Portada del relato Las voces en los umbrales
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Fragmento:


Me levanté, helado, y crucé el pasillo tratando de no encender la luz. Al llegar, observé el jarrón como un vigía a su propia trampa. Parecía emanar una neblina inconcreta, más olor que sustancia, densa y salada como el aliento de un ahorcado. Noté, entreverado sobre la porcelana, un cambio sutil: una de las figuras humanas tenía ahora una mueca de dolor grabada en su relieve. Antes, juraría, no era así; antes todas las siluetas eran indiferentes, anónimas, sin expresión.

Duración: 10:29

Las voces en los umbrales
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Texto de ajuste de pausa.

Nunca pude precisar si aquel quejido provenía de la casa contigua o de algún rincón invisible del propio pasillo. Algunas noches lo oía ya desde la calle, temblando en el aire, adherido al moho de los muros y al rumor de la brisa. Era un sonido largo, como si algo o alguien estuviera compuesto solamente de tristeza, con la garganta llena de siglos y mugre. En el edificio sabían de su existencia pero preferían ignorarla; la portera cambiaba de tema cuando le preguntaban y la vecina del cinco, la señora Lecouvre, solía cruzarse de acera siempre que mencionaban el piso tercero, el que permanecía cerrado con llave desde mi infancia.

Yo era un hombre adulto, y sin embargo, nunca pude alejar los terrores arcaicos ni los pequeños temblores de la niñez. Había heredado el piso tras la muerte de mi padre y, obligado por circunstancias, decidí mudarme allí luego de la separación con mi mujer. Los fantasmas, esos tediosos polizones de las casas viejas, fueron mis primeros convidados apenas traspuse el umbral.

Todo comenzó el día en que encontré el jarrón. No fue hasta entonces que los lamentos se mostraron más voraces y persistentes.

El jarrón en sí parecía de escaso valor. Estaba tallado en fina porcelana categoría “pasta dura”, manchada de pequeñas vetas rojizas, lo que ahora atribuyo irónicamente al óxido. Su dibujo era, como mínimo, perturbador: una secuencia de figuras humanas, encorvadas, alineadas en círculos que se entrelazaban uno sobre otro. Rostros anónimos, apenas relieves, y una inscripción casi ilegible en latín antiguo abajo, al pie. Lo hallé envuelto en tela en el fondo de un viejo baúl. Nadie recordaba haberlo puesto allí, ni mi padre ni mucho menos yo.

Lo coloqué en la repisa del salón sin demasiada ceremonia. A la luz de la mañana el objeto exudaba cierta belleza, reflejando hilos de luz en las paredes manchadas. Pero al caer la noche, su presencia adquiría una gravedad helada, amplificando las sombras y desmintiendo cualquier idea de inocuidad. Cuando los quejidos se hicieron más evidentes, supe—o más bien intuí—que el jarrón tenía hambre o deseos, como si dentro de él habitara algo que necesitaba salir.

La noche más dura fue la del primer viernes de mi estancia. Me despertó el sonido de pasos lentos y húmedos. Abrí los ojos en la más absoluta oscuridad y sentí un peso insidioso en el aire. El quejido llegaba desde el salón, modulándose en una frecuencia animal, similar al suspiro de una bestia herida y cautiva.

Me levanté, helado, y crucé el pasillo tratando de no encender la luz. Al llegar, observé el jarrón como un vigía a su propia trampa. Parecía emanar una neblina inconcreta, más olor que sustancia, densa y salada como el aliento de un ahorcado. Noté, entreverado sobre la porcelana, un cambio sutil: una de las figuras humanas tenía ahora una mueca de dolor grabada en su relieve. Antes, juraría, no era así; antes todas las siluetas eran indiferentes, anónimas, sin expresión.

No dormí más esa noche. Amanecí con el corazón maltrecho y una certeza nostálgica de pérdida, como quien observa su infancia rajarse en dos. Bajé al mediodía a buscar a la portera, y le pregunté, con tono jocoso y algo forzado, si sabía algo del jarrón. Su respuesta fue un murmullo desganado y evasivo: “Aquí todo guarda algo —dijo—, las cosas y las personas.” Y luego, mientras subía las escaleras, añadió casi en secreto: “No deje flores, ni agua, en ese jarrón.”

La advertencia me resultó absurda y sombría, pero la acaté. Evité llenar el jarrón de nada y tampoco le permití a nadie tocarlo. Mis amigos, los pocos que aún frecuentaban la casa, notaban cierta incomodidad en el aire, una opresión vaga, pero por educación no decían nada. Sin embargo, una de ellas, Clara, después de una copa de vino, lo notó: “¿Has escuchado algo en este piso? Como… un llanto, pero grave, como una queja antigua.” Asentí sin mirarla.

El problema fue que, durante una fiesta de cumpleaños, un invitado—un colega de mi antiguo trabajo—dejó, como felicitación, unas flores de azucena en el jarrón maldito. No lo vio como una ofensa, ni siquiera como una falta de educación. Pero en cuanto las flores tocaron el fondo, la atmósfera mutó. Se apagó la música sin razón aparente. Las luces titilaron. Y un viento gélido sopló desde ningún lado, levantando papeles y volcando una copa. Algunos invitados se marcharon, incómodos. Aquella noche, las voces dolientes llenaron todos los cuartos de la casa, aún con la luz del día colándose por las ventanas.

