Portada del relato La noche del titán devorador
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Fragmento:


Deslicé mi cuerpo tembloroso hacia la ventana. Por instinto, busqué el faro al pie del acantilado. Allí, entre lo que quedaba de la niebla, un hombro ciclópeo se alzó, piel de roca y algas, pulpos y moluscos pegados a una superficie tan vasta como las laderas de una montaña. El faro, que parecía tan perenne, apenas le llegaba a una rodilla.

Duración: 08:19

La noche del titán devorador
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Texto de ajuste de pausa.

Aquella mañana de agosto, el mundo terminó a las siete y diecisiete minutos. No fue ni una ráfaga nuclear ni una calamidad climática, aunque hubo quienes —en los últimos minutos de cordura— rezaron por una tragedia más convencional. No. Cuando la catástrofe llegó, lo hizo reptando lentamente, milenario en su indiferencia.

Yo estaba en mi estudio, una buhardilla pegada a la costa, cuando sentí el primer temblor. Sonaba a distorsión de radio, pero era la tierra que zumbaba bajo las patas del escritorio. El mar retumbaba de algún modo aún más hondo, con un ritmo tan prehistórico que sentí vergüenza por estar frente a la laptop y no frente a un altar.

Afuera, la niebla era densa como leche agria; apenas veía los faroles de la calle principal del puerto de Outpost Ridge. Era un pueblo pequeño y viejo, arropado por rumor ancestral que los forasteros, como yo, confundíamos con la bruma. Los lugareños apenas murmuraban al respecto: “hay cosas grandes en el agua”. Pero eso era todo, un guiño, una advertencia disfrazada de leyenda. No supe hasta ese día que era literal, física, infinitamente real.

Los cristales del ventanal estallaron sin aviso, lanzando esquirlas al interior. Me lancé al piso, cubriéndome la cabeza, mientras un rugido se filtraba a través de la niebla y el vidrio roto. No era el trueno. Tampoco era maquinaria pesada. Esto era la voz trastabillante de algo que había esperado eones para volver al mundo.

La radio de la cocina, que siempre dejaba encendida para ahogar el vacío, empezó a aullar. “...fenómeno sísmico de gran magnitud... informen si ven desplazamiento de masas de agua...” Chillidos, la transmisión se cortó, remplazada por una especie de zumbido bajo y un golpeteo monótono, como si el aparato coincidiera con la vibración de la bestia.

Deslicé mi cuerpo tembloroso hacia la ventana. Por instinto, busqué el faro al pie del acantilado. Allí, entre lo que quedaba de la niebla, un hombro ciclópeo se alzó, piel de roca y algas, pulpos y moluscos pegados a una superficie tan vasta como las laderas de una montaña. El faro, que parecía tan perenne, apenas le llegaba a una rodilla.

Al principio la mente no lo acepta. Te fuerza a pensar: “es una grúa, una formación rocosa, un capricho de la marea.” Y, sin embargo, el monstruo —si acaso ese nombre abarca lo que era— giró una cabeza imposible en dirección al pueblo. Dos hendiduras anchas y húmedas, tal vez ojos, tal vez heridas abiertas, brillaron en su semblante. Un brazo se alzó y lo que emergió de la profundidad junto a él fue aún peor; una segunda bestia, más ávida, más huesuda, con apéndices como anclas.

Mis vecinos gritaban y corrían de sus casas, pequeñas figuras en el asfalto humedecido. Un niño tropezó frente al buzón de mi cerca; su madre lo arrastró, cubierta de polvo y sangre, hacia el monte detrás de la colina. No hubo advertencias, ni alarmas de tornado, ni promesas de ayuda. Ni siquiera los celulares funcionaban. Solo existía el rumor incontenible del océano y aquellos seres.

La criatura mayor extendió un brazo, y la extensión de su garra arrasó el malecón, triturando madera, barrotes y cemento como quien revuelca un terrario. Nadie gritó entonces, como si el horror muy grande paralizara la garganta. Unidos en ese silencio atónito, dejamos de ser individuos y nos transformamos en una masa de presas.

Salí de la casa, aturdido, corriendo a ninguna parte. El aire era acre, denso, impregnado del hedor de la criatura: sal, putrefacción y algo eléctrico, casi metálico, que me provocó arcadas. El segundo monstruo se abalanzó sobre el pueblo como un perro famélico. Era más rápido, su andar caótico, las extremidades zambulléndose y emergiendo en la tierra con la furia de raíles rotos.

