Fragmento:
Elizabeth se estremeció. Recordaba su propia visita años atrás, como un temblor en el hueso que nunca llegaba a disiparse del todo. La sala blanca, los bisturíes como cuchillas de hielo. Pero Katia no había venido solo a recordar viejos tiempos; buscaba algo, una respuesta que no podía pedirse a nadie más.
Duración: 12:01
Cuando Elizabeth le abrió la puerta a Katia, era pleno invierno y el frío de la madrugada se aventuraba por el umbral, azotando el recibidor con un soplo glacial. Katia llevaba puestas unas gafas demasiado oscuras para la hora y el clima, pero fue el vendaje bajo el abrigo, envolviendo su cuello como una bufanda improvisada, lo que le atrajo la atención.
—¿Hacía falta que vinieras? —preguntó Elizabeth, susurrando, aunque estaban solas en la casa.
—No podía quedarme en mi apartamento —respondió Katia—. Está... doliendo.
Elizabeth asintió y se apartó, dejándola pasar. La casa estaba casi a oscuras, iluminada únicamente por el resplandor azul del televisor en el salón y la luz de la cocina al fondo. Katia se sentó con rigidez en el sofá y se quitó los guantes. Tenía las manos hundidas y pálidas y, al inclinarse, la manga se deslizó, mostrando la costura reciente que circundaba su muñeca, tan limpia y peculiar que Elizabeth volvió a contener el aliento.
—¿Cuánto llevas? —preguntó, indicando el cirujano invisible que todas conocían sólo como “el Artífice”.
Katia sonrió, un gesto tenso y breve.
—Cuarenta y ocho horas. Dijo que sería así. Que me enviaría sueños antes de que el cuerpo lo supiera.
Elizabeth se estremeció. Recordaba su propia visita años atrás, como un temblor en el hueso que nunca llegaba a disiparse del todo. La sala blanca, los bisturíes como cuchillas de hielo. Pero Katia no había venido solo a recordar viejos tiempos; buscaba algo, una respuesta que no podía pedirse a nadie más.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Elizabeth, preparando las palabras como un puñal por si necesitaba defenderse.
—No sé —musitó Katia—. Pero ahora... ya sé que fue un error. Hay algo dentro. No sólo dolor—volvió la vista hacia la venta, como si alguien pudiera vigilarla desde el jardín nevado—. Él me deja mensajes cuando duermo.
Elizabeth se mordió el labio. Había reglas tácitas: nunca preguntar, nunca analizar demasiado. Pero a veces el miedo podía más.
—¿Qué dice? —preguntó, casi sin querer.
—Dice que la carne nunca olvida.
Pasaron horas en silencio, viendo la televisión sin prestar atención a las imágenes, como si sólo la luz pudiera protegerlas del avance opresivo de la noche. A las cuatro, Katia se levantó y fue al baño. Elizabeth escuchó el agua correr y después los gemidos, amortiguados. Dudó entre entrar o esperar. Cuando se decidió, encontró a Katia arrodillada, una mano deslizándose bajo la venda del cuello, los nudillos ensangrentados.
—Se mueve —jadeó Katia—. Como si algo reptara.
Elizabeth tomó una toalla, intentó limpiarla, pero Katia la apartó de un golpe.
—No ayuda. Nada ayuda.
Cuando por fin durmió, Katia no durmió sola. En sus sueños, la sala blanca del Artífice la recibía de nuevo. Luces quirúrgicas colgaban del techo como ojos monstruosos. Él se inclinaba sobre ella, su rostro siempre oscilando en las sombras.
—La transformación es mutua —decía su voz, deslizándose como mercurio en el ambiente estéril—. Yo moldeo tu carne, pero también la carne me moldea a mí.
Despertó gritando. Elizabeth intentó tranquilizarla, sujetando su mano fría. Katia se retorcía en el sofá, convulsionando.
—¡Sácamelo! —lloró Katia, y Elizabeth recordó, como un azote, la misma petición, ocho años atrás. Ella misma, ella también había pedido lo mismo, aunque el terror había madurado en silencio, agazapado en los pliegues de su nueva piel, hasta transformarse en una resignación ansiosa.
