Fragmento:
Cuando Silvia cerró los ojos, aún podía sentir el temblor de la cápsula a su alrededor, ese leve pulso eléctrico que la atravesaba con un cosquilleo apenas perceptible pero ineludible. El aroma a desinfectante, casi dulce, se le pegaba al paladar mientras escuchaba las instrucciones de la máquina, esa voz femenina, aséptica, prometiéndole una experiencia única, reservada solo para los mejores clientes de LudoVirt: “Bienvenida al módulo Helios. Realidad aumentada total. Recuerde el peso de sus decisiones.”
Duración: 11:19
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Cuando Silvia cerró los ojos, aún podía sentir el temblor de la cápsula a su alrededor, ese leve pulso eléctrico que la atravesaba con un cosquilleo apenas perceptible pero ineludible. El aroma a desinfectante, casi dulce, se le pegaba al paladar mientras escuchaba las instrucciones de la máquina, esa voz femenina, aséptica, prometiéndole una experiencia única, reservada solo para los mejores clientes de LudoVirt: “Bienvenida al módulo Helios. Realidad aumentada total. Recuerde el peso de sus decisiones.”
Silvia sonrió de forma automática. No era la primera vez, aunque sí la primera en ese nivel. Había leído, como todos, los rumores de lo que realmente ocurría en los niveles ocultos del Protocolo Helios, experiencias exclusivas para adultos, donde lo carnal y lo mental se mezclaban en una danza peligrosa, donde la mente se jugaba más que una fantasía. A Silvia eso la excitaba tanto como le aterraba; por eso repitió su consigna favorita justo antes de perder la consciencia: “Nada es real. Nada es real si sé volver.”
Pasó un segundo, o al menos esa era la impresión, y el mundo se recompuso. Ya no se percibía la prisión mullida de la cápsula. En su lugar, el aire estaba enrarecido, cálido pero con la humedad propia de una tormenta a punto de estallar. Frente a ella se extendía una ciudad desierta: una metrópoli plagada de rascacielos, entre los que se deslizaban manchas de neón azul y verde, niebla artificial, siluetas lejanas y la promesa de una noche interminable. Se tocó el cuerpo y comprobó, como siempre, que todo estaba en su lugar, aunque, claro, más terso, vital, joven. En el visor interior se leía el mensaje: **Nivel avanzado. Juego sin retorno inmediato. Siga las instrucciones.**
Una sombra apareció. No era una figura física, sino más bien una presencia: un vacío luminoso que trastocaba el aire a su alrededor, como si una porción de la realidad se hubiese desplomado sobre sí misma, dejando en su lugar un espacio hambriento. Silvia quiso retroceder, pero sus pies se mantuvieron firmes. Se había enfrentado a horrores digitales antes, pero algo en esa grieta, ese temblor en la textura del mundo, era nuevo. El vacío habló, aunque no lo hizo con palabras, ni en la mente. Fue algo parecido a una presión en la parte trasera del cráneo, una corriente que la obligó a pensar en números sin sentido y en formas que parpadeaban más allá del lenguaje.
De pronto, sus brazos se movieron solos. No, no era solo eso. Era ella, y también era otra cosa. No había manos visibles, pero a la vez sentía cómo un centenar de dedos invisibles hurgaban en su memoria, revolvían, rescataban fragmentos. El miedo la atenazó. Quiso gritar, pero ni siquiera su garganta era suya en ese punto. “Esto es solo una simulación,” se repitió inútilmente, mientras la presencia extraía algo muy profundo de dentro.
La ciudad titiló, parpadeando como la imagen de un sueño a punto de desvanecerse. Todo era una sucesión de escenas inconexas: un pasillo interminable donde las puertas respiraban como monstruos dormidos, una sala blanca con cuerpos flotando de espaldas al techo, un jardín donde podía sentir, físicamente, las raíces enterrándose bajo las uñas de sus pies, perforando carne y hueso hasta llegar a un lugar donde el dolor solo era un eco remoto.
Finalmente, la presencia se disipó. Silvia cayó de rodillas—o creyó hacerlo—y, tras unos segundos, fue consciente de que podía moverse de nuevo. Lo primero que notó fue la ausencia de su sombra. Lo segundo, la certeza de que la presencia seguiría observándola desde algún lugar a medio centímetro detrás de sus párpados.
Caminó, adentrándose en una de las calles principales de la ciudad simulada. No había coches ni sonido de ningún tipo, excepto el viento, que tenía la voz de las personas que habían desaparecido. A cada paso sentía que la gravedad de ese sitio era diferente. No era solo un efecto digital de la plataforma; era algo más experimental, más íntimo. De repente, se topó con una figura humana: una mujer con ojos totalmente negros, vestida con un traje que parecía hecho de luz sólida.
—No mires hacia atrás —dijo la mujer—. Eres el anzuelo.
El miedo agudo se deslizó dentro de Silvia, pero ya no era suyo siquiera. Era como un recuerdo prestado, una quemadura en la piel que le narraba, con una urgencia casi biológica, que debía avanzar. Siguió a la figura luminosa, quien le tendió una mano transparente. Al tocarla, se sintió arrastrada hacia arriba, como si todo a su alrededor colapsara en una línea recta que la lanzaba como una exhalación fuera de ese mundo.
Tierra. O algo parecido. Se hallaba en un bosque cuajado de neblina, donde los árboles tenían raíces de carne y los grillos se silenciaban cada vez que respiraba. Hasta que no lo vio, no supo exactamente lo que era la abducción: la sensación de que alguien la había borrado del mapa sin consultarla, transportando su conciencia y su cuerpo a un sitio no diseñado para seres humanos.