A cada zancada de la segunda criatura el suelo retumbaba tan fuerte que los oídos silbaban. Por un momento sentí que no era un terremoto sino que el propio latido de su corazón reordenaba el mundo bajo mis pies, que temblaba como un caldo. Las casas colapsaban o volaban en astillas. Algunos trataron de llegar a los acantilados. Yo retrocedí, inconscientemente, hacia el cementerio viejo: el único lugar del pueblo sin nada que perder.

Detrás, el paisaje temblaba entre la niebla agitada, como si la historia misma se descosiera. Era imposible calcular la magnitud de los monstruos. El horizonte era ya parte de ellos: donde antes el cielo se reunía con el agua, ahora se hundían formas de imposible geografía, tentáculos, alas membranosas como velas de galeras afónicas, colas que se arrastraban muchos cientos de metros, levantando fangos arcaicos donde chisporroteaban fósiles y pestes.

El monstruo grande se inclinó, y pude ver la sima abisal de su boca. Era como contemplar la caverna de un mundo sin luz, o el útero de una ballena mitológica. Los crujidos del pueblo desaparecieron. Solo quedó su respiración, un ir y venir de aire corrupto. Supe entonces que había llegado por nosotros, pero no para cazarnos a la antigua: era el fin, el ciclo, la poda que las civilizaciones olvidan.

Intenté rezar, pero las palabras me resultaron absurdas. Mi cuerpo quería correr, mi cerebro calculaba rutas, pero el instinto se rendía, deshaciéndose en una pelusa de desesperanza. Observé a los demás en el cementerio: algunos se abrazaban a las cruces, otros a sus muertos, otros solo lloraban, ya sin fe, ni en los dioses, ni en ellos, ni siquiera en la posibilidad del fin.

Los monstruos se hundieron de nuevo en el mar, llevándose mitad del pueblo en sus espaldas, como si nuestra vida no fuera más que moluscos viejos pegados a su piel. Pero a los sobrevivientes no se nos dio tregua: la tierra entera vibró y un alarido —ese zumbido profundo— se proyectó a través del aire y del subsuelo. Dicen que ahí, en la vieja llanura del sur, árboles centenarios colapsaron y de la grieta emergió algo aún peor.

No fue la última vez que los vi. Pude huir, eventualmente, de Outpost Ridge. Atravesé pueblos muertos y ciudades humeantes, atravesé túneles tapizados de polvo y ratas que parecían esperar su propio juicio final. Aprendí demasiado tarde que nosotros, los hombres, no éramos los primeros. Eran ellos, los Antiguos, los Titanes, los Reyes.

En noches quietas, cuando el viento sopla del este y la luna se oculta tras nubes de ceniza, recuerdo el parpadeo impronunciable de sus ojos artificiales. Hay un silencio profundo en el mundo, ahora. De vez en cuando, la tierra tiembla apenas un poco y me pregunto si regresarán.

Las señales están ahí para quienes puedan verlas: El cambio en el vuelo de las aves. Ríos que retroceden durante la noche. Gente que desaparece de pueblos fantasmas al pie de los montes partidos. Y los sueños, los sueños que no me sueltan. Siempre en la frontera de la consciencia, tallo la presencia de la raíz bajo el mundo. Una raíz viva y hambrienta que late al compás de algo antiguo, de una voluntad inconmensurable. A veces, cuando soy lo suficiente honesto conmigo mismo, lo acepto: no fuimos invadidos, solo desalojados.

En el exilio, escribo cartas que nadie lee. A veces imagino que del otro lado del mundo hay otros como yo, otros a quienes la noche robó la patria. ¿Sabrán ellos que los monstruos nunca se fueron? ¿Que la raíz del mundo sigue creciendo bajo la superficie, paciente, suspirando por el fin de nuestro breve interludio?

Así vivimos: o mejor dicho, así duramos. Prestados, a merced de algo cuyas intenciones y forma real ni siquiera podemos imaginar. Por eso, cuando el temblor vuelve, solo cierro los ojos y escucho. No rezo. No huyo. Solo escucho. Porque lo monstruoso, en su infinita vastedad, carece de misericordia, pero nunca de música. Y la música es siempre un presagio.

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