Por la mañana, Katia se marchó. No dijo adónde iba, sólo que necesitaba encontrar respuestas. Elizabeth, cansada y culpable, no la detuvo. Salió al jardín, con el cielo grisáceo extendiéndose indiferente sobre el barrio. Caminó hasta la valla y se sorprendió de encontrar allí a una figura larguirucha aguardando bajo los árboles: un hombre que no era hombre, envuelto en un abrigo antiguo. No tenía rostro; sólo una máscara blanca, surcada por cicatrices minúsculas de bisturí.
—El dolor la llama —susurró, y la voz le llegó desde adentro, como un eco en la columna vertebral—. ¿La traerás de vuelta, Elizabeth?
La mujer sintió un escalofrío. Había visto esa máscara en otro lugar, en el laboratorio del Artífice, años antes. Cuando aún creía que la transformación la haría especial.
—No sé dónde está —dijo, y la figura asintió, asintió una vez, como si fuera suficiente.
Volvió al interior, cerró y atrancó la puerta. En su propio cuarto, se quitó la blusa y se miró la espalda al espejo. Un lacre de líneas mínimas, casi invisibles, recorría la columna, testimonio de la intervención. La piel había sanado, pero no era suya… nunca lo sería.
Esa tarde, recibió el primer mensaje. Un correo electrónico sin remitente, sólo con una imagen borrosa: un quirófano frío, iluminado por blancos cicatrices de luz, donde una figura larguirucha preparaba instrumental quirúrgico. La leyenda decía: “Nosotros cambiamos para sobrevivir”.
Pasaron los días. Elizabeth intentó reanudar su vida: iba al trabajo, comía con sus compañeros, pero cada sonido punzante —el pitido de un microondas, el crujido de una uña contra la mesa— la hacía saltar. Empezaron a visitarla los sueños: el Artífice le mostraba no una, sino miles de quirófanos, cada uno alojando una persona distinta, cada una el doble de otra, pero distorsionadas por costuras, injertos, modificaciones incomprensibles.
En todos los sueños, Katia se encontraba en el centro, con la piel hinchada y sangrante, intentando escapar. El Artífice nunca tocaba a Katia; sólo la señalaba, y las máquinas seguían órdenes invisibles, estirando y rasgando su carne, extrayendo fragmentos, insertando implantes de formas grotescas.
Elizabeth fue al hospital, buscando a Katia, pero no estaba ingresada. La policía no tenía denuncias sobre una joven desaparecida. El apartamento de Katia estaba vacío salvo por una mancha seca en la alfombra, justo donde, según Elizabeth, debería estar la cabeza si alguien hubiese caído, desmayada o muerta.
Antes de irse, revisó el baño. Lo encontró acostado en la bañera: un fardo envuelto cuidadosamente en vendas. Cuando retiró con temblores la primera capa, vio una máscara quirúrgica y, debajo, una piel perfectamente cosida y blanca, reconocible como la de Katia. La retiró por completo y vio que no había cara, sólo carne lisa e inerte, casi plástica.
Huyó antes de que los temblores en los músculos la dejaran caer al suelo.
Esa noche soñó que despertaba en su propio lecho, incapaz de moverse. Una sombra a su lado, la figura del Artífice, murmurando: “La carne nunca olvida. La carne aprende. Cada modificación es una semilla”.
Despertó sin poder respirar. La garganta apretada en un nudo imposible. Se fue al baño y, bajo la tenue luz, se abrió la blusa, miró su columna de nuevo. La línea, antes apenas visible, había crecido. Ahora era una costura hinchada, enrojecida. Gambaleó hacia la ducha y tanteó su espalda; se estremeció al sentir un bulto pulsante debajo de la piel.
Recordó la visita al Artífice, años atrás, cuando la tomaron suavemente en la camilla. “Te haremos nueva”, dijeron. Pero nunca hablaron de lo que implicaba: la mutación perenne, el cuerpo convertido en campo de pruebas.
