Portada del relato La herida nocturna
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Fragmento:


De regreso, la casa me recibió como un animal rendido: sin luces, con sus maderas crujiendo y el retrato de mi abuelo inclinándose hacia el suelo. Había vivido aquí desde niño, y la conocía mejor que a mi propia sombra. Pero esa noche sus pasillos tenían ángulos y esquinas distintos; la escalera chillaba en otro tono, el reloj marcaba las horas con un retardo inquietante.

Duración: 10:03

La herida nocturna
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Texto de ajuste de pausa.

Había vivido lo suficiente entre las sombras para saber que el miedo caminaba con dos pies y respiraba como una bestia hambrienta, pero la noche en que la niebla se abrió camino entre los pinos y cubrió el aserradero de los Rowland, supe que el terror podría aprender formas nuevas, insidiosas y casi invisibles. Por entonces yo era el guardián de la reliquia familiar, una casa herrumbrosa y apartada, partida entre el rugir del bosque y los latidos lentos de la lluvia, en la ceja misma de la montaña.

Recordaré siempre el frío—no el de la temperatura, sino el otro, el que se adhiere a la carne y no viene del viento sino de algo que se arrastra detrás de él. Esa noche, los pocos habitantes del pueblo miraban desde sus ventanas, con las cortinas a medio correr, susurrando sobre la nube oscura que desde el crepúsculo cubría la sierra. No era una tormenta. No era niebla común. Arremolinada en jirones pesados, la niebla parecía arrastrar sobre el suelo dedos temblorosos, enganchándose en las ramas, colándose bajo puertas y resquicios, empapando un hedor mineral, rancio como metal oxidado.

Yo no me habría preocupado —no más que de costumbre— de no ser por la carta que encontré bajo la puerta cuando fui a recoger leña. Era un pliego amarillo, doblado cuatro veces, con un hilo atado en cruz como si encerrara algo demasiado pesado para el papel. No decía remitente; fuera quien fuera se esmeró en atenuar sus huellas. La abrí allí mismo, bajo el débil resplandor de la lámpara de aceite.

“NO RECUEDAS EL ROSTRO, PERO TE BUSCA.”

Sobre esas palabras, un polvo negrísimo resbaló, cubriéndome la uña. Un aliento frío me recorrió la palma. Mordí mi labio. Miré alrededor. Solo la niebla y yo, y un eco de relojería oxidada en mis tripas.

Podría haberme encerrado y rezar para que el mensajero se equivocara de dirección. Pero no lo hice. Quizás la idiotez no abandona a quienes andan solos por parajes como este.

De regreso, la casa me recibió como un animal rendido: sin luces, con sus maderas crujiendo y el retrato de mi abuelo inclinándose hacia el suelo. Había vivido aquí desde niño, y la conocía mejor que a mi propia sombra. Pero esa noche sus pasillos tenían ángulos y esquinas distintos; la escalera chillaba en otro tono, el reloj marcaba las horas con un retardo inquietante.

La niebla, mientras tanto, se apretaba contra los cristales de las ventanas, como si deseara entrar y desbordarse en el lomo de la alfombra, cubriéndolo todo de esa pátina de polvo que la carta me había prometido. No vi nada, pero lo sentí: una presencia, un peso suspendido esperando el momento correcto para dejarse caer.

Me asomé por la ventana. El aserradero y la vieja maquinaria dormían bajo la nube. Solo el hacha de podar colgaba solitaria, balanceándose en silencio, empate entre el viento y algo más.

Subí a mi cuarto, resuelto a armarme con el viejo revólver de mi padre y una linterna. Al abrir el cajón, un crujido me heló la médula: la puerta se abría, con una lentitud imposible. Ningún viento podía hacerla moverse así. Fui hacia ella, linterna en mano. No había rostro al otro lado, pero un golpe de niebla se precipitó entre mis piernas y me cegó un instante.

A ciegas, escuché el golpetear de pies descalzos en la madera. Me encorvé, el corazón dándome martillazos de hierro. Bastaron unos segundos para comprender que esos pasos no eran míos. Y tampoco de animal alguno conocido. De pronto sentí el zumbido de la hacha en el marco de la puerta de abajo: alguien la levantaba, tallando en el aire un silbido funeral.

No pasaron diez segundos antes de que la linterna temblara en mi mano; la luz saltó, titilante, y dibujó una mancha viscosa en la esquina de la pared. Era la propia niebla: coagulada, densa, tan negra por instantes que podía confundirse con un hueco en la madera o con una figura agachada.

Y entonces, entre parpadeos, vi los surcos de una cara. No, la sugerencia de una cara: hundida, fragmentada, cubierta con el mismo tono negruzco que manchaba la carta. Un espectro sin sustancia, pero con hambre. No tenía ojos, pero reconocí la mirada: recuerdo de un rostro que yo no recordaba. ¿Acaso el mío?

Intenté gritar, pero mi voz se deslizó hacia atrás, como absorbida por un pozo. Un chirrido respondió desde el patio, seguido de un sonido húmedo, el silbido cruel del hacha pasando por carne. Luego el silencio.

Por un minuto, todo se inundó de oscuridad. Sentí que mis pies ya no tocaban el suelo, que las paredes se plegaban sobre mí. Era el pulso de la nube negra, que se movía entre los poros, robándole oxígeno a la casa, intentando asfixiarla. De pronto, desde abajo, un nuevo golpe y después el arrastre de algo denso: el filo del hacha, tallando marcas en la escalera.

