Fragmento:
Tuvo que suceder una medianoche, porque nunca ocurre nada bueno cuando los relojes atraviesan la frontera entre el día y la nada. Esa noche, Camila regresó más tarde de lo que habría querido, pisando la acera agrietada de la Calle de la Sombra. La llovizna se le pegaba a la cara y el vaho le nublaba los anteojos, hasta que un sentimiento viscoso le alertó: iba a suceder. No sabía qué, pero algo.
Duración: 10:14
Tuvo que suceder una medianoche, porque nunca ocurre nada bueno cuando los relojes atraviesan la frontera entre el día y la nada. Esa noche, Camila regresó más tarde de lo que habría querido, pisando la acera agrietada de la Calle de la Sombra. La llovizna se le pegaba a la cara y el vaho le nublaba los anteojos, hasta que un sentimiento viscoso le alertó: iba a suceder. No sabía qué, pero algo.
La Calle de la Sombra no existía en ningún mapa, como si la ciudad se avergonzara de reconocerla. La cuadra era un estrecho corredor de faroles oxidados, ventanas tapiadas y casas antiguas, encorvadas como si el paso de los años y los secretos les pesaran demasiado. En la esquina, el letrero del bar "El Fin" tintineaba con su neón moribundo. A través de sus cristales opacos, Camila podía jurar que veía figuras desenfocadas, siluetas que gemían en una clave que sólo los ebrios descifraban.
Cuando llegó frente al número 17, la casa donde vivía, la llave se le trabó en la cerradura. Golpeó con los nudillos y la puerta cedió sola, como tragándose el último residuo de fuerza de su brazo. Un soplido helado brotó del recibidor y se filtró por su ropa, como dedos indagadores. No encendió la luz. Sentía que la oscuridad debía protegerla de algo peor que la oscuridad misma. De todas formas, la lámpara de la sala parpadeaba desde hacía días, comportándose como si intentara decirle algo en morse.
Subió las escaleras lentamente, rezando por no mirar al espejo del rellano. Siempre pensó que había algo erróneo en ese reflejo. Esa noche, la luna lo golpeaba de forma extraña y el marco temblaba como si respirara. Lo bordeó, conteniendo el aliento. Justo cuando rozó el último peldaño, un crujido a su espalda la congeló. Había olvidado cerrar la puerta de entrada. O tal vez, pensó --y la idea la arañó como un alambre en carne viva-- no era el viento.
Cerró con el pestillo. Dos, tres vueltas. Deseó poder cerrar la noche entera, ionizar el aire, dejar que el peso del encierro la anestesiara. Solo debía llegar al baño, desnudarse, olvidar.
Pero no lo hizo.
La puerta de su habitación estaba entreabierta. Recordaba perfectamente haberla dejado cerrada con llave. El pomo parecía pulsar al ritmo de una respiración interna. Pasó la mano por el muro y se dejó guiar hasta la cama. Se sentó con un suspiro largo, prolongado y quebrado, como los suspiros que se permiten los desgraciados.
Comenzó a escuchar gotas. No de la tormenta, sino de otro lado, un goteo hueco que provenía del sótano, la arena movediza de la casa. Nadie bajaba nunca allí, ni siquiera los caseros que, por alguna razón, siempre cambiaban cada pocos meses. Camila recordó el rumor del antiguo inquilino. Decían que había arrancado las baldosas a mordiscos en un arranque de locura y desaparecido en un charco de alquitrán. Nadie más había preguntado.
El goteo se intensificó hasta volverse una especie de voz. ¡Tac, tac, tac!, como un código de emergencia para fantasmas. Imposible dormir así, pensó, así que fue al pasillo por un vaso de agua. Pero cuando giró, se vio en el espejo.
Y en el reflejo, algo andaba mal. Un ligero desfase, una vibración en la pupila. La habitación que mostraba no era exactamente la suya. El colgador tenía otro abrigo. La lámpara flotaba un palmo más cerca del suelo. Y detrás de su propio eco, algo se asomaba: una mano blanca, larga, con dedos elásticos que reptaban por el marco. Camila parpadeó y la visión desapareció, pero olía a orina y a ozono, como si algo hubiera pasado realmente al otro lado.
Sintió vértigo, pero la garganta le raspaba. Debía ir a la cocina, aunque eso significara pasar otra vez frente al espejo. Cerró los puños, casi cortándose la palma con las uñas, y avanzó con decisión enloquecida. Esta vez, cruzó la mirada con el reflejo y vio algo que no olvidaría nunca: su "yo" reflejado no llevaba gafas. El "yo" reflejado le sonrió con una comisura que no era la suya. Y cuando abrió la boca, sus dientes tintinearon como cristales rotos y en vez de salir una voz, brotó un murmullo en espirales, como el viento que sube por los respiraderos de un hospital psiquiátrico.
Bajó corriendo. Sentía que el espejo la absorbía con una fuerza nueva, renovada, colérica. Al llegar a la cocina, sin embargo, no estaba segura de estar aún en su casa. El reloj marcaba una hora imposible: 13:71. El refrigerador estaba cubierto de papeles pegajosos con mensajes escritos con sangre seca: "No mires atrás", "Que nadie toque el muro", "Duermen bajo la piel".
