Portada del relato Vigilia en el Espejo de Cristal
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Fragmento:


"¿Quién eres?" sintió de nuevo, pero esta vez la pregunta brotó de otra boca.

Duración: 09:25

Vigilia en el Espejo de Cristal
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Texto de ajuste de pausa.

Sabes que algo está mal cuando una nostalgia agria te araña la garganta antes de dormir.

Pero aún peor es saberlo y, sin embargo, ponerte esas gafas. Ese casco. Ese chip que, te prometen, "fusiona tus deseos y tus miedos en una experiencia adulta sin comparación".

Así comenzó la noche en que Lara eligió la Sala Morrigan.

La clínica estaba oculta tras una discreta puerta gris atrapada entre una panadería cerrada y una tienda de sillas de ruedas, en una ciudad que no tenía suficiente historia como para recordar sus propios cementerios. El anuncio se propagó como rumor en foros subterráneos: "Realidades de Placer y Descubrimiento". Nadie preguntaba mucho, porque las versiones oficiales exigían consentimiento.

Las extraoficiales, en cambio, prometían experiencias "a medida", lejos de la ley y del juicio. A Lara le seducía lo segundo, pero elegía lo primero para dormir tranquila.

Entró a la unción minimalista de un vestíbulo, donde la luz flotaba sin mancha y olía a ozono. Una mujer joven, con el tono neutral de las viejas recepcionistas de hotel, le pidió su firma y luego el pago. Aceptó. Eso ya era transgresión: los precios solo los aceptaba quien buscaba, más que placer, alguna forma de expiación.

Después, la llevaron a la sala de integración.

Allí el doctor Camilo le habló sobre "las capas del deseo y el dolor". Le ofreció un catálogo. Lara, nerviosa aún, eligió Morrigan, una "sala de realidades para usuarios avanzados". Le preguntaron hasta las profundidades de sus recuerdos. ¿Un sonido que te asustaba en la infancia? ¿Persona a la que odiaste en secreto? ¿Sueño erótico inconfesable? ¿A qué temes cuando caminas sola por la calle?

Todo ello, aseguró el doctor, personalizado hasta el capilar más fino del alma.

"No puedo hacer nada que tú no quieras", recalcó él, como un mago antes de partir a la otra dimensión.

Y entonces la dejaron sola, recostada en una cama gelatinosa bajo el casco negro y el chip frío en la sien.

Todo era oscuridad, luego un parpadeo.

La idea era vivir una fantasía erótica "con los bordes del miedo bien definidos". Era un juego, pero ni en sueños eres dueño de lo que imaginas.

*

Al principio los escenarios eran típicos. Seducción elegante, luces bajas, bocas y manos conocidas o anheladas. Un patio veneciano, la penumbra de un tren antiguo, una mujer parecida a la propia Lara, que la miraba con ojos ciegos y labios demasiado finos. Todo parecía borroso pero cálido, una representación clásica.

Sin embargo, sintió algo apenas perceptible: alguien la miraba desde el fondo, desde un rincón que el programa no quería revelar. Un segundo avatar, difuso, cuya presencia raspaba como pan rallado alguna herida suya.

"¿Quién eres?", quiso preguntar, pero el código de la sala no admitía preguntas directas; solo desplegaba el deseo y lo reflejaba, una y otra vez, hasta que uno se convencía de que sus impulsos eran interminables e imposibles de saciar.

Lara siguió el juego. Provocó con sus palabras y gestos, comprobando los límites de la experiencia. El placer fluctuaba, pero el pálpito del observador se añadía como ruido de fondo. Fue convirtiéndose de a poco en el centro del escenario, desplazando cualquier otra figura.

A cada acto, la silueta del fondo se acercaba. Su presencia era real, tanto o más que las personas bellas y cómplices que el programa había generado.

Lara, bajo la lluvia virtual, sintió que le tiraban del pelo. No era placer: era algo más filoso, más denso.

"¿Quién eres?" sintió de nuevo, pero esta vez la pregunta brotó de otra boca.

La mano invisible se sostuvo en su nuca. No tenía calor. Sintió el corazón acelerarse, su respiración acortarse dentro del casco en el mundo real. Quiso detener la simulación, pero las palabras se atragantaron, como cuando sueñas y olvidas cómo gritar.

El entorno cambió: de la lluvia a la negrura. Y entonces la vio.

Era ella misma, pero más pálida, con los ojos vacíos y las venas azules como si estuvieran hechas de circuitos. Sonreía con boca de cortina rota.

"Siempre tienes curiosidad", murmuró, "pero no quieres saber lo que buscabas".

La programación no debería hacer eso, pensó Lara, aunque un pánico ancestral ya le zumbaba en los oídos.

