Portada del relato Noche de Sombras Invitadas
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Fragmento:


Jenny: "Por seguir la corriente: enfrente del espejo, nunca sé si es realmente mi reflejo. A veces, me imagino que algo me mira desde detrás del cristal. Tu turno."

Duración: 08:30

Noche de Sombras Invitadas
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Texto de ajuste de pausa.

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La noche no era especialmente oscura. En la ciudad, la luminosidad nunca cesaba realmente, y para Jenny S. la luz mortecina que se filtraba por las persianas rotas del minúsculo apartamento ofrecía tan poca privacidad como consuelo. Trabajaba desde casa como editora de contenido para una revista digital, y, generación tras generación de textos vacíos, palabras insípidas y jornadas solitarias, la vida había adquirido una cualidad líquida, ondulante, que resbalaba entre los dedos. En el teléfono, las notificaciones eran su único regalo, pitidos breves y falsos que parpadeaban avisando de la llegada de potenciales amantes, amigos, depredadores.

La pantalla iluminó su rostro de 34 años con esa luz azul enfermiza que convertía cada imperfección en una topografía de la fatiga. Swip, swip, match. Una cara redonda, afilada sonrisa desmontada con inteligencia; la bio: “Ingeniero de sombras. Cine de terror. ‘Nuestro desasosiego es nuestra mejor compañía.’” Nombre: Trey Giallo. No había existido antes en la app y, por alguna razón, la foto tenía la nitidez antinatural de un selfie tomado en el baño de alguien que nunca había aprendido cómo funciona el mundo humano.

Jenny rió. Los algoritmos estaban desesperados, o tal vez ella lo estaba. Mandó un “Hola Trey, ¿cómo te va?”, acompañando el mensaje con un emoji sonriente. La respuesta no llegó enseguida. Encendió un cigarrillo. Resopló el humo en la dirección del ventilador temblequeante mientras fuera zumbaba la vida nocturna urbana: motores desembragados, risas caóticas, la ocasional sirena rebotando entre las fachadas.

Su teléfono tembló contra la mesa.

Trey Giallo: "Mejor ahora. ¿Ves lo que ves frente al espejo?"

Jenny: "Uff, empecemos suave. ¿Qué pregunta es esa?"

Trey: "Un juego, Jenny. Cada quién revela una verdad oscura. Luego, veremos si seguimos hablando. ¿Quieres jugar?"

Había algo inusual en la cadencia de los mensajes. Nada parecido al típico payaso baboso de Tinder, ni al narcisista torpemente poético. Esto era frío, casi automático, pero... cautivador. Una sombra nueva en su rutina de soledad.

Jenny: "Por seguir la corriente: enfrente del espejo, nunca sé si es realmente mi reflejo. A veces, me imagino que algo me mira desde detrás del cristal. Tu turno."

Silencio. La pantalla seguía mostrando el avatar de Trey. Podía jurar, en la penumbra del pasillo, que alguna sombra se movía en el borde de lo visible —sólo cansancio, se dijo.

Trey: "Frente al espejo, veo todo lo que debería haber hecho, y todo lo que aún haré. He cruzado la línea y ahora sé que, desde el otro lado del cristal, no hay vuelta atrás. ¿Quisieras que tu reflejo viviera por ti?"

Jenny tuvo una punzada de incomodidad. Rió, nerviosa, por su propia estupidez. “Buen intento, Trey. Seguro tienes historias de fantasmas. ¿Café mañana?”.

Él respondió con un "Claro. Pero no en público. Hay mejores sitios. Direccion: 429 Willow Lane. Ven a las 2AM." Sus dedos casi lo bloquearon. ¿Cita a una hora tan extraña, en otro vecindario? Apagó el móvil, diciéndose que no acudiría.

Pero cuando encendió la pantalla nuevamente, sólo por costumbre insomne, el mensaje seguía ahí. Y debajo, “¿Te atreves?”. La curiosidad, la soledad y algo más oscuro la impulsaron a aceptar. Tal vez, pensó retorcida, merecía poner en riesgo su vida en noche de sábado cualquiera. Tal vez sería una historia para contar. O el final completo de todas ellas.

***

Willow Lane era una rama podrida en la periferia de la ciudad, tan sumida en el olvido que ni siquiera los borrachos la reclamaban. Jenny fue en Uber y echó a caminar la última cuadra, bajo faroles rotos. A esa hora, incluso las ratas evitaban los charcos de sombra. El edificio era un complejo antiguo, de esos con buzones oxidados y números torcidos colgando por un solo tornillo.

