Portada del relato La llamada de la hendidura
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Fragmento:


Vivía solo desde que su mujer, una viajera voraz y algo cínica, desapareció hace dos inviernos sin aviso. Tan solo la última imagen de Rebeca, absorta en los acantilados bajo una tormenta, volvía a él en instantes de flaqueza. Le había dicho, antes de salir aquel día, que “hay algo al otro lado de la línea”, y Daniel, como siempre, la había tomado a broma.

Duración: 10:28

La llamada de la hendidura
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Texto de ajuste de pausa.

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Era la noche más larga del año, aunque Daniel Cano lo había olvidado. En la mesa de su despacho, se acumulaban las carpetas, expedientes y avisos bajo la tibia luz del flexo. Solo él y el rumor del océano allá afuera, rugiendo a través de los ventanales de su vieja casa, en la punta más al norte de la costa de Gijón. Era entonces cuando los peores pensamientos se gestaban; cuando el abismo pedía, desde el otro lado de la negrura, ser visto por ojos humanos. Nadie razonable miraba hacia allí; nadie, salvo Daniel, que desde su infancia tenía una manía: la de buscar explicaciones donde éstas se negaban.

Vivía solo desde que su mujer, una viajera voraz y algo cínica, desapareció hace dos inviernos sin aviso. Tan solo la última imagen de Rebeca, absorta en los acantilados bajo una tormenta, volvía a él en instantes de flaqueza. Le había dicho, antes de salir aquel día, que “hay algo al otro lado de la línea”, y Daniel, como siempre, la había tomado a broma.

Afuera, el viento golpeaba la cofa de la casa y los tejados se estremecían. Cuando llegó el primer temblor, Daniel estaba a punto de echarse el primer trago de whisky. El vaso vibró y desde algún lugar del subsuelo un rumor sordo se expandió, como si una puerta gigantesca hubiese comenzado a moverse muy lejos, bajo el lecho marino. El sonido, grave y sostenido, no pudo ser confundido con truenos ni con mareas de fondo. Daniel, que había crecido en latitudes golpeadas por temporales, reconoció de inmediato la diferencia. Lo otro, lo que ahora ascendía, evocaba el trazo atroz de una condena inminente.

El teléfono fijo retumbó en el silencio. Daniel contestó. Solo escuchó una respiración pesada, la de alguien que atravesaba a pie un corredor de piedra, acaso en un lugar cavernoso. De fondo, un gruñido distante, repetido cada vez más cerca.

—¿Rebeca? —murmuró, estúpidamente.

Silencio. Un leve crujido, enormes gotas de agua cayendo. Finalmente, una voz femenina, hueca y casi irreconocible, dijo:

—Está aquí. Y esta vez, vendrá por ti.

La línea murió con un chasquido seco. Daniel, frío de terror y estupefacción, fue hasta la ventana. Afuera, la lluvia parecía haberse extinguido; sólo el viento asolaba la costa. Bajo la tenue luz amarilla del faro, vio cómo la bruma se deslizaba a través de las peñas, y cómo la superficie del mar se estremecía con olas que no estaban marcadas por corrientes, sino por algo que brotaba desde abajo.

Bajó a la playa medio en trance, vistiendo apenas una chaqueta y pantalón de pijama. Bajo sus pies, la arena temblaba débilmente como si una mano colosal la agitara desde el fondo del mundo. Daniel recordó la leyenda que su abuelo contaba, un delirio apenas susurrado: de vez en cuando, bajo ciertas estrellas, criaturas venidas de más allá del tiempo emergían para caminar entre los hombres. Nadie sobrevivía a sus pasos, y quienes los oían normalmente enloquecían.

En los acantilados, sombras gigantescas marcaban el perfil de las rocas y el oleaje rompía a varios metros de lo habitual. Daniel se sintió diminuto, impotente, invadido por un pavor tan antiguo como la especie humana. No podía regresar a casa. No después de aquella llamada. Ni después de sentir —con el frío en los huesos— que el mundo había comenzado a vaciarse de sentido.

Caminó hacia la orilla, guiado por la compulsión de los sonámbulos. La luna, color sangre y lechosa entre las nubes, iluminaba sólo las crestas de las olas. De repente, lo vio. Algo colosal, imposible, irguió parte de su espalda contra el horizonte. Al principio Daniel creyó que era un islote, pero en el siguiente parpadeo, la silueta se estremeció y una pierna —más ancha que la carretera que dividía la ciudad— emergió lenta, firme, como si tanteara el mundo tras siglos sumergida.

No era una bestia de tentáculos ni de escamas, sino una criatura de torso pétreo, cubierto de algas y con costillas brotando de los costados como mástiles rotos. Apenas tenía rostro, sólo un páramo donde debían haber estado los ojos: amplios huecos por donde se vertía una negrura suburbana, brutal, inaprensible.

El monstruo avanzó unos metros, y la tierra tembló tan profundamente que Daniel cayó de rodillas. El rumor de su respiración hacía vibrar las costillas de los hombres. De la boca —una grieta vertical adornada con dientes de origen indeterminado— caían lentos bucles de marea negra. Los mares se retiraban a su paso, dejando peces fósiles y espuma podrida sobre la arena.

En el vértigo de su terror, Daniel comprendió lo que su abuelo había dicho: “Hay monstruos que salen para liberar el mundo de los testigos.” Sintió esa verdad expandirse en su pecho con la fuerza de una profecía. Allí, de pie ante la playa, creyó comprender lo que le había pasado a Rebeca. “Vendrá por ti.” No era sólo una advertencia. Era un anuncio de condena.

