Fragmento:
Con una voz opiácea, Cornelia preguntó si creía en los fantasmas, si podía distinguir el deseo de la condena, si había amado alguna vez hasta mendigar el olvido. Yo respondí que sólo temía a la monotonía. Se rio, y me invitó —o me desafió— a explorar la biblioteca. Nadie protestó. Annette me dio la mano, y atravesamos la galería entre risas y pestilencia a vino viejo.
Duración: 10:33
La memoria ha aprendido a obrar sus crueles hechizos sobre Annette Dufour. Mientras escribo esto, juro que escucho su risa, pegajosa y rota, colarse detrás de las cortinas siempre entornadas de la casa Ashcroft. ¿Puede la noche recordar el sudor de la pasión y el hielo de la muerte en una misma persecución? Lo descubrirán ustedes mismos, si se atreven a escuchar lo que nadie más quiso contar.
La niebla de octubre siempre ha caído como un sudario sobre Montmartre, pero en 1889 —el año en que yo, Louis-Charles Baptiste, fui testigo de cosas que no debieron sobrevivir al amanecer— la niebla era tan pertinaz que hasta los faroleros temían salir a encender las luminarias una hora antes del crepúsculo. Yo tenía entonces treinta y tres, y era periodista para Le Courrier Parisien. Creía haber visto lo peor en las morgues y garitas traseras, pero lo que acaeció aquella estación aún me destroza el corazón y las convicciones.
Annette, de quien nunca sabré si fue bruja, musa o mártir, llevaba el cabello recogido en un complicado nido de trenzas castañas, y sus ojos poseían la feroz lucidez de quien baila siempre en los bordes. Llegó a los círculos bohemios sin nombre ni fortuna, sólo un manuscrito de poemas y la envolvía un aura de perfume a gardenias marchitas. Pronto frecuentó la casa Ashcroft, famosa en los ambientes literarios por sus orgías veladas, sus partidas de espiritismo y por su dueña, Cornelia Ashcroft, a quien ya entonces temía toda París como a un foso de pantanos venenosos.
Cornelia era inglesa y decían que descendía del mismísimo Lord Byron por un linaje de bastardías y asesinatos velados. Quienes la trataban aseguraban que nunca dormía más de dos horas, que comía sólo rosas confitadas y pequeños hígados de pato, y que cada viernes realizaba en el invernadero un rito de evocación. Yo la conocí, claro, en una de sus tertulias: la piel tan pálida que parecía translúcida, y unos labios que sólo sonreían como una herida mal cerrada.
Un rumor persistente aseguraba que todos los que entraban solos a la biblioteca de la casa Ashcroft salían mudos, trastornados o demasiado ebrios para recordar el motivo. Yo, movido por una mezcla de escepticismo profesional y una avidez malsana por las mujeres inalcanzables, acudí por invitación de Annette.
Esa noche, la niebla se había espesado como leche podrida. El carruaje que me dejó tocó la aldaba dorada, cuyo pomo tenía forma de calavera. Los lacayos, vestidos de azul y negro, me guiaron por un pasillo alfombrado donde el silencio era absoluto, salvo por un extraño tic-tac levemente anacrónico, como si un millar de relojes respirase en los intestinos de la mansión.
Annette me esperaba al pie de la gran escalera. Sonrió, y susurró sólo para mí: "Hay otras casas donde los fantasmas se esconden, Louis. Aquí bailan con los vivos." No sabría jamás si me advirtió o se burló.
El salón estaba lleno de niebla que se colaba por los cristales y se enroscaba entre los anillos de humo de los cigarrillos turcos. Artistas, poetas, una violinista húngara que tocaba valses de cripta, y en el centro, Cornelia Ashcroft, reclinada en un diván de terciopelo color sangre. Me hizo sentar cerca, sobre un taburete tan frío como una lápida. Observé sus manos: finas, y adornadas de anillos que parecían ojos cerrados por dentro.
Con una voz opiácea, Cornelia preguntó si creía en los fantasmas, si podía distinguir el deseo de la condena, si había amado alguna vez hasta mendigar el olvido. Yo respondí que sólo temía a la monotonía. Se rio, y me invitó —o me desafió— a explorar la biblioteca. Nadie protestó. Annette me dio la mano, y atravesamos la galería entre risas y pestilencia a vino viejo.
La biblioteca Ashcroft era un foso. No había ventanas, sólo altos estantes cargados de tomos encuadernados en piel oscura —algunos, dijo Annette en un susurro, forrados con la piel de doncellas rusas muertas en duelo—. Velas encendidas sembraban sombras como dedos mutilados, y en la mesa principal, cubierto de pétalos resecos, reinaba un espejo antiguo, de marco desconchado, el cristal tan manchado que parecía llorar.
Annette extrajo una llave diminuta de su escote. "Prométeme que si escuchas mi nombre, no mirarás atrás", dijo en voz baja. Reí, como un idiota joven. Nos acercamos al espejo. En el reverso, con tinta reseca, alguien había garabateado versos: "Te amo donde no hay tiempo / ni memoria ni carne. / Mi boca será tu tumba."
Annette tocó el cristal con la punta de su dedo. Una línea roja surgió, como si el espejo la hubiera cortado. La sangre se deslizó, serpenteó hasta formar una palabra: "Volverás". El aire se volvió cortante, y detrás de nosotros, el murmullo de la niebla empezó a sonar como un coro de voces extraviadas.
