Fragmento:
Esa noche, la última semana de octubre, había una tormenta de las que hacen crujir los cimientos. La cuidadora principal, Viviana, observaba la lluvia desde la ventana de la oficina, el radio murmurando música apenas perceptible. Diez niños dormían, pero uno, Sebastián, de doce años, se revolvía inquieto en su cama. Bajo la frazada, los susurros de Nico, su compañero, lo mantenían en vilo.
Duración: 11:09
Nada resultaba más imponente en la vieja Casita de los Bambini que la muñeca sentada en la estantería más alta, justo al fondo de la sala de juegos. La llaman "Marianna". Su vestido de encaje amarillento, deslavado por los años, tuvo alguna vez el color azul de un cielo de mediodía; ahora parecía un jirón de bruma. Nadie recordaba a quién le perteneció antes de aparecer ahí, pero la historia de que había llegado por sí sola, dejando solo silencio a su paso, circulaba entre las antiguas cuidadoras, tan resistentes como las polillas que infestaban los rincones sombríos del orfanato.
Es importante aclarar que la Casita nunca fue hogar alegre. El envejecido caserón impregnaba a sus habitantes una tristeza indeleble. Y sin embargo, a pesar de los años y de las historias murmuradas entre los niños –sobre el eco de pasos a deshora, objetos cambiando de lugar, y la presencia constante de unos ojos fríos observando desde lo alto– el orfanato seguía abriendo sus puertas cada otoño para nuevos huérfanos, rechazados y sin voz.
Esa noche, la última semana de octubre, había una tormenta de las que hacen crujir los cimientos. La cuidadora principal, Viviana, observaba la lluvia desde la ventana de la oficina, el radio murmurando música apenas perceptible. Diez niños dormían, pero uno, Sebastián, de doce años, se revolvía inquieto en su cama. Bajo la frazada, los susurros de Nico, su compañero, lo mantenían en vilo.
—Te lo juro, vi que parpadeaba.
—¿La muñeca?
—Sí. Antes estaba mirando para el pasillo. Ahora está girada para la puerta del baño. Lo juro por Dios, Sebas. Si me muero, por Dios, la vi moverse.
Sebastián, que ya había escuchado a no menos de cinco niños contar lo mismo a lo largo del año, apretó la mandíbula. No porque no les creyera, sino porque pensaba que ignorarla era la única manera de seguir adelante.
La Casita de los Bambini no tenía muchas tardes dulces ni caramelos de premio. Los gritos de la celadora de día y la disciplina marcial de la cocina eran rutina. Pero la tarde anterior a Halloween, rompieron esa secuencia: Viviana, extrañamente animada, les permitió buscar disfraces entre los baúles polvorientos del desván.
Así fue como, entre plumas, capas negras y medias raídas, Sebastián encontró una antigua máscara blanca. Al ponérsela sintió un estremecimiento, tan redondo y frío como si apretara una piedra en la garganta. No entendía el motivo, pero bastó un solo vistazo al espejo partido para saber que nunca, nunca debía ponérsela delante de Marianna.
La fiesta fue breve, interrumpida por el estrépito del viento. A eso de las diez, todos estaban obligados a dormir. Menos Sebastián, claro, que volvía una y otra vez la cabeza hacia la ventana, donde el destello de los relámpagos dibujaba siluetas amenazantes entre los árboles. Cuando creyó que Nico roncaba, se deslizó fuera de su cama y caminó en silencio hacia el pasillo. Debía ir al baño, sentía que las tripas le pateaban por los nervios.
El pasillo olía a cera y a algo rancio, indefinible. Al pasar frente a la sala de juegos, vio la puerta entreabierta. No pudo evitar curiosear. Sintió que la curiosidad era un bocado venenoso, pero la necesidad de comprobar lo que tanto murmuraban era demasiado fuerte.
Atravesó la puerta y recorrió con la mirada la estancia oscura. Solo una grieta de luz naranja se colaba desde el patio, deformando las sombras. Y entonces, los vio: los ojos de Marianna, vidriosos y cruelmente atentos, clavados en la puerta.
