Portada del relato Cambios en la Sangre
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Fragmento:


—¿Y si solo está esperando su momento, como una araña? —le replicó, su voz un susurro de vidrio astillado—. Te gusta hacer ruido, pero eso no lo asusta, ¿verdad?

Duración: 10:41

Cambios en la Sangre
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Texto de ajuste de pausa.

El trueno no se oye desde hace ocho minutos, pero la descarga que lo precedió permanece vibrando en los cristales de la vieja cabaña. Elena mantiene las manos aferradas a la jamba de la puerta, uñas desgastadas, y la respiración acuchilla silencios en la oscuridad. La lluvia lleva dos horas repiqueteando contra el tejado y parece agravar el hedor a madera húmeda y a hierro seco, casi como sangre marchita. Hace rato que nadie en el grupo intenta dormir; solo murmullos cortos, espías de la histeria, vagan como espectros entre los cinco supervivientes.

El lago es un rectángulo negro, sin luna, oculto por los árboles enfermos de musgo que bordean el camping. Son adultos: ninguno esperaba morirse aquí, aunque la estadística fría del destino podría haberlo insinuado. El silencio se quiebra cuando Omar, el más corpulento, arrastra una silla hacia la chimenea fría y se sienta con el hacha entre las rodillas.

—No va a volver —dice, como si el asesino lo estuviera escuchando—. Ya ha jugado suficiente con nosotros.

Macarena, encogida en un rincón con las piernas abrazadas al cuerpo, le lanza una mirada tan filosa como la hoja de la herramienta.

—¿Y si solo está esperando su momento, como una araña? —le replicó, su voz un susurro de vidrio astillado—. Te gusta hacer ruido, pero eso no lo asusta, ¿verdad?

Silencio. El cuerpo de Nacho, el último en desaparecer, se atascó en la puerta como un tapón, abierto en una costura imposible, y ninguno se atrevió a empujar de él para sacarlo fuera. No sería justo cargar con su carne rasgada un metro más allá de la puerta, pero dejarlo dentro sería permitir que su carne se enfríe aún más rápido ante sus narices. El monstruo había cruzado la línea invisible que el miedo traza en una noche como esa.

Ismael, que nunca terminaba un cigarrillo, apaga la colilla contra la suela de su bota. Tiene la mandíbula tensa y los brazos llenos de picaduras frescas, como si la prisa le hubiera jugado una mala pasada y los mosquitos festinen con su piel.

—¿Y si ha entrado por mí? —dice con voz que parece no emerger de su garganta, sino de más abajo, de su vientre, como un viento frío ascendente—. Todo empezó después de que encontráramos aquella cosa en la orilla, el saco colgando. La idea fue mía.

Ninguno se atreve a negarlo. Sí, desenterrar el bulto fue un error. El saco estaba atado con alambre oxidado y semienterrado bajo la arena, donde la crecida de la lluvia lo había sacado a flote. Macarena fue la que gritó primero al ver las manos deformes dentro, dedos demasiado largos, uñas negras, una carne gelatinosa que apestaba a formol y a barro fermentado. Un cuerpo que no debía existir, ni ser hallado, y mucho menos tocado.

Durante un instante, un segundo dilatado por el temor, recordaron demasiado tarde las historias del pueblo cercano: cosas sobre el lago, sacrificios, una criatura que vivía “debajo” y a veces se manifestaba en los humanos que lo encontraban. Historias para asustar scouts, creían… hasta entonces.

Después de la lluvia y el hallazgo, comenzaron las desapariciones. Apenas un pájaro grita en el bosque. Una sombra esculpida en algo sólido, invisible excepto por el olor que trae el viento: amoníaco, dulzón, podrido. Se mueve entre la maleza, acecha. Nunca habla. Jamás corre. Al principio solo observaba a distancia, hasta que el primer corte fue tangible, una línea de fuego en el brazo de Marga, que ahora está tumbada y sangrando, cubierta con una manta a cuadros.

De pronto, Macarena se levanta, camina hacia el ventanuco y lo abre apenas un palmo, suficiente para que un hilo de aire frío invada la habitación. La luz de la linterna tiembla en su mano, y el haz barre el jardín como una guadaña. La lluvia comienza a menguar, los relámpagos retroceden al fondo de la montaña.

Entonces ocurre: la metamorfosis inicia dentro de Ismael. Un dolor agudo y líquido, como si le arrancaran la columna con una cuerda encendida, lo obliga a jadear, doblado sobre sí mismo, agarrándose el vientre. Los demás le rodean, alarmados, sin acercarse demasiado. Ismael tambalea, cae de rodillas y algo se agita bajo su piel, una ola que sube desde la pelvis hasta el cuello. Empieza a arañarse el pecho, el rostro, la boca, como si necesitara rasgar una máscara. Sus uñas, ennegrecidas por la lluvia y la suciedad, se quiebran cuando quiere arrancarse la piel.

—¡Aléjense! —alcanza a gemir—. ¡No soy yo!

Del torso le emergen protuberancias granuladas, como si fuera a romper en flor maligna; su carne se crispa, se estira. Los dedos de sus pies se alargan y su voz comienza a vibrar en frecuencias inhumanas. Un río negro le baja de la nariz; su mandíbula se desencaja.

Macarena le mira y ve en sus ojos algo que no es de este mundo: un hambre increíble, pura furia, una prisión de instinto desencadenado. Ismael, convertido en un híbrido de hombre y algo que recuerda vagamente a un pez abisal, salta hacia ellos. Sus garras recién reveladas arañan el aire. Macarena apenas logra sortear el embate; Omar no tiene la misma suerte. El hacha es inútil: la fuerza de Ismael es descomunal. De un zarpazo le raja el muslo y lo tira al suelo. El olor a sangre inunda la cabaña, mezclándose con la lluvia y la madera quemada.

