Fragmento:
La estancia estaba impregnada de un olor rancio, indefinible, propio de madera antigua a la que jamás le ha dado el sol. Aun así, me sentía obligado a quedarme, como si no existieran otros lugares, como si todo el mundo terminara en los muros encallecidos de mi apartamento. La calle abajo era un río apagado de rostros grises; sólo el insomnio, ese perro fiel, me mantenía despierto cada noche, paseando los pasillos con una taza humeante que no lograba templar el temblor de las manos.
Duración: 09:26
Nunca supe cuándo comenzó el deterioro. Ni del edificio ni del mío propio; probablemente ambos eran el mismo. Al principio fueron detalles banales, pequeños olvidos: llaves que no estaban donde recordaba haberlas dejado, el abrigo colgando en la puerta en vez de en la percha, un vaso en la mesa que yo no había usado. Los atribuí al estrés, a la edad, a la soledad. Mientras los días caían uno sobre otro como hojas muertas, la mentira de la normalidad se mantenía por rutina más que por convicción. Pero la casa tenía paciencia.
La estancia estaba impregnada de un olor rancio, indefinible, propio de madera antigua a la que jamás le ha dado el sol. Aun así, me sentía obligado a quedarme, como si no existieran otros lugares, como si todo el mundo terminara en los muros encallecidos de mi apartamento. La calle abajo era un río apagado de rostros grises; sólo el insomnio, ese perro fiel, me mantenía despierto cada noche, paseando los pasillos con una taza humeante que no lograba templar el temblor de las manos.
Recuerdo el primer ruido. Fue como el sonido de una presa rompiéndose en el silencio, lejano pero alertante, como si un animal hubiese atravesado los cimientos mismos del edificio. Provenía de la puerta del fondo, esa que nunca abría. Nadie en su sano juicio la habría tocado; era la reliquia de antiguos inquilinos, con una cerradura oxidada y una gruesa capa de polvo como sus únicos guardianes. Sin embargo, al escuchar aquel golpe, sentí el escalofrío de lo prohibido atravesándome la espina dorsal.
No abrí la puerta esa noche. Me acosté, aunque el sueño no acudió. En mi mente retumbaba lo imposible: el ligero susurro desde el otro lado, el roce sutil de algo vivo. Al amanecer, la luz reveló huellas diminutas en la madera polvorienta, como si manos delgadas se hubieran apoyado al otro lado. Pensé en ratas, aunque la excusa era frágil. Eché la culpa a mi imaginación, y me apreté contra la rutina como un náufrago al último madero.
Días después, los susurros se volvieron más claros, palabras truncadas que flotaban en la penumbra. Se entrelazaban con los murmullos de mi conciencia, palabras sucias que arrastraban recuerdos de vergüenza, de decepciones, de lo que no quería oír. Rehuía estar solo, encendía la televisión, la radio, cualquier cosa para acallar las voces. Pero la casa parecía estar siempre medio vacía, como si el aire supiera que había algo más, justo fuera del alcance de la visión periférica.
Recibí una carta entonces, escrita con una caligrafía temblorosa. Era de mi hermana, a la que no veía desde hacía años. Decía que mamá había estado oyendo cosas también, antes de morir. Preguntaba si yo estaba bien. No supe qué responderle. ¿Estaba bien? Cada respuesta me parecía una mentira.
La noche siguiente el sonido fue un grito ahogado. Había tormenta; los relámpagos dibujaban sombras elásticas en las paredes. Caminé hacia la puerta del fondo sintiendo las piernas de gelatina. Algo en mi interior me exigía huir, pero no había escapatoria. La manilla se movió sola, apenas un milímetro, lo justo para transformar el miedo en terror real. Golpeé la puerta con la palma abierta; la madera respondió con un crujir lastimero, como si supiera que su secreto estaba cerca de revelarse.
Dormí poco y mal. Soñé con habitaciones dentro de habitaciones, con puertas infinitas, cada una conduciendo a un espacio más oscuro. Cada vez que abría una, al otro lado sólo encontraba mis propios ojos mirándome con odio. Cuando desperté, un papel doblado me esperaba al pie de la cama. Lo desdoblé con manos sudorosas.
“Estás aquí.”
Tres palabras. Nada más. Las repeticiones, las vueltas interminables. Era mi letra.
Pensé en llamar a alguien, pero ¿a quién? Mi hermana nunca contestaba, los amigos hacía años que no venían, y los vecinos eran presencias mudas, tan encerrados en sí mismos como yo. Un día tomé la determinación de abrir la puerta; debía terminar la espera. Bajo la luz mortecina del pasillo, mi sombra parecía avanzar de lado, reptando por las paredes.
Giré la llave. El pestillo gimió y sentí una ráfaga de aire helado. La puerta cedió y lo que vi al principio me pareció un vacío. Pero no; la habitación estaba ahí, idéntica al resto de la casa, aunque con una peculiaridad: el silencio era absoluto, tan espeso que dolía. Mis pisadas no hacían ruido, mi respiración era arrastrada y lejana, como si viniera de otra persona. El suelo estaba cubierto de polvo y, sin embargo, había trazos recientes, huellas humanas arrastrándose en círculos obsesivos.
