Portada del relato La última curva
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Fragmento:


Era una señal de pare, muy vieja, grumosa de óxido, salpicada de hojarasca y mugre. Estaba arrojada en ángulo oblicuo, como si alguien la hubiera arrancado y hubiera olvidado tirarla lejos del asfalto. No había cruce. No había motivo. Sin embargo, sintió el impulso irracional de detenerse, solo para constatar que no, no tenía por qué obedecer señales que no guardaban sentido. Los nudillos de la mano izquierda crujieron al apretar el volante. Siguió adelante.

Duración: 09:15

La última curva
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La radio apenas tenía cobertura. Un murmullo intermitente ondeaba entre frecuencias muertas, y a pesar de todo, Víctor no se atrevía a apagarla del todo. Era una compañía dudosa, pero en la vacía autovía las voces distorsionadas parecían prometer algo, aunque sólo fuera el eco borroso de la civilización. Eran las dos y cuarto de una madrugada espesa, el tipo de hora en que las dudas y los pensamientos siniestramente sinceros arremolinan como brasas en la mente del insomne.

Víctor conducía, solo, con el cigarrillo a medio encender colgando de la boca. La ceniza temblaba, amenazando en cada bache con caerle en el pantalón. El sonido invariable de los neumáticos había comenzado a transformarse, en su cerebro tensionado, en un rumor de risas sordas, como si se burlara el alquitrán mismo de su trayecto.

No recordaba a ciencia cierta por qué había salido corriendo esa noche del motel: la discusión con su mujer, la rabia contenida, el deseo de poner kilómetros entre él y la decepción ladina de la vida real. El caso es que llevaba conduciendo horas, cada vez más adentrado en lo desconocido, con las señales de tráfico resultando extrañamente familiares y a la vez nuevas. A la derecha, los bosques de pinos eran sencillos arbustos negros. A la izquierda, el arcén se perdía en una niebla que no se movía, una neblina estática, demasiado densa y demasiado callada.

Se sorprendió mirando repetidas veces el retrovisor central. Martillaba en su conciencia la tonta certeza de que algo, alguien, podría estar siguiendo el haz rojo de sus luces traseras. Nada, nada, nada. Su propia cara pálida, demudada bajo el brillo antinatural del tablero, era el único testigo. Al menos hasta el siguiente kilómetro.

Fue entonces cuando vio la primera señal extraña.

Era una señal de pare, muy vieja, grumosa de óxido, salpicada de hojarasca y mugre. Estaba arrojada en ángulo oblicuo, como si alguien la hubiera arrancado y hubiera olvidado tirarla lejos del asfalto. No había cruce. No había motivo. Sin embargo, sintió el impulso irracional de detenerse, solo para constatar que no, no tenía por qué obedecer señales que no guardaban sentido. Los nudillos de la mano izquierda crujieron al apretar el volante. Siguió adelante.

Avanzó diez kilómetros, puede que algo más. Al llegar a una curva lenta, los faros iluminaron la silueta de un animal en el arcén. Parecía un ciervo, pero la nuca era tan retorcida, la cabeza tan infiltrada entre la maraña del cuerpo, que dudó de su identidad. Los ojos reflejaron brevemente la luz. Al instante, el bulto se arrastró, con repentina agilidad, adentrándose en la maleza. Su corazón galopó en el pecho. Se juró que era pura sugestión: solo cansancio y nervios atrapados. No debía detenerse.

Y sin embargo, minutos después, reconoció el mismo bulto, esa vez justo en mitad de la calzada. Tuvo que dar un volantazo para evitarlo, cruzando de un lado a otro como en un zigzag irracional. Entonces lo comprendió. No, no podía ser el mismo animal. Imposible, sólo superstición.

Pero lo era. Tres veces más, siempre ese bulto descompuesto aguardando en las sombras.

Comenzó a notar que los árboles retrocedían, como si la carretera fuera una cinta interminable, repitiendo el mismo tramo. El asfalto no era igual: el siguiente tramo estaba plagado de baches nuevos. Por fin, en mitad de una recta, la radio captó una emisora. Una voz calmada y tartamuda comenzó a leer titulares sumamente antiguos.

—En otros tiempos, el eco del bosque era suficiente —decía la voz—. Pero ahora, los viajeros que no conocen el regreso... jamás giran en la última curva.

La voz colapsó en un chirrido. Volvió la estática.

Un sudor frío empapó la nuca de Víctor. Sus pensamientos comenzaron a deshilacharse: ¿estaba dormido? ¿Tenía realmente sentido el paisaje que tenía delante? Pisoteó el acelerador; el motor respondió a regañadientes. En ese instante, en el rabillo del ojo, vislumbró un destello: una figura erguida en la arcén, saludando con la mano.

El aire vibró con un eco irreal. Víctor apartó la vista un milímetro y, para su horror, comprendió que la figura tenía su misma cara. Un duplicado, como una fotografía desgastada de sí mismo, saludaba con una mueca desencajada. Pisó el freno.

