Portada del relato El hombre que susurraba tras la cortina
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Fragmento:


La noche indicada, la lluvia había parado pero la niebla arrastraba la humedad hasta entumecer los huesos. Caminé entre sombras, hasta la encrucijada invisible bajo un cielo sin luna. Al llegar, la figura ya me esperaba. Más cerca, la blancura resultaba en verdad abrumadora: no era maquillaje ni máscara; la piel era auténtica, de ese blanco lechoso que sólo se ve en los albinos extremos. La capucha negra caía hasta el pecho y debajo sólo un atisbo de humanidad.

Duración: 10:00

El hombre que susurraba tras la cortina
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Texto de ajuste de pausa.

Era lunes, y ya caía la noche. Alguna vez pensé que los lunes no podían sodomizarme el alma peor de lo que ya lo hacían, pero estaba equivocada. Volvía a casa tras mi turno doble en la funeraria, tratando de sacarme de la cabeza el silencio esponjoso que se forma después de acomodar un cadáver especialmente retorcido en su última caja. Afuera, la lluvia, de esa estúpida y constante que no limpia ni ensucia: simplemente permanece.

Vi la figura al final de mi calle antes incluso de doblar la esquina. Quieta, bajo la luz perezosa de una farola, tenía los contornos de alguien que intentaba ocultarse sin importarle demasiado si lo descubrían. Una silueta larga, vestida con una capa negra, un dobladillo que barría los charcos. Alcé la vista solo un momento —ese segundo suficiente para que los detalles se imprimieran a fuego lento—: la capucha envolvía el rostro por completo, ocultándolo en sombra, excepto por lo que parecía imposible que hubiera visto desde esa distancia y en esa falta de luz. Debajo, asomaba una pálida línea de quijada. Blanca. Color de quirófano. De maniquí de cera.

Ignoré los instintos que me decían que cambiara de acera. Quería el calor de mi casa, mi baño, mi whisky malo. Cuando pasé cerca, la figura ni se movió ni pronunció palabra. Pensé en Salvatore, el embalsamador de Sicilia obsesionado con la pureza, que usaba polvos globales para embellecer la muerte. Inmediatamente deseé no haber pensado en él.

Esa noche, al mirarme al espejo -sin quitarme aun el abrigo- vi, difuso tras el vaho y la fatiga, mi rostro habitual; pero, por primera vez, sentí que la piel que vestía no era del todo mía. Como si alguien la hubiera colocado con meticulosidad sobre mis huesos, como un sastre que trabaja en un maniquí y no en una persona. Tal vez fue el reflejo borroso. Tal vez la silueta que esperaba bajo la farola penetró mi mente más de lo razonable.

Esa impresión osciló, pero no me abandonó del todo. La semana avanzó. La figura de la esquina se volvió más frecuente. No era todos los días; a veces mi calle estaba vacía, llena solo de los susurros del viento. Otras veces la capucha negra estaba allí, su presencia convertida en parte de la escenografía. No avanzaba, no retrocedía. Solo esperaba.

La paranoia puede afilar los sentidos hasta volverlos cuchillos. Me vi saltando a la menor sombra, barriendo mi apartamento en busca de señales de intrusión, revisando cerrojos tres veces antes de dormir. Al poco, empecé a notar otras cosas. Pequeñas. A la hora de maquillar a mis difuntos, las extremidades parecían reaccionar levemente al roce del pincel, como si la piel, tan blanca y vulnerable, perteneciera todavía a un ser vivo. Un temblor los recorría, sutil, bajo mis dedos. En la oscuridad, los ojos de los muertos parecían rodar en sus cuencas, atrapando la luz de la lámpara, espejeando el mismo blanco que asomaba bajo la capucha.

Evité mi reflejo cuanto pude. Incluso me salté duchas. Pero una noche, tras soñar que alguien me pelaba la cara como si fuera una naranja, me enfrenté al espejo. Y aunque sabía que no era realidad, tuve la impresión de que, si me rascaba la mejilla, las uñas relucirían bajo la carne blanda. Una blancura pura, pulida, como la cáscara de un huevo recién hervido.

Esa mañana, descubrí algo en mi buzón. Un sobre negro, lacrado con cera blanca. Dentro, una invitación escrita a mano, entintada con una caligrafía quirúrgicamente limpia:

“Clara, acepta el siguiente paso de tu transformación. Te espero —donde cruzan las calles del Juicio y la Esperanza— bajo la luna nueva. Ven con tu piel al descubierto.”

Rompí la invitación y la tiré al vaso del WC. Juré olvidarlo. Pero todos sabemos que el cuerpo no obedece la lógica cuando el horror muerde lo sensorial.

La noche indicada, la lluvia había parado pero la niebla arrastraba la humedad hasta entumecer los huesos. Caminé entre sombras, hasta la encrucijada invisible bajo un cielo sin luna. Al llegar, la figura ya me esperaba. Más cerca, la blancura resultaba en verdad abrumadora: no era maquillaje ni máscara; la piel era auténtica, de ese blanco lechoso que sólo se ve en los albinos extremos. La capucha negra caía hasta el pecho y debajo sólo un atisbo de humanidad.

—¿Me llamabas? —pregunté, la voz disuelta en esa ternura hueca de quien ya sabe que ha cruzado el umbral.

