Portada del relato El eco de las brasas
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Fragmento:


Hay siete de nosotros. El olor de los pinos es asfixiante incluso antes de que el calor del fuego crepite. El mundo parece lejano, reducido al periscopio de luz que proyecta la linterna de Drew. Esta fogata es la favorita de Eric, quien se niega a creer que las piedras areniscas con que está rodeada hayan servido alguna vez de algo más sagrado que cocinar perritos calientes. Nadie sabe por qué él conoce este sitio. Pienso preguntárselo, pero algo en la forma en que estudia el anillo de rocas sugiriendo recuerdo o nostalgia, pero no pertenencia.

Duración: 10:45

El eco de las brasas
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Texto de ajuste de pausa.

He aquí las páginas arrancadas del diario de Meredith Crane, halladas entre las cenizas húmedas de una hoguera, allá donde apenas la civilización permite el paso, y donde los oscuros árboles de Alder Pines rozan la línea del cielo…

**6 de julio**

Hay siete de nosotros. El olor de los pinos es asfixiante incluso antes de que el calor del fuego crepite. El mundo parece lejano, reducido al periscopio de luz que proyecta la linterna de Drew. Esta fogata es la favorita de Eric, quien se niega a creer que las piedras areniscas con que está rodeada hayan servido alguna vez de algo más sagrado que cocinar perritos calientes. Nadie sabe por qué él conoce este sitio. Pienso preguntárselo, pero algo en la forma en que estudia el anillo de rocas sugiriendo recuerdo o nostalgia, pero no pertenencia.

El aire se hace más pesado mientras Amy, con su voz aguda y resbalando el alcohol, sugiere contar historias de miedo. “Si el bosque calla —dice, con un gesto dramático—, sabremos que la historia es real.”

Me río, no porque crea, sino porque todos lo hacemos, como acompañando el rumor de un guion inconsciente. Nadie quiere mirar al bosque realmente oscuro: hay algo reptando allí, la silueta de rama o la ilusión de una huella, siempre en el borde de la visión.

**7 de julio, madrugada**

No escribo estas palabras con tranquilidad. Mi mano tiembla y la luna, alta y borrosa, parece mirarme como a una presa absurda.

Después de las historias, desafiados por la sensación de ser observados, Eric sacó de su mochila un pequeño cuaderno encuadernado en cuero agrietado, cubierto de manchas. Él lo llamó “el diario de los antepasados”. Lo agitó, riendo, mientras los otros jalaban galletas quemadas de malvavisco. Nos lo pasó para que lo ojeáramos. Decía que lo encontró cerca del lago, ‘donde el barro huele mal’, insistía, como si aclarara su hallazgo.

La portada crujió al abrirlo. Las páginas, unas arrancadas, otras apenas unidas a la encuadernación por nervios de papel, contenían frases apenas legibles. Trozos en latín, símbolos dibujados con carbones o sangre seca, y nombres, muchos nombres.

—Déjalo, Eric —dije. El silencio fue grueso y torpe, como si alguien —o algo— nos mirara tras los troncos y no desde la fogata. Amy hundió el rostro bajo las rodillas, fingiendo que revisaba el móvil. Drew lo leyó en voz alta.

No recuerdo la frase exacta, pero el aire alrededor de la hoguera cambió de inmediato. Alguien más había llegado, pero no vino caminando. Fue como una ráfaga, un vacío, una presencia sin presencia.

**8 de julio**

Nadie durmió bien. Yo menos que nadie. Toda la noche sentí el diario palpitando en el bolsillo de la tienda de campaña. Mis sueños eran jirones: veía a una mujer cubierta de fango, cabellos pegados al rostro, dientes grises, susurros en una lengua que no comprendo. Los árboles se curvaban hacia ella, se le ofrecían como muletas, pero ella se arrastraba, y donde pasaba el musgo se ennegrecía.

Al despertar, Eric había colocado el diario en el centro del círculo de piedras. Nadie recordaba haberlo puesto ahí. Hay cenizas frescas donde no encendimos fuego. Noto que las marcas talladas en el cuero parecen más profundas, más frescas, como si hubieran cambiado.

**10 de julio**

No puedo evitar escribir, aunque me tiemble la mano. Anoche desapareció Drew. Nadie sabe dónde. Simplemente se desvaneció mientras íbamos por agua al arroyo. Los nombres del diario… hay uno más tachado. No lo entiendo. Ailet, la más callada de nosotros, dijo haber visto una figura entre los árboles, una mujer susurrando, torciéndose, moviéndose a saltos de sombra en sombra. Nadie la creyó.

Eric revisa el diario obsesivamente, intentando volver a leer el pasaje que leyó en voz alta la primera noche. Pero las palabras han cambiado. Donde antes había frases, ahora sólo hay manchas que parecen gotas de grasa o sangre vieja. Toda mención a nosotros, todos nuestros nombres —y están, claramente escritos— aparecen una y otra vez en los márgenes.

Amy quiere irse. El coche está a media milla, lejos de aquí, pero los faros no funcionan, las ruedas están hundidas en barro, como si algo las hubiera sujetado con manos invisibles. Nos observamos unos a otros como sospechosos, pero lo que sentimos no es simple miedo: es horror crudo, primario. Eric no suelta el diario. Lo vigila como si fuera a saltar y morderlo.

El fuego, aún sin leña fresca, arde toda la noche. Algo lo alimenta.

