Portada del relato El eco en la piedra
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Fragmento:


En la página central, entre diagramas que sugerían pentagramas y palabras acuchilladas, encontré un pasaje que, por puro aburrimiento, susurré en voz alta. Sonaba áspero, como el arrastre de una garra sobre grava. Me detuve al notar mi propio reflejo en la ventana: una sombra detrás de mí, donde no podía haber nada. Me giré rápido, el corazón brincándome en la garganta, pero todo se había reducido a muebles y oscuridad, vacíos como siempre.

Duración: 10:37

El eco en la piedra
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Texto de ajuste de pausa.

Tenía la costumbre de regresar a casa tarde, cuando la ciudad se desangraba en los charcos de las farolas y el asfalto exhalaba una niebla insana. Mi apartamento era una trinchera sórdida en un edificio vetusto de la calle Lámpara, un nombre irónico considerando que apenas brillaba una bombilla sobre el portal. Cada noche repetía la letanía de seguridades inútiles: revisar la cerradura una, dos, tres veces, dejar las botas ordenadas junto a la puerta, casi como una ofrenda a los dioses menores de la rutina. Pero nada de eso bastó para evitar lo que sucedió después.

Voy a equivocarme si trato de señalar el punto exacto en que todo se volcó, donde la membrana de mi vida se abrió aunque solo fuera un poco y dejó pasar lo otro. Quizá comenzó con aquella nota anónima, doblada con descuido entre las páginas de un viejo libro que compré en la tienda de usados. El libro, de una tipografía extraña y el lomo tan quebrado que parecía sostenerse por pura indefensión, ni siquiera me interesaba. Apenas lo hojeé en la tienda, sin saber que su contenido no importaba, que el verdadero mensaje estaba oculto dentro.

La nota era breve:

“No leas en voz alta lo que no entiendas.”

Un consejo curioso para quien compra libros en idiomas que apenas conoce, pensé. Me reí; su advertencia tenía un eco infantil, como los terrores fabricados en la infancia para que no miremos debajo de la cama. Pero algo en la caligrafía, en la forma rígida de las letras, me hizo guardar la hoja entre mis libros privados, en la caja donde duermen los textos leídos y olvidados.

Era una noche extraña, más siniestra de lo habitual. Una tormenta sin truenos había oscurecido el cielo y el reflejo de la lluvia convertía las ventanas en ojos vigilantes. No había podido dormir, y el zumbido de la ciudad me taladraba las sienes. Pensé en distraerme con alguno de mis libros nuevos, y terminé sacando aquel tomo extraño. No recuerdo el título, había algo arañando la tapa, marcas que parecían palabras pero no lo eran.

En la página central, entre diagramas que sugerían pentagramas y palabras acuchilladas, encontré un pasaje que, por puro aburrimiento, susurré en voz alta. Sonaba áspero, como el arrastre de una garra sobre grava. Me detuve al notar mi propio reflejo en la ventana: una sombra detrás de mí, donde no podía haber nada. Me giré rápido, el corazón brincándome en la garganta, pero todo se había reducido a muebles y oscuridad, vacíos como siempre.

La primera noche posterior a ese incidente no soñé. Es decir: no soñé de la manera habitual. Sabía que el sueño me había atrapado porque desperté empapado en sudor, con el corazón desbocado y una sensación pastosa en la boca. Algo, no sé qué, se agitaba en los pasillos de mi memoria, oscureciendo recuerdos concretos, tapando imágenes conocidas con una alfombra viscosa de miedo. Al día siguiente, el apartamento me pareció diferente. No podía decir cómo: quizás el eco de mis pasos era más profundo, o el aire más denso. Quizá simplemente, desde ese punto, ya no estaba solo aunque no lo supiera del todo.

Fueron días y noches de pequeños cambios. El reloj de la cocina se detenía siempre a las 3:07 a.m., sin importar las pilas nuevas. Las luces parpadeaban justo cuando pasaba por delante, como si la electricidad supiera más que yo. En una ocasión, encontré plumas negras junto a la almohada. Nunca había tenido pájaros ni visto ninguno cerca, pero las plumas estaban tibias al tacto, rezumaban un olor a aceites y encierro. Me convencí de que había comenzado a delirar por el insomnio.

Ignoré todas las señales, torpe y obstinado. Así camina la mente cuando se siente invulnerable. Hasta que, una noche, la puerta del baño se cerró sola al pasar por delante. Sonó el pestillo al encajarse. Pensé en corrientes de aire, pero la ventana llevaba meses sellada. Abrí la puerta, pisando un frío insoportable que ni siquiera la calefacción del apartamento podía explicar. El espejo estaba cubierto de vaho, y lo limpié con la mano temblorosa, dejando a la vista una frase escrita con un dedo invisible: “Lo has llamado.”

Retrocedí, tropezando contra la bañera. No me atreví a leerlo en voz alta. Me encerré en el dormitorio, temblando, tratando de articular una razón lógica para lo que había pasado. Hay cosas que la mente se niega a pensar, porque corroen sus cimientos. Cuando de verdad los temores se vuelven demasiado densos, la mente busca excusas: fue un sueño, una alucinación, estrés. Pero el miedo iba trepando por mi piel, suave y persistente, como un insecto que anida bajo la carne.

A partir de esa noche, no escuchaba solo mi respiración cuando me echaba en la cama. Había otro pulso. Un ritmo callado, apenas perceptible, que vibraba entre las grietas de las paredes. Al principio, creí que podría ignorarlo. Me tapaba los oídos, fingía no ver cómo las cortinas se movían con una brisa que no existía. Pero sabía que, aunque no lo mirara, algo me observaba. Era una presencia densa, sorda, que a veces se dejaba ver solo en los bordes de mi visión: una sombra que se doblaba bajo la puerta, una oquedad en el reflejo de la ventana mientras el mundo afuera dormía.

