Fragmento:
La conversación fue primero trivial, girando en torno a política y arte. Pero gradualmente, el tono de Milthorne se volvió abstracto, sus palabras se sucedieron con una cadencia que rozaba el sonambulismo. Hablaba de los sonidos de la noche.
Duración: 11:09
La lámpara encendida
En la anchurosa soledad de la calle Cavendish, uno de aquellos barrios antiguos de Londres donde el ladrillo parece perpetuamente empapado en lluvia, vivía y moría en igual proporción el silencio. Y sin embargo, en el número 19, donde los paneles de madera negra parecían ceder bajo la carga de los años, solo la persistencia de una luz, noche tras noche, negaba la complicidad con la sombra. Desde la ventana circular de aquel tercer piso emanaba un resplandor amarillento, tímido como el de una vela asustada, que parecía querer huir de la mirada ajena.
El inquilino de esa tingladura nada sabía de huida. O si la conocía, era solo en la forma en que los condenados la conocen: como esperanza oscura, emponzoñada de fatalidad. Me refiero a Algernon Milthorne, un caballero de salud delicada y costumbres aún más insalubres, amigo de mi amigo Robert Gray, quien tuvo la gentileza o mal gusto de presentármelo en uno de sus crepúsculos más lúgubres.
Aquella noche –permítame, lector, apartarme de la convención y situarme en el relato no como narrador etéreo, sino como partícipe forzoso del horror–, era de esas en que Londres parece respirar, con un hálito viscoso, contra los cristales. El salón de Gray, engalanado con cortinas de terciopelo desvaído y la obsequiosidad anticuada de un mayordomo despistado, parecía un refugio seguro. Hasta que la conversación, como suele suceder entre ociosos y mortales, derivó hacia las rarezas urbanas, y el nombre de Milthorne saltó al tapete.
«No, Milthorne no duerme –observó Gray con una mezcla de admiración y pena–. No es que no quiera, es que no puede».
Los ojos azules de Gray, casi impermeables por lo común, destilaron entonces un gesto indescifrable.
«Dicen que la muerte visita a los insomnes a diario, pero a Milthorne le hace largas visitas de cortesía», murmuró, como si temiera que el propio aire traicionara el secreto.
Fascinado y movido por esa insana curiosidad que es, a la vez, el don y la condena del hombre civilizado, pedí conocerlo. Al cabo de una semana recibí la invitación: omnímoda más que cordial, rubricada en tinta pálida por una mano temblorosa.
El clima era, cuando menos, de mal augurio. La escalinata del número 19 se encaramaba hacia la puerta como una lengua negra, y el felpudo parecía haber sido echado no para limpiar los zapatos, sino para convidar a quien entrara a no volver jamás. A lo largo de las paredes del corredor, un olor penetrante y medicinal casi ahogaba el perfume raído de tapices y cortinas.
Me recibió el propio Milthorne. Era un hombre alto aunque ya algo encorvado, con la mirada hundida como si alguien hubiese tocado su rostro con la sombra de la luna. Sus dedos, al estrechar los míos, resultaron tan fríos como los de los monumentos de una catedral.
«Gracias por venir», pronunció con la voz de quien practica a diario el silencio, «aunque le prevengo que no soy buen anfitrión ya por las noches».
En la salita, iluminada exclusivamente por una lámpara de aceite, la atmósfera era turbia, apenas animada por el repliegue de las cortinas y el temblor de las sombras. Milthorne me invitó a sentarme y, sin una palabra más, encendió un cigarro que enseguida pareció apagar la poca alegría del lugar.
La conversación fue primero trivial, girando en torno a política y arte. Pero gradualmente, el tono de Milthorne se volvió abstracto, sus palabras se sucedieron con una cadencia que rozaba el sonambulismo. Hablaba de los sonidos de la noche.
«¿Nunca ha pensado usted –dijo– en lo hostiles que son los relojes, en el modo en que devoran el tiempo a dentelladas, sobre todo cuando uno no duerme?».
Sintiendo una punzada de incomodidad, centré mi mirada en la lámpara. La llama parecía oscilar de un modo irregular, como si quisiera emular la respiración de un moribundo.
«¿Nunca duerme realmente?», pregunté, procurando que la compasión no ensombreciera mi voz.
Milthorne sonrió, pero la sonrisa era rígida, como esculpida en carne inerte.
«Ni siquiera pestañeo sin preguntarme si los párpados se atreverán a volver a abrirse», confesó.
Fue entonces cuando noté las marcas bajo sus ojos. Trilladas, negruzcas, tan profundas que daban la impresión de que en lugar de bolsas tenía pequeños nichos para ocultar secretos.
«Al principio sólo fue incapacidad para descansar. Pero ahora –susurró, inclinándose hacia mí con deliberada gravedad– sólo hay terror. No ya del insomnio, sino de lo que viene cuando la lámpara… parpadea».
Un silencio denso oprimió el aire, y sentí, más que oí, el golpeteo de mi propio corazón.
«Verá usted –prosiguió en voz baja–, hay cosas que sólo visitan a los insomnes. Ciertos sonidos, ciertos movimientos en el rabillo del ojo, justo antes de que se apague la última vela. Aparecen en la frontera entre vigilia y delirio. Yo… yo las he visto».
Intentando desterrar los escalofríos, sonreí como haría un médico ante la confesión de un viejo paciente paranoico.
«Quizá sean las sombras de la fatiga, el desgaste de la mente exhausta…».
Milthorne negó con lentitud.
«Lo que me visita no es fatiga. Es una presencia. A veces fluye como corriente bajo el suelo; a veces sube trepando por el papel pintado y susurra cosas que parecen salidas de una tumba inundada. Hay momentos en que hasta el aire se vuelve irrespirable, como si otros hubieran exhalado aquí su último aliento, y aguardaran sólo la ocasión para pedirlo de regreso».