Marga, con la manta colgando, intenta arrastrarse hasta la puerta, pero Ismael está sobre ella antes de que logre girar el pomo. De su boca dilatada surgen dientes nuevos, puntiagudos, que se clavan en la pierna de la muchacha. Ella gime, y luego la voz se apaga, sepultada por un chapoteo húmedo. Su grito hace eco en los pulmones de Macarena, haciendo que su cordura tiemble.

Omar se lanza con el hacha, cortando músculo y hueso a ciegas. Un trozo viscoso del brazo de Ismael cae al suelo, o lo que hasta hace minutos era Ismael. La criatura no parece notar el dolor, solo gira la cabeza, una máscara de odio cebado y desesperado. Atravesando el ventanuco, algo exterior a la cabaña parece responder: varias sombras vibran al unísono en la dirección del lago, un coro de bestias aullando para su presa.

Afuera, la lluvia se detiene por completo y el aire se siente estático, saturado de electricidad. Macarena se arrastra hacia la cocina, abre un cajón, busca un cuchillo oxidado y lo empuña, apenas capaz de sostenerlo por el temblor de sus dedos. Omar forcejea con la bestia, fuerza el filo contra la piel rebosante de Ismael, que ahora es más escamas y hojarasca que piel humana. El monstruo lo somete, lo aplasta contra el suelo hasta que su cuerpo se retuerce en ángulo imposible, con un crujido que reverbera en cada rincón de la cabaña.

En el suelo, Marga apenas respira, el pantalón empapado de sangre. Apenas un gemido, el mínimo rumor de vida. Ismael, o su caricatura monstruosa, no la mira más; quiere a Macarena. Los labios de la muchacha tiemblan y susurran plegarias mudas mientras la criatura la acecha, arrastrando una pierna hinchada, salpicando el suelo de baba negra y sangre residual.

En un acto de erección pura, brutal, Macarena se lanza contra el monstruo y le clava el cuchillo al costado del cuello, donde las escamas son más finas. La hoja se atasca; la criatura grita, una sinfonía aguda, y la espiral de su furia desatada hace que tiemble la ventana. Unas zarpas le rozan el costado, arrancándole tiras de carne, pero logra zafarse, parapetándose tras la mesa volcada. Desde fuera, los aullidos de los otros seres cobran fuerza, danzando contra la puerta, que cruje bajo su peso.

El monstruo se revuelca, se bambolea, se agarra el cuello intentando extraer el cuchillo oxidado. Hay sangre nueva, burbujeante, que huele a monedas fundidas y a carne torrada. Macarena ayuda a Marga a gatear por el suelo y salir por la trampilla rota que lleva al exterior, al terreno cenagoso detrás de la cabaña. Allí fuera no hay refugio, solo la promesa de otro horror en la espesura.

Ambas mujeres, empapadas y apenas conscientes, avanzan a trompicones hasta el cobertizo donde las herramientas oxidadas cuelgan como amuletos fallidos. Dentro, el lugar es oscuro y gélido. Rastros de sangre marcan el camino, pero la lluvia lo diluirá pronto.

—¿Te duele mucho? —Macarena susurra, sabiendo que la pregunta es una formalidad cruel.

Marga asiente, aunque los ojos vagan hacia la superficie del lago, visible a través de los árboles: allí, el agua burbujea, como si algo palpitará bajo sus aguas. No hay tiempo para compasión; la sombra de Ismael ya cruje entre los árboles, perseguido y perseguido, su metamorfosis aún expandiéndose. Era uno de ellos y ya no lo es. El lago reclama sus pertenencias y no tolera intromisiones. La comprensión emerge en las dos mujeres: no pueden huir, solo resistir lo inevitable, tal vez retrasarlo.

Ismael salta al cobertizo. Los pocos segundos de diferencia les salvan la vida —o lo que queda de ella—. Macarena encuentra una sierra de mano y la carga como una espada; Marga, con fuerza desesperada, toma una azada con el mango astillado.

La batalla no tiene épica, solo heridas y ruido: carne cortada, hueso astillado, la sierra masticando costillas. Macarena es derribada, pero logra hundir la herramienta en la cuenca azulada de lo que fue un ojo. Ismael, sin distinguir entre furia y dolor, se agita con la potencia de un animal que no reconoce el final. Marga, en el último hilo de voluntad, alza la azada y la estampa contra la cima de la cabeza de la criatura una, dos, tres veces.

Un suspiro, y cae.

El cobertizo queda en silencio. Afuera, el lago recoge lo suyo, la superficie vuelve a calmarse, como si nada hubiera ocurrido. Se oyen chirridos en la maleza, algo arrastrándose, como si otras criaturas respondieran a una llamada lejana.

Macarena ayuda a Marga a arrastrarse fuera del cobertizo, bajo el cielo que ahora, sin lluvia, deja entrever una pizca de estrellas. El aire lleva aún el cuento de la sangre y el hierro, y el rumor del lago aún parece cantar en otra lengua. “Nunca debimos encontrarlo”, dice Marga, antes de dejarse caer sobre la tierra fría, la respiración lenta y fatigada, como la marea.

Macarena mira el horizonte, siente cómo su propia piel empieza a hormiguear, a vibrar bajo el huevo podrido del miedo. No hay salida. El horror no ha terminado.

El lago observa, hambriento, esperando el próximo ciclo.

FIN.

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