Fragmento:
Recogió el objeto, decidida a devolverlo, venderlo o, de ser posible, destruirlo. Pero al girarse hacia la puerta, la cerradura giró con estruendo y una sombra cruzó el pasillo, fugaz, apenas un movimiento. No había nadie más en casa. O eso creyó. Volvió a dejar el candelabro en su lugar, y el susurro—esta vez más claro—le recorrió el oído: "No me dejes."
Duración: 08:58
La primera vez que la vio, oculta bajo una funda de terciopelo burdeos en el fondo del desván de la anciana tía Maud, Sarah supo que era algo especial. No hermoso, ni valioso, ni siquiera particularmente antiguo: especial. Había llegado demasiado tarde para la herencia prometida, pero la asistente social remarcó con sequedad que si quería alguna pertenencia sentimental, debía darse prisa. Y así, bajo los restos de telas polvorientas, Sarah deslizó los dedos y palpó el frío relieve de una caja de madera, increíblemente pesada, con un cierre de bronce ennegrecido.
La abrió por puro instinto, a pesar de la oscuridad apenas cortada por la luz de una bombilla temblorosa. Adentro, envuelto en un paño de lino amarillento, descansaba el objeto más extraño que había visto jamás: un candelabro de plata, trabajado con diminutas formas distorsionadas, como cuerpecitos humanos torcidos en expresiones de sufrimiento. Un hilo de asco y fascinación le recorrió la espina dorsal. Tenía el tamaño de un muñeco, lo suficiente para sostener tres velas, con una base triangular adornada de símbolos grabados que no reconoció.
Un escalofrío la atravesó al sostenerlo—una sensación de vacío repentino, como si la habitación hubiera cambiado de tamaño. Por un parpadeo, creyó oír un susurro, apenas audible, y el olor inconfundible de cera derretida y carne quemada.
Se lo llevó a casa. Así comenzaron las desgracias.
Sarah vivía sola desde el divorcio, en un piso deteriorado en las afueras de Portland. No era una mujer de supersticiones, al menos no hasta aquella noche. Situó el candelabro en la repisa del salón—una especie de insulto a la vida pulcra de su tía, que nunca encendía una vela, tenía miedo patológico al fuego—y se permitió una copa de vino antes de dormir.
Aquella noche soñó con humaredas grises y criaturas de rostros humanos reptando alrededor de su cama. Al despertar, recordaba solo fragmentos: la voz susurrante, una lista de nombres recitada rápidamente, entre los que reconoció su propio nombre y el de Maud.
El día siguiente fue, al principio, normal. Luego, pequeñas cosas comenzaron a suceder. El grifo de la cocina empezó a gotear una sustancia oscura, oleosa. El reloj de péndulo se detuvo sin motivo, aunque era nuevo. Un espejo colgado junto a la entrada reflejaba una imagen ligeramente diferente, apenas un matiz, como si la habitación allí estuviese en ruinas.
Sarah intentó ignorarlo, atribuyendo todo al cansancio, pero los incidentes aumentaron. Las luces parpadeaban a la misma hora cada noche: las 3:17. Al tercer día, al pasar junto al candelabro, sintió que las figuras grabadas en la plata se agitaban y un suspiro escapaba de su interior.
Recogió el objeto, decidida a devolverlo, venderlo o, de ser posible, destruirlo. Pero al girarse hacia la puerta, la cerradura giró con estruendo y una sombra cruzó el pasillo, fugaz, apenas un movimiento. No había nadie más en casa. O eso creyó. Volvió a dejar el candelabro en su lugar, y el susurro—esta vez más claro—le recorrió el oído: "No me dejes."
El séptimo día, Sarah decidió investigar su procedencia. Acudió al archivo municipal, donde conocía a una bibliotecaria condescendiente, Evelyn, que también había asistido al entierro de la tía Maud. Se sentaron juntas a revisar registros polvorientos, hasta que Evelyn exclamó:
—Aquí hay algo raro, Sarah. ¿Dices que el candelabro tiene estos símbolos? —Le mostró un libro de folklore local sobre el proceso de Salem, donde uno de los grabados mostraba un objeto similar, llamado "El Lamento de las Velas". Relataba que durante la caza de brujas, ciertos objetos malditos fueron creados en busca de venganza, y que este en particular pasaba de mano en mano, dejando muerte y desdicha a cada portador hasta que era destruido correctamente.
El relato documentaba también los sueños extraños, el deterioro paulatino del entorno y, como epílogo, la desaparición física del último dueño conocido.
Sarah se rió, incrédula, pero el recuerdo del susurro la perseguía. Volvió a casa más tarde esa noche, y la misma sensación viscosa, húmeda, la acogió en la entrada. El aire tenía olor a cera y algo más profundo, rancio, orgánico.
