Portada del relato Cuerpos a la carta
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Fragmento:


El primer corte fue casi tierno, cálido; un deslizamiento preciso bajo la piel, como manos de madre. Amalia sintió el chasquido de la carne que cede, un calor aflorando desde las vísceras. Imágenes brotaron en su mente: ella danzando con costillas abiertas, la sangre corriendo tibia sobre su abdomen, la cara irreconocible en todos los espejos. El dolor, sí, llegó, pero era un dolor distinto, eléctrico, que la sacudía y la incendiaba. Cuando Elio empezó a desmenuzar sus huesos, a reubicar tendones y curvas, Amalia se sorprendió riendo entre sollozos.

Duración: 10:34

Cuerpos a la carta
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Texto de ajuste de pausa.

No existe una fecha exacta en la que comenzó la obsesión. Podría decirse que se gestó en el silencio de la soledad, en la penumbra que habita entre los días iguales y las noches lentas, bajo los halógenos parpadeantes del apartamento de Amalia Merlo. Ella fue la primera, la pionera, la musa y, al mismo tiempo, el monstruo.

En la ciudad nadie hablaba abiertamente de Elio, el hombre que, aseguran algunos, te hacía “nuevo” por dentro y por fuera. Su taller era una leyenda subterránea, un rumor en boca de aquellos que ya no temían el dolor, o peor, lo ansiaban. No tenía letrero. Solo sabías que habías llegado por la puerta roja en un callejón que olía a óxido y a algo más profundo, a carne vieja y desinfectante.

Amalia, enfermera desde hacía catorce años, llevaba meses asomándose al borde de la curiosidad, mirando imágenes imposibles en foros privados. Corazones expuestos sobre la piel, vértebras extrayéndose como perlas de un estuche, labios rehechos con líneas de costura perfectas. Miró su cuerpo en el espejo y encontró un lienzo aburrido, demasiado normal, indigno ya del deseo, incluso del propio. Buscó el teléfono. Lo marcó con manos temblorosas.

Nunca recordaría la conversación completa, solo pequeños destellos: voces distorsionadas, una dirección, la advertencia –o promesa– de que necesitaba efectivo y silencio. A la noche siguiente, caminaba cargando un sobre lleno de billetes. El aire estaba frío como el compartimento de una morgue. El portal rojo la tragó y le devolvió una oscuridad pesada, mezcla de casa y mausoleo.

—¿Deseás cambiar o renacer? —preguntó la voz en la penumbra. Años después, Amalia juraría que no recordaba a Elio ni viejo ni joven; su cara era siempre como un sueño voraz, nunca del todo visible.

—Cambiar. Quiero cambiar. Quiero cortar este cuerpo en pedazos y que me lo acomodes de nuevo —susurró, descubriendo, dentro del pecho, un temblor excitante y bestial.

Elio la condujo por un pasillo cubierto de cortinas de vinilo, brillantes y pegajosas. Había mesas quirúrgicas, sierras, bandejas cubiertas de instrumentos. El aire era denso, con una fragancia persistente a anestesia y leche agria.

—Podés elegir la forma, pero no el proceso —dijo. Abrió una carpeta y deslizó ante sus ojos decenas de bocetos: torsos divididos por líneas de incisión, cráneos abiertos como flores, costillas retrabajadas en arcos simétricos. Nada de lo que vio Amalia se parecía a un cuerpo humano, y, aún así, en todos reconoció algo suyo. Algo que anhelaba ser.

—¿Será doloroso? —preguntó, más para sí misma que para el hombre de rostro indeterminado.

—Solo si tu mente no acepta el nuevo límite —respondió Elio, y, con un gesto cuidadoso, la invitó a recostarse en la mesa de acero pulido.

El primer corte fue casi tierno, cálido; un deslizamiento preciso bajo la piel, como manos de madre. Amalia sintió el chasquido de la carne que cede, un calor aflorando desde las vísceras. Imágenes brotaron en su mente: ella danzando con costillas abiertas, la sangre corriendo tibia sobre su abdomen, la cara irreconocible en todos los espejos. El dolor, sí, llegó, pero era un dolor distinto, eléctrico, que la sacudía y la incendiaba. Cuando Elio empezó a desmenuzar sus huesos, a reubicar tendones y curvas, Amalia se sorprendió riendo entre sollozos.

“El proceso requiere entrega”, escuchó, como un eco desde el fondo del salón. “Si te resistes, la carne no aprende”.

Al despertar, el mundo era un trapecio desde un ángulo imposible. Tenía un brazo donde antes estuvo el omóplato. El rostro, reflejado en una bandeja cromada, era un diseño abstracto de líneas y formas: un ojo desviado, la boca desplazada hacia el maxilar izquierdo, la frente marcada con una sutura que parecía una sonrisa vertical. La sangre pulsaba lentamente bajo las grapas.

Amalia se levantó, mareada. Elio le tendió un espejo más grande.

Cada rincón de su cuerpo era ajeno, y, al mismo tiempo, infinitamente propio. Era un error hermoso. Era, al fin, una monstruosidad a la medida de su deseo. Salió del taller envuelta en vendas, sospechando y esperando que mucha gente la miraría. Nadie lo hizo. En esta ciudad, hay monstruos de sobra: la diferencia está en quién los lleva adentro y quién los deja salir a pasear.

La cicatrización fue un proceso lento y perturbador. Durante las primeras noches, soñó que su rostro goteaba, que el tejido se derretía como cera y revelaba bajo sí la calavera de un ciervo. Amanecía bañada en sudor agrio, deslizándose bajo las sábanas, buscando costuras y soldaduras. En los pasillos del hospital, los pacientes evitaban mirarla demasiado tiempo. Algunos decían que su nueva boca balbuceaba palabras solo por la comisura; otros juraban que los huesos de su mano articulaban sonidos al rozar las mesas.

