Portada del relato La vigilia de los creadores
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Fragmento:


Era septiembre y los días eran austeros, el sol sin calor y el aire preñado de hojas caídas, cuando puse mi tienda al pie del cerro Varmund, exactamente donde el río Piter se bifurca en dos, arrastrando consigo la promesa de un invierno sin fin. Mi compañía era escasa: un viejo cuaderno de bitácora, el revólver de mi abuelo y las cartas, cada vez más inconexas, de mis colegas en la Sociedad de Exploración y Estudio Paranormal. Su última misiva insistía en que abandonara toda tentativa, citando desapariciones que nadie había tenido el coraje de aclarar.

Duración: 09:45

La vigilia de los creadores
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Texto de ajuste de pausa.

Había cosas que los mapas modernos aún no se atrevían a mencionar. Fragmentos de territorio que, una vez señalados en los antiguos pergaminos por exploradores anónimos, hoy solo figuraban como manchas borrosas, o relegados a la nada bajo glaciares y llanuras olvidadas. He dedicado mi vida entera a buscar esos parajes; no por simple obstinación ni deseo de asombro, sino por el anhelo de comprender los linderos del temor humano. Así fue como, siguiendo ecos y rumores dejados por los que nunca regresaron, di con las inmediaciones del Valle de Kräen, donde los animales evitan posarse, y el aire, espeso e inmóvil, parece guardar un secreto terrible.

Era septiembre y los días eran austeros, el sol sin calor y el aire preñado de hojas caídas, cuando puse mi tienda al pie del cerro Varmund, exactamente donde el río Piter se bifurca en dos, arrastrando consigo la promesa de un invierno sin fin. Mi compañía era escasa: un viejo cuaderno de bitácora, el revólver de mi abuelo y las cartas, cada vez más inconexas, de mis colegas en la Sociedad de Exploración y Estudio Paranormal. Su última misiva insistía en que abandonara toda tentativa, citando desapariciones que nadie había tenido el coraje de aclarar.

Las noches, allí, parecían más largas de lo que el sol admitía. El viento, en vez de silbar, murmuraba, y los aullidos no eran de lobos, sino de algo más grande, de algo que no había sido catalogado. A veces sentía el rumor sordo de pisadas pesadas, un temblor en el suelo, como si la tierra se estremeciera de ansiedad bajo el peso de un caminante invisible. Cierta noche, entre las sombras que danzaban en las paredes de mi tienda, creí ver —solo por un instante— una silueta de proporciones aberrantes, como si la misma oscuridad hubiese cobrado conciencia y se agazapara para espiar mi sueño.

Los lugareños eran parcos, hostiles con los forasteros. Pero después de días de insistencia y de ganarme la confianza del tabernero a base de tragos y monedas, logré que me llevaran, en la noche adecuada, a la cabaña de la anciana Lena. Ella, con ojos empañados por terrores antiguos y una voz quebrada, me habló, primero en susurros, luego en llantos.

“Hay algo enterrado aquí desde que el mundo era joven”, musitó. “Algo que llegó antes que los árboles y la carne de las bestias. Los padres de mis padres también lo temían. A veces, en los inviernos más duros, tiembla la tierra. Piensan que es el hielo, pero no lo es. Yo lo vi una vez, hace tantos años que ya no sé si fue sueño o maldición. Se alzó contra la luna y las estrellas, tapando el bosque entero. Y sus ojos… oh, sus ojos, eran como lagos de resina hirviendo.”

Su relato hubiese parecido delirio senil de no ser por los registros y bocetos de exploradores desaparecidos que yo mismo había encontrado en archivos polvorientos de antiguas universidades. Todos, sin conocerse entre sí, coincidían en los mismos detalles: los temblores, los aullidos sin rostro, las sombras gigantescas que estrangulaban la luna cada equinoccio.

La noche en que todo cambió, el aire estaba tan quieto que mis oídos zumbaban con mi propio pulso. Decidí salir, guiado por un presentimiento atávico que me arrastraba colina abajo, a través del bosque donde las ramas se trenzaban como zarpas. A la orilla del río encontré las huellas. Eran inmensas, más profundas que el canal mismo, y se hundían tierra adentro, hacia una hondonada tapizada de musgos blanquecinos. El silencio era total; ni siquiera los insectos se atrevían a entonar su letanía nocturna.

Fue ahí donde la vi. No era una bestia en el sentido habitual, ni siquiera un conjunto de miembros conocidos. Era una amalgama de formas inacabadas y hábitos ancestrales, una criatura que uno solo puede imaginar a medias: la piel revestida de limo y corteza, los ojos como orbes sepultados bajo siglos de odio y soledad, la respiración un jadeo telúrico que hacía crujir las raíces bajo mis pies. Durante un tiempo que me pareció eterno, observé, sin moveme, sabiendo que un solo parpadeo me delataría. La criatura explotó en un gemido grave —un grito incompatible con órgano físico conocido— y levantar el hocico, mirando la luna encajada entre nubes, como buscando un permiso sagrado.

Recogí un fragmento de mineral extraño, oscuro y casi metálico, dejado tras sus pasos; lo guardé en el bolsillo como testigo de mi cordura. Al regresar, me topé con Lena, acostumbrada a rondar sin ser notada. Llevaba consigo antiguos talismanes e inscripciones en una lengua que no podía reconocer, símbolos que, según ella, solo servían para calmar el sueño de la bestia, nunca para ahuyentarla. “Se despierta cuando la soledad es lo único que respira”, dijo. “Y ahora, chico, estamos demasiado solos.”

