Portada del relato Noches sin réquiem
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Fragmento:


Una noche, la sombra al pie de la cama se hizo corpórea. Su gemela muerta, o una réplica inexacta, se sentó sobre las mantas, observando con ojos vacíos todo lo que Merrin alguna vez temió. No era que Claudia hubiese vuelto; era su tristeza, ilimitada, descendiendo sobre la casa como un dios menor sin misericordia. La casa, pensó Merrin, se alimentaba de lo que ella era y de lo que le faltaba. La tristeza se convertía en una criatura tangible, devorando lenta pero perfectamente cada resto de humanidad que quedaba en su interior.

Duración: 10:05

Noches sin réquiem
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Texto de ajuste de pausa.

La casa de Merrin está lejos de cualquier ciudad y todavía más lejos de cualquier noción de cordura. Quien mira demasiado tiempo al valle desde la galería de la planta de arriba, encuentra que la realidad traquetea como una persiana azotada por el viento, y las colinas parecen retorcerse bajo un sol demasiado débil para ser verano y demasiado fuerte para ser primavera. Cada mañana, la luz filtra mugre en vez de calor. Cada noche, los cimientos supuran el mismo sudor salado, esa humedad que recuerda a las lágrimas que no alivian el dolor sino que lo reclaman, lo devuelven una y otra vez.

La primera vez que Merrin despertó como otra persona, fue en otoño. Una estación que parecía haber caído en la casa con violencia, destrozando relojes y palabras y, sobre todo, las costumbres. Ella era, para quien la conociera antes, una mujer retraída, de voz grave, poco dada a extravagancias. Caminaba por los pasillos ocultando una tristeza imposible de narrar, pues no era de esas que se deshacen con una copa de vino o una noche de insomnio. Era la clase de aflicción que germina y enraíza en el alma como la hiedra en la piedra, lenta y asesina, cubriéndolo todo, empapándolo de una tristeza eterna.

La transformación llegó, primero, como una presencia en el espejo del baño. Merrin tenía la costumbre malsana de buscar las arrugas y la palidez como quien rastrea un enemigo invisible. Una noche, al acercarse al reflejo, vio que los ojos reflejados no eran los suyos; tenía el rostro igual —los pómulos, la nariz recta— pero la mirada, esa mirada distante y voraz, era imposible de ignorar. Además, por debajo de la piel de marfil, había algo vibrando, pulsando como membranas de un corazón enfermo. Esa noche no durmió. Dejó encendida una lámpara pequeña, pero su luz no fue suficiente para alejar las imágenes del rostro distinto, ni el eco de la voz que desde entonces le hablaba desde la garganta del sueño.

Al día siguiente, algo se partió en la rutina. Al mirar por la ventana, Merrin vio en el jardín árboles medio humanos, extremidades que parecían querer arrastrarse sobre la hierba, cabezas casi erguidas entre las raíces, bocas abiertas en un grito sin sonido. Se convenció, durante las primeras horas, de que era una pesadilla, pero la visión regresó cada vez que los párpados coqueteaban con el sueño. Pronto, comenzó a dejar de mirar por las ventanas, pero los reflejos en el cristal la seguían: la otra Merrin, la que sonreía de ese modo ligeramente distinto, como si la boca no recordara la importancia de la compasión.

Las transformaciones se sucedieron en la quietud del invierno. La oscuridad se instaló, tumbando la poca vitalidad que Merrin pudo reunir tras la muerte de Claudia, su hermana menor. Esa pérdida, ocurrida años atrás, nunca cicatrizó del todo. De algún modo, la casa misma había absorbido la ausencia, saturando el aire con un aroma agrio, indefinido, mezcla de violetas secas y tierra removida. Claudia había muerto el día que la nieve borró todos los caminos, sola en su cama, y Merrin fue la primera en encontrarla, envuelta en sábanas que brillaban con el sudor frío de un miedo viejo, incompleto, incapaz de dejar ir.

Fue entonces cuando Merrin entendió: el espejo, las figuras en el jardín, incluso la grieta creciente en su voz, eran manifestaciones de esa tristeza, una tristeza tan vasta que no podía pertenecer solo a ella. La casa era el recipiente, ella el cebo, y el dolor, la marea inagotable que se colaba entre los resquicios. A veces sentía, mientras bajaba con cautela las escaleras, que la casa respiraba con ella; el aire titilaba y, por las noches, el techo crujía como huesos. No pasó mucho tiempo antes de que los objetos comenzaran a desvanecerse: primero fue la vajilla antigua, luego libros enteros desaparecieron de la biblioteca, y finalmente, rostros de las fotografías familiares se escurrían de sus marcos como cera bajo una llama.

Una noche, la sombra al pie de la cama se hizo corpórea. Su gemela muerta, o una réplica inexacta, se sentó sobre las mantas, observando con ojos vacíos todo lo que Merrin alguna vez temió. No era que Claudia hubiese vuelto; era su tristeza, ilimitada, descendiendo sobre la casa como un dios menor sin misericordia. La casa, pensó Merrin, se alimentaba de lo que ella era y de lo que le faltaba. La tristeza se convertía en una criatura tangible, devorando lenta pero perfectamente cada resto de humanidad que quedaba en su interior.