Elizabeth buscó respuestas en foros de Internet, en blogs oscuros, en redes donde los nombres eran sólo alias y las fotografías se compartían llenas de pixeles y ruido blanco. Descubrió que no era la única: cientos narraban sus historias de búsqueda y horror, todos los hilos conduciendo tarde o temprano a una dirección oculta, un nombre cambiado cada vez, pero siempre el Artífice, siempre la promesa de un nuevo cuerpo.
—La carne es memoria —escribió alguien en un foro—. Y el Artífice la hizo hablar.
No podía dormir. Sentía el bulto crecer. Empezó a escuchar cosas, un zumbido grave en el oído izquierdo, una vibración tenue, como si algo en su espina dorsal palpitara en sintonía con sus peores pensamientos. Empezó a percibir el sabor del metal en la boca. Una noche, vio pequeñas gotas de sangre brotando alrededor de la costura, marcando el colchón con trazos inexplicables.
Al cuarto día, recibió un sobre por debajo de la puerta. Sin remitente, sin matasellos. Dentro había una hoja con una frase, escrita en tinta azul temblorosa: “Puedes arrancar lo que no es tuyo, pero nunca te arrancarás de ti”.
Elizabeth supo, de inmediato, que sólo quedaba una opción. Volvió a la dirección donde, según el último foro, el Artífice atendía. Un hospital en las afueras, abandonado hace años por un incendio. Las ventanas estaban tapiadas, pero una puerta lateral, inusualmente limpia, la recibió como una boca abierta.
Adentro, los pasillos eran un laberinto de ruinas y sombras. Avanzó guiada por el dolor en el costado, por el bulto palpitante que parecía halar hacia el interior como un imán monstruoso. En la sala de operaciones, el Artífice la esperaba. Ya no tenía el rostro cubierto por una máscara: su piel era un patchwork de injertos, cicatrices y encajes, una cartografía de horrores autoinfligidos.
—¿Vienes a reclamar tu cuerpo? —preguntó, con una voz dulce y chirriante, como el silbido de una sierra dentada.
—¿Dónde está Katia? —respondió Elizabeth, con la determinación brotando entre el pánico.
—Katia eligió el otro camino —dijo el Artífice—. Se dejó transformar por completo. Tú, en cambio, traes dentro la semilla de la resistencia. Eso me interesa.
La invitó a acostarse en la camilla, suprimiendo la voluntad con la promesa latente de dejar de sufrir. Pero Elizabeth no se movió.
—¿Qué hay dentro de mí? —demandó.
El Artífice se acercó tanto que olió su aliento estéril, sin olor ni calor, como si fuera sólo un espectro.
—Es tuyo y mío. Es la nueva carne, el futuro. Un cuerpo que nunca será suficiente; uno que nunca dejará de cambiar.
Con un gesto, le mostró el quirófano. Había otras camillas, otras figuras tapadas, costuras frescas en todas las pieles, cada modificación distinta pero igual en su propósito: su dueño nunca reconocería su propia carne.
Elizabeth sintió el bulto crecer todavía más, expandiéndose como un grito bajo la piel. Los bisturíes del Artífice brillaban, listos para abrir, para reiniciar el ciclo perenne. De pronto, comprendió.
La verdadera modificación no era física. Era el terror de mirar el propio reflejo y no reconocerse; de sospechar que algo esencial se había ido con cada injerto, cada costura. Que la auténtica mutilación era la incertidumbre de ser siempre otro.
Intentó correr, pero el dolor la hundió en la camilla. El Artífice se inclinó, cuchillo en mano, y le susurró al oído: “La carne nunca olvida, Elizabeth. Pero a veces, puede aprender a odiar”.
Cuando el bisturí rozó su columna, la carne de Elizabeth vibró, vibró como si intentara levantarse por sí sola; y bajo el terror supo que, una vez abierto, el futuro sería una sucesión de versiones de sí misma, cada una más lejana, más irreconocible, más monstruosa.
Porque el verdadero horror de la modificación corporal era perderse de vista para siempre. Y en ese abismo hueco entre cuerpo y mente, entre deseo y realidad, sólo quedaba el eco del Artífice repitiendo, invariable, el mantra:
La carne nunca olvida. La carne aprende. Y a veces, la carne se venga.
Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.