Fragmento:
Aquella noche, todo cambió. Empecé a soñar con filamentos filosos, alas deformes y rostros humanos reensamblados con paciencia inhumana; sueños en los que Mara, o la cosa que quedaba de ella, murmuraba una letanía de plegarias en un idioma imposible. Los sueños supuraban al mundo diurno: la comida me sabía a óxido, mi reflejo parpadeaba en los espejos, y comencé a escuchar pasos ligeros, delicados, como de niños jugando a medianoche tras las paredes húmedas del hospital.
Duración: 09:05
Cuando me encontré con Rhys por primera vez, encendí un cigarrillo en el vestíbulo del hospital, sabiendo perfectamente que estaba en una zona de no fumadores. Sus manos, tan pequeñas para un hombre de su estatura, temblaban levemente mientras jugaba con la goma de la carpeta médica, girando su anillo matrimonial oxidado con el pulgar. Sus uñas eran inexplicablemente largas y amarillentas, y por un instante la absurda imagen de un ave rapaz picoteando su propio plumaje se apoderó de mí.
“Estás aquí por ella, ¿verdad?”, murmuró sin mirarme. Los tubos de neón lanzaban un zumbido eléctrico que parecía no querer caer en silencio ni bajo soborno.
“Sí”, respondí. “Por Mara.”
Era lo único que teníamos en común. Mara, su esposa y mi hermana, una mujer de carácter sólido cuyos rostros de la juventud parecían extintos desde hacía años, reemplazados por una máscara rígida y musculosa que algo o alguien había moldeado con esmero. Un arte grotesco, pensé. Un horror que desde hacía semanas ambos éramos incapaces de entender.
A Mara la hallaron en el antiguo invernadero de la familia Linder, sentada en una banqueta de hierro oxidado, con ambas manos cubriéndose el rostro. Según los médicos, había estado así varios días, inmóvil pero no inconsciente, en un estado de percepción distorsionada. Cuando, finalmente, apartó las manos, comenzó realmente nuestro descenso.
Mi madre, de instinto mórbido, fue la primera en visitar la habitación 413, esquivando a los psiquiatras como un animal cautivo de las jaulas. Rhys estaba siempre ahí, aunque cada vez resultaba más difícil reconocerlo: el pelo caído en mechones, la piel temblorosa y el sudor perenne. Yo venía de noche, no tanto por miedo a Mara como por miedo al mundo de los vivos, por lo que pudieran decirme que había sucedido entre aquella mujer y aquello que la había dejado irreconocible.
La primera vez que la vi, apartó la sábana de su rostro y, en la penumbra convexa de la lámpara, percibí las cicatrices finas, simétricas, que se extendían desde la línea del cabello hasta la base de la mandíbula. Eran marcas limpias, de un bisturí o una herramienta jamás vista en un quirófano de nuestro mundo. Me sonreí, sin querer, y supe que el horror tenía la voz del abandono.
“Mara”, susurré, apenas incapaz de sostener mi propia voz.
Ella me miró, pero sus ojos no eran realmente los ojos de Mara. Recuerdo su voz nítida, cargada de una calma de ultratumba: “Ellos me hablaron. Con alas que no ves. Pero sus palabras queman”.
Aquella noche, todo cambió. Empecé a soñar con filamentos filosos, alas deformes y rostros humanos reensamblados con paciencia inhumana; sueños en los que Mara, o la cosa que quedaba de ella, murmuraba una letanía de plegarias en un idioma imposible. Los sueños supuraban al mundo diurno: la comida me sabía a óxido, mi reflejo parpadeaba en los espejos, y comencé a escuchar pasos ligeros, delicados, como de niños jugando a medianoche tras las paredes húmedas del hospital.
Rhys desapareció durante varios días. Un enfermero me confesó que lo encontró dormitando tras unos arbustos, junto al depósito de basura, el cabello pegado a la frente con lágrimas. “Está perdiendo el rostro”, dijo el enfermero sin ironía. Entendí perfectamente lo que significaba.
Una semana después, la policía liberó imágenes del invernadero. Las paredes estaban cubiertas de escrituras ilegibles, cicatrices rituales talladas en el cristal y la madera húmeda. Desde el techo colgaban retazos de lo que fueron cortinas, vueltas alas improvisadas de cadáveres de palomas, cosidas con precisión quirúrgica. Pero lo más perturbador fue la huella de una mano, enorme y deforme, marcada con sangre quemada en el suelo junto al banquillo de Mara. Una huella no humana, aunque el pulgar estaba invertido, como si la palma fuera capaz de tomar su propia mano.
Mara comenzó a negarse a comer. Perdía peso, pero por razones que ningún nutricionista podía explicar, su piel parecía tensarse y relucir. El vello de sus brazos se tornó blanco, y cuando le tomé la mano una noche, sentí un escalofrío como si tocara una estatua de cera olvidada al sol. En sus muñecas, las venas se estilaban como letras apócrifas. Me hablaba sin voz, a través de la pared mental de nuestros lazos familiares rotos.