No pasó mucho hasta que descubrí que, cada vez que alguien depositaba algo en el jarrón—flores, agua, monedas—una nueva forma distorsionada se añadía al círculo de figuras. No era inmediato, la transformación parecía exigir un sacrificio de tiempo y atención. Pero, finalmente, la silueta tallada adquiría los rasgos de la persona que había ofrendado algo. Un patrón surgió: los nuevos dueños del piso, antes que yo, nunca duraban mucho más de un año. Les seguía una cadena ininterrumpida de tragedias: muertes accidentales, enfermedades repentinas, desapariciones.

Desenterré los registros en el archivo de la comunidad, urgido por un horror creciente y por la clara progresión del destino. Vi los nombres: la adolescente que fue hallada en la bañera, el matrimonio que se asfixió con gas, el anciano que desapareció tras una tormenta. Me obsesioné con la correspondencia entre las siluetas y las viejas fotografías en blanco y negro, y el parecido era horriblemente exacto.

Solo entonces comprendí. El jarrón era un coleccionista de presencias, un receptáculo de almas a la espera de consumar la maldición. Cada ofrenda, cada objeto depositado, alimentaba su hambre y lo ataba, cada vez más fuerte, a esta realidad borrosa, sempre al límite de lo invisible y lo tangible.

Pasaron semanas en las que no dormí. Llené los marcos de los cuadros con ramas de laurel y dejé velas encendidas frente al jarrón, remedios aprendidos de libros prohibidos y charlas con ancianos dementes en la plaza. Pero los quejidos seguían: se hacían más perversos, más íntimos, como si me conocieran y susurraran mis propios temores. Algunas noches, la porcelana se entibiaba y una baba fría recorría su borde.

Clara, fiel y obstinada, insistió en ayudarme. Compartió habitación para no dejarme solo, convencida de que solo era una obsesión, un desvarío surgido por la soledad. Una noche, mientras repasaba los diarios antiguos, ocurrió: los lamentos crecieron en volumen hasta convertirse en gritos. La habitación tembló con una fuerza animal. El jarrón, caído de su repisa, rodaba sobre la alfombra, y la tapadera se despegó, dejando escapar una bruma densa de formas incompletas, brazos arrastrados, bocas abiertas en un clamor interminable.

Corrí hacia Clara y la rodeé con los brazos. Ella, inmóvil de espanto, señaló el jarrón: de su interior emergía una figura andrógina, pálida, sin ojos ni labios, pero que succionaba el aire con cánulas invisibles, generando ese gemido inhumano que nos aturdía. Luego, a una señal imperceptible del objeto, todo se fue silenciando, y la figura regresó arrastrándose a su encierro, disparando un último quejido que nos heló la sangre y nos dejó incapaces de pronunciarnos por horas.

Al amanecer, la cara de Clara estaba grabada —igual que las otras— en el cerco exterior del jarrón. Noté su expresión: no de terror, sino de resignación, de súplica. Ella no podía hablar de lo sucedido. Tampoco abandonó la casa, pero tampoco fue la misma. Empezó a dormir de día, a evitar espejos y ventanas. Yo la cuidé sin apartarme, temeroso de las consecuencias si quedaba solo.

Comprendí, por fin, el velo de silencio que cubría la historia de la casa. Presentí mi destino, inevitable, y busqué la manera de romper el maleficio. Consulté antiguos tratados, visité curanderas y sacerdotes. Solo coincidían en un principio: los objetos malditos necesitan un ciclo para apagarse, requieren de un último sacrificio, una renuncia final.

Me atreví a enfrentar aquel horror una madrugada. Tapé el jarrón con una sábana y, munido de un martillo, traté de romperlo. Pero mis manos temblaban. Cuando el acero tocó la porcelana, la sala entera se llenó de chillidos, lamentos, súplicas, plegarias en latín roto y voces de niños y ancianos, como si todas las vidas atrapadas emergieran solicitando atención. Sentí que algo vivo luchaba por salir. Seguí golpeando hasta sangrarme las palmas y cuando, por fin, la primera grieta cruzó la superficie, el aire se heló del todo. El silencio fue inhumano.

El jarrón se quebró en mil pedazos. Por un segundo, el salón quedó desbordado de imágenes vaporosas, siluetas humanas girando, deformándose, aullando, huyendo hacia los rincones de la casa y luego, una a una, disolviéndose como polvo expuesto al sol. Me arrodillé, exhausto. El resto del día lo pasé recogiendo los fragmentos del objeto e intentando borrarme de la memoria los rostros tallados que ahora yacían diseminados entre las alfombras.

Sin embargo, algo había cambiado para siempre. Clara amaneció muerta, una expresión plácida en el rostro, y la última noche en la casa la pasé recogiendo sus pertenencias. Al salir, noté que uno de los fragmentos, el más grande, conservaba una imagen nítida —la mía—, observa, con ojos cóncavos, desde el fondo de la porcelana astillada. Lo arrojé al río aquella mañana, ardiendo de miedo y de culpa.

Hoy habito otro piso, lejos del pasado y de sus ecos. Pero, ciertas madrugadas, vuelvo a oír el quejido; no en la casa, ni en el pasillo, sino dentro de la cabeza, como el clamor inextinguible de aquello que no muere, sino que espera a que alguien, algún día, lo escuche, lo toque o lo devuelva al mundo para continuar el ciclo. Algunas maldiciones no necesitan hogares de ladrillo, ni objetos, ni registros: bastan con un recuerdo, una mueca en la memoria, o un quejido que nunca te pertenece por completo.

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