Fragmento:
Una noche, tras tres horas de dormir interrumpido, se incorporó y, cuando sus pies tocaron el suelo frío, supo, con esa certeza fugitiva de los sueños, que había algo más: un eco. No era el zumbido de siempre. Era un chillido, lejano, como el llanto burlado de un niño, traído por el zumbido y arrastrado a través de la electricidad y el hormigón.
Duración: 10:28
El hogar era robusto, de paredes de carga gruesa como las vértebras de un animal que no recordaba la calma. Alicia había comprado aquella casa a precio bajo, aun en el barrio donde el aire tenía el olor de la vegetación antigua y rara vez pasaba un camión. Buscaba la mansedumbre, la posibilidad de una vida nueva tras la última de sus noches sin sueño, allá en Madrid. Haciendo inventario de males, había conseguido dejar atrás voces dentro de la cabeza, y un matrimonio marchito por el miedo. La casa, sin embargo, no sabemos quién la escoge, quién elige a quién.
El primer sonido surgió la noche que Alicia decidió no encender ninguna luz. La oscuridad parecía aceptable cuando el miedo era menor que la posibilidad de la vergüenza, así que se acostó temprano, desnudó su mente de pensamientos, y esperó a que sus latidos no fuesen los pasos de otra persona.
Era un zumbido. No un crujir, no el golpeteo de una rama ni el murmullo del viento. Sino un zumbido, vibrante, con la insistencia de una maldición o un aparato eléctrico enterrado dentro de la pared. Primero, lo atribuyó al frigorífico. Luego, al cableado, a las tuberías. Bajó a la cocina, apagó todo. Se tumbó en el pasillo de arriba. Y en cada lugar distinto, el zumbido estaba también, sordo, como si fuera su propia sangre, pero ajena, con un pulso diferente.
Con el paso de los días, ese sonido pareció crear más espacio en el hogar, agujeros invisibles donde antes no había nada. Al amanecer, lo oía en los armarios. Antes de dormir, vibraba en el hueco bajo la escalera. En ocasiones, creía sentirlo en la palma de la mano, los muslos, dentro de la garganta.
Una noche, tras tres horas de dormir interrumpido, se incorporó y, cuando sus pies tocaron el suelo frío, supo, con esa certeza fugitiva de los sueños, que había algo más: un eco. No era el zumbido de siempre. Era un chillido, lejano, como el llanto burlado de un niño, traído por el zumbido y arrastrado a través de la electricidad y el hormigón.
Durante el desayuno, su teléfono no aceptaba las llamadas. En la pantalla, cada notificación nueva parpadeaba en tonos pálidos, como si la señal hubiese atravesado un filtro anticuado. En la radio crepitaban interferencias, donde el locutor repetía el mismo fragmento una y otra vez, pero Alicia juró que, en uno de los balbuceos, escuchó su nombre.
—Lo que entra por los cables… —se dijo. Reía, pero mordía el labio.
Agosto desgranaba los días con lentitud. Alicia, empujada por la desazón, aceptó la invitación de sus vecinos para una cerveza a media tarde. Eva y Julián eran de la clase de personas que podrían haberse trasladado, por igual, hace tres años o treinta. Consumían café, tabaco y habladuría, y miraban la ventana como si temieran que la oscuridad pudiera infectar la casa.
Eva —quizá porque adivinó el temblor interno de Alicia— le preguntó directamente:
—¿Has notado las casas distintas por aquí? No necesariamente con extraños, sólo… distintas.
Alicia finalmente habló del zumbido. Sin adornos. Como un desafiante. Los esposos cruzaron miradas. “El zumbido”, murmuró Julián, con una sorna apenas escondida. Eva, en cambio, la observó y luego, muy despacio, le tomó la mano, apretándola.
—No hables de ello —dijo—. Ya lo has oído. Pero no escuches más allá. Si lo haces, puede que quieras quedarte quieta toda la vida.
Alicia pensó que la advertencia era brutalmente teatral, pero, al volver a su casa, se sorprendió con la tensión en su columna; un miedo infantil y antiguo, la duda de si podía confiar en sí misma o en sus sentidos.
Esa noche, preparó una infusión de tila y se sentó en el centro del salón, bajo la lámpara. Imaginó que el zumbido era como un corazón fuera de tiempo. Decidió encender todos los dispositivos electrónicos, como si el ruido pudiese salir y demostrar su fisicidad. El zumbido persistía, aunque apenas seco, más lejano.
De repente, la televisión parpadeó. Alicia se acercó. Una imagen borrosa, como si la señal estuviera tratando de reconstruirse después de una mala tormenta. Una figura negra y deformada, apenas un parpadeo en la esquina de la pantalla, se inclinó, y a su alrededor, la estática compuso una silueta cuyos ojos se abrieron dentro de la interferencia. El zumbido escaló, haciéndose aún más sordo, casi un gruñido. Luego, silencio. Alicia apagó el televisor, sollozando, sin darse cuenta.
En adelante, los ruidos, lejos de disminuir, convocaban otros nuevos. Puertas que se abrían solas —aunque no de un modo violento, sino con la lentitud de una consulta médica—, pasos ocultos tras la bóveda del suelo, risas distorsionadas por la señal de radio.