Las transformaciones nuevas eran peores: al despertar, encontraba en sus manos una rugosidad poco habitual, como si la piel mudara cada noche, cada vez más dura, menos humana. Al mirarse, notaba que —aparte de los ojos— su expresión era otra: una neutralidad extrema, un gesto desprovisto de pena o rabia, una cara incapaz de cualquier expresión que no fuera la aceptación pasiva, resignada a la perpetuidad de un dolor sin remedio.

El jardín, al mismo tiempo, se animaba de noche con murmullos y risas. Merrin cerró las cortinas, apagó las luces, pero la penumbra era insuficiente. A ratos distinguía manos tras el cristal, pálidas, arañando con paciencia milenaria. Otras veces, creyó escuchar la voz de Claudia, llamándola desde debajo del piso o entre las vigas. Olía el perfume de su hermana, ese rastro envolvente de gardenias y miel, en las habitaciones donde nunca entraba la luz.

El tiempo perdió sentido. Las estaciones dejaron de distinguirse con claridad. Merrin pasó a vivir en un letargo ininterrumpido, anhelando una mañana en la que la cama estuviera fría y vacía, o las sábanas olieran a simplemente a tela vieja y nada más. Pero cada despertar era el mismo: el espejo mostrando una transformación nueva e ineludible. Su cuerpo, cada vez menos suyo, se llenaba de llagas y durezas. La voz era más grave, distante, como si resonara en otro cráneo, otra boca.

La gente del pueblo, los pocos que alguna vez la visitaban, comenzaron a inquietarse. Primero fue el cartero, que dejó de tocar el timbre cuando encontró las cartas apiladas y sin recoger en la verja. Después, el médico, que hizo prometer a la vecina de un kilómetro más allá que Merrin estaba bien, sólo cansada, sólo un poco “rara”. Pero nadie se atrevió a cruzar la puerta desde que escucharon los sollozos interminables a media noche: un lamento sincopado que no podía provenir de una persona sola.

Por dentro, Merrin suplicaba con los fragmentos de su voluntad que alguien llegara, que forzara la entrada, que la sacara a la fuerza de la casa antes de que la transformación fuera completa. Pero el tiempo y el cambio son dioses exigentes, no toleran la intervención. Un mediodía, Merrin intentó huir, abrir la puerta grande, pero lo que encontró fue un muro invisible, una suerte de membrana que repelía su contacto y la devolvía al interior. Las ventanas mostraban otro mundo: un mar de tierra y raíces y sombras aún más antiguas que la tristeza. Al tocar el cristal, sus dedos se hundieron, primero suaves, luego atrapados en una viscosidad tibia, una baba mineral, verde oscura, que trepaba por sus brazos y la arrastraba hacia su reflejo.

Las noches siguientes Merrin se sentó en la misma galería donde alguna vez vio el valle moverse bajo la luz sucia. Observó, indiferente, cómo su reflejo se volvía más extraño: los pómulos angulosos, los ojos demasiado grandes y mármores, una boca torcida en una mueca perpetua de desencanto. Sueños afloraron, sueños en los que su hermana la guiaba, en el mismo jardín convertido en selva, guiándola entre árboles translúcidos donde colgaban figuras híbridas, mitad mujer, mitad corteza, mitad susurro.

Una mañana, no muy distinta a las anteriores, sintió que al caminar, sus pies no resonaban en la madera del suelo. Más que peso, parecía gravedad invertida; el aire era denso y corpóreo, y la casa era un tótem de tristeza, de petrificación, de memoria. Se transformaba, sí, pero ya no suponía horror, sino una pasividad atroz. El dolor ocupaba cada célula de su cuerpo, estancado, y ella era poco más que un jarrón vacío ya incapaz de sufrir de otra manera. La tristeza, eternamente quieta, era su nueva carne.

Merrin ya no reconocía sus manos. La piel se había vuelto traslúcida; por debajo, corrían filamentos lumínicos, como raíces eléctricas enredándose alrededor de sus huesos. Por las noches, la casa exhalaba un perfume a musgo y tierra seca, y la mismísima voz de la casa le contaba historias en susurros indecibles sobre mujeres que se diluían a fuerza de recordar, o de no poder olvidar.

Tiempo después —si es que el tiempo seguía aplastando los días en formas distinguibles—, Merrin comprendió que la casa existía para esa función: transformar la pena en materia, tragarse a quien la habitara y convertirla en parte del paisaje. Pronto, sería ella también parte del jardín, una de esas figuras que manotean la hierba, apenas humanas, apenas recordadas.

Ya no temía. Sólo existía una nostalgia imperecedera, un eco triste y perpetuo, como el lamento de quienes nunca sabrán a quién pertenece la siguiente lágrima ni en qué rincón de la casa quedará almacenada hasta que otra persona, perseguida por la pena, llegue, y la casa reanude su hambre. Final o principio, era indiferente. La transformación nunca se detenía.

Y en cada rincón del aire, ondulando en la bruma de las estaciones invisibles, el dolor de Merrin —y de Claudia, y de todos antes que ellas— se repetía y repetía, como música lejana, condenada a fluir hasta que la casa misma olvide qué la impulsó a devorar y transformar lo que toca.

Así la tristeza permanece, infinita y transformada, dulcificada quizá, pero más extensa que la memoria de todo lo amado y perdido. Merrin está en el jardín ahora, bajo los árboles que dejan entrever rostros y nombres y miradas; convertida en una enredadera que no se atreve a crecer fuera de los márgenes de la casa, en la promesa perdurable de que la tristeza también tiene carne, y nunca, nunca termina.

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