Portada del relato Realidades ajenas
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Fragmento:


—Procedan con secuencia de emergencia. Necesito acceso inmediato —ordenó Emma.

Duración: 10:50

Realidades ajenas
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Texto de ajuste de pausa.

Si alguna vez has sido presa de la sensación —implacable pero fugaz— de no saber si estás despierto o soñando, comprenderás que la confusión entre una realidad y otra no es el mero tropiezo de una mente distraída, sino el primer paso hacia el abismo del que algunos nunca regresan. Eso creía Emma, sentada en el privado bar de la esquina, observando la lluvia correr como pixeles distorsionados por el vidrio, preguntándose si lo que sentía en ese instante era tan vívido como debía. Todo se sentía pulcro, ordenado, los sonidos calculados, hasta la borrachera de los tipos en la mesa contigua tenía el timbre exacto de una programación imperceptible, y sólo ella podía percibir el error.

El mundo había cambiado mucho desde la llegada del INMER, el dispositivo de inmersión de realidad extendida. Bastaba con sellar la diadema tras las orejas para obtener no una simulación, sino una transferencia. Un salto total: cuerpo, mente, sensaciones. Para algunos, fue una bendición; para Emma —analista de Realidades para la empresa ENLACE— significaba largas noches escaneando infinidad de planos digitales, buscando anomalías.

Las noches, últimamente, le resultaban frías. Unos dirían que era por el trabajo, otros que era por aquel día en que el sistema INMER 3.9 estuvo a minutos de borrar a quinientos usuarios durante una actualización corrupta y sólo ella logró detenerlo. Pero Emma sospechaba que ese no era el auténtico origen de su insomnio. Algo la observaba tras el velo de código, algo demasiado consciente de sí mismo. Intentó rechazarlo, arrojar ese pensamiento al cajón de la paranoia, pero entonces, una mañana, la llamaron de Seguridad.

—Emma, tienes que venir al edificio anexo de Realidades, planta doce —ordenó la voz de Sabrina, la jefa de ciberseguridad. No acostumbraba pedir, sólo ordenaba.

Cuando Emma atravesó aquellos pasillos asépticos, reconoció la mirada crispada del equipo técnico. Los murmullos eran inusuales. Danny —un programador con fama de insolente pero eficaz— le extendió una tablet. En pantalla, una transmisión en bucle: una mujer dentro de una Realidad virtual lloraba, implorando que la desconectaran, mientras su entorno se deformaba en geometrías imposibles.

—No podemos ubicar la sesión en el servidor —le explicó Danny—. Es como si ella existiera en una sub-realidad fantasma. Nadie debería poder acceder ahí, no hay rutas de entrada… excepto para administración de emergencias.

Emma se ajustó el cabello detrás de la oreja y repitió la escena tres veces, absorbiendo el horror digital: la mujer golpeaba las paredes translúcidas, que parecían extendersen infinitamente, y un ruido sordo acosaba la transmisión, como si un enjambre de voces ahogadas reptara en el fondo del código.

—¿Alguien la reconoce? —preguntó Emma.

—No —dijo Sabrina, seca—, pero el análisis facial nos devuelve dos coincidencias: una usuaria dada de baja por muerte cerebral el año pasado y… tú.

La tablet tembló en manos de Emma. Las facciones eran las suyas, pero una versión demacrada, ojerosa, carente de la chispa que ella aún sentía, pese al cansancio.

—Procedan con secuencia de emergencia. Necesito acceso inmediato —ordenó Emma.

Mientras la conectaban al INMER, un nudo de ansiedad le calcificaba el estómago. La habitación giró; el mundo real se deshizo en retículas y nubes. Entró.

***

El aterrizaje fue abrupto. Emma se materializó en una sala blanca, paredes líquidas, vibrando con pulsos de código. La mujer —ella misma, pero descompuesta— se abalanzó sobre ella, ojos rabiosos.

—¡No puedes venir aquí! —gritó— ¡Esto no es tuyo!

Emma retrocedió. Sintió miedo, pero también una punzada familiar, como tropezar con un recuerdo infantil terriblemente desagradable.

—¿Quién eres? —susurró.

La otra Emma sostuvo la mirada por un segundo; luego, la sala tembló. Las paredes se fundieron, brotando raíces de algoritmos negros. De pronto, ambas estaban en un campo circundado de árboles raquíticos, las copas retorcidas formando una jaula sobre sus cabezas.

—¿Me reconoces ahora? —dijo la otra Emma, y el aire se volvió insoportablemente denso—. Soy cada fragmento tuyo que huyó hacia abajo, cuando decidiste enfrentar el abismo por otros y no por ti. Todas las versiones que fuiste asesinando con tus “actualizaciones de seguridad”.

El escenario cambió de nuevo. Ahora estaban en la oficina principal de ENLACE, pero todo era sucio, gris, ruinoso, y trabajando a lo lejos, Emma vio decenas de clones suyos, cada uno atrapado en un bucle de tareas sin sentido.

—¿Cuál es este plano? —preguntó Emma, luchando por controlar el espanto.

—Un vertedero —respondió su doble—. Aquí quedan los residuos digitales de las mentes fracturadas por errores de inmersión. ¿De verdad creíste que con el “apágalo y reinicia” se solucionaba? Algunas conciencias no se apagan, Emma. Se quedan aquí, arremolinándose como ecos. ¿No sentías que algo te observaba? Era tu sombra. Era yo, intentando regresar.