Algo más había cambiado en ella. Su boca pintada parecía más ancha. Tal vez era la luz, o el brillo húmedo de sus labios. Pero esa no era la Marianna muerta y vieja que recordaba: parecía estar en mitad de una sonrisa, enseñando todos sus diminutos, puntiagudos dientes de porcelana.
Sintió un impulso visceral de arrojar la muñeca a la chimenea. Pero no podía moverse. Los dedos de la muñeca, finamente tallados, asomaban bajo el encaje, casi imperceptibles, como miniaturas de manos adultas.
El relámpago iluminó la sala. Durante esa fracción de segundo, Sebastián juró que Marianna se había girado un poco, que debería estar mirando otra cosa, pero ahora miraba, sin duda, justo a él.
Salió corriendo, el aire demasiado denso como para gritar. Lloró sin emitir un solo sonido, el terror enquistándose como una astilla en la carne. Se encerró en el baño y no salió hasta que Nico fue a buscarlo.
Por la mañana, Vivian apareció más gris que nunca, con ojeras apagando el atisbo de ternura materna que a veces asomaba en sus mejillas.
—La sala de juegos está cerrada —anunció con voz ausente—. Volverán a entrar cuando lo crea conveniente.
Ese día, Sebastián evitó tanto la mirada de Viviana como cualquier referencia a la noche anterior. Pero en el fondo, supo que no estaba a salvo. Nadie parecía advertir lo que estaba por suceder.
Esa noche, se desató el infierno.
La tormenta partió el silencio en dos. Los niños, abrazados bajo las mantas, murmuraban historias tapándose los oídos. Cerca de la una de la madrugada, la puerta de la sala de juegos se abrió con un chirrido inhumano.
Nico, que compartía litera con Sebastián, fue el primero en oír los pasos. Eran secos, cortos, demasiado ajenos al andar de las cuidadoras.
—Sebas —susurró—. Hay alguien ahí.
—Cállate, es el viento.
Pero ambos sabían que el viento no camina.
Un retumbar sordo descendió por el pasillo hasta su puerta. Un frío imposible se filtró bajo las mantas. Sebastián apretó la mano sudorosa de Nico. Los pasos se acercaban; parecían arrastrarse con cadenas imaginarias, mezclando zancadas largas y movimientos bruscos en medio del silencio.
Después, la puerta se abrió lentamente. Silueta pequeña y deformada, vientre y brazo en sombra, vestido rozando el suelo. Algo sostenía en la mano derecha. Un filo, apenas visible; tal vez una tijera o un cuchillo pequeño, antiguo, del que alguna vez cortó telas para vestidos de muñeca.
Los ojos. Eran los mismos ojos vidriosos, pero con una luz furibunda, como si algo respirara bajo el esmalte. Sonreía. La misma boca pequeña, ahora grotescamente rasgada, enseñando los dientes puntiagudos, decenas de ellos.
Sebastián se quedó petrificado. Nico gritó, el grito amortiguado por la almohada que buscó inútil protección. La muñeca avanzó. Rápidamente, de un salto inhumano, trepó por la litera, arañando con las manos diminutas y crispadas el borde de madera. Un chillido metálico —medio voz, medio eco— llenó la habitación: una especie de risa afilada, de fragmentos de vidrio rotos.
Nico cayó de la cama. La muñeca lo siguió, deslizándose como una víbora. Sebastián, paralizado de terror, solo pudo observar cuando Marianna, con movimientos inhumanos y veloces, clavaba el filo en el cuello expuesto de Nico. La sangre rebosó como una marea oscura sobre el suelo.
Durante segundos eternos, la muñeca apuñaló y apuñaló, hasta que el cuerpo del niño dejó de moverse. Solo entonces pareció notarlo. Sus ojos vacíos buscaron a Sebastián, inmóvil en la litera, garras manchadas, la boca ensanchada en un rictus de ansia.