El goteo venía ahora del techo, no del sótano. Cayó una gota sobre su mejilla: viscosa, negra y caliente. Bajó la vista, pero no había mancha, ni humedad visible. Su cuerpo hormigueaba, presa de un terror animal. Quiso alzar la voz, gritar, llamar al casero, a su madre, a alguien. Pero su boca estaba sellada, como si hubiera olvidado cómo se articulaban las palabras.
En ese estado, el tiempo se estira. Camila se sentó en la silla de la cocina, abrazando sus rodillas, mientras sentía que la casa entera latía, y que de entre las paredes surgían pequeños ruidos: uñas raspando el cemento, bocas chupando aire, risas mínimas como las de niños nacidos al revés y obligados a crecer bajo la madera.
Una humedad nueva se apoderó de la sala. La nevera crujió, como si algo intentara salir, explotar hacia adentro. Bruscamente, la única bombilla reventó. Oscuridad. Un parpadeo lumínico azul bailó detrás de sus párpados cerrados. Cuando abrió de nuevo los ojos, un hombre trajeado, de proporciones incorrectas, estaba de pie junto a la puerta. Su cabeza era alargada, como fundida contra el techo, y en vez de ojos tenía dos bocas que se abrían y cerraban en silencio.
—Camila —dijo una voz que no venía de ningún lado.
La figura extendió la mano, sin dedos, solo una masa ondulante, una sombra gelatinosa que olía a raíz podrida. Camila se levantó de un salto, empujando la silla al suelo. Sólo entonces comprendió que no llevaba puestos sus anteojos y, sin embargo, la veía con claridad absoluta.
El hombre se acercó. Su sombra ondeaba por las paredes, multiplicándose, desdoblándose como parásitos. Entre las ondas, otras formas se asomaban, ecos de otras personas que había conocido en el pasado, todos sonrientes, todos con los ojos arrancados o llenos de babas negras.
Camila intentó buscar la puerta pero la figura la interceptó. Era como intentar atravesar una duna: cada paso la hundía más y más en un lodazal invisible. Rozó el bolsillo de su bata, palmeando su inhalador. En ese instante, una corriente helada le trepó por la espalda: lo había olvidado en su habitación.
La sombra masculina, por llamarla de alguna manera, comenzó a silbar. Un silbido como de animal doblado de dolor, de perder no sólo la forma sino el convencimiento de cualquier recuerdo. Los murmullos en la pared se intensificaron, una letanía reptante: “Que nadie toque el muro… que nadie… que nadie…”
La pared vibró, el suelo se ladeó y la cocina se estiró más allá de lo que permitía la arquitectura lógica. De la madera emergieron rostros deformados, bocas estiradas en gritos mudos, manos translúcidas atrapadas bajo veinte capas de pintura y olvido. Camila comprendió que todo eso siempre había estado ahí, apenas las circunstancias del insomnio y la falta de sentido común le permitieron verlo.
—Ayúdame —murmuró alguien desde la pared, el tono quebrado, crepitante, como la cuerda de un piano cortada y frotada con un hueso.
Camila retrocedió, agarrando el cuchillo del pan. La hoja, en vez de reflejar las cosas normales —un rostro, una sombra, un estante— le devolvió una imagen diferente: era ella misma, arrodillada y cubierta de cortes, y detrás, la figura oscura con la cabeza alargada la abrazaba con muchas manos, besando su cabello con bocas puntiagudas.
—No quiero —dijo Camila, aunque la voz salió como un estertor fúnebre, desconocido.
—Ya estás aquí. —La figura masculina sonrió, hinchando la cabeza hasta casi explotar.
La sala se volvió una piel pulsante y oscura, y todo retumbó con el goteo negro, ahora convertido en una riada. El suelo comenzó a elevarse, más bien a absorberse hacia arriba, mientras la gravedad retrocedía y el tiempo chillaba como un insecto rojo.
Y entonces, Camila despertó. Estaba en su cama, empapada en sudor y al borde de las lágrimas. El reloj marcaba las 3:07 AM. Durante varios minutos, sólo respiró, saltando entre la lucidez y la negación. Abrió el móvil para comprobar mensajes, abrir una ventana hacia algo normal. No había nada. Ninguna notificación. Todo el historial de su teléfono había sido borrado.
Se levantó. Caminó hacia el baño, esta vez sin miedo al espejo. Quería exorcizar el sueño, mirarse a los ojos y decir "Has vuelto". Pero cuando encendió la luz, su reflejo le sonrió, sin gafas, con la comisura torcida. Detrás de ella, en el cristal, una figura alargada la abrazaba con muchas manos, mientras gotas negras resbalaban por el marco.
Y por primera vez, sintió alivio. Porque ya no estaba sola.
La locura, piensa, es cuando el mundo finalmente admite lo que intentó ocultar toda la vida. Cuando la piel de las paredes se transparenta y deja pasar lo que nunca tuvo que salir. Mira su cara en el espejo. Mira los dedos deformes posándose en su hombro. Escucha los silbidos retorcidos desde el otro lado del cristal. Y se deja caer, suave, en la certeza de que todos los que tocamos el muro terminamos del otro lado, sonriendo, agradeciendo la bienvenida de las sombras.
En la Calle de la Sombra, nadie duerme; todos vigilan.
Ahora, tú también.
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