Lo vi, entonces, mirar la lámpara.
«Mientras la llama viva, mientras la luz rechace el ataque, puedo resistir. Pero sé que sólo se demora lo inevitable».
Después de unos minutos, le propuse continuar nuestra conversación en compañía de otros, al día siguiente, quizá durante un paseo a la orilla del Támesis. Pero Milthorne rehusó.
«Sería inútil. La oscuridad es siempre puntual».
Al retirarme, aquella frase me acosó en el aciago trayecto a mi domicilio, y al llegar a mi tertulia regular, la extraje de mi memoria como quien limpia la suciedad de un anillo de oro. Gray me escuchó con más seriedad que nunca.
«Temo que Milthorne no exagera», susurró. «He tenido noticia, en años pasados, de otros casos semejantes: hombres y mujeres que, tras un largo insomnio, parecen abrir paso a... otra entidad. Al principio sólo son murmullos o leves desplazamientos en el aire. Luego, la mente se resquebraja y lo inexplicable encuentra su grieta».
Me estremecí, y decidí relegar la historia a la región de los sueños truncos.
Pero la noche siguiente, la inquietud me llevó a regresar, esta vez bajo pretexto de devolver un libro. Era ya pasada la medianoche. Al aproximarme al número 19, advertí la luz encendida y sentí una repulsión casi física, mezcla de superstición y de miedo primitivo.
Toqué el aldabón con recato. No hubo respuesta. Preso de ese impulso temerario que caracteriza a quienes no duermen bien, empujé la puerta entreabierta y subí al tercer piso, acompañado por el chirrido obsesivo de la moqueta podrida. La lámpara seguía viva, arrojando luz sobre un rostro cuya palidez bordeaba lo irreal.
Milthorne estaba allí, sentado ante la mesa, con los ojos fijos en la llama. No se movió hasta que me senté junto a él.
«He vuelto», murmuré.
Un escalofrío recorrió el rostro de mi anfitrión, y un destello de lógica –o de locura– brilló en su mirada.
«Esta noche, lo verá usted», profetizó, al tiempo que un latido invisible agitaba la llama, como si alguien soplase desde muy cerca.
En medio del silencio, una serie de ruidos sutiles –un crujir de madera, un gemido apenas humano, el cosquilleo de pasos minúsculos sobre la alfombra– comenzaron a encadenarse y, en una progresión malsana, se fueron amplificando. Milthorne respiraba apenas. Su mano se aferró al borde de la mesa y, cerrando los ojos por fin, murmuró palabras que no alcancé a entender.
Fue entonces cuando, a la periferia de mi visión, percibí un movimiento. No era la sombra alargada de una cortina ni el reflejo de la llama, sino algo amorfo y ágil que se agazapaba en las hendiduras del papel pintado. Un instante después sentí el aire más denso, saturado de una humedad podrida que parecía salir de los rincones mismos del tiempo.
La lámpara tembló, plegando su luz. Milthorne palideció aún más, y un sudor glacial le cubrió la frente.
«No apague, venga lo que venga, no apague…», musitó.
Yo, paralizado, me quedé rígido. La llama pareció crecer de pronto, hinchada como una úlcera, y en ese fulgor percibí, apenas un segundo, una silueta informe, negra como el olvido, con extremidades largas y blandas como jirones de pesadilla.
La entidad –porque sólo de ese modo puede describirse lo que vi– fue acercándose a la llama, y con cada pulso del fuego, la habitación entera pareció encogerse. De su boca o grieta, o lo que fuera, nació un murmullo: no vocal, no humano. Era el rumor de las uñas rascando la tumba, de los dientes royendo los años, de sombras que respiran rencor.
Milthorne comenzó a sollozar, pero su llanto era más agudo que aquel rumor.
«Siempre vuelve cuando estoy a punto de ceder», gritó, ahora poseído por el desgarro del pánico. «Es paciente, conoce mi debilidad. Sabe que la luz es mi último amparo… ¡La luz!».
En ese instante, la lámpara, como vencida, palpitó por última vez y se apagó. No hubo transición: la oscuridad cubrió el cuarto con la brutalidad de una piedra cayendo sobre un pozo. Sentí el peso de algo junto a mí, un frío indescriptible, húmedo como de los mares prehistóricos, y un aliento que olía a tierra estancada.
No recuerdo cuánto tiempo permanecí inmóvil, conteniendo el aliento, forcejeando contra la negrura. Cuando, tras lo que pareció una eternidad, alguien abrió la puerta –Gray, alertado por mi ausencia–, me encontraron sentado junto a un hombre cuya vida ya no pertenecía a este mundo.
Milthorne yacía inmóvil, los ojos abiertos con una expresión de terror mineral, la piel marmórea, helada. No murió de un fallo orgánico, dictaminó el médico. Ni la ausencia de sueño podía explicar su mirada vacía, fija en la esquina donde la sombra todavía parecía más densa.
Desde entonces he huido de los insomnios, y nunca he podido escribir ni una sola línea tras la medianoche. En el silencio de ciertas habitaciones todavía siento la cercanía de la presencia, paciente y muda, aguardando a que la lámpara… vacile.
Y si alguna noche, caballero lector, oyera usted un susurro detrás de los muros, o viese al borde de sus párpados una silueta negra que se arrastra hambrienta, rece para que la llama no se apague. Pues he llegado a entender, con la certeza de los desesperados, que lo que acecha a los insomnes no es el vacío, sino una sombra antigua, hambrienta, que conoce la entrada oculta en la médula del miedo. Y que, después de todo, la luz no es más que una tregua, y la locura el primer umbral.
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