El temporal cubría Ashenden Street con un manto de oscuridad repentina, tan espesa que parecía además de envolver, asfixiar. Era octubre y el agua corría densa por las uniones de los adoquines. Un frío extraño mantenía las cortinas pegadas a los marcos de las viejas casas; esa noche, sin embargo, la única silueta expuesta era la de Virginia Hollis, la más terca de las viudas, quien, para asombro de los vecinos, recibía al anticuario Ganton Ridley en su sala, junto a una lámpara de aceite cuyo brillo era insuficiente para apaciguar los estremecimientos de la estancia.
Con Ridley, como casi siempre, venía algo más: no sólo su insidiosa conversación, sino, esa vez, una caja oblonga, cubierta con paño verde gastado. Bastó que la viuda preguntara, con una mirada que rozaba el desprecio y la fascinación:
—¿Y qué trae esta vez, señor Ridley?
El anticuario dejó caer una sonrisa torcida.
—Un objeto curioso y antiguo —dijo—, proveniente del continente, según me aseguran; de una herencia sospechosamente silenciosa. Perteneció, quizás, a los Claremont de Auxonne, aunque nadie puede asegurarlo.
Y como quien desvela el corazón de una fábula prohibida, retiró el paño y reveló un espejo ovalado, del hierro ennegrecido, con ornamentos inundados por una espiral de símbolos arcanos. El vidrio, lejos de reflejar sólo las luces prestadas de la sala, parecía retener una sombra latente, una forma de negrura autónoma.
Virginia fingió indiferencia, aunque Ridley no dejó pasar el fulgor que cruzó su mirada.
—Ambos sabemos —prosiguió el mercader, arrimándose en la silla— que en esta villa la memoria de lo mudado y lo prohibido perdura más allá de generaciones. Este objeto guarda una historia de esas que prefieren nacer en los cuchicheos. Me atrevería a decir que usted, señora Hollis, es precisamente quien podría apreciarlo… o contenerlo.
El silencio se alargó, hasta que la lluvia aporreó, como por mandato, con mayor fuerza la ventana. Virginia tomó el espejo; el frío del metal era tan denso como la sombra que parecía habitar su interior.
—¿Por qué trae esto aquí?
Ridley miró a su alrededor, midiendo las esquinas como quien teme testigos invisibles.
—He escuchado… que usted lleva en la sangre un pacto antiguo. Algo de las mujeres de verano de Liskarz, ¿me equivoco? Ellas conocían los nombres y los signos. Si alguien puede erigir barreras, es usted.
Virginia apretó el marco del espejo, recordando las palabras de su abuela, llamando a su linaje “un río sordo, pero obstinado, donde la sal recoge también las sombras”.
—Este espejo… ¿qué se sabe de él?
Ridley inspiró, y su voz bajó una octava.
—Nunca un propietario vivió en paz; nunca durmió entero. Se dice que muestra, no lo que sucede, sino lo que acecha. Hubo quien se desangró buscando en sus profundidades a un hijo muerto o a una esposa perdida. Hubo quien lo quebró y desapareció esa misma madrugada.
Virginia soltó una risa breve, pero sin alegría.
—Y usted, ¿no le teme?
Ridley pasó el dedo por una de las espirales del marco.
—Uno teme a lo que desconoce, y yo me alimento de lo que otros evitan. Pero a veces, señora, las cosas encuentran su guardián, y yo no soy ese hombre. No esta vez.
Apuró su copa y tras el chisporroteo de un trueno, la sala quedó súbitamente sin su presencia.
La viuda observó la puerta cerrada y el espejo sobre la mesa. Los relámpagos tornaban el objeto lustroso, las sombras contenidas vibraban con cada luz intempestiva. Virginia corrió las cortinas, sentándose frente a él. Tocó su superficie: un leve hormigueo le subió por los dedos hasta el antebrazo.
—¿Qué testi… —empezó a decir, pero hirió la frase a mitad, temiendo oír resonar su propio miedo.
En el silencio, se escuchó algo más: el golpeteo diminuto, peculiar, de uñas. Provenía del propio espejo. Virginia retrocedió; la sombra que parecía dormir tras el vidrio se había movido. ¿No era su reflejo, sino el de alguien más?
Se armó de valentía y repitió, en voz apenas susurrada, un versículo en un dialecto que su abuela le advirtió jamás emplear salvo en noches sin luna:
—Tagnil shaddan atrun —musitó, mientras la lluvia azotaba en ráfagas.
La superficie del espejo bulló como agua expuesta al calor repentino, oscureciéndose aún más; la negrura se alzó y formó, con lentitud, un rostro. No era el de Virginia; tenía aristas más agudas y una sonrisa retorcida, como si supiera un secreto cruel.
—Devuélvelo —dijo la imagen, sólo moviendo los labios, su voz sonando en la mente de Virginia, nunca en el aire.
Terrible fue notar —aunque todo el cuerpo se le quería volver piedra— que tras las palabras del rostro algo se movía aún en el fondo, como si hubiera otros, esperando en un corro siniestro. Casi pudo escuchar, muy lejos, un canto, ese arrullo asfixiado que las mujeres de su familia entonaban para separar a los vivos de los muertos.