En ese instante, la biblioteca vibró con un eco imposible: un vals, pero ejecutado a velocidades inhumanas. Y cada nota parecía convocar escenas de pesadilla. Las paredes sudaban lágrimas de agua salada. Annette jadeaba, su pecho subía y bajaba —yo sentía su corazón agitarse como un animal enjaulado—. El espejo nos devolvía un reflejo distorsionado: yo era mucho más viejo, Annette muchísimo más pálida, ya casi sin rostro.
"No... no mires atrás", musitó. Pero cuando el violín explotó en un chillido insoportable, algo me obligó a girarme. Entre las sombras supe ver la figura de Cornelia, de pie en el umbral, los ojos ardiendo como carbones, y arrastrando tras de sí a medio centenar de siluetas: huéspedes muertos, poetas con la lengua cortada, amantes sin labios.
Huimos —o eso recuerdo, aunque mis músculos estaban duros y mi alma fosilizada—. Annette me empujó por el corredor, jadeando, y cerró la puerta tras de sí. El pasillo era otro, más largo, las lámparas temblando con una luz enfermiza. Borré de mi memoria lo que sentí entonces, el olor a tierra removida y a flores muertas. Ojalá no lo hubiera hecho.
Avanzamos a tientas hasta que Annette tropezó. Su vestido quedó enganchado en un clavo que sobresalía del zócalo. Al liberar la tela, noté que ese clavo sostenía una carta antigua, sellada con cera negra, dirigida a "Mi amor del otro lado de la noche." La mano de Annette temblaba cuando desprecintó el sobre. La carta, escrita en oscura caligrafía, susurraba con cada frase: "No huyas de mí. El amor que encuentra su fin es el amor que se corrompe en la tumba, y quien ama en la muerte arrastra a los vivos con sus besos. Abre tus venas: yo te espero donde los cielos se cierran con llaves de hueso."
Fue entonces cuando los relojes empezaron a sonar. Primero doce toques, después uno más. Trece. Desde algún rincón de la mansión se alzaron los susurros: "Venid, venid..." Annette se dejó caer contra mi pecho. Sus labios, al presionar mi oído, me dejaron este secreto: "Cornelia vive de las hemorragias del deseo; no sigas a quien te llama por tu nombre."
No sé cómo salimos de la casa Ashcroft. Hay recuerdos falsos de corredores sin fin, puertas que gritaban al cerrarse, y de un aroma a violetas mustias que nunca me abandonó.
A la mañana siguiente, supe que Annette había desaparecido. Cuando pregunté por ella, nadie la recordaba: ni poetas ni criados. Cornelia me recibió en la galería, envuelta en un notorio duelo. Su sonrisa me heló la sangre. "¿Quién es Annette?", preguntó con frialdad, y un criado colocó ante mí un ramo de violetas atado con un lazo negro. En la cinta, cosido con hilo escarlata, leí: “Olvida”.
Pasaron los meses. Volvía, compulsivamente, a ondear ante la casa Ashcroft. No saludaba, no correspondía a ninguna figura tras las ventanas. A veces, cuando el viento del otoño gemía entre las ramas, me parecía escuchar una voz recitar versos detrás de los cristales empañados.
Fueron los sueños quienes finalmente adjudicaron a mi alma la condena. En uno de ellos, caminé por el mismo pasillo enmohecido. Annette aguardaba, enjugándose una lágrima que nunca terminaba de caer. En la biblioteca, el espejo sangraba ya constantemente, y mi reflejo —infinitamente más triste que yo— me sonreía con los labios de Cornelia.
Llegó la primavera y con ella nuevas invitaciones para cenar en la mansión. Acepté una, borracho de nostalgia. Apenas crucé el umbral, sentí el brazo de Cornelia apoderándose del mío. Su tacto era glacial, pero el calor de la sala traía las sombras arrastrando. "¿Todavía buscas a tu enamorada, Baptiste? Aquí los muertos sólo bailan si se les invita", susurró.
La cena transcurría, y las historias de sus invitados se entrelazaban con mitos y tragedias. Una violinista tocó el vals de la biblioteca, y por un instante creí ver, detrás de cada copa, el reflejo de Annette: pálida, ansiosa, como atrapada tras un velo de vidrio.
En el clímax del banquete, Cornelia alzó la copa y propuso un brindis "por los amores imposibles". Todos bebimos. El vino sabía a tinta, a ruina. Al mirar dentro del cáliz, vi que no era vino: era mi propia sangre licuándose, girando en espirales de agonía.
Alguien gritó —quizá yo mismo—. El salón se congeló en la penumbra, los invitados petrificados como estatuas de sal. Entonces Cornelia se levantó, y con una voz mezquina, pronunció la maldición sobre mí: "Quien ama en esta casa nunca olvida, ni es olvidado. Los vivos alimentan a los muertos, y los recuerdos beben la savia de los vivos."
Me dejó marchar. Caminé a tientas por ese París infecto, la niebla calando mis huesos. Desde entonces, cada noche, la casa Ashcroft me visita. La puerta de la biblioteca se abre sola, Annette me llama desde el frío abismo del espejo, Cornelia recita versos antiguos, y los relojes —atestiguo— siempre marcan trece campanadas. El amor, me enseñaron esas noches interminables, no es sino la peor de las condenas, porque nunca muere: se pudre, se arrastra, y al final te arrastra con él.
Así termina, inquieta y amarga, la historia que París se empeña en callar. Yo, Louis-Charles Baptiste, no tengo descanso. Tampoco aquellos que han amado demasiado cerca del abismo. ¿Y usted, lector? ¿Cree que la memoria se disuelve en el olvido? Atrévase a mirar en el espejo de la casa Ashcroft. A lo mejor, esta misma noche, la niebla le susurra su nombre.
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