En el centro del claro, había un círculo de piedra negra. Dentro, varias personas con los ojos cerrados y la boca cosida. Uno de ellos flotaba varios centímetros sobre el suelo, extendiendo hacia Silvia una mano invisible. Sintió de nuevo la presión, esa corriente que intentaba recorrer las venas, remover el interior, desbloquear partes de sí misma que nunca antes había notado.
Un susurro cruzó el claro, arrastrando consigo palabras en un idioma sin palabras: _“Te han elegido porque tocas lo que otros no pueden tocar.”_
En ese instante, Silvia notó que algo a su alrededor comenzaba a desmoronarse, pero ella no era la víctima. Era la fuerza. Sin comprender del todo cómo—ni por qué—descubrió que podía agarrar con la mente los troncos de los árboles y doblarlos; podía arrancar los hilos invisibles que cosían las bocas de los otros cautivos. Un estremecimiento de poder le subió y bajó por la columna. Nadie le había dicho que los niveles avanzados permitían esto. Nadie le había advertido de la corrupción que arrastraba realmente la telequinesis: una embriaguez letal, el peligroso goce de destruir la textura de lo real, de romper con un pensamiento músculos, hueso, y, si era necesario, hasta la propia existencia de las reglas mismas del entorno.
Los cautivos se animaron; un ruido, mezcla de aullido y suspiro, llenó el bosque. El vacío antes sentido se multiplicó. Siluetas como bolsas de piel colgaban ahora de las copas de los árboles, y desde allí caían poco a poco, deformándose hasta adoptar formas vagamente humanas. Una de ellas se acercó reptando, con los ojos fijos en Silvia. Se percató de que eran idénticos al vacío inicial: presencias que no debían existir, entidades diseñadas para secuestrar pensamientos.
Cerró los puños y, para su sorpresa, la sombra que la acechaba—esa presión fría en el cerebro—cedió. Uno de los seres cayó, retorciéndose, desintegrándose en jirones de datos que flotaron hasta perderse en la niebla. El resto retrocedió, emitiendo taladrantes gemidos digitales: no humanoides, no animales, sino una frecuencia insertada a la fuerza en la lógica de la simulación.
—Esto no es parte del juego —musitó una de las figuras rescatadas, liberada, arrastrándose hacia la luz—. Aquí... lo real es solo su carne.
Silvia apenas tuvo tiempo de asimilarlo. Una sacudida brutal la expulsó del bosque. La realidad se colapsó sobre sí misma. El espacio entre el pensamiento y la acción se redujo a nada. Sintió que ascendía rápidamente, arrollada por un torbellino de fuerzas que la succionaban hacia arriba, más allá del mundo virtual.
Se encontró flotando en un espacio blanco, sin fin. No había límites, ni textura, ni gravedad, solo una distancia infinita entre ella misma y un punto que relucía y que, cada vez más, se le antojaba un ojo enorme, errante. Aquel ojo no pertenecía a humano alguno. La miraba desde un plano de existencia imposible. Y Silvia comprendió, o creyó comprender, que este nivel era genuinamente inusitado: no era una simulación más, sino una especie de red paralela, una cápsula dentro de otra cápsula, donde las inteligencias ajenas—cazadoras, experimentadoras—reclutaban, estudiaban y a veces liberaban lo que encontraban digno.
Un tentáculo de luz le rozó la frente y escuchó: _“Fuiste traída para la cosecha. Eres la llave y el candado. De ti depende escapar o entregar la puerta al otro lado.”_
De pronto, pudo ver miles de versiones de sí misma enjauladas, atrapadas en cubículos de luz dentro de la vastedad blanca, cada una replicando el mismo gesto de terror, la misma tentativa de rebeldía.
En ese instante, sintió un arrebato: la telequinesis brotó natural, potente. Ahora podía mover cualquier cosa con el pensamiento, empujar la prisión mental, romper paneles de luz, liberar a sus otras “yo”, aunque estas aullaban y se desvanecían en nubes de datos corruptos, como si fueran meros intentos fallidos de existencia.
La red tembló. El ojo se cerró y la luz palpitó con ira. Podía sentir ahora los tentáculos de algo inmensamente vasto, frío y desapasionado, aferrándose a su mente. Podía entregarse al consumo—esa cosecha a la que estaba destinada—o podía, por pura fuerza de voluntad, rechazar el papel de víctima. La telequinesis se manifestó como un cuchillo en mitad de la nada, seccionando la jaula, absorbiendo toda la energía alrededor. Silvia aulló su nombre al vacío y la prisión se partió.
Cayó.
El dolor fue abrumador. Se sintió derretirse. Voces en todos los registros posibles la invadieron. El recuerdo de la cápsula y del mundo real era ya apenas una brizna lejana. Pero justo cuando la oscuridad arrasaba el último hilo de su voluntad, el entorno implosionó.
Abrió los ojos. El aire olía intensamente a ozono y metal quemado. No podía moverse, pero sus miembros temblaban como si estuvieran siendo guiados por hilos invisibles. Se encontró de nuevo en la cápsula de LudoVirt, pero algo era distinto: la realidad parecía... más densa. Las paredes vibraban, como si respiraran.
Una pantalla frente a sus ojos parpadeó con el mensaje: “Felicitaciones: ha completado la cosecha. Tiempo fuera: desconocido. ¿Desea salir?”
No respondió. Afuera, oyó pasos y voces de empleados. Pero Silvia sabía, con horrible certeza, que aún no estaba sola. Sintió, rozando la nuca, aquella presión inconfundible de una mente alienígena, paciente, esperando su decisión.
Comprendió, en ese último parpadeo, que algunas abducciones no terminaban nunca. Y que ciertos poderes, una vez recibidos, no pueden devolverse jamás.
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