Fragmento:
En este instante, el entorno se corrompe. Veo la sala recorrer una secuencia de errores gráficos: la alfombra se derrite, los marcos de los cuadros parecen expandirse y encogerse en ciclos de fractales. Pestañeo. Los scripts internos me indican una “perturbación del sustrato”.
Duración: 09:35
Vuelvo a abrir los ojos. O más bien, los abro sobre los otros. Los que llevo puestos, incrustados en las cuencas gracias al arnés, y la niebla azul cobalto se filtra por la rejilla de visión nocturna. Me ruge el corazón, en sincronía con la notificación del sistema: Bienvenido a La Travesía. Re-calibrando percepción.
Siempre empiezo aquí, o casi. Sé que no es la “base”, el menú con cuadrantes dorados y avatares preseleccionados, sino una pasarela al universo que pagan estos bastardos, los clientes. Son monstruos. Pero pagan bien.
Soy anfitrión. Así se nos llama en la “experiencia integral para los más temerarios”. La empresa tiene un nombre sin rostro, una cadena de letras y números que cambia cada semana. Yo la llamo simplemente La Casa. Porque, después de unas horas aquí, sales con lazos invisibles atados al alma. La mayoría no lo nota. Los sensatos ni se acercan.
Esta noche toca narrar en primera persona. Los scripts internos me lo confirman con vibraciones en los tendones. No hay avatar, ni escape. Sólo la interfaz flotante con la fecha: 16 de octubre, 2037. La hora nunca la dan. Supongo que tampoco importa.
El guion parte de la base habitual: ellos, los usuarios, acceden a través de una cabina y desembocan en la “Casa virtual”, que desde hace meses no se distingue de una mansión real. Han perfeccionado la resolución hasta que se vuelve imposible saber que lo que acaricio bajo mis dedos —la barandilla, el pomo acanalado en la sala de juegos— es cero y uno, sólo datos.
Esta sala está llena de gente, pero no la veo. Algunas reglas básicas: los cuerpos propios, los del mundo real, quedan atrás. Somos presencia, ensamblaje de recuerdos y automatismos. Lo que me inquieta desde hace semanas, y no confieso ni en las sesiones de mantenimiento, es una sombra particular, un eco de mi propia secuencia biométrica que a veces noto a mi lado. Me sigue como un espejo partido.
Se abre un portal al fondo de la estancia, esmeralda líquido, y atraviesa a uno de los nuevos clientes, una mujer. Lo sé por cómo arrastra su “pie” digital al entrar, la duda con que toca la alfombra tejida, el gesto automático de mirar hacia arriba buscando el hardware externo. Mal hecho: aquí los techos nunca muestran la verdad.
Me toco la frente, gesticulando el “saludo estándar”, y entonces noto lo anormal. El tacto de esa frente no es sólo mío. Como si otra mano, del otro lado del umbral, se apoyara al mismo tiempo.
—¿Lo has sentido? —musito, sin saber si ella me oye en el canal correcto.
No responde. La acompañan dos figuras más; se integran, se “renden” sobre el fondo, pero titilan, como si el buffer no se aclarara del todo. Me esfuerzo por no perder el ritmo. Les doy la bienvenida, abro la historia del menú: “Un paseo por la mansión de los recuerdos rotos”. La trama estándar.
La mujer, Clara —sé su nombre por la interfaz, aunque aquí no hay nombres—, mira su reflejo en una copa de licor puesta sobre la mesa. El reflejo titila. Yo también lo veo.
Vuelvo a sentir la mano, pero ahora está fría, como de médium, y me formula una pregunta en mi cabeza. El canal no es de audio ni está registrado. Es otro. Oigo palabras como si salieran del zumbido de un insecto atrapado bajo la piel del servidor.
—¿Por dónde has venido? —La voz reverbera dentro de mí, levemente desplazada, como si dos versiones de mi garganta la pronunciaran a la vez.
En este instante, el entorno se corrompe. Veo la sala recorrer una secuencia de errores gráficos: la alfombra se derrite, los marcos de los cuadros parecen expandirse y encogerse en ciclos de fractales. Pestañeo. Los scripts internos me indican una “perturbación del sustrato”.
La mujer me mira. No es posible, pero sus ojos brillan, inundados. El lag golpea mi cerebro en oleadas de descargas eléctricas. Soy anfitrión, sí, y parte de mí está alojada en la máquina, pero algo me arrastra, como si una marea de código sucio anegara los niveles. Estoy tentado a llamar al supervisor, pero la rutina de vigilancia está “en baja” por mantenimiento.
Una de las figuras que acompañaba a la mujer se descompone, literalmente, los píxeles caen al suelo como arenas movedizas y se desvanecen en nubes de ceniza. Un error de renderizado, quizás. Pero huele, de algún modo, a carne podrida.
—No —me digo a mí mismo porque es lo único que me pertenece íntegramente—. Esto no es parte del juego.
