Portada del relato El Espejo de la Pensión Mizunara
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Fragmento:


Las historias sobre objetos malditos tienen una cualidad especial: no necesitan de grandes espectros o monstruos para incubar el miedo. Basta el roce con la rutina, el crujir de madera vieja, el último destello de sol atravesando una rendija para que, sin darnos cuenta, hayamos cruzado la frontera entre lo cotidiano y lo innombrable. Es así como empieza la historia de Junpei, un hombre que llegó a la ciudad en busca de un nuevo comienzo, solo para descubrir que a veces una segunda oportunidad puede ser la peor de las condenas.

Duración: 09:56

El Espejo de la Pensión Mizunara
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Texto de ajuste de pausa.

Las historias sobre objetos malditos tienen una cualidad especial: no necesitan de grandes espectros o monstruos para incubar el miedo. Basta el roce con la rutina, el crujir de madera vieja, el último destello de sol atravesando una rendija para que, sin darnos cuenta, hayamos cruzado la frontera entre lo cotidiano y lo innombrable. Es así como empieza la historia de Junpei, un hombre que llegó a la ciudad en busca de un nuevo comienzo, solo para descubrir que a veces una segunda oportunidad puede ser la peor de las condenas.

Junpei tenía treinta y ocho años y un pasado sin gloria. Sus empleos anteriores no contaban más que fracasos: un par de trabajos en bares, algún turno en una pequeña oficina de seguros y poco más. Cuando su esposa, Keiko, lo abandonó tres meses atrás, Junpei dejó la ciudad natal y se internó en la capital. Japón era un laberinto de luces y voces, y él era apenas una sombra.

Lo poco que tenía lo llevaba en una mochila: ropa, una libreta, una fotografía arrugada de Keiko y un paquete con sobres de instant ramen. Su meta era sencilla: encontrar un cuarto barato donde dormir y buscar trabajo al día siguiente. Así fue como, empapado por la lluvia de marzo, terminó delante de la pensión Mizunara.

La antigua casa estaba encajada entre edificios modernos, como una roca olvidada en mitad de un torrente. Una pequeña lámpara de papel colgaba sobre la puerta, iluminando las letras plateadas del cartel: Casa Mizunara – Habitaciones disponibles. Junpei sintió que algo en la penumbra lo llamaba, una nostalgia indefinible por las casas donde creció su infancia. Tocó el timbre y segundos después le atendió una mujer mayor, de piel acartonada y ojos vivos.

—¿Habitación? —preguntó con voz cascada.

—Si es posible —respondió Junpei, encogiendo los hombros.

Ella asintió, dio media vuelta y le hizo un gesto para que la siguiera. Los suelos crujían con cada paso. El aire tenía un aroma a arroz añejo y eucalipto. Le mostró una habitación en el tercer piso; era pequeña, pero limpia. Al centro había un futón y, en una esquina, un tansu antiguo; esos baúles de madera donde antaño se guardaban vestidos y secretos. Sobre el aparador reposaba un espejo de cuerpo entero, su marco forrado en madera tallada con hojas y flores, de aspecto vagamente grotesco.

La anciana le sonrió, arrugando aún más su rostro.

—No hay reglas estrictas —explicó—, pero no mueva el espejo. Es muy viejo. Mi esposo lo trajo de Kyoto cuando era joven. Gente supersticiosa, ya sabe.

Junpei no creyó necesario preguntar más. Entregó el poco dinero que le quedaba y, esa noche, dejó que el cansancio lo arrastrara al sueño.

En la madrugada, despertó sintiendo frío. El futón parecía haber absorbido la humedad de todo el invierno. Se dio vuelta y, por puro azar, miró hacia el espejo. A través de la tenue luz que entraba por el shoji, pudo distinguir su rostro, pálido y desfallecido. Nada extraño, pensó. Pero cuando parpadeó, vio algo… distinto.

La sombra de su reflejo parecía más oscura que el entorno, y justo detrás, donde no había nada más que la pared, distinguió brevemente una silueta humana, más delgada y alta que él mismo. Cerró los ojos, los frotó y al mirar de nuevo, solo estaba su propio reflejo.

Durante el día, Junpei se convenció de que el desvelo y la fatiga jugaban con su mente. Exploró la ciudad, buscó anuncios de trabajo y, por la tarde, regresó. Por la noche, el frío era más intenso, y la misma sombra se presentó en el espejo, solo que ahora parecía moverse, desplazando su rostro como si flotara en aceite.

Una madrugada, escuchó a alguien susurrando su nombre. “Junpei…” La voz, lánguida y hueca, emergía de las profundidades de la habitación. Por momentos la sombra del espejo se extendía hasta el borde del futón, como si intentara pegarse a su piel. Cada noche, la sensación de que no estaba solo se volvió más asfixiante. El ruido sordo del agua goteando en la cañería, el crujir del tansu, el rumor de pasos en el corredor, componían una sinfonía inquietante.

Fue entonces, quizás al quinto día, que Junpei se vio obligado a enfrentar la realidad de desempacar del todo por primera vez. Organizó su ropa con manos temblorosas y, al abrir el baúl tansu, descubrió una cajita de madera negra atada con un hilo carmesí. No parecía pertenecer a la pensión. Cuando la tocó, sintió un escalofrío recorrerle los dedos. La caja vibraba, o tal vez sólo su pulso errático le hacía creerlo.