La planta de la casa, por alguna razón, parecía más angosta, el techo más bajo. Sarah pensó que era paranoia, y se sirvió otra copa de vino.
La segunda semana despertó con rasguños en los brazos y piernas, como si pequeños dedos la hubieran tocado en sueños. Las figuras en el candelabro parecían haber cambiado de posición; ahora, uno de los cuerpecitos tenía la cabeza girada hacia ella, con la boca abierta en un grito mudo.
El teléfono apenas funcionaba. Llamó a Evelyn, sólo para escuchar susurros y burlas al otro lado, antes de que la línea muriera. El reloj marcaba, sin sentido, las 3:17 todas las noches, y las luces ardían en un parpadeo hipnótico, hasta quedarse fijas como ojos ciegos.
El sótano empezó a oler raro. Ratas, pensó al principio, pero cuando se animó a bajar, el hedor era inexplicable y el suelo, pegajoso; descubrió marcas de pies descalzos, pequeñas y frescas, dibujos de cera en racimos, con nombres escritos en ellos. El último nombre era "Sarah C."
Cerró el sótano de inmediato, tragándose el miedo.
Desesperada, buscó ayuda en un foro esotérico. Solo una respuesta parecía auténtica:
"Debes devolverlo al lugar donde fue creado y destruirlo con fuego, mientras recitas el nombre de cada portador. Si te equivocas, estás perdida."
Y la advertencia: "NUNCA enciendas una vela en su interior. Una chispa invocará lo que espera del otro lado."
Durante días, Sarah evitó el salón. Pero el candelabro aparecía cada mañana en la mesa del comedor, incluso después de que lo arrojara dentro de un armario, lo envolviera en toallas, o lo dejara en el balcón bajo la lluvia gris.
Las noches empeoraron. Manos invisibles la empujaban en sueños; rostros borrosos la miraban desde cada espejo. Los nombres recitados en su oído eran cada vez más vívidos, acompañados de gemidos y lamentos. Empezó a perder tiempo, a despertar en lugares distintos a donde se acostaba, con ropa manchada de cera negra y tierra adherida a sus pies.
En la tercera semana, Evelyn desapareció sin rastro. Sarah, apenas aferrándose a la cordura, comprendió que tenía que acabar con ello.
Viajar hasta Salem era la única opción. Guardó el candelabro envuelto en una manta en el maletero. Durante el trayecto, las voces susurraban, a veces con odio, otras con súplica. Tuvo sueños con multitudes encapuchadas, llamas danzando y rostros conocidos marchándose al abismo.
En la ciudad, una densa niebla ocultaba las calles. Sarah siguió las instrucciones del foro, encontrando en el cementerio antiguo la lápida más gastada y partida: "Mary E.", cabeza irreconocible por los siglos, pero el texto, bajo la leve presión de la mano de Sarah, parecía tibio, palpitante.
Colocó el candelabro a los pies de la tumba. Sacó las cerillas y una vela blanca, a pesar de la advertencia de no encender nada en su interior. Pero debía hacerlo, pues parte de la destrucción implicaba “devorar” el objeto con fuego. Las voces aumentaron, aullando, y el aire se espesó, retumbando en latidos erráticos.
—Maud, Evelyn, Sarah Clark, Mary E... —recitó, sumando cada nombre que recordaba de los sueños. Su propia voz parecía multiplicarse alrededor de ella.
Encendió la vela. En un instante, la cera comenzó a derretirse en chorro, como sangre cálida, y el candelabro vibró, emitiendo un chillido que heló su corazón. Las formas talladas se animaron, retorciéndose, y las sombras salieron expulsadas en un torbellino infernal.
Con un violento espasmo, Sarah arrojó el objeto al suelo y el fuego lo envolvió. Un coro lastimero llenó la noche y una sucesión de rostros cruzó ante sus ojos: niños, ancianas, hombres y mujeres, todos suplicando. Al final, la llama se extinguió y solo quedó un montículo de ceniza negra.
El candelabro había desaparecido. Y también lo había hecho algo en su interior—aquella sensación opresiva, el perfume a cera y a miedo—pero Sarah nunca volvió a dormir bien.
Sin embargo, nunca está completamente destruido aquello que fue forjado con odio antiguo. Meses después, al limpiar su sótano, Sarah encontró entre el polvo una pequeña figura de plata, retorcida en una mueca de dolor, con su propio rostro tallado en miniatura. Y el eco de un susurro, ahora apenas audible, pero latente, prometiendo que la maldición solo dormía, esperando ser llamada de nuevo.
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