Al fondo, un espejo. Nunca lo recordé ahí, pero era imposible apartar la mirada. Repetía todo, menos mi reflejo. Delante de él, sólo había la sombra de alguien aún de pie, temblando. Di un paso, luego otro, los ojos atrapados en el rectángulo negro-azabache. El frío era tan intenso que los dientes me castañeteaban.
–¿Quién eres? –logré decir.
Mi voz sonó como si la hubieran cortado a cuchillo.
Desde el espejo, una figura se movió. Lenta, casi elegante, una copia deformada de mí mismo. Pero los ojos no eran míos. Eran de mi padre, muerto hacía dos décadas, llenos de rencor y tristeza. Extendió una mano hacia el cristal; yo sentí el contacto frío en la propia, aunque no la moví.
–¿Has olvidado? –susurró.
Las palabras brotaron en mi cabeza, viejas y pesadas, llenas de historias no contadas. La habitación giró. Las paredes se agrietaron y, por un breve instante, todos mis errores cobraron cuerpo, bailando a mi alrededor en un corro grotesco.
Grité, aunque no estoy seguro de si el sonido salió de mi boca o sólo rebotó en la cárcel de mi cráneo. El reflejo sonrió, con una mueca torcida. El sudor me ardía en los ojos; me tambaleé, deseando despertar, pero ya no había sueño ni vigilia. Había cruzado la línea, la frontera entre la razón y el abismo, y la casa lo sabía.
Me arrastré de nuevo al pasillo, cerrando la puerta a mi espalda. El susurro cesó, pero lo noté moviéndose al otro lado. No dormí esa noche ni ninguna otra. Los ruidos crecieron en complejidad: pasos descalzos en la alfombra, golpes suaves en las paredes, lamentos que sólo aumentaban mi soledad. Empecé a dudar si el pasillo era el mismo cada vez que lo recorría; a veces parecía más largo, otras veces no encontraba las puertas habituales, y la luz se deformaba en ángulos imposibles.
Una tarde, mientras me miraba en el espejo del baño, vi fugazmente la cara de mi hermana, mucho más joven, con la mirada hueca, como si estuviera gritando silenciosamente bajo el agua. El espejo se empañó, y al limpiarlo, mi rostro había cambiado: pómulos más hundidos, surcos más profundos alrededor de la boca. Un anciano que no reconocía se escondía ahí, en mi reflejo.
Intenté abandonar la casa; varias veces lo intenté. Cada vez que lo hacía, algo fallaba: el ascensor nunca llegaba, las escaleras parecían desembocar de nuevo en mi piso o en un rellano indistinto, sin salida clara. El teléfono era un artefacto muerto. Empecé a pensar que la casa me había tragado, y que el mundo exterior era el verdadero sueño.
Las notas empezaron a aparecer con más frecuencia. En los bolsillos del abrigo, en las páginas de mis libros, escritas en una caligrafía imposible de distinguir de la mía. “No estás solo”. “Recuerda”. “Ellos te miran”. Varias noches, al despertar sudando, supe, con certeza absoluta, que no era el único en el apartamento. Olía a piel extraña, a miedo ajeno, a metal y tierra mojada.
La locura se deslizó sigilosamente. Dejé de distinguir el sueño de la vigilia, los susurros se convirtieron en gritos ahogados, mi reflejo en el espejo bailaba solo, como riéndose de mi creciente terror. Dejé de salir de la habitación, la comida sólo era un eco de necesidad, la sed, un rumor sordo.
Un día, sentí que la casa respiraba. Susurraba mi nombre, lo repetía incesantemente hasta que ya no pude escuchar otra cosa. Me llevó de la mano hasta la puerta del fondo, aunque juraría que intenté resistirme. Abrió ante mí, y esta vez la habitación era más grande, hueca, infinita. Al entrar, la casa se tragó la última braveza de mi voz.
Dentro, todos los reflejos estaban juntos. Podía verlos, una multitud gris que murmuraba mi nombre, una y otra vez, cada uno con mi rostro, cada uno con mis ojos cada vez más vacíos. Entendí, entonces, al fin: la casa no era un lugar, era un estado, era el resumen de todo lo que no podía o no quería recordar. Era la prisión suave y lenta de mi mente, tragándose cada retazo de cordura, cada residuo de voluntad, transformando el miedo en barro, y el barro en silencio.
Creo, o quiero creer, que aún escribo estas palabras para advertir a cualquiera que las lea, pero sospecho que sólo estoy repitiendo el ciclo, atrapando a mi reflejo una vez más en la cárcel que nunca podré abandonar. La casa tiene hambre, y el hambre nunca desaparece.
Tan sólo cambia de rostro.
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