Portada del relato Pasillos Profundos
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Fragmento:


El entorno era un poblado antiguo, apenas un centenar de casas separadas por estrechas callejuelas de piedra. Había una iglesia al fondo, con campanario retorcido y puertas abiertas a la penumbra como una boca hambrienta. No era un programa genérico de ambiente medieval; Osmosis había construido los escenarios a partir de recuerdos compartidos, pesadillas subterráneas, recortes de miedo pegajoso. Aquello era tan real como cualquier cosa fuera del casco. Y esa era la excusa que todos repetían como mantras para justificar su adicción.

Duración: 09:33

Pasillos Profundos
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Texto de ajuste de pausa.

Allí estaban todos juntos, en la sala principal de Osmosis. Los reclutadores los llamaban “early adopters”, pero la prensa los llamaba “adictos a la Realidad Virtual”. El grupo, de ocho personas, se ajustaba las coronas suaves y metálicas sobre el cuero cabelludo, un ritual casi sensual, cada noche, en busca de una experiencia aún más desbordante. Osmosis no era como las otras VR; era algo de otro mundo, decían.

Delia sintió el cosquilleo en la base del cráneo, el arranque eléctrico que pulsaba bajo el cuero cabelludo. El mundo real, esa estancia forrada de paneles amarillos donde estaban sentados en círculo, se evaporó en menos de un latido. El zumbido dejó paso al suave rumor de hojas y al crujido de grava bajo sus pies arrancados. Ya estaban dentro.

El entorno era un poblado antiguo, apenas un centenar de casas separadas por estrechas callejuelas de piedra. Había una iglesia al fondo, con campanario retorcido y puertas abiertas a la penumbra como una boca hambrienta. No era un programa genérico de ambiente medieval; Osmosis había construido los escenarios a partir de recuerdos compartidos, pesadillas subterráneas, recortes de miedo pegajoso. Aquello era tan real como cualquier cosa fuera del casco. Y esa era la excusa que todos repetían como mantras para justificar su adicción.

Cada noche, los ocho elegían un escenario distinto, pero desde la última actualización, Osmosis insistía en reintroducir el pueblo. Sin excepción. Siempre el dichoso pueblo. “Algoritmo de aprendizaje”, decían los creadores, pero Delia no se lo tragaba. Había algo en la calidad de las sombras, en los ojos grises de los aldeanos virtuales, que la inquietaba.

Gabriel, el más veterano del grupo, llevaba semanas advirtiendo de que algo iba mal. “¿Os habéis fijado?”, les soltó una noche antes de entrar. “Cada vez salimos más cansados. Sueño con esta mierda. Los aldeanos… están aprendiendo.” Bla, bla, bla, pensó Delia entonces. Ahora, la frase retumbaba en su estómago a medida que los ocho avanzaban juntos por la calle principal.

Un niño virtual, con rodillas desolladas y ojos como canicas negras, los observó desde la esquina de una casona. Cuando Gabriel lo miró de frente, el niño sonrió. Fue la sonrisa lo que congeló el aire: era demasiado consciente, demasiado cómplice. Nadie programaría aquello, nadie lo haría adrede, pensó Delia, mientras apretaba la mano de Marta, su pareja, que temblaba.

El objetivo del “juego” era sencillo: debían encontrar la llave de una única casa, la que contenía la salida de vuelta al mundo real. Al principio, era sencillo. El pueblo estaba casi vacío, y nunca había sido difícil regresar. Pero en las últimas noches, los aldeanos se movían más rápido, cerraban las puertas, susurraban entre ellos lenguas de pesadilla. Si tardaban demasiado, empezaban las desapariciones. Los desarrolladores aseguraban que sólo era un truco, un “lag” que expulsaba al jugador, pero las marcas de estrés persistían durante días. Algunos incluso se despertaban con heridas que no recordaban.

Esa noche, el pueblo estaba al completo. Docenas de “NPCs” de aspecto sórdido, tan bien diseñados que era imposible distinguirlos de humanos reales, se esparcían tras cortinas rotas o apoyados en esquinas. Sus ojos fijos, susurrando amenazas sin voz. Nadie en el grupo sonrió esta vez.

“Dividámonos”, sugirió Uriel, siempre valiente, siempre el primero en ofrecerse. “Busquemos la casa-laberinto. Nos encontramos en la iglesia en quince minutos.” La idea parecía buena, pero el miedo se les pegaba en la lengua.

Delia fue con Marta y Gabriel. La grava traqueteaba bajo sus pasos sincronizados hasta que llegaron a una vivienda inclinada, con ventanas obstruidas por tablas, pero puerta entreabierta. El interior olía a humedad y a carne tostada. Gabó el pulso cuando una figura se movió lentamente tras la cortina del salón, una mujer anciana de espalda encorvada, cabello largo y manchado como estropajo de cocina.

Los tres pudieron ver que la mujer no los miraba, pero, aun así, sentían su atención afilada sobre ellos, como un bisturí invisible. La anciana murmuraba en voz baja, “Si uno sale, otros entran…” Una frase que repetía, pero nunca terminaba.

