Portada del relato Luz de medianoche en la suite 217
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Fragmento:


La habitación era tal como cabía esperar: cama doble con cabecero de terciopelo aguardentoso, escritorio cojo y un pequeño armario que olía a alcanfor. Pero, sobre la mesita de noche, entre el teléfono muerto y una lámpara desvencijada, Alexis vio un extraño reloj de esfera negra, cubierto de inscripciones doradas. La esfera apenas se distinguía; la sabiduría arcaica o el idioma de un dios menor, pensó, con letras danzando como llamas. Alexis se encogió de hombros. Un souvenir gastado, probablemente, o alguna pieza extraviada de una convención de ocultistas. No le convencía el relato fácil, pero hundirse en el colchón vencido era más atractivo que investigar rarezas.

Duración: 11:07

Luz de medianoche en la suite 217
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Texto de ajuste de pausa.

Las luces nunca deberían parpadear tantas veces en un vestíbulo a las tres de la madrugada, especialmente en hoteles vacíos como el Wyndham Crest. Pero en la noche en que Alexis Fern se presentó arrastrando su maleta empolvada, el aura misma del lugar prometía un insomnio peor que la peor pesadilla: antorchas eléctricas chisporroteando sobre retratos descoloridos; cortinas tan pesadas que sólo el viento más recio rompería su pesadez; y un zumbido que parecía salir de las mismísimas paredes. Nadie de la plantilla nocturna saludó a Alexis. De hecho, durante los trámites en recepción, sólo un carraspeo asmático tras el mostrador, y una mano arrugada que deslizó el formulario de registro con indeferencia. "Llave de la 217," susurró una voz seca, aunque Alexis no vio labios moverse. El miedo, primero un escalofrío sutil, se acurrucó entre sus costillas.

Alexis había huido; no a un sitio, sino de una vida entera. Divorcio, deudas, un trabajo perdido, y, aunque no era el menor de sus tormentos, la certeza de que no volvería a querer a nadie ni a nada. El Wyndham Crest, con su promesa de anonimato y tarifas irrisoriamente bajas, era un refugio perfecto para almas fracturadas. Subió al segundo piso evitando el ascensor—el espejo astillado en la cabina le devolvió un rostro tan deformado y barnizado en sudor que prefirió las escaleras. El pasillo hasta la 217 no era largo y, sin embargo, la distancia pareció multiplicarse con cada paso. El papel tapiz se descamaba, exponiendo cicatrices rosadas de yeso y cemento. Cada cuadro en la pared mostraba el mismo prado brumoso, como si ninguna otra escena pudiera resistir la mirada dentro de ese hotel.

La habitación era tal como cabía esperar: cama doble con cabecero de terciopelo aguardentoso, escritorio cojo y un pequeño armario que olía a alcanfor. Pero, sobre la mesita de noche, entre el teléfono muerto y una lámpara desvencijada, Alexis vio un extraño reloj de esfera negra, cubierto de inscripciones doradas. La esfera apenas se distinguía; la sabiduría arcaica o el idioma de un dios menor, pensó, con letras danzando como llamas. Alexis se encogió de hombros. Un souvenir gastado, probablemente, o alguna pieza extraviada de una convención de ocultistas. No le convencía el relato fácil, pero hundirse en el colchón vencido era más atractivo que investigar rarezas.

Las horas no transcurrieron como deberían. El sueño no era descanso, sino una caída continua, una resbaladiza espiral donde cuerpos mutilados y voces apagadas invocaban a Alexis por su nombre, llamándole no visitante, sino prisionero. No recordaba haber cerrado completamente los ojos cuando la primera punzada la despertó. De repente, el aire de la habitación se espesó con un hedor acre, metálico, y la lámpara comenzó a parpadear con tal violencia que cada chisporroteo parecía desgarrar sus tímpanos. Se incorporó bruscamente, sudor empapando su camiseta. Sin embargo, fue el reloj lo que la devolvió a la realidad—o a la pesadilla despierta que se había apoderado de la 217.