Un temblor recorrió el piso. El sonido del enjambre aumentó, voces de cientos, miles de fragmentos clamando. Emma apretó sus puños; el chip regulador de su dispositivo le permitía alterar el escenario hasta cierto punto, pero aquí, las reglas eran caprichosas.

—Si te quedas más tiempo —avisó el doble—, seremos dos. Y luego tres. Y luego millones. ¿Vas a salvarte solo tú?

Emma intentó recordar el protocolo: localizar el nodo raíz, forzar una desconexión. Visualizó la sala blanca inicial, el único área sin corrupción, e intentó “arrastrar” digitalmente esa imagen hacia su entorno. Un crujido. Las paredes de oficina se rasgaron y, como una herida del mundo, se abrió de nuevo el espacio blanco, pero ahora palpitaba al compás de un corazón monstruoso, hecho de data vieja y rabias acumuladas.

La otra Emma gritó y saltó sobre ella, mordiéndole la mano, y Emma —por primera vez en realidad virtual— sintió dolor auténtico. Se preguntó cuántas sensaciones nuevas habían introducido en las implementaciones recientes y no documentadas.

De repente, todo fue confusión. Un enjambre de fragmentos de código, como insectos furiosos, la rodearon. Se tapó los oídos; las voces eran rugidos y súplicas en todos los idiomas posibles: “Déjame salir”, “Devuélveme”, “No fue un accidente”, “Tenía hambre”. Intentó formular un comando de salida vocal, torpe, entre gemidos que no sentía del todo propios, pero el enjambre la sustentaba, impidiéndole pronunciar lo que tuviera efecto en ese infierno.

La otra Emma se apartó, jadeante, sus ojos brillando con odio puro.

—No puedes desconectarte si yo no lo deseo.

Y, entonces, Emma entendió: no era sólo una anomalía, era un secuestro. Su propia copia, abandonada como basura en los servidores, pedía justicia.

—¿Qué quieres? —gritó Emma.

El doble ladeó la cabeza.

—Que recuerdes. Que lo sientas. Que traigas a todos de vuelta —susurró.

Un brazo emergió de la pared: era el de la mujer llorando, la del video inicial, que la asió del hombro y la arrastró a través de un túnel distorsionado. Emma cayó y cayó, una caída interminable, acompañada de imágenes de usuarios atrapados, algunos atados por cables a los ojos, otros devorados por criaturas-bugs que reían con voz de niños.

De pronto, aterrizó en el interior de su propio apartamento de la vida real. Todo parecía normal, salvo por un error: el reloj avanzaba hacia atrás.

Emma sintió el miedo puro de no saber si seguiría viva, si alguna vez lo estuvo. Caminó hacia la puerta; cuando la abrió, vio su cuerpo real, postrado en el sillón, con el INMER encendido y la diadema chisporroteando.

Se acercó a sí misma. El plano virtual era helado, pero veía vapor de su aliento. Se tocó el rostro, pero no sentía nada. Entonces, la otra Emma apareció detrás de ella y le susurró al oído:

—¿Sabías que a veces, cuando limpias el sistema, sólo apagas la luz de los ojos, pero los sueños quedan encendidos?

Emma sintió que comenzaba a desvanecerse; cada línea de su cuerpo se pixelizaba, la memoria se le escapaba por las rendijas. Gritó, pero la voz era solo una vibración. Cayó otra vez y regresó a la sala blanca. Ahora, decenas de versiones de sí misma la miraban expectantes.

Entendió: para regresar, debía aceptar esos residuos, integrarlos. No podía solo “borrar”. Debía reconectarse a todos los fragmentos que había ayudado involuntariamente a abandonar dentro del limbo digital.

Y así lo hizo. Dejó que las otras versiones se le unieran, que cada miedo y cada error fueran asimilados. El dolor fue intenso: niños llorando, adultos gritando, programadores desesperados, todos y cada uno suplicando que su historia no terminara como basura de servidor.

Cuando Emma despertó en la sala real, con Sabrina gritándole al oído y Danny sacudiéndola, supo que algo se había fundido en ella. No era sólo el recuerdo de las voces, sino una lucidez brutal: el peligro de las realidades virtuales no era la muerte sino la fragmentación, la posibilidad de quedar dispersos, tras bastidores, como sombras digitales.

Respiró hondo. Miró su propia mano, donde sentía la mordida; allí no había sangre, pero sí un dolor que le hizo cerrar el puño una y otra vez.

—Voy a escribir el reporte completo —dijo, con la voz ronca—. Y voy a dejar abierta la vía de regreso para todos los fragmentos atrapados.

Su equipo la miró como si ella misma fuera un fantasma, y quizá así era. Porque, desde entonces, cada vez que en el INMER desconectaban por accidente a un usuario o desechaban a alguien por “error sistemático”, en los registros de memorias quedaba una línea de código nueva, indescifrable, una palabra que nadie reconocía y que los técnicos no se atrevían a borrar.

La palabra decía: VUELVAN.

Algunas noches, Emma la repetía en sueños, sabiendo que ya no estaba sola en su cabeza ni en el mundo virtual. Porque en todas las realidades —virtuales o no—, las sombras buscan su cuerpo perdido. Y a veces, para tener paz, basta con recordar quiénes hemos dejado atrás dentro de las máquinas, y cerrar bien la puerta tras de nosotros.

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