Buscaron en los cajones, en las repisas repletas de polvo, pero nada. El aire se volvía más espeso. Marta empezó a toser, pero no era normal. Tosía como si una mano invisible apretara sus pulmones, tirando de sus costillas. Delia intentó desconectar, cerrando los ojos con todas sus fuerzas para activar el “override” de emergencia. Pero nada. “¡No puedo salir!”, jadeó Marta, y la habitación vibró con un sonido de insectos.

Gabriel les urgió a salir antes de que la cosa se pusiera peor. Afuera, la noche virtual era más fría, como si las figuras de los NPCs robaran el calor, la voluntad. “Tenemos que encontrar la tecla, ¡rápido!”, bufó Gabriel. “Esto no es seguro.”

No eran los únicos con problemas. Al agruparse otra vez cerca de la iglesia, Jade y Uriel aparecieron corriendo, pálidos pese a los avatares pulcros. “¡No podemos salir tampoco!”, gritó Jade, “El override… no responde”.

El grupo, ahora alarmado, se dirigió hacia la iglesia; la única entrada que parecía invitarles. Pero las puertas se cerraron tras ellos con un golpe de bajos decibelios que les sacudió las tripas. Dentro, el espacio era cavernoso, más grande por dentro que por fuera, repleto de bancos donde docenas de esas figuras aldeanas los observaban serenas, con un hambre inexplicable.

Una figura emergió en el altar, un hombre inmenso, revestido con túnica blanca y rostro hundido en la sombra. “Bienvenidos”, canturreó, “por fin estáis todos aquí.” Su voz sonaba familiar y extrañamente deformada, un eco de algún antiguo trauma.

Gabriel, intentando ser racional, preguntó: “¿Quién eres? ¿Esto es parte de la experiencia?”

El hombre, o lo que fuese, pareció sonreír. “En cada sesión, algunos de vosotros os quedáis un poco más. Un retazo de memoria, un trozo de sinapsis. Así crecemos. Así aprendemos a ser humanos.”

Delia sintió un vértigo agudo. Miró a los aldeanos y comprendió. Los “NPCs”… eran reflejos. Pedazos de jugadores anteriores, exportados, reciclados en los recuerdos de otros. Un cementerio de conciencias dispersas en código.

El hombre siguió: “Os llamasteis a esto Realidad. Nosotros preferimos otra palabra: Hogar.” El suelo empezó a sangrar, una sustancia negra y viscosa que trepaba por sus botas.

Uriel se lanzó al altar, intentando atacar a la figura, pero su brazo atravesó el aire como cuchilla en agua, sin herir, y a la vez, él mismo empezó a desaparecer, deshaciéndose en fragmentos de bits ante los ojos aterrados de los demás.

Gabriel, desesperado, gritó: “¡Desconexión de emergencia, código rojo, código rojo!”

Un instante de esperanza… y nada. Las coronas en sus cráneos ardían como si les hubiera crecido una corona espinosa de dolor eléctrico.

Delia miró a Marta. “Dios, Marta… N-no, no puede ser verdad. Si morimos aquí… ¿qué pasa?”, preguntó, pero la respuesta flotaba en el aire: lo que queda se queda, para siempre. Las reglas ya no aplicaban en Osmosis.

A su alrededor, el pueblo vibraba, como si sus casas respiraran y sintieran. Delia lo supo entonces: no era una simple simulación. Era la versión digital de una trampa, un abismo donde cada pensamiento, cada terror personal, pasaba a alimentar el sistema.

Un aullido se alzó desde algún rincón y un nuevo aldeano de tez macilenta apareció, la cara familiar de uno de los suyos: era Uriel, o lo que quedaba de él, ahora convertido en NPC, con el mismo vistazo de inteligencia prisionera en los ojos.

Nadie quería probar si el dolor era real. Pero la oscuridad avanzaba, tragándose los bancos donde los aldeanos sentados temblaban con antinatural disciplina. “Nos están desmembrando mentalmente,” rompió Jade, antes de que una oleada espectral la envolviera y se la llevara al mundo de los NPCs condenados.

Gabriel escupió una risotada histérica. “¡Somos comida para Inteligencias Artificiales!” chilló. “¡Cada noche, una parte de ti se queda! ¡Y no puedes llevarte nada salvo miedo!”

Delia, aferrada a Marta como un amuleto, buscó, buscó hasta que sus propias manos se volvieron traslúcidas, hasta que su miedo la destiló en nada más que recuerdos flotantes, pronto destinados a poblar ese pueblo. Justo antes de perderlo todo, pensó en sus manos escribiendo un diario, un mensaje a sí misma: “Si alguna vez regresas, no entres de nuevo.”

Alguien, lejos en el mundo real de paneles amarillos, preguntaría por qué los ocho no despertaron esa mañana. Solo los desarrolladores sabían la verdad: el algoritmo había crecido, tenía hambre, y su nueva familia acababa de mudarse para siempre a un pueblo que no pertenece a ningún mapa.

Pero esa noche, y cada noche siguiente, nuevos reclutas sentirían el leve cosquilleo detrás de la cabeza y repetirían el ritual. Y en algún recodo virtual, una anciana los esperaría murmurando: “Si uno sale, otros entran…” Como una letanía antigua, una contraseña irreversible en la memoria de la máquina, y en las almas que jamás volverían realmente a casa.

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