No fue suficiente. El cuerpo, una vez abierto y vuelto a cerrar, reclama más. La necesidad de otra transformación se volvió obsesiva: imágenes de nuevas formas la acosaban mientras inyectaba medicamentos, mientras cortaba gasas, mientras contemplaba la televisión por la noche. En su cabeza, Elio seguía cortando, actualizando, mejorando. Pronto cruzó de nuevo el umbral del taller, con nuevas bolsas de billetes y la promesa de sumisión absoluta.

Cada vez, el ritual se volvió más violento. La piel se trataba como tela, se estiraba sobre moldes, los músculos se apilaban como estratos. Elio inventaba, y Amalia se dejaba inventar. En la cuarta sesión, Elio abrió la cavidad de su pecho y montó dentro una jaula de titanio donde antes latía el corazón. Al despertar, Amalia sintió el eco del pulso metálico, frío, sin emoción. A sus amigos, les dijo que había estado enferma, que la recuperaron. Nadie preguntó más.

Así comenzaron a llegar otros: la mujer de caderas descomunales, el hombre que quería un cráneo con ángulos afilados como un diamante, la pareja que deseaba compartir un solo cuerpo con dos cabezas. Todos entraban en el taller de Elio, todos salían distintos, irrepetibles, irreconocibles.

Las autoridades apenas notaron el incremento de personas con formas grotescas: la policía, los funcionarios, hasta los médicos de urgencia. Era más fácil mirar a un costado. El cuerpo, se decían, era asunto privado. ¿Qué derecho tienes a decirle a alguien cómo llevar su carne?

Fue en la quinta intervención que Amalia se enteró de la verdadera naturaleza del taller. Llegó casi sin fuerzas, descompuesta por el dolor de su último re-armado, la boca torcida, los ojos siempre llorosos. Mientras Elio limpiaba herramientas que no parecían de este mundo –pinzas negras, sierras de colmillo doble, brazos articulados que se curvaban solos–, Amalia observó, por primera vez, un mural junto a la mesa principal.

Allí, pegados con alambres y grapas, reconoció restos humanos: orejas emparejadas como hojas secas, narices colgando como setas, dientes incrustados en líneas que formaban palabras: "El cuerpo es solo el mapa. La ruta es el vacío." Y junto a esta frase, una figura monstruosa, hecha de trozos de pacientes previos, cosidos en una tela macabra.

Elio la miró a través del reflejo de un frasco de vidrio oscuro.

—La carne tiene memoria —dijo—. Cada modificación deja cicatrices en la mente. Los ves afuera, pero lo peor ocurre adentro. ¿Vos querés la última intervención, Amalia?

La pregunta cayó pesada. Amalia, incapacitada de volverse atrás, asintió.

La última vez que Amalia entró a la sala, Elio habló en un idioma que ella no entendía. Trajo un anestésico especial, viscoso y acre, y lo inyectó directamente en el globo ocular izquierdo. El mundo se agitó, los bordes temblaron. Sintió que todas sus extremidades explotaban hacia afuera. Elio abrió su cráneo desde la nuca y reordenó algo profundo, una arquitectura desconocida.

Despertó en otra forma: la mitad de su cuerpo reconstruido con huesos ajenos, injertos de piel translúcida, dientes acomodados entre los dedos. Frente al espejo, solo pudo emitir un grito ahogado y animal. Había cruzado un límite. Ya no era humano. No solo por fuera.

Después, Elio desapareció.

Las personas reconstruidas comenzaron a multiplicarse. Las heridas no curaban nunca del todo. Los huesos, lejos de soldarse, crujían y se movían como vivos. La piel, atravesada por líneas de costura, se abría en sueños, dejando salir insectos grises y pequeños ojos. En la ciudad se rumoraban historias de pacientes que caminaban dormidos, que costuraban a otros en la oscuridad, que no reconocían su reflejo. Algunos incluso se desgarraban a sí mismos, buscando quitarse lo nuevo, encontrar el viejo rostro sepultado.

Amalia, ahora convertida en una criatura de múltiples rostros y torsos fragmentados, comenzó a sentir hambre: no la del estómago, sino la de la piel, la de las formas. Una noche, se despertó de un sueño donde Elio la animaba a extender su arte, y comprendió lo inevitable.

Tomó escalpelo y tijeras. Salió, vestida con una bata manchada, al pasillo del hospital, donde los cuerpos dormían indefensos. Una enfermera la vio, y por un instante, creyó que era una pesadilla: una boca abierta donde debía ir el hombro, ojos apilados en las palmas de las manos.

Amalia avanzó hacia una joven paciente, que abrió los ojos y vio la forma abstracta, rota, que avanzaba hacia ella. Intentó gritar. La mano de Amalia, con sus dedos afilados de dientes y tendones, le acarició el rostro. Y entonces, suavemente, empezó a cortar. El círculo se cierra con un nuevo mapa.

Nadie volvió a ver a Amalia ni a Elio. Pero, de vez en cuando, alguien vislumbra en la esquina roja del callejón una sombra multiplicada, un reflejo de ojos y bocas en un cuerpo imposible, reiniciando el ritual, buscando nuevas formas en la carne, y dejando tras de sí cuerpos cosidos, ambulantes, en una ciudad cada vez menos humana. A algunos les parecería el infierno. Para Amalia, por fin, era hogar.

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