Portada del relato El Murmullo Bajo la Piel
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Fragmento:


—Estás cansada, Cate —se susurró, casi esperando que su reflejo respondiera. El silencio fue, sin embargo, absoluto.

Duración: 11:50

El Murmullo Bajo la Piel
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Texto de ajuste de pausa.

Catherine Bishop despertó antes que el reloj repicara en el velador. Su marido dormía junto a ella, con la boca entreabierta y su respiración yendo y viniendo como un animal antiguo. La luz matinal aún no había pinchado la cortina, pero el cuarto estaba impregnado de un olor indefinible, rancio, como sí el sueño de alguien hubiera fermentado en los pliegues de la colcha.

Al principio Catherine pensó que era solo una mala noche. El insomnio de los cuarenta y seis a veces le traía recuerdos erráticos, y la imagen de su madre, sola y engarrotada en el asilo, todavía palpitaba en la parte trasera de su mente como una úlcera. Se incorporó con esfuerzo, sintiendo una tirantez extraña en la espalda baja, como sí la carne estuviera tratando de reptar lejos de las vértebras.

El día anterior había sido uno cualquiera: fue a la oficina, ignoró los correos electrónicos de zona gris, volvió a casa para preparar la cena. Ningún sobresalto, ninguna chispa. Aun así, mientras observaba la silueta adormilada de Mark, su esposo, la certeza se instaló con el gélido retumbar del preámbulo: algo había cambiado. Pequeñísimo, imperceptible como una frontera dibujada con un solo cabello, pero absolutamente real.

Salió de la cama, evitando el crujido del piso y caminó silenciosa al baño. Se miró en el espejo. Los ojos estaban enrojecidos y vacilantes; las comisuras de la boca descendían en una mueca permanente de preocupación. Pero había algo más, una sutil ondulación bajo la epidermis de las mejillas, un ligero temblor que, si parpadeaba rápido, podía imaginar como el movimiento de criaturas diminutas en tránsito bajo la piel.

—Estás cansada, Cate —se susurró, casi esperando que su reflejo respondiera. El silencio fue, sin embargo, absoluto.

Cuando llegó a la cocina, el murmullo comenzó. Era bajo, apenas perceptible, y primero pensó que era la estática de la cafetera. Sin embargo, cuanto más intentaba ignorarlo, más insistente se volvía: sonaba como el rumor de voces ahogadas bajo el agua, susurrando palabras sin significado. Abrió y cerró los ojos, intentando ahuyentar la sensación.

El café hirvió y se sirvió una taza, apoyando la mano sobre la fría superficie de la encimera. Al levantar la taza, notó, con un escalofrío, que el vidrio parecía temblar bajo sus dedos, como sí una presión invisible resonara entre los átomos. Por un instante, la escena pareció percibirse a través de dos realidades ligeramente desfasadas, y Catherine sintió náuseas.

Ese día, el trabajo fue un desfile de marionetas sin rostro: jefes, compañeros, empleados, todos hablaban y sonreían, pero sus gestos eran huecos dentro de rostros que parecían tallados en cera. Las voces se descomponían en sonidos repetidos, como ecos atrapados. Cada vez que miraba el reloj, sentía un repentino arranque de pánico, como si el paso del tiempo mismo estuviera a punto de desenmarañarse, dejando caer el velo de lo cotidiano para revelar lo que respiraba debajo.

Al mediodía, Catherine había decidido pedir el resto del día libre, alegando una migraña. Lo cierto era que sentía la necesidad urgente de salir, de estar sola con sus pensamientos. El murmullo bajo su piel había aumentado hasta convertirse en una melodía constante, una insistencia que ya no podía negar.

Cuando regresó a casa, la opresión se hizo peor. No podía recordar si había dejado alguna luz encendida esa mañana, pero encontró el salón inundado de una luz mortecina, teñida de verdín, un resplandor enfermizo que no pertenecía al sol. No había viento afuera, sin embargo las plantas del jardín, a través de la ventana, monolíticas y rígidas, parecían inclinarse hacia la casa, como sí observaran, expectantes.

Abrió la nevera para preparar algo ligero; el murmullo se intensificó. La comida palpitaba bajo los envoltorios, al queso le crecían hilos mohosos en tiempo real, la leche parecía coagularse bajo la influencia invisible de algo ancestral. Cerró la puerta con violencia y se apoyó