Antes de que pudiese gritar, una sombra mayor entró en la habitación. Era Viviana.
—¡Deja al niño, mariquita del diablo! —gritó, lanzando una linterna directo al rostro de porcelana.
La linterna golpeó a Marianna, partiéndole la mejilla en una grieta horrible. Un chillido hendió la oscuridad. Marianna se lanzó sobre Viviana, saltando hacia su rostro como una araña gigantesca. Sebastián vio la sangre brotar del cuello de la cuidadora; oído cómo la linterna rodaba por el suelo seguido del estruendo de los pies pateando, muebles cayendo y un aliento apestoso a polvo y culpas de siglos.
En el caos, Sebastián rodó fuera de la litera y corrió. El pasillo era un túnel dantesco: detrás se oía el gorgoteo de Viviana, los pasos diminutos pero potentes de Marianna, que ahora reía y gritaba frases imposibles —en italiano antiguo, diría luego la policía— y la sangre marcaba huellas de payaso en el suelo encerado.
Bajó por las escaleras a trompicones; la muñeca saltaba de escalón en escalón, cortando el aire con su cuchillo. Sebastián forzó la puerta principal. La cerradura estaba trabada. Oyó el martillazo seco de las pequeñas patas cayendo sobre su hombro; la sintió arañando la piel, buscando el cuello, hurgando con su boca de cerámica rota y su aliento a formol maldito.
Logró sacudírsela encima justo a tiempo; la muñeca rodó por el suelo y se alzó, levemente coja por una pierna partida. Sebastián corrió hacia la cocina, único lugar donde la puerta llevaba al patio.
Atravesó la cocina. Detrás, el tic-tac de los pies de Marianna se aceleraba. Atrás quedaba la risa apuñalada de Viviana y los gritos amortiguados de otros niños. Sebastián no miraba atrás, la sangre le tapaba un ojo, el miedo le henchía el pecho de un odio primitivo.
Golpeó la puerta de la cocina con el hombro, notando la carne desgarrada, los dedos llenos de sudor y barro. Fue entonces que la muñeca lo alcanzó. Saltó sobre su espalda, le clavó el cuchillo en el costado. El dolor fue un ardor rojo y furioso.
Sebastián supo que no sobreviviría mucho. Pero vio el horno encendido. Un plan desesperado le cruzó el cerebro: si no podía huir, quizá podía llevarse a la muñeca al infierno con él.
Abrió la puerta del horno de golpe. La muñeca lo rajaba, buscaba su garganta, el filo encontrando carne, pero él apretó con todas sus fuerzas aquella figura de pesadilla y la arrojó dentro del horno.
El grito de Marianna no se pareció a nada humano. Fue como la fractura del aire, como todos los vasos del mundo partiendo a la vez. Golpeó desde adentro, el cuchillo retumbando contra el metal. El olor a pelo y ropa quemados invadió el aire. Las pequeñas manos arañaron el cristal hasta que los dedos se desprendieron.
Sebastián se derrumbó junto a la puerta. Oía los gritos de los otros niños, la sirena de una patrulla perdida en la distancia, el ardiente crepitar de la muñeca cocinándose en el infierno industrial.
No supo cuánto tiempo pasó así, sangrando junto al horno.
Cuando la policía llegó, halló a Sebastián medio muerto, con quemaduras y cortes imposibles, la sala de juegos convertida en carnicería, la cuidadora con el cuello abierto hasta la nuez y el cuerpo roto de la muñeca carbonizado.
Pero quién sabe. A veces, cuando cae la noche y el orfanato es apenas un fantasma de sí mismo, algunos aseguran que pueden oír unos pasos diminutos sobre el suelo encerado. Y juran que, en los ecos de ese cuchillo de juguete, se escucha una risa incompleta y cruel. La sonrisa de porcelana nunca desaparece del todo. Y las muñecas antiguas nunca dejan de esperar en la oscuridad.
Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.