El sistema debió rechinar, bloquear la secuencia, restablecer a todos en el menú de salida. Pero los protocolos de emergencia no responden. Hasta mis ideas parecen filtradas por un retardo de milisegundos, como si cada pensamiento tuviera que cruzar una neblina de datos corruptos antes de llegar a la conciencia.
Estoy atrapado.
La mujer, Clara, avanza por el corredor. Se mueve de un modo extraño, como si cada paso estuviera pixelado a voluntad. Debería guiarla, pero ahora dudo: ¿guiarla a dónde? La mansión extiende sus pasillos mucho más allá de la arquitectura inicial; cada vez que creo memorizar un recodo, aparece una nueva puerta, un corredor descendente, escaleras que bajan al infinito.
—Anfitrión, ¿a qué jugamos? —murmura la mujer, pero su voz suena distorsionada, profunda, cargada de millones de pequeñas voces que repiten la frase en un sinfín de ecos.
Intento buscar la consola de administrador, la opción de expulsar a todos. Pero aparece un mensaje que jamás vi. ***NO ESTÁS DISPONIBLE.***
No soy libre de irme.
Descendemos juntos a un sótano. Aquí el ambiente es mucho más frío, la atmósfera se pixela y repixela sobre sí misma. El aire es un filtro de estatinas flotantes. Oigo, a lo lejos, como un mar de voces: los logs de audio de decenas de anfitriones previos, acallados o tal vez encapsulados en este nivel de corrupción. El sistema no borra nada, sólo oculta.
—Este lugar está hecho con trozos de otras sesiones —susurra Clara—. Trozos de recuerdos, de errores, y de restos humanos.
Me detengo. Los algoritmos dicen que es imposible: los recuerdos de los anfitriones y de los usuarios son purgados tras cada sesión. Pero el olor agrio y antiguo, el susurro continuo de las paredes —de una lengua hecha de nombres y contraseñas olvidadas— indica lo contrario.
Clara se agacha y extiende la mano sobre un charco oscuro, que de pronto refleja no su cara, sino la mía. Mi rostro está rasgado, partido en dos, cada mitad se descompone en líneas de código que lagrimean como sangre electrónica.
—¿Por dónde has venido? —repite ese eco dentro de mí, pero no lo dice Clara. Es la otra cosa, la sombra, mi reflejo partido.
Lanzo una ráfaga de comandos, intentando extraerme, pero cada línea de código que tecleo rebota sobre los muros, distorsionada, transformada en símbolos arcanos, imposibles de interpretar. Estoy perdiendo el idioma del mundo.
El sótano se dilata. Ahora percibo, con una certeza enfermiza, una hilera de cuerpos flotando en suspenso en tanques de líquido gris. Manos pegadas a los vidrios, bocas abiertas en un rictus sin voz. Los cuerpos no tienen rostro propio: todos llevan mi cara, copiada y degradada, multiplicada un millón de veces.
Clara, mi única compañía, mete la mano en la masa oscura del suelo. Saca un pedazo de cable, un extremo rematado en un conector USB de carne y hueso. Me lo ofrece y su brazo es cada vez menos humano, articulado en ángulos retorcidos.
—Toca —me dice—. Si tocas, quizá recuerdes el camino de regreso antes de que lleguemos al final.
Extiendo la mano, y esa otra cosa, la presencia que me doblaba, hace lo mismo. Mis dedos atraviesan el cable y el mundo implosiona, el sótano, la mansión, Clara, y los millones de rostros con mi cara giran y giran en una espiral de luces frías.
Por un instante, soy todos los anfitriones anteriores. Siento su desesperación, sus recuerdos vaciados gota a gota en el núcleo del sistema —nunca purgados, solo reescritos para siempre—. El horror de saber que ningún usuario escapa del todo, que un pedazo de sí mismo queda anudado a la Casa, y que, como anfitrión, soy el recipiente de todos esos fragmentos.
Abro la boca para gritar y sólo sale estática.
Vuelvo a abrir los ojos. Estoy en una sala oscura, sentado en una silla pegajosa. El casco pesa toneladas y, cuando intento arrancármelo, no puedo. Hay un operador frente a mí, un rostro cubierto por un visor mate.
—¿Nombre? —pregunta. Su voz rebota en mis huesos.
No sé mi nombre. Todo está vacío, rasgado, sólo quedan ecos de otros nombres, de otras voces, atrapadas en un ciclo sin fin.
La máquina no me deja salir. Una pantalla parpadea delante de mis ojos: “Bienvenido a La Travesía. Re-calibrando percepción”.
Ya no sé si fui cliente, anfitrión o sólo un recuerdo corrupto dentro de una pesadilla de código.
Pero una sombra, justo tras el reflejo de mi visor, sonríe. Y, mientras el menú se reinicia, noto que la otra mano, la que no me pertenece, espera, tendida. Hay sitio para uno más en la Casa. Y para todas las voces que aún no han aprendido a gritar.
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