El departamento 1B estaba al fondo, y la puerta entreabierta. Jenny, arrastrada por una mezcla de adrenalina y vacío resignado, empujó suavemente el umbral.

El interior olía a tierra y a algo agrio, como limones en descomposición. La única luz provenía de una lámpara de pie cubierta por tela negra. Trey no aparecía por ningún lado. Jenny se aproximó, el teléfono listo en la mano, el pulso aumentando con cada pisada hacia el salón. De fondo, retumbaba la vibración de su móvil —un solo mensaje, insistente, de Trey: “Mírate en el espejo”.

Había uno enorme en la pared del fondo, de esos que multiplican el espacio. Cuando Jenny enfocó su reflejo, vio dos cosas a la vez: su rostro, pálido y fantasmagórico, y una sombra torpe detrás, sin forma, sin contexto.

La sombra se desplegó. Jenny se congeló, incapaz de mover siquiera la respiración. El teléfono, súbitamente enterrado en su puño cerrado, buzoneó:

“Admite tu deseo. O te lo quitaré.”

Antes de que lograra girarse, la sombra se cerró sobre ella, fría y pegajosa, hundiéndole los talones en el parqué como si fueran raíces atrapadas en fango. Chasqueó, siseante, junto a su oído: “Tu turno de mirar desde el otro lado.”

Había olor a sangre, aunque no supo si era imaginación. El mundo parpadeó; de repente estaba frente al espejo, pero el ángulo era extraño. Sus brazos colgaban como de otra persona, su rostro flotaba pálido sobre hombros que no sentía, y la sombra —Trey, o lo que decía ser Trey— esperaba agazapada tras su reflejo, como un tiburón en aguas negras.

“¿Quieres vivir o mirar?” preguntó la entidad con una boca que no era boca, con lenguas de sombra por dientes.

***

Jenny trató de gritar pero los sonidos sólo rozaban el techo de su cráneo. “¡Déjame salir!” suplicó. “No quería esto, era una cita, era sólo otra mierda digital—”

La sombra se encogió, reptando inmensa bajo la piel del espejo. “Todos queréis ver sin ser vistos. Todos creéis dominar a la bestia del deseo, hacéis swipe hasta creer que volveréis a encontrarse con lo real, y sólo halláis hambre. Mil años de hambre; mil noches de carne prometida.”

Jenny tropezó hacia atrás y la realidad le saltó a la cara como una trampa. Estaba, súbitamente, del otro lado del espejo. Podía verse, pero no podía moverse; podía oír, pero no escuchar. Su cuerpo, allá afuera, se mantuvo firme, y la sombra se fusionó con él, llenando el vacío de sus ojos con una vida fastidiosamente ajena.

“Tuviste la oportunidad de confesar,” comentó la criatura. “Cuando mientes a otros sobre quién eres, abres puertas. Yo entro. Yo soy el que mira cuando los otros miran su reflejo y creen que no hay consecuencias por mentir.”

El teléfono de su cuerpo titiló. Entró un mensaje de una tal Ella V.: “Hey Jenny, ¿tomamos café mañana?”

Su propia mano, envuelta en negrura, respondió. “Sí. Pero mejor, a las dos de la mañana. Es la mejor hora para ver quién eres realmente.”

Jenny chilló, pero, del otro lado del espejo, nadie puede oír los gritos.

***

En 2B, mismo edificio, Ella V. esperaba horas más tarde. El espejo brillaba con la luz glauca de la luna, y la sombra salía, reptante, con un nuevo rostro prestado. La ciudad seguía brillando, millones de matches, millones de reflejos entretejiéndose en soledad estructural.

Al otro lado de cada pantalla, algo observaba. Esperando que los humanos, por voluntad o por hambre, por soledad o maldad, cruzaran voluntarios al otro lado. Porque en la era de la virtualidad, lo invisible sólo necesita una invitación. Y la suya había llegado ya, miles de veces, con cada swipe, cada deseo nunca confesado.

Las huellas de Jenny S., como las de otros antes —y después de ella— jamás abandonarían el reflejo. Si algún día te miras al espejo, en plena madrugada, y parpadeas sólo para descubrir que la sombra no es la tuya, sino un hueco oscuro afilando los dientes, recuerda: la entidad nunca busca a los valientes, sino a los solitarios.

Aceptaste la cita. Ahora, para siempre, es tu turno de mirar desde el otro lado.

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