El coche patinó, resbalando hasta que frenó en seco a un metro de la figura, que se desvaneció en la niebla como si nunca hubiera estado allí. Él gritó, un alarido de pura cordura fracturada. Temblando, intentó dar marcha atrás... pero la palanca estaba atascada. No podía volver. Sólo avanzar.

Las luces del tablero parpadearon, y la radio volvió a chirriar. Ahora una melodía infantil brotó, distorsionada, y de fondo el sonido reconocible de un llanto. El llanto de la voz de su mujer, tan desgarrado que le laceró la piel. Víctor reunió el valor suficiente para volver la cabeza al asiento trasero, sólo para comprobar que estaba vacío... salvo por un bulto oscuro, un poco más grande que antes y cada vez más definido.

La niebla se deslizó por las rendijas de la ventanilla como si tuviera vida propia. Víctor se revolvió, luchando con el pestillo, pero los seguros no respondían. Fuera, la oscuridad invadía el asfalto; dentro, sentía que algo despertaba, alimentándose de cada chasquido nervioso, de cada respiración entrecortada, acurrucándose en el asiento trasero.

—No dejes de conducir —dijo la radio. No era la voz de su mujer; era la suya propia, grabada y deformada—. No dejes de conducir, Víctor. Nunca mires atrás.

Entonces, como salido de un relámpago, el parabrisas estalló con un estampido seco. Varios pájaros, de plumaje tinto, aletearon contra el cristal. Restos de plumas, sangre, y el chillido astillado del dolor lo dejaron congelado al volante.

Trató de salir, pero la puerta no cedía. Sólo podía acelerar, marchar adelante hacia la siguiente curva.

Y vuelta a empezar. La señal de pare oxidada, el bulto del animal cada vez más cerca del coche, la figura de sí mismo saludando, la radio repitiendo los titulares de la muerte, y el llanto que tomaba cadencia, fundiéndose en una carcajada distorsionada.

Con el paso de las horas, o los minutos -el tiempo ya no tenía sentido-, Víctor aceptó la única certeza posible: la carretera no terminaría. Cada vez que creía reconocer un cambio, era sólo un eco del mismo retazo de pesadilla. Cada parada, cada sobresalto, cada vuelta de tuerca, era una pausa en una cadena sin extremos.

Comenzó a hablar solo, primero para reconfortarse, después para negociar con los fantasmas que sentía abotonados al asiento junto a él. A veces, al mirar de reojo, creía ver a su mujer con la boca abierta en un grito silente, a la sombra de su hijo pequeño con los ojos derramados como dos manchas de betún. No, no recordaba haber tenido un hijo, pero el pensamiento se filtraba, tenaz, en el centro de la memoria.

—¿Qué tengo que hacer? —susurró, con la garganta desgarrada de angustia.

La radio respondió con un chirrido final y entonces, sólo entonces, el motor se detuvo.

Silencio absoluto. Ningún sonido vino del exterior. La niebla invadía ya la mitad del habitáculo, y el bulto en el asiento trasero se incorporó, adoptando, con el goteo lento de lo imposible, la forma de un hombre calvo, una versión quemada y demacrada de sí mismo.

—¿Qué tengo que hacer? —repitió el Víctor deforme detrás de él.

El original intentó abrir la puerta de nuevo, luchando con uñas rotas sobre el plástico. El salpicadero marcó 03:33:33.

El otro Víctor, el de los ojos sin pupila, se inclinó hacia él. Su voz era un murmullo de múltiples frecuencias:

—Sólo tienes que recordar… la última curva es la primera.

Fue entonces cuando el paisaje pareció plegarse sobre sí mismo. La niebla vomitó árboles negros, el asfalto se elevó como una lengua devoradora, y el todo, incluso el propio habitáculo, se descompuso.

En un último acto de rebeldía, Víctor cerró los ojos con fuerza. Recordó fragmentos de su vida anterior, las voces de su esposa y la sensación, tan cálida una vez, del sol de verano entrando por la ventana cierta mañana remota.

El siguiente instante, lo que pareció una eternidad más tarde, los faros del coche iluminaron, una vez más, la curva interminable. De nuevo, la señal oxidada de pare, el bulto del animal, el reflejo de su propio rostro –pero ahora, apenas un eco vago de lo que fue– saludándolo desde la cuneta.

En la emisora, la voz ya era la suya, sin interferencias, repitiendo una y otra vez:

—No dejes de conducir. Nunca mires atrás. No dejes de conducir.

Y Víctor, o lo que habitaba ahora su cuerpo, conducía, girando de nuevo en la última curva, cada vez menos seguro de dónde acababa el asfalto y empezaba la pesadilla, preguntándose si había alguien, alguna vez, que lograra salir de aquella carretera, si alguna vez, en algún punto, la última curva sería, en verdad, el final.

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