Me pregunté si era posible que el dolor reconfigurase así el cuerpo humano. El psiquiatra del hospital fue directo: “Sí, el dolor modela. Pero esto es otra cosa. ¿Cree usted en los ángeles?”.
No supe qué responder.
Rhys volvió al tercer mes, más hueso que hombre, acompañado de bocanadas de desinfectante. Había arrastrado consigo una caja de objetos personales de Mara: fotografías antiguas, una Biblia destartalada, cartas sin abrir. La mayoría quemadas o inutilizadas, como si alguien hubiera querido borrar todos los rastros de la vida de mi hermana. Rhys, con la voz partida, confesó que una noche, mientras dormía abrazado al abrigo de Mara, sintió dedos huesudos recorrer su cara, reorganizando su carne, delicados y meticulosos como los instrumentos de una orquesta. Soñó con un hombre de alas negras y rostro partido. Despertó llorando sangre.
Algo nos estaba cazando desde la herida invisible que abrió Mara en el invernadero. ¿Un ángel caído? ¿Qué nombre asignamos a la cosa que se arrastra entre las fisuras de la realidad y modela la carne humana como un recordatorio de todo lo que no debemos tocar?
El enigma se agravó con la muerte de la enfermera Dolores. La encontraron en la morgue, los brazos dislocados en ángulos imposibles, la piel del rostro cuidadosamente reducida a doce tiras plegadas hacia arriba, como pétalos de una flor enloquecida. Los papeles oficiales hablaron de suicidio; los pasillos sólo mencionaban una palabra: “Gabriel”. Nadie usaba el nombre de Mara, como si el horror mereciera protección anonimizada.
La policía vino a verme una mañana de niebla. Dos oficiales, piel de papel y ojeras rojas, se sentaron a mi lado demasiado cerca.
“Encontramos esto junto al cuerpo de Dolores”, dijo uno, posando una pequeña cruz forjada en alambre y tejido, imitando dos alas en combate eterno.
El otro bajó la voz:
“¿Nunca le pareció raro el modo en que su hermana hablaba de redención?”
Sí, Mara se aferraba a la fe, pero era una fe deformada, invadida por las pesadillas de la infancia. Después de la muerte de nuestro padre, recitaba salmos incompletos, como si buscara en las grietas del canon católico una rendija por la que escabullirse hacia un lugar sin dolor.
Esa noche volví a la habitación 413. Mara reposaba en la cama con los ojos vendados, murmurando para sí y rasguñando el colchón. Olía a descomposición, aunque los médicos insistían en que su piel seguía sana. Le hablé en voz baja, esperando la contestación de la bestia que había desollado a mi hermana para cubrirse con su piel.
“¿Tienes miedo?”, pregunté.
Ella retiró la venda, y todo el mundo pareció ralentizarse, como si la atmósfera se moviese con la viscosidad de un pantano. Donde debía estar una cara sólo quedaba una superficie tersa, esculpida en patrones geométricos de cicatriz y piel tensionada; como si fueran recodos de alas plegadas, o el negativo de un gran símbolo sagrado. En el preciso centro de aquel ovalo gris, un solo ojo, infinitamente negro, se clavó en mí.
“No queda miedo”, dijo la voz de Mara, detrás del nuevo rostro. “Solo la huella.”
La ventana se abrió de par en par, y la bruma del amanecer llenó la habitación. Llenó mi nariz de un olor metálico, a óxido y mirra quemada. Una silueta se reflejó en el vidrio: alas desproporcionadas, descarnadas, con manchas de luz oscura entre los pliegues, como si cada pluma ocultara un idioma maldito.
La voz de Mara, y la voz de la silueta, sincronizadas:
“Nos tomaron como símbolos. Pero todos los símbolos sangran.”
Esa noche, Rhys apareció a la puerta de mi casa, tiritando de frío aunque fuera verano. Traía la cabeza envuelta en gasas, murmullando sobre las plagas bíblicas, sobre Gabriel y su cuaderno de cicatrices. Juro que, debajo de las vendas, vi que su boca ya no era boca: sólo una línea zurcida, perfecta, destinada a no pronunciar jamás el enigma.
No volví a ver a Mara. Rhys desapareció del mapa, tragado por una ciudad que escupe a sus monstruos sin nombre. Yo, tras meses encerrado, me descubrí frente al espejo, tocando las líneas de mi rostro. Los sueños persisten: figuras aladas, rostros rotos, cánticos de redención invertida.
La policía jamás resolvió nada. El hospital cerró la puerta 413 y la sellaron con cera negra. Dicen que, en noches de insomnio, aún se oyen las alas rozar los cristales del invernadero Linder.
A veces, al cerrar los ojos, Mara susurra mi nombre desde el vórtice de su nueva faz, y cada vez otra parte de mi piel aprende la simetría de los caídos. Porque la redención, lo supe por fin, es sólo otra forma de desfiguración.
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