Pronto, la realidad comenzó a ceder en los límites de mi apartamento. El teléfono sonaba a horas impensables, y cuando descolgaba solo escuchaba lo que podía haber sido respiración, o el murmullo de hojas secas arrastrándose bajo la lluvia. Una noche, en el libro de aquel idioma inhumano, apareció lo que parecía una respuesta a mi recitado. Era solo una frase, a pluma negra, escrita encima del texto original: “Ahora tienes que escuchar.”

Y desde ese momento, la voz se volvió más clara. Venía detrás de la pared, donde el yeso estaba más frío y leproso. Susurraba palabras apenas formadas, que no pertenecían al idioma del libro, ni al mundo donde vivía. No puedo repetirlas. Tengo miedo de recordar cómo suenan. Pero las entendía, y lo peor: respondían a mis pensamientos antes de que los tuviera.

Convencido de mi cordura, intenté abandonar el apartamento. Pero cada vez que reunía fuerzas para salir, una fuerza blanda me retenía. No era miedo a lo que podía encontrar fuera, sino a las consecuencias de huir de algo que ya no vivía solo en ese lugar. Empecé a preguntarme si acaso había sido yo el recipiente, el catalizador, el umbral ambulante de esa presencia. ¿La había traído conmigo, o la había llamado? Y si era así, ¿qué era? La palabra demonio, espectro, o entidad no hacía justicia a la densidad viscosa y lógica de su inteligencia. Era el reverso de mi mente, la sombra de mi conciencia.

Una madrugada, incapaz de soportar el pulso de la voz, decidí confrontarla. Tomé el libro, descendí a la sala de estar con el cuaderno y una vela que nunca había encendido. Cerré las puertas, apagué toda la electricidad. Me senté en el círculo que formaban las sombras y repetí la recitación, con la voz clara, despojada del tartamudeo inicial. La atmósfera cambió. Fue como si la presión de la habitación se hubiera duplicado, empujando el aire fuera de mis pulmones.

Entonces la vi. No una figura, sino una distorsión en el espacio, una concavidad que absorbía la luz y los sonidos. No tenía rostro, ni forma precisa. Era una ausencia devorando el contenido del apartamento, una especie de pozo sin fondo nacido en el lugar donde debí estar solo. La voz habló, ya sin ambages, fundiéndose con la mía. Me dijo que la había llamado. Que siempre había estado esperando.

Me obligó a recordar momentos de mi pasado que había olvidado, o sepultado a propósito: ruinas de antiguas culpas, rostros perdidos, promesas rotas, todo lo que desenrolla la psique en espirales de vergüenza y terror. Era un espejo, uno que reflejaba cada pensamiento secreto, cada impulso oscuro. No buscaba poseerme: quería convencerme de que siempre había sido parte de mí.

El horror más absoluto surgió cuando, tras un largo silencio, comprendí que la invocación no procedía del libro ni de palabras pronunciadas en otro idioma: que ese proceso de traerla al mundo había comenzado mucho antes, cuando, de niño, aprendí a mentir. Que la ceremonia había estado en marcha cada vez que aparté la mirada del dolor, cada vez que negué lo que había hecho mal. La invocación era el proceso de negar lo que somos, de escindirse, de fabricar rincones secretos en la mente. Y la cosa de la sombra era la suma de aquello que no quise integrar jamás.

Quise huir. Grité, pero mi voz era solo un eco sordo en la carne. De pronto, la figura se pegó a mi espalda como una segunda piel. Podía sentir su latido casi idéntico al mío, podía escuchar cómo pensaba, lo que planeaba: pequeñas crueldades futuras, males diminutos que ya no podría controlar. Me oí a mí mismo respondiendo, asumiendo su discurso, convirtiéndome lenta y deliberadamente en su portavoz.

Alejarse de la sombra era imposible. Comenzó a acompañarme fuera del apartamento: en el supermercado, en la calle, en las miradas de otros. Siempre estaba allí, pegada a mis hombros, justo donde nadie más podía verla. Me susurraba lo que debía decir y, al hacerlo, notaba que su lógica era irrefutable. Nunca improvisaba. Me convertí en el ejecutante perfecto de su voluntad.

A veces intentaba rebelarme, no responder a sus demandas. Pero entonces, hacía que el mundo se estremeciera: los espejos sudaban, los relojes se paraban, el aire olía a azufre y humedad. Y aún así, lo peor no era el dominio de la sombra, sino el convencimiento creciente de que yo la había querido, de que había hallado en ella un alivio sádico: la excusa para no mirar quién era realmente.

Mis amigos dicen que he cambiado. Que soy más astuto, más persuasivo. Algunos se alejan de mí; otros me siguen. He comenzado a escribir notas, a dejarlas en libros viejos, en tiendas de usados…

“No leas en voz alta lo que no entiendas.”

Alguien, tarde o temprano, se llevará el libro a casa, lo abrirá en una noche lluviosa, y creerá que la advertencia es solo una broma. Pero yo sabré, desde la grieta de la sombra, desde el umbral de la conciencia, que otro ha comenzado a invocar lo mismo. Yo solo soy el portador. El portador y el portado. Porque el miedo, el verdadero, es la certeza de que la verdadera invocación empieza en la mente, donde nunca hay escapatoria.

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