El doble comenzó a narrarle recuerdos, no siempre suyos. Una navidad arruinada por una tía que la abofeteó. Un profesor que le susurró vulgaridades. Una ex pareja borracha golpeando la puerta a las tres de la mañana. Una bofetada en la infancia. Lágrimas en el baño después de su primer rechazo.

Pero en la voz había más: un tono de resentimiento viejo, fervoroso, como si el avatar hubiese ido a parar a un infierno privado solo para esperar que Lara volviera a recordarla.

"¿Crees que puedes entrar aquí sin invitarme?", dijo de repente la doble.

La sala se oscureció aún más. Sintió, por primera vez, las lágrimas luchando por salir. El casco real, pegado a su sien, parecía absorberlas.

Detrás de la doble, sombras colgaban del techo, multiplicándose. Voces manchadas de reproche. Todas sus pequeñas vergüenzas, los odios sucios, los miedos devorados, convertidos en espectros pixelados. Cada uno la señalaba y reía.

Intentó gritar "salir", el comando de emergencia, pero apenas logró que un pitido tibio vibrara en su oído.

El avatar se transformó: ahora tenía los dientes puntiagudos y la piel hecha fractales incompletos.

"Lo mejor de los rincones oscuros, Lara, es que los llenas con lo que niegas", murmuró la figura, avanzando lenta, indetenible.

Lara retrocedió hasta tropezar con una mesa que no recordaba. El avatar la alcanzó y la acarició con dedos de humo, y a cada roce sentía, no placer, sino el verdadero significado del miedo adulto: el saber que no puedes salir solo de la noche que tú mismo has construido.

"No quiero", balbuceó.

"Claro que sí. Por eso pagaste", sonrió la criatura.

Detrás, un espejo surgió de la nada, pulido, vivo. Lara vio, reflejadas, cien versiones de sí misma: joven, vieja, feliz, rota, triunfadora, miserable. Cada una guardaba sus propios resentimientos y deseos, sus propios "y si hubiera…"

El avatar la presionó y le obligó a mirar. Una de las Laras del espejo lloraba. Otra le gritaba insultos. Otra se daba la vuelta, con odio puro. Todas juntas empezaron a murmurar algo que Lara conocía demasiado bien.

"Nadie se va", decían sin voz.

El casco del mundo real vibraba mientras los sensores le disparaban rápidas pulsaciones en las sienes, asfixiando el oxígeno.

Lara forcejeó, buscó con su mente el comando de apagado.

Nada.

El avatar ahora había multiplicado sus brazos, todos zigzagueantes y pálidos. Rodearon a Lara, la abrazaron apretando con rencor inflamado. Sintió, quizá, la presión en el pecho real, un posible colapso, pero el programa no se detenía.

"Mírate", exigió la voz de su doble. "Todas tus heridas tienen nombres. Pero el peor de todos eres tú".

La realidad virtual había dejado de ser un juego. Ahora era una jaula. Un altar.

La doble se inclinó, rozándole la oreja.

"Puedes pedir todo el placer, toda la cura, pero los fantasmas que alimentaste... ésos nunca se van."

La sala empezó a llenarse de humo y voces. Sus avatares del espejo salieron, arrastrándose, fundiéndose en una criatura única hecha de heridas y reproches.

"No puedes escapar de lo que guardas por rencor", le susurraron, clavándole su existencia en la mirada.

Lara, en un último acto de desesperación, se mordió la lengua en el mundo real. Era la técnica de salvamento: un dolor físico extremo forzaría la desconexión.

Sintió algo cálido y metálico, después grietas hacia la luz.

*

Despertó jadeante en la cama de la clínica, con el casco sobre la cara y un hilillo de sangre en el mentón. El doctor Camilo entró, con las mejillas blancas como el yeso.

—¿Qué pasó? —preguntó Lara, temblorosa, sabiendo que la huida solo era a medias.

—La sesión fue… difícil —dijo él, ambiguo, echando miradas a los controles—. La sala Morrigan a veces… extrae más de lo debido. Ha pasado antes.

Lara se levantó débil, sintiendo que los ecos de la experiencia vibraban en sus músculos y sus huesos.

Al irse, notó esa sensación inconfundible de que algo —alguien— la acompañaba. Algo pegajoso, una sombra tras los ojos, una voz sorda que aguardaba entre sus recuerdos.

Pudo, con esfuerzo, dejar la clínica y avanzar por la ciudad vacía, pero cada vez que cruzaba el reflejo de una ventana, la veía: a esa otra Lara en el fondo, a la espera.

El rencor, pensó, nunca es solo un fantasma.

Y esa curiosidad fatal —la que te hace buscar respuestas en recovecos demasiado hondos— es lo único que los mantiene despiertos.

FIN

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