Pensando que era una excentricidad de la dueña, subió la caja al aparador. La sombra en el espejo parecía engrosarse, contorsionarse en el reflejo y, aquella noche, ya no era una silueta: era un rostro antiguo, enjuto, con la boca abierta en un grito mudo.

Junpei trató de mirar hacia otro lado. El espejo parecía forzarle fijar la vista en él; cada gesto se sentía vigilado, cada movimiento, replicado con un retardo ominoso. Fue perdiendo horas de sueño, y en la penumbra empezó a pensar menos en su ex esposa y más en la sombra que lo observaba noche tras noche.

Eso persistió hasta que se atrevió a preguntar a la anciana. Una tarde mientras ella fregaba platos en el espacio común, Junpei se acercó con voz vacilante.

—El espejo… ¿dice usted que es valioso?

Ella detuvo los movimientos de sus manos, los platos resonaron. No le miró.

—Mi esposo… murió hace años —musitó—. Era un hombre bueno, pero tenía debilidad por antigüedades. Ese espejo vino con él, junto con cajas y cajas de objetos raros. Tenía la creencia de que el espejo refleja no solo a quien lo mira, sino también… a lo que uno trae encima.

Junpei sintió que lo observaban, como si la anciana adivinara su creciente terror.

—¿Ha visto algo? —preguntó ella, aguda.

—No, sólo… tuve sueños raros.

A su vez, la mujer alzó la vista; sus ojos, cansados, parecían perderse en la distancia.

—A veces creo que la gente trae consigo sombras ajenas, lastres que recorren generaciones. Hay cosas, muchacho… que mejor dejamos donde las encontramos.

Junpei no respondió. Cuando volvió a su cuarto, la caja de hilo carmesí tenía una grieta en la tapa.

Esa noche, la sombra del espejo era más clara: en el reflejo se delineaban caracteres antiguos, a modo de tatuajes sobre su propio rostro. Jin (prohibido), en su frente. Aku (maligno), en sus mejillas. La sombra abría la boca, y Junpei temió escuchar su propio suspiro aspirado hacia el cristal.

No durmió. Cada vez que el sueño amenazaba con vencerse, la voz le llamaba de nuevo, arrastrada como fango. Se levantó abruptamente y tiró la manta.

El espectáculo en el espejo era insoportable: la sombra ardía a ritmo de su propio pulso. Convencido de que la culpa era de la cajita, la tomó y descendió al patio trasero, donde había un pozo cubierto por una tapa oxidada. Arrojó la caja dentro y escuchó cómo se sumergía en el agua. Creía sentir alivio, pero, al volver a su habitación, encontró el espejo cubierto de vaho, y sobre el vapor se leía claramente la palabra noroi —maldición— dibujada como por dedos invisibles.

El aire apestaba a eucalipto podrido.

Esa noche final, la sombra del espejo no había esperado la oscuridad total. Cuando Junpei se acercó al futón, el reflejo ya mostraba a la figura en el centro, extendiendo sus brazos hacia el otro lado del cristal.

Sintió la necesidad de tocar el marco; sus dedos recorrieron la talla. El aire se estremeció. En ese momento, la silueta emergió, fue como si todo el cuarto se hubiera hundido en agua. Junpei sentía frío, el reflejo lo envolvía, la figura se pegó a su espalda en el cristal y, por primera vez, percibió el llanto reprimido de su reflejo.

Trató de apartar la mirada, pero los ojos en el espejo lo sostenían como anzuelos. Sintió la presión del grito del Otro luchando por salir, un sonido submarino que empujaba entre los dientes apretados. El marco del espejo se agrietó. El aire se llenó de voces superpuestas, incluyendo el susurro de Keiko, perdida en algún rincón de la memoria.

El reflejo lo atrapó por el pecho, mientras de la caja (¿no la había tirado?) brotaba un hilo líquido color carmesí que serpenteaba hasta el suelo, envolviendo sus tobillos y haciéndolo tropezar. Intentó gritar, pero su voz fue succionada hacia el vidrio.

Despertó en la mañana, tirado en el futón. La estancia olía a moho y a sal. El espejo tenía una grieta, la caja ya no estaba. Sus pertenencias, desparramadas por el suelo, estaban empapadas como si hubieran caído bajo la lluvia. Su rostro, según el reflejo, estaba cubierto de cortes diminutos, rojos y enroscados como ideogramas.

La anciana se apareció en la puerta, sin anunciarse. Observó la escena con una mirada resignada.

—No es la primera vez —dijo, y se marchó.

Junpei sabía que debía marcharse, pero ya no podía mover las piernas. La sombra del espejo seguía ahí, pegada al vidrio, esperando la próxima víctima. No era solo un objeto maldito: era un umbral, una especie de río estancado, y Junpei comprendió que nunca podría dejar atrás ese reflejo.

La siguiente persona en alquilar la habitación preguntó por la grieta en el espejo, por el antiguo tansu y la ausencia de Junpei. La anciana solo sonrió y encendió la lámpara de papel en la entrada, segura de que, al final de cuentas, las sombras siempre encuentran un cuerpo al que adherirse. Alguien, en algún momento, volvería a mirar el reflejo y, para entonces, Junpei estaría al otro lado, esperando en el fondo del cristal, dispuesto a susurrar un nuevo nombre.

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