Pero el coloso no se detuvo en la orilla. Levantó su pata grotesca y avanzó hacia la ciudad, con el mar escociendo a su alrededor. Cada paso levantaba columnas de agua fósil, peces muertos y naufragios se agitaban en su estela. Daniel vio cómo, en la lejanía, las luces de Gijón parpadeaban. El silencio fue borrado por el grito desgarrado de las alarmas, las sirenas, el crujido de edificios cediendo bajo fuerzas que no conocían oposición.

Intentó llamar al teléfono de emergencias, pero la línea zumbaba cortada, como si la presencia de la cosa hubiese vaciado de electricidad el aire mismo. Los faros costeros cayeron como velas, el cielo se volvió un tajo de fulguraciones húmedas. Daniel corrió hacia el pueblo, sus pensamientos casi ausentes, siguiendo sólo la pulsión biológica de la supervivencia.

A medida que se acercaba, vio el caos. Coches volcados, calles inundadas de agua y lodo. Gente que corría sin dirección, algunos detenidos en mitad de la calle, mirando absortos el perfil monumental de la criatura, incapaces de comprender qué condena los había alcanzado. Daniel sintió que se encontraba en la barca de Caronte, directo hacia un destino irreversible.

El monstruo avanzaba despacio, como un dios sin prisa, aplastando casas, absorbiendo cada gemido, cada súplica, en un silencio perfecto a sus pies. No parecía ciego, y tampoco parecía mirar. Su boca se abría de tanto en tanto, dejando escapar alaridos de aire antiguo, que impregnaban las calles de una vorágine de podredumbre.

Al volver sobre sí mismo, Daniel se dio cuenta de que estaba mojado de pies a cabeza, cubierto de algas y de un limo frío que apestaba a sal milenaria y a tiempo arruinado. Decidió no mirar atrás. Buscó refugio en un edificio aún en pie —el viejo Casino— y allí, entre mármoles agrietados, encontró a Clara, la camarera que llevaba meses sin cobrar.

Clara no parecía sorprendida, sólo cansada. Daniel le preguntó por el monstruo, por si tenía sentido lo que ambos estaban viendo, por si incluso preguntarse era ya un acto estéril ante la magnitud del horror. Ella le respondió con una calma siniestra:

—Siempre ha habido algo bajo el mar. Lo sabíamos, pero nunca quisimos saberlo del todo… A veces, hay que aceptar que nuestro mundo es solo un error.

Fuera, el coloso comenzó a apartar coches de la avenida. Algunos cayeron al agua; otros rebotaron como juguetes rotos. Poco a poco, la ciudad se silenciaba en su rastro: no quedaba gente, ni animales, ni vida que resistiese la evidencia de su grandeza.

Daniel volvió a sentir el zumbido sordo bajo el suelo. ¿Sería que había otros? ¿Una legión de gigantes esperando su turno para asolar la superficie y poner fin a la historia? Le llegó la imagen de Rebeca, de pie frente a él, con los labios pálidos y la frente surcada de sal. La pesadilla lo envolvió y empezó a reír, una risa vacía, mientras las paredes del casino temblaban.

Clara se le acercó y le hizo un gesto para mirar a través del cristal sucio. Daniel obedeció. Vio algo imposible: bajo el coloso, figuras humanas emergían de las aguas arrastradas por las mareas negras. Eran cuerpos deformados, quizá víctimas pasadas, caminando como sonámbulos detrás del monstruo como si respondieran a una llamada ancestral.

—La perdición no es solo destrucción —dijo Clara—. Es olvidar quiénes fuimos. Olvidarlo todo.

El coloso no tardó en estar demasiado cerca. Su sombra cubrió la fachada, y la luz desapareció no como sucede con la noche, sino como cuando los párpados caen y todo se diluye. Los ventanales saltaron en mil fragmentos. Daniel sintió la presión brutal, inabarcable, de una mano invisible apretándole el pecho.

Hubo un instante en el que todo se suspendió. En ese momento, Daniel creyó oír la voz de Rebeca, clara y fuerte en su cabeza:

«No es este el final. Es el lugar donde termina todo, no solo para ti.»

Y supo, con certeza, que al otro lado del monstruo, no quedaba nadie. Ni sueños, ni memorias, ni historia. Solo la repetición infinita de un cataclismo necesario, antiguo, justo en su crueldad. Porque solo así, con la aniquilación lenta de los testigos, el mundo podía olvidarse a sí mismo. Nadie, ni monstruo ni hombre, estaba exento de esa ley.

Cuando el gigantesco ser se detuvo ante el Casino y la noche atronadora fue sustituida por un silencio absoluto, Daniel vio su propio reflejo desaparecer en el suelo lleno de agua. Y pensó, por primera vez en su vida, que el mayor terror no era ser destruido, sino no ser recordado jamás.

Así fue como, en el mismo instante en que la Perdición se abatió sobre la ciudad, el mar ocupó el vacío dejado por hombres y monstruos. El océano volvió a su letargo, como si nada interesante hubiese ocurrido jamás. Y solo entonces, en la línea borrosa que separa la vigilia del sueño, resonó la voz de Rebeca una vez más:

«Solo existen monstruos porque existieron quienes quisieron verlos.»

Después de todo, la verdadera perdición nunca fue ser testigo del coloso, sino no poder apartar la mirada cuando supiste que, por fin, lo habías encontrado.

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