**11 de julio, 03:23 a.m.**

He intentado quemar el diario. Eric gritó, forcejeó, pero logré lanzarlo a las llamas. El papel exuda un líquido oscuro al arder, y por un segundo, el fuego se volvió azul, frío y sin luz, mostrando figuras arrastrándose entre las llamas. La mujer del sueño, ahora a plena vista, salió del resplandor. Nadie respiraba. Amy cayó de rodillas, balbuceando en un idioma que no era suyo.

La ceniza resultante no desapareció. Al amanecer, el diario estaba ahí de nuevo, idéntico, pero la cubierta más ajada, las marcas más violentas. Escribe por sí mismo nombres y frases inconexas. Nadie admite haberlo tocado, pero todos sabemos dónde está en cada momento.

Eric no habla más. Sólo observa. Yo escribo porque, si no registro estos horrores, puede que me pierda como los otros. Hay nombres en el diario hoy que no reconozco; algunos tienen fechas, otros no. Pero uno de ellos lleva la fecha de mañana. Mi nombre.

**11 de julio, tarde**

La lluvia ha caído por horas, pero el diario está seco, y Amy no para de repetir ese balbuceo gutural que, en mi infancia, escuché en algún confuso episodio de fiebre: “No nome vocas, non timeas, venit, venit domum.”

Al caer la noche, la tienda de campaña se vuelve opresiva. Dormirse es atroz. Los árboles golpean el nylon, aunque no hay viento. Siento una presión en el pecho, como si el aire se espesara con malevolencia. Veo reflejos en las pupilas de Eric, como si leyera algo en lo más profundo de mi ser. El diario late, una pulsación que coincide con mi corazón.

Cada vez que abro la libreta —mi libreta, no el maldito diario—, percibo el olor acre de la tierra mojada donde la encontramos. El barro está más oscuro ahí, como si debajo hubiese sangre en vez de agua, como si el bosque sangrara por la herida mal cerrada del cuaderno.

**12 de julio, noche**

Eric desapareció. Despertamos y simplemente ya no estaba, como una sombra alargada a la que se le permite fundirse con otras. El diario esta vez sangra por los bordes, manchando la tierra negra del campamento. No hay pájaros, ni insectos. El silencio es total, como si el bosque entero aguardara.

Quedamos Amy y yo. Ella apenas se sostiene, los ojos enrojecidos, las manos crispadas, aferrando una rama doblegada. No quiere dormir, teme los sueños. Dice que la mujer la llama, que le promete descanso entre raíces, que sólo debe aceptar.

He hojeado el diario. Busco una solución, un amuleto, algún conjuro de salvación, pero sólo hallo preguntas, acertijos, y dibujos que parecen deformar la página misma. El nombre de Amy ya aparece borroso. El mío está grabado, profundo, con una fecha marcada en escarlata: **Hoy**.

**13 de julio, madrugada**

Amy ha huido al bosque. Intenté detenerla, pero su fuerza era otra, como si la guiara algo más fuerte que el miedo. Oigo sus gritos entre los árboles, los ecos cada vez más lejanos. Me siento sola, vigilada. El diario, ahora húmedo de algo que claramente no es agua, palpita aún más fuerte.

Intenté dejarlo atrás, pero siempre vuelve a mí. Desperté con él bajo mi brazo, aunque lo arrojé al fuego, aunque lo enterré profundo bajo la ceniza de la hoguera. Las palabras cambian ante mis ojos, la cubierta respira como cuero vivo. Mi mano escribe sin mi permiso, a veces formado palabras ajenas.

Siento que no saldré viva de este infierno verde. Todo es anormal: el bosque parece cerrarse, la senda se extravía, los troncos son cien veces más anchos que al llegar. No sé si son efectos del terror o si el diario está deformando nuestra realidad, atrayendo la muerte sobre nosotros como una manta viscosa.

Ahora sé que esto fue una trampa. El diario, ese objeto maldito, no espera lector: busca escritor, presa. Alimenta de nuestras historias, de nuestro miedo, de nuestros nombres. Me creo fuerte y separada, pero siento las raíces aferrando mis pies, las voces de la mujer y de mis amigos desaparecidos invitando al descanso final bajo barro negro.

**13 de julio, tarde**

Si alguien encuentra esto, si llegan a estas palabras, NO ABRAN EL DIARIO. Incineren mi libreta, lleven sólo el recuerdo del bosque y corran hacia la luz, aunque sólo sea la alucinada por la fiebre del pavor. No abran el diario, no pronuncien nuestros nombres cerca de las cenizas.

Mis letras se tornan erráticas, mi memoria se difumina. Tal vez ya entregue lo que el cuaderno pide: miedo, presencia, historias. O tal vez sólo soy la siguiente en ser escrita. Con cada letra, las palabras del diario y este cuaderno se entrelazan; ya no sé cuál es cuál ni si soy yo quien escribe estas líneas. Me duermo, o me hundo, deseando que la muerte sea más amable que este horror cíclico.

Puedes cerrar los ojos, lector, pero el bosque nunca deja de observar. Si alguna vez el fuego arde azul para ti, huye. No dejes nada atrás, y reza para que el diario no te recuerde.

Aquí acaba la última entrada, y la prolongación de mi vigilia se confunde con el olvido.

(En la libertad de mis cenizas, espero que lo que duerme entre raíces no despierte jamás.)

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