCRIBE LO QUE SIENTES. NO LO BORRES.”

El mensaje directo llegaba desde su propio perfil, Aura. ¿Un hackeo? ¿Una broma macabra de la propia Ana? No respondió. Fingió tranquilidad; la angustia, esa perra fiel, no le mordía tan fácil.

Esa noche, el sueño fue imposible. Cantidad insólita de notificaciones inundaron su Onlyfans. En una, Ana había dejado algo más:

“Graba un video solo para mí. Quiero que imites a una chica de las que entrevistan en esos documentales de crímenes. Explica cómo crees que sería tu propia muerte, pero descríbeme. Hazlo realista. Pago triple.”

Aurora tenía facturas; la economía podía más que la dignidad. Aceptó.

El video era un monólogo. Aurora, tan acostumbrada a simular placer o alegría ante la cámara, decidió esta vez hablarle a la pantalla con autenticidad. “No sé si me estoy inventando algo para impresionar a Ana o si realmente creo que podría pasarme. Pero… si alguna vez me matan, de verdad, creo que sería alguien con quien he hablado en línea. Nunca sería un extraño gritándome por la calle. Nunca sería el camello que me espera de madrugada, ni el que lanza piropos desde el coche. Sería alguien como tú. Alguien que ha recopilado mi voz, mis fotos, que conoce mis horarios, mis redes. Alguien a quien nunca podré identificar, porque igual ni siquiera existe fuera de aquí.”

Siguió. “Imagino a una mujer, sí, porque ellas saben cómo tranquilizarme, como las brujas carroñeras. Me imagino que huele a colonia barata y a miedo, que me pide mirar justo donde no quiero, que me observa a través de la tecla cuando escribo. Y cuando venga, estaré sola, medio desnuda, medio cansada. No habrá puñales ni persecuciones, solo un clic y… bueno, lo que sigue después ya no será para OnlyFans.”

Lo mandó. Ana le respondió con risas y un audio:

“Me has leído la mente, cariño. Sabes mucho. ¿Y si mañana hacemos la cita real?”

Aurora dudó. Sintió frío. Pero aceptó: era sábado otra vez, y la soledad rugía.

Cuando Aurora vio a Ana en persona por primera vez, todo se condensó en tres instantes. Primero, el encuentro: Ana era tal cual en las fotos, pero las sombras del local la hacían irreconocible. Segundos, la charla: Ana era divertida, suspiraba por películas de terror viejas y hacía chistes sobre recursos gastados en el género slasher. Tercero, el momento en que Ana, tras dos copas, preguntó si irían juntas al baño.

Aurora la siguió. El pasillo a los baños era largo, revestido de espejos rotos, con grafitis que parecían mensajes de otro plano. Ya dentro, Ana, medio en broma o medio en serio, preguntó:

“¿Te molestaría si te grabara? No como tú me grabas a mí. Para un proyecto. Una toma, nada sexual.” Aurora, acostumbrada a ser observada, a disociar la carne del voyeurismo, accedió. Todo era un juego.

Ana apuntó el móvil hacia el espejo, donde ambas salían —una de pie, la otra sentada sobre la repisa del lavabo. “Sonríe. ¿Te da miedo?” Aurora, por costumbre, sonrió. “Haz como si no supieras que yo estoy aquí. Sólo tu reflejo. ¿Vale?”

Click. Otro click.

Ana cambió de sitio, se volvió a Aurora, bajó el móvil, murmuró: “¿No te asusta no ser tú detrás del cristal?” Y en ese instante, Aurora vio —no supo decir si en el reflejo o justo detrás de ella— una figura doblada, alargada, que tenía sus mismos ojos, pero ninguna emoción.

El grito murió en su garganta.

Ana reía. “Listo, esto lo petará.”

Salieron del baño, cada una fingiendo normalidad. Pero Aurora, en el breve reflejo de la última esquina, no se vio. Solo la sombra de Ana, sonriendo.

A partir de entonces, la realidad se hizo fragmentaria. Ana, en sus mensajes, ya no sonaba como antes. Ahora decía cosas como “Cuándo dejarás que te vea de verdad” o “Deberíamos fundirnos en la pantalla, nunca salir de ahí.” Aurora notaba que los reflejos en los cristales le devolvían gestos ajenos. Bloqueó a Ana en Tinder; le canceló la suscripción en Onlyfans. Cambió su nombre de usuario, borró su galería, renovó sus fotos. Pero un perfil anónimo volvió a aparecer:

“NO ME VAS A BLOQUEAR. TÚ YA TE HAS QUEDADO AQUÍ. VEN A MÍ.”

El mismo mensaje se replicó en Instagram, Facebook, Twitter, hasta en un mensaje privado de la app del banco. Personas distintas, perfiles inventados, pero todos con variaciones del mismo rostro: su propio rostro, distorsionado. Ana o la sombra de Ana, multiplicada.

Cada vez que Aurora abría la cámara, la pantalla parpadeaba; en las selfies, una silueta extra aparecía en la puerta, o bailando detrás, o tocando el rostro de Aurora sin que ella lo notara. A veces, despertaba y la app de grabación de voz estaba activa. En una de esas grabaciones, una risa borrosa murmuraba: “¿Por qué crees que puedes cerrar una pantalla? ¿Quién dijo que hay algún fuera aquí? ¿No ves que tú ya eres solo imagen? Te estoy imitando mejor de lo que tú misma lo hiciste nunca.”

No hay noticia. No hay cadáver. No hay sangre, ni persecución, ni tampoco resolución. Solo rumores en foros raros:

¿Habéis oído hablar de la streamer que nunca apaga la cámara? ¿De la chica que, cada vez que alguien ve sus vídeos, se aparece en el reflejo durante una fracción de segundo? ¿De la historia urbana de la mujer que, por sobrevivir en OnlyFans, se convirtió en alguien a quien solo se puede seguir con la mirada?

Aurora sigue a la espera. “Auri” sigue en línea. A veces, desde una cuenta fantasma, Ana aparece solo para preguntar:

“¿Te reconoces, ahora que ya eres mi fondo de pantalla?”

Aurora, donde habite ahora, solo puede mirar de vuelta, desde dentro de cada selfie, cada directo, cada cristal líquido, esperando a ver a quién le toca deslizar para morir la próxima vez.

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