La esfera negra brillaba tenuemente, como si desde adentro alguien raspase la superficie a la espera de romper el cristal. Alexis lo miró fijamente; el ruido era diminuto, como uñas rasgando lo invisible. Descubrió entonces que las manecillas giraban hacia atrás, sin descanso, a velocidades imposibles. Todo su cuerpo vibró con una punzada amarga de pánico. Fue a tomar el teléfono, pero la línea estaba muerta. Intentó salir de la habitación y la puerta no cedió, por más que forzaba el picaporte con sus manos temblorosas. Cuando giró de nuevo para ver el reloj, algo había cambiado: la inscripción dorada ahora formaba su propio nombre.

Temblando, Alexis retrocedió, tropezando con la mesita y golpeándose la cadera en el acto. El dolor era punzante, vívido, pero sirvió sólo para intensificar el horror. Un sutil siseo emergió del reloj, como si la habitación se hubiese llenado de serpientes invisibles. Entonces, una voz salió del objeto—la misma voz que susurró en recepción. "Sabíamos que vendrías."

Alexis estaba demasiado cansada para gritar, demasiado quebrada para rogar piedad a cualquier entidad que se hubiera hecho nido dentro de aquel objeto maldito. "¿Qué quieren?", susurró. "Alivio," respondió la voz, grave como el retumbar de un trueno filtrado por los sueños. Pero el tono no era humano; no pertenecía a nadie que hubiese vivido alguna vez. "Dolor. Dolor perpetuo, ofrecido en sacrificio, por cada noche perdida en este hotel."

Las paredes comenzaron a sudar, una amalgama de sangre y humedad pringosa, y dentro de los cuadros los prados se tornaron húmedos, habitados ahora por rostros que suplicaban ayuda, rostros que Alexis apenas reconocía en la periferia de su memoria. Podrían haber sido todos los que amó y perdió, difuminados, sangrantes, los labios abiertos en un grito eterno. Alexis intentó taparse los oídos, pero la voz del reloj era como un olor que se pega a la piel, como una idea que nunca puedes desterrar.

"¿Cuánto más?", exclamó, temiendo conocer la respuesta. El reloj la ignoró. De repente, el dolor físico se apoderó de ella—de su vientre, de sus costillas, de sus ojos. Cada fibra, cada nervio, latía en un tormento líquido, y comprendió, entre espasmos, que experimentaba el sufrimiento no sólo propio, sino de todos los huéspedes antes que ella. Los condenados de la suite 217.

El reloj, ahora con la esfera iluminada, proyectó sombras en las paredes. En cada sombra, una figura retorcida y sin rostro se golpeaba las extremidades, implorando un final que nunca llega. El tiempo, lo comprendió Alexis, sólo retrocedía aquí; no avanzaba, no curaba. Uno se acumulaba en el presente como el hedor sordo de la carne echada a perder. Todo sufrimiento, toda lágrima nunca llorada, cada grito ahogado en todas las habitaciones del Wyndham Crest, era marcado y absorbido por el objeto maldito; y cada nuevo huésped debía cargar la suma total, noche tras noche.

Trató de buscar la ventana, respirar aire fresco, pero los vidrios estaban cubiertos de una sustancia pegajosa e irreductible, como sebo humano, y cuando Alexis pegó la frente al cristal, sintió el escalofrío cruel de cientos de dedos invisibles arañando el otro lado. Fue allí que vio, distorsionada como en un espejo roto, la masa informe de un huésped anterior. Lloraba, y al llorar, sus lágrimas surcaban el vidrio desde adentro. Alexis retrocedió, temiendo perder la razón.

Intentó de nuevo la puerta. Golpeó, gritó, pidiendo ayuda. Los nudos en el alma se tensaban minuto a minuto, su ropa empapada, su garganta una herida reseca. Afuera, en el pasillo, escuchó pasos. Por un instante, la esperanza, la posibilidad de ser rescatada, renació. Un portero, otro cliente, un trabajador nocturno—alguien debía oírla. Pero cuando el pomo giró desde fuera, su cuerpo entero supo que no era nadie vivo el que aguardaba al otro lado.