De golpe, supo lo que tenía ante sí. El objeto estaba maldito, pero no por error, sino por designio: era un canal, un umbral nacido de la voluntad de brujas, de las que urdían las leyes del daño y las puertas vedadas. No había sido sólo un testigo pasivo de horrores: era cómplice y, en cierto modo, culpable.
Se forzó a dejarlo en la mesa, pero el reflejo la seguía, la mirada de ese rostro multiplicando su malévolo deleite mientras la tormenta crecía en furia.
Durante los días siguientes, la casa de la viuda se volvió extraña para ella. Las hebras del aire estaban enrarecidas, y los objetos producían sombras inusualmente largas, como si esa parte oscura del espejo se hubiera fugado por las grietas de la casa, impregnando las alfombras y las paredes. Por la noche, los sueños no eran suyos: veía a niños sin boca corriendo en campos cenagosos, a mujeres peinando cabellos de lascivia infinita frente a espejos idénticos, siempre idénticos.
Una noche, tras despertar con una punzada de ausencia —el alba no había llegado, y sin embargo, escuchaba a alguien rasguñando la puerta del salón— Virginia se levantó. Caminó a tientas, armada sólo con la tibieza de la razón y el peso de la herencia. El espejo seguía en la mesa, pero su superficie estaba repiqueteada: salpicada de huellas diminutas, como las del roce de dedos ansiosos desde el otro lado del vidrio.
Intentó recubrirlo con trapos, pero al tocarlo notó que el frío del metal se había avivado, hundiéndose en su piel como el abrazo de un muerto. Consciente de no poder deshacerse tan fácilmente, arrastró el objeto a su cuarto más seguro: la buhardilla, cuyas paredes estaban cubiertas de símbolos urdidos hacía cien años por las mujeres de su estirpe. Allí, la luz nunca era plena, pero las oscuridades estaban reguladas por la geometría benigna de las líneas protectoras.
La noche avanzó a trompicones. Virginia oyó, con el corazón descompuesto, cómo algo se arrastraba por los marcos de las ventanas, aunque sabía que no podía ser ninguna criatura física. De repente, el olor en el aire cambió; recordaba algo entre cera y carne quemada.
Volvió al espejo y repitió el versículo antiguo. El vidrio burbujeó, la sombra se retorció y el rostro reapareció, ahora más nítido, más descompuesto por las ganas de posicionarse en el mundo real.
—Suéltame —dijo—, y me iré por donde llegué. Déjame cruzar y no seré tu daño.
Al fondo, un coro de risillas agudas.
Virginia, desesperada, improvisó lo que recordaba de los rituales de cierre, esos a los que su abuela nunca osó asistir completamente despierta. Dibujo en el aire un círculo de sal y cenizas, entonó, con voz que era casi suya y casi la de otra, palabras sin sentido para ningún otro oído presente.
El espejo tembló, el marco vibró con una electricidad nerviosa. La sombra dentro se inflamó; las paredes parecieron sudar y la buhardilla entera oscureció, como sumida en tinta.
A partir de ahí, la lucidez se desangró. Virginia fue un canal, repitiendo palabras, entonando con el cuerpo lo que no recordaba conscientemente. Voces femeninas la guiaban, algunas queridas, otras sólo temidas de oídas. Cuando volvió a ser ella —o la faceta de sí que era aún capaz de nombrarse con su nombre ordinario— yacía en el suelo, con el espejo envuelto, silenciado, sellado en sal.
No obstante, el frío en la casa era más denso, palpándose en las uniones de los muebles, las bisagras, los marcos de los retratos. Durante semanas, ni una sola noche fue pura: ruidos de zarpazos, ensoñaciones de miradas tras los cristales, y sobre todo, la terrible certeza de que las sombras del espejo ahora sabían su nombre, su forma, su senda.
El tiempo pasó, pero la maldición no se disipó: migró. Ridley apareció una tarde, encorvado por una serie de infortunios que le habían envejecido diez años en apenas un par de meses.
—¿Qué fue del objeto, señora Hollis? —preguntó, sin mirarla directo a los ojos.
Virginia no trastabilló:
—Aquí sigue, aunque ahora me ocupo yo de él y usted será muy sabio si no pregunta más.
—Por todo lo que es sagrado… —musitó Ridley, y su terror era sincero— ¿Qué encontró ahí dentro?
Virginia se permitió la menor de las sonrisas y, con tono bajo, le respondió:
—Nada que no estuviera ya esperándonos. Nada que no supiera ya nuestro nombre.
Ridley se fue, y nadie en Ashenden Street supo de él durante mucho tiempo. Virginia enclaustró el espejo entre los muros prohibidos, y a la casa acudieron tanto los tísicos de miedo como los atraídos por el rumor de la historia. Pero pocos osaron entrar.
El mes cambió y la lluvia cesó, pero la lámpara de la casa Hollis nunca volvió a dar el mismo calor. Algún viajero nocturno aseguraba, desde entonces, haber visto dos sombras en la ventana más alta: una de mujer, la otra informe, sin rostro, aguardando paciente, meciéndose tras el vidrio, a la espera de ser llamada de nuevo.
Porque algunas maldiciones, tejido por manos sabias o crueles, sólo buscan anfitrión. Para todo lo demás, el espejo aguarda. Y la bruja, aún más.
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