Los días siguientes fueron una insania de preparativos y cartas urgentes. Nadie respondió. El mundo civilizado había aprendido a negar lo inexplicable por mera supervivencia. En la taberna, los aldeanos evitaban mis ojos, y los niños ya ni se atrevían a mirarme. Era como si hubiese cruzado un umbral reservado a los enfermos, los moribundos o los condenados a saber demasiado.

Pasaron semanas. Al principio, solo eran temblores subterráneos. Luego, las lluvias empezaron a caer con una pesadez asfixiante, y el viento hablaba en lenguas que mis sueños descifraban a medias, plagados de imágenes de ciudades sumergidas y colosos devorando la luna. Una madrugada, la tierra retumbó como si el propio mundo estuviera a punto de resquebrajarse. Lena apareció bajo la lluvia, arrastrando su mano esquelética sobre mi carpa. “Esta noche es suya”, susurró. “No hay talismán que contenga la soledad que lo despierta. Haz lo que desees, pero no mires a sus ojos; no si quieres regresar entero.”

Salí entre la tormenta, con el fragmento de mineral temblando en mi puño. El bosque se había transformado, las copas de los árboles inclinadas hacia una depresión monstruosa en la tierra, el aire vibrando con una frecuencia que solo mis huesos podían percibir. En el centro del claro aguardaba la criatura, ahora completamente fuera de la tierra, descomunal. No era solo su tamaño: era la manera en que el espacio parecía plegarse a su alrededor, una imposibilidad viviente, un sueño de pesadilla esculpido por fuerzas previas a la conciencia humana. Intenté no mirar sus ojos, pero sucumbí al pánico y el asombro; en sus profundidades reconocí el vértigo de todo lo que ha sido olvidado.

La criatura giró su masa —innumerables miembros, placas óseas y músculos de roca viva— e, inexplicablemente, habló. Su lenguaje no era fonético, sino una invasión mental, un eco interior tan abrumador que sentí cómo mi entendimiento se deslizaba hacia la locura.

“Tu soledad nos ha llamado”, dijo la Voz. “Tu especie olvida demasiado rápido; vuestros dioses antiguos yacen aquí, aún con hambre de compañía, y cada vez que el hombre abandona los bosques, nuestros corazones laten de nuevo.”

Me sentí diminuto, insignificante, presa de una culpa cósmica. La criatura avanzó, la tierra temblando bajo su peso, y a cada paso pude ver, como destellos de historias apagadas, civilizaciones enteras aplastadas bajo sus huellas, cartógrafos enloquecidos, exploradores desparecidos, tribus cuyos dioses simplemente quedaron obsoletos.

Intenté huir, pero mis piernas no obedecieron. La criatura examinó mi rostro, buscando quizás el eco del terror atávico, el reconocimiento ancestral que une a la presa con el depredador. Comprendí entonces que mi miedo sustentaba su existencia: cuanto mayor era mi pavor, más firme se volvía su presencia, más deformes y sólidas sus garras, más voraces sus ojos.

En un acto de desesperación, extendí el fragmento de mineral hacia la criatura, esperando —como quien reza en la tumba de un dios perdido— que sirviera como ofrenda. El monstruo lo olfateó, un estremecimiento sacudió su cuerpo, y, durante un instante eterno, sus ojos se velaron con una sombra de comprensión.

“No será por ti”, dictaminó la Voz. “Aún queda mundo que olvidar. Aún queda soledad suficiente para nuestras legiones. Esta noche vuelvo a la hondonada, pero regresaremos, cuando el silencio vuelva a gobernar, cuando las ciudades mueran y el hombre abandone por fin sus luces. Entonces volveremos a cenar bajo el cielo.”

Devolvió el fragmento a mi mano, y con un bramido final que me desgarró la mente y el alma, se sumergió en la tierra, arrastrando musgos, raíces y piedras a su paso.

Huí de aquel valle como un hombre poseído, con el recuerdo del coloso grabado no solo en la memoria, sino tatuado en la sustancia misma de mi espíritu. Ni en las ciudades más ruidosas ni entre multitudes conseguí deshacerme del silencio que ahora me persigue. Los pocos que han leído mi crónica me han acudido curiosos, pero el miedo en sus ojos es siempre el mismo, primitivo e irreductible. ¿Qué podría decirles que no huya de la explicación? ¿Cómo advertir a la humanidad de lo que acecha cuando la soledad regresa y el olvido surge bajo nuestros propios pasos?

Ahora permanezco en la penumbra de un refugio, lejos de la tierra viva, pero los temblores han comenzado a escalar de nuevo. Oigo a los perros aullar en la distancia, los pájaros huir antes de tiempo. El mineral pesa en mi mano como un testigo culpable.

La bestia dormita, pero no descansa. Le queda un mundo que reclamar. Y yo, único sobreviviente y custodio del secreto, solo puedo esperar, temblando, la noche en que regrese para terminar su festín bajo la luna ajena y el cielo mudo.

Porque al fin y al cabo —y las sombras así me lo han enseñado— los verdaderos monstruos siempre encuentran el camino de regreso.

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