La puerta se abrió lentamente, chirriando como una carcajada de ultratumba. En el umbral, la silueta encorvada de la anciana que le dio la llave en recepción. Su cara era una máscara de cera fundida, de arrugas imposibles y tristeza ancestral. En sus manos, traía otro reloj, idéntico al de Alexis, pero con inscripciones distintas. La anciana entró sin pedir permiso, sus pasos arrastrando una mugre invisible por la alfombra.

"Solo cambiaremos el dolor," susurró. "No su final." Extendió el reloj hacia Alexis y, en ese instante, todo el dolor del mundo se transfirió a la segunda esfera. Alexis sintió el alivio breve y abrumador de un cuerpo recién nacido: respiró, lloró. Pero la anciana pegó el reloj nuevo al pecho de Alexis, sonriendo sin dientes. "Ahora, la eternidad del dolor será tuya para repartir. Así funciona. Debes ofrecerlo al siguiente huésped."

Comprendió, entonces, Alexis, con horror absoluto, que el sistema del Wyndham Crest era más atroz aún: no eran víctimas, sino piezas de una maquinaria imposible, engranajes humanos de tortura perpetua. Ningún huésped abandonaba el hotel; cada uno, marcado por el reloj maldito, constituía un relevo grotesco en la cadena del tormento. Sólo cediendo el dolor acumulado al nuevo huésped, uno podía encontrar un respiro, aunque jamás la libertad, pues el hotel siempre encontraba la forma de que el ciclo continuara.

Aquella madrugada, con las luces titilando en una secuencia enfermiza y el retumbar de las otras habitaciones—otros lamentos, otros pactos con el reloj negro—Alexis se sentó junto a la puerta, esperando. Los minutos se convirtieron en horas, las horas en siglos dentro de aquella burbuja infecta de sufrimiento atemporal. Nadie vino. La anciana desapareció; tan sólo el rumor del pasillo, ese zumbido que anidaba en la mente, daba fe de su existencia.

Eventualmente, llegó la siguiente huésped. Un hombre, joven, ojos de pez, arrastró su propia maleta hasta la suite 217. Por un instante, Alexis pensó advertirle, gritarle que huyera. Pero la voz se le pegó en la garganta, y el movimiento automático—el acto de ofrecerle el reloj, de convencerle de que sostuviera la esfera negra por un solo segundo—fue más fuerte que la compasión. Sabía, en la médula de su miseria, que el dolor sólo se transfería por voluntad propia, disfrazado de ayuda. Así, el ciclo se reanudó.

Al marcharse la siguiente víctima, Alexis exploró los pasillos del Wyndham Crest. En cada puerta, escuchaba respirar el horror, prisión perpetua tejida por el hotel y sus relojes. El personal nunca aparecía de día, sólo las siluetas nocturnas, arrastradas y encorvadas, tan viejas como las paredes. Nadie soñaba allí, sólo revivía la agonía una y otra vez, sin derecho a olvido.

Con el tiempo, Alexis entendió que también ella cambiaría, poco a poco, en una de las figuras que rondan el pasillo para entregar el siguiente reloj. Se reconoció en los espejos rajados, primero en las sombras, luego en la piel, hasta que su rostro se volvió sólo una memoria líquida, ajena.

Quizá lo peor del Wyndham Crest no era el dolor en sí, sino la certidumbre de que la eternidad aquí era de transferencia, nunca de redención; que el hotel existía sobre la suma de todos los tormentos que cada huésped le regalaba al siguiente. El objeto maldito no podía destruirse porque el dolor humano es inagotable, y siempre habría nuevos fugitivos, nuevas almas en fuga como Alexis, dispuestas a entregar hasta su último aliento a cambio de una noche de olvido.

Cuando cruce el umbral del Wyndham Crest no vuelva la vista atrás. No acepte relojes ajenos. Y, sobre todo, nunca, bajo ninguna circunstancia, registre su nombre en el vestíbulo, porque la eternidad del dolor ya tiene suficientes huéspedes, y siempre busca uno más.

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