El ser (¿hombre, mujer, o ambas cosas?) levantó una mano. Los dedos, larguísimos, parecían hechos también de hueso pulido. Me tomó entonces la barbilla, y algo en ese frío me dijo que no había sangre corriendo por sus venas.

—¿Has notado tu piel, Clara? ¿El ansia de dejarla atrás?

Retrocedí. Me dolían las encías. Agazapaba mi miedo bajo una capa de irreverencia.

—Solo estoy cansada, eso es todo.

Una risa aguda, tan fina como el borde de un bisturí, gimió bajo la capucha.

—¿No ves que ese “cansancio” es hambre de mutar? Hay otros como yo. Latimos bajo la piel de los que aún no despiertan.

Quise correr. Pero en vez de eso, pregunté:

—¿Qué quieres que haga?

Fue entonces cuando apareció la cuchilla. No era grande ni intimidante. Era pequeña, de bisturí médico. La entregó como quien ofrece un amuleto.

—Ven mañana, cuando tu reflejo ya no te reconozca.

No pude arrojarlo. Dormí con el bisturí bajo la almohada, cruel, como un colmillo de hierro frío.

Los días siguientes, la obsesión germinó. Evitaba tocarme la cara, pero no podía dejar de mirar esa parte blanca de mi barbilla, más clara que el resto desde hacía poco. Me acechaba la idea absurda de que, si rascaba allí, toda mi piel cedería y algo más —más auténtico, más puro— brillaría bajo ella.

Al séptimo día, después de maquillar a una joven muerta por congelación, sentí un impulso irrefrenable: pasé el filo del bisturí por el nacimiento del cuello. Bastó un arañazo superficial. La sangre asomó —pero lo que corría debajo, bajo la película viscosa de células, era de una blancura inhumana. No era grasa ni fascia. Era un blanco brillante, nacarado, hiriente. Vomité en el fregadero y lavé la herida con agua hirviendo. Pero el blanco persistía. No cicatrizó: se expandió como una mancha de leche sobre lino oscuro.

Comencé a cubrirme. Guantes, bufandas, cuello alto, incluso dentro de casa. Mis manos eran los de una estatua que va perdiendo color carne para vestirse de alabastro. Los tobillos, igual. Cada vez que comía, la comida sabía a tiza. Dormía mal, y los sueños se llenaban de salas de operaciones, de cuerpos extendidos, de capuchas negras murmurando letanías en un lenguaje pequeño como cuchillas.

Recibí otra nota. Esta vez directa en la puerta:

“Acude al mortuorio. Medianoche. Lleva sólo tu reflejo.”

No necesité pensarlo. Caí en el juego. Tenía que saber qué era yo ahora.

Entré clandestinamente en la funeraria esa medianoche, saltando por una ventana trasera. Las mesas de embalsamamiento lucían igual que siempre; el olor a formol y detergente, tan pesado, como mortaja orgánica. Pero en la sala principal aguardaba la figura. El abrigo negro caía a sus pies. Ahora podía verlo todo: era un albino total, sus venas de un violeta dulzón, su piel tan fina que, cuando giraba bajo la luz, parecía casi transparente, como si en él no quedara ya ningún pigmento posible.

Me indicó la mesa, como si fuéramos médicos en un quirófano. Extendió una sábana, desplegó herramientas de cirugía: bisturís, pinzas, una variedad de agujas.

—¿Deseas continuar? —dijo.

No respondí. Me senté. El bisturí temblaba en mis manos.

—La piel humana es una celda. ¿Quieres ver lo que yace debajo?

Me tendió un espejo. Miré. Donde el blanco me había salpicado, la carne parecía pulida, irreal. No era horrible, pero el reflejo ya no era yo. Era Otro. Alguien distinto, quizás nadie en absoluto.

—Quítatela. Cuando acabes, serás recibida.

Froté, primero con la yema de los dedos, después, con el filo.

El dolor fue soportable. Menor que el miedo y el ansia de descubrir. La piel se fue cediendo, desprendiéndose de la mandíbula, del cuello. El albino me guiaba con murmullos. Extrañamente cálidos. Lo que acechaba debajo no era músculo ni hueso, sino una falsa membrana traslúcida, y después, una blancura compacta, perfecta, sin vasos, inalterable. Cuando toda mi cara quedó blanca y limpia, me reconocí en el espejo sólo porque el eco de mis ojos aún estaba allí, aunque rodeados del marfil pulcro, el abismo lechoso.

Había otros en la habitación, otros con el mismo color, escondidos en las sombras. Uno por uno, retiraban sus propias pieles, revelando ese nivel inferior, esa humanidad sólo aparente. Todos, bajo capuchas negras.

El albino mayor me sostuvo la mano. Habló por última vez:

—Ahora puedes ver. Ahora eres de los nuestros. No sueñes más con el dolor; sólo con la verdad de tu blancura.

Me marché con los otros albinos, bajo la lluvia renovada.

En las noches, busco —como ellos hicieron conmigo— a los que ya no sienten su piel como suya, a los que desearían, en lo más hondo, cambiar la carne, modificarla hasta abolir la memoria y el temblor. Bajo la capucha, jamás se ve mi rostro, pero a veces dejo entrever la blancura pulida, para que sepan que pueden ser bienvenidos, si tienen valor.

Claro que, a veces, uno no tiene elección.

Nunca se es uno mismo después de perder la piel. Ni después de ver qué se esconde realmente bajo ella.

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