Miré el reloj de pared—detenido a las 3:06. Sabía lo que significaba: la hora en que mi madre había muerto, la carne aún fresca en la mesa. Ella nunca mencionó lo que vio esa noche, pero sí el hedor y la sensación de que alguien, algo, la miraba desde la niebla.

La nube se desparramó rápidamente, trepando hasta mí. Era tan tangible que creí sentir en mi lengua el sabor de la herrumbre y el fósforo. Algo se movía dentro de ella: un puño, el mango del hacha, el recuerdo de las palabras: “NO RECUEDAS EL ROSTRO, PERO TE BUSCA”.

Me replegué, torpemente, contra la ventana. Oí el brinquillo de cristales al resquebrajarse. La sombra subía los últimos peldaños; el hacha rascaba sobre madera, chirriante y monótona.

—¿Quién eres? —pregunté, a duras penas.

El silencio respondió, pero detrás del silencio algo gimoteó, y después una risa cortísima, tan afilada que resquebrajó mi compostura.

Traía el hacha en la mano, y el filo se arrastraba en el suelo, dejando una huella húmeda, fangosa, como si la madera sudara poros llenos de sangre. Su figura no era sólida del todo, sino el gesto de una presencia decidiendo tomar forma. Vi la mandíbula descarnada, boca inocua, y un pecho delgado. El negro vapor le cubría el rostro, pero sentí la quemazón de ser reconocido, identificado más allá de la carne.

Lo siguiente es un enhebrado de imágenes que aún hoy se superponen si cierro los ojos: la ventana cediendo detrás de mí. El monstruo entrando, balanceando el hacha, con lentitud deliciosa, como quien prolonga el sufrimiento. Mi cuerpo encogiéndose, mi mente calculando en vano por dónde huir.

Pero lo espantoso fue, no la promesa del golpe, sino lo que vino después: un susurro, como si la nube negra ahora tuviera voz.

“Vuelvo siempre, y nunca recuerdas, vuelvo y te encuentro. Has llamado a la puerta, y me recibes cada vez con un rostro nuevo. Esta casa no te pertenece más que a mí.”

Sentí la vibración de esa voz en las costillas, en los dientes, en toda la arquitectura de la casa, que crujía como si sus cimientos se reformularan a cada instante.

Me lancé hacia la escalera, sorteando el filamento viscoso de la niebla, manoteando la baranda y percibiendo el frío de algo que arañaba mi pierna desnuda. Tropecé, caí y rodé hasta la planta baja. El eco del hacha me siguió. La niebla ya estaba en la cocina, cortando caminos de sombra. Tropecé al llegar al umbral, y cuando volví a mirar hacia la escalera, el espectro ya bajaba, el hacha danzando como un péndulo borracho.

En el salón, las paredes lloraban gotas espesas. El retrato de mi abuelo había caído, hecho astillas de vidrio. Presa del pánico, busqué la salida, pero todas las puertas parecían cerradas por dentro; sólo la de la bodega daba paso, y por allí descendí, sintiendo el aliento de la nube rozándome los talones.

Al llegar abajo, el aire era ya casi irrespirable. La linterna chisporroteó y se apagó. A tientas, busqué entre los estantes de frascos de conserva el viejo cuchillo de carnicero. Lo encontré casi por intuición, y me apuntalé contra los toneles, jadeando.

La nube se deslizó por las escaleras como un útero viscoso. Su forma era ya mucho más nítida, más humana en lo grotesco. El filo del hacha tintineó contra el suelo de piedra y se irguió a mi lado. Vi la cuenca vacía de su ojo. Era el espectro de todos los que aquí habían muerto: de mi madre, de mi abuelo, de todos los que la niebla había reclamado en su danza. Y su cara ahora era la mía: reflejo oscuro de un deseo largamente negado. Supe entonces que yo también era él; que cada siglo, cada década, cada noche de niebla, había sido convocado para repetir el ciclo. La casa y yo y el fantasma, parte de una única maquinaria.

El cuchillo en mi mano no pesaba más que una pluma. El hacha se alzó, y sentí en los músculos el impulso ciego de atacar. Pero la niebla era más rápida. Todo quedó oscuro. El dolor fue como el filo del invierno.

Cuando desperté, era de día. El aserradero aparecía bañado en amanecer, sin rastro de niebla. El cuchillo oxidado en el suelo, manchas negras en los rincones. Nadie en el pueblo me miraba a los ojos. Nadie hablaba de la nube. Pero cada letra ennegrecida de la carta seguía flotando ante mi vista, y el retrato de mi abuelo, ahora colgado en la pared, mostraba mi propio rostro, a medio desdibujar, bajo una nueva capa de polvo y ceniza.

Y en la sangre semiseca de la escalera, apenas visible, alguien —quizá yo mismo— había garabateado estas palabras: “VOLVERÁ. Y SERÁS TÚ QUE DESCIENDA CON EL HACHA.”

El ciclo no termina. La niebla se va, la nube negra se dispersa, pero la puerta permanece—y la herida nocturna supura mientras alguien, alguna vez futuro, pronto llamará otra vez.

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