Durante un amanecer húmedo, Alicia se vio de pie al principio de la escalera. El zumbido era ahora un himno grave, lo sentía en los dientes y en la lengua, una vibración que agitaba el aire debajo de sus costillas. Y entonces lo supo: venía de abajo, del hueco entre la escalera y la pared.
Dedicó dos días a reunir el ánimo suficiente para mirar dentro, como si la oscuridad del hueco pudiera ser, de alguna manera, inhumana. Metió el móvil, alumbró. Nada. Pero el aire salía más frío, y estaba impregnado de un olor agrio, entre hierro y ozono.
Esa tarde, una carta, sin remite, fue deslizada bajo la puerta. Solo decía: “No parpadees en el umbral”. El papel era áspero, como el reverso de la piel, y la letra, agitada, podría haber sido escrita por alguien a punto de romperse.
El teléfono, de repente, vibró. Un número desconocido. Respondió casi sin querer, y del auricular surgió el zumbido, ahora mucho más claro, como si cientos de voces hablaran a través de una colmena. De fondo, el mismo llanto de la televisión.
—Alicia —dijo una voz, masculina y devastada, mezclando sílabas dentro del zumbido—. No puedo salir. Déjame entrar contigo.
Colgó. El zumbido se mantuvo aún después de que el teléfono volviera al silencio. Como si la electricidad de la casa retuviera algo de esa llamada.
Esa noche, mientras dormía en el sofá, Alicia soñó: estaba sentada en la escalera, y cada peldaño era más frío que el anterior. El zumbido crecía, y la oscuridad bajo los peldaños comenzaba a agitarse, tomando forma. Una mano —pálida, humana, pero con uñas largas como astillas— emergía, agarrándola del tobillo. El rostro que surgía tras la mano no tenía facciones, sólo un agujero oscuro donde deberían haber estado los ojos y la boca. Dentro de ese agujero, un enjambre de abejas vibrantes.
Despertó, empapada de sudor. Afuera, una tormenta ahogaba todo sonido. Sin embargo, dentro de la casa, el zumbido era más nítido, como si cada gota de lluvia en contacto con el tejado alimentara la vibración.
Alicia reconoció en sí misma el deseo de escapar, pero también la certeza cruel de que los sonidos la seguirían. Colocó toallas en la rendija de la puerta, selló las ventanas, pero no sirvió de nada. El zumbido estaba en los cimientos, en el aire, dentro de su cabeza.
En los días siguientes, la sensación de ser observada no la abandonó nunca, especialmente al cruzar las escaleras. Ponía música alta, encendía todas las luces. Nada. El zumbido vencía todo.
Al octavo día, como ausente, bajó hacia el hueco de la escalera. Se sentó frente a él, respirando hondo. En sus manos, la carta sin firma. La sostuvo sobre el vacío, y el papel titiló, como si estuviese siendo aspirado por una corriente leve.
Tuvo la impresión de que si se inclinaba, si miraba de lleno dentro, vería a alguien, a algo, esperando en la penumbra. Y supo que ese algo había habitado antes otra casa, otra vida. Quizá un hombre encerrado entre paredes, lamiendo electricidad hasta convertirse en sufrimiento puro, zumbando en la estructura, llamando a quien pudiera escucharle.
Rezó en voz alta, palabras de ningún significado, esperando calmar la vibración en su pecho.
—No entraré —susurró—. No lo haré.
El zumbido, por primera vez, menguó. Un momento seco, extraño, de cima, como si el mal debiese retirarse. La carta cayó de sus manos y desapareció en la oscuridad. Luego, el sonido volvió, ahora más agudo.
Por semanas, Alicia vivió en habitaciones llenas de luz, las noches con los auriculares bien encajados, el medidor de señales inalámbricas encendido, como si esos dispositivos pudieran interferir con la presencia. Comenzó a ver a otras personas—en la calle, en el supermercado—que parecían vacías, oídas por dentro, con una vibración bajo la piel. Se preguntó cuántos serían como ella, cazados por algo que viaja por los cables, condenados a vivir junto al zumbido.
A veces, juraría que podía oírlo vibrar incluso durante el silencio más profundo del campo. Sabía que la casa no era el fin, ni el principio. Se preguntó si algún día podría abandonar la vibración, si ella misma no estaba ya, poco a poco, convirtiéndose en otra nota dentro de esa frecuencia, sumando su voz a los que nunca pueden salir.
La última noche que soportó, antes de que el miedo la empujara, fue la peor. El zumbido era tan rotundo que la sentía en la garganta. Despertó durante la madrugada, y supo —con la nitidez de una revelación— que si miraba hacia la escalera, vería la figura emergiendo, con el rostro lúgubre, los ojos huecos. Y que si la miraba a los ojos, perdería el movimiento, el ansia de huir, el deseo de vivir. Sería otra vibración, esperando que llegase otro inquilino.
Salió con lo puesto, sin hacer ruido. Al cerrar la puerta, supo que la casa había comenzado a tejer otra red, a captar otra frecuencia, preparando el zumbido para alguien nuevo.
Ni siquiera el silencio total, allá lejos, consiguió borrar el eco de la voz que, agazapada bajo la escalera, le decía: “No puedo salir. Déjame entrar contigo”.
Y en las noches más insomnes, aún acerca la oreja a la almohada, preguntándose si el ruido volverá, o si ella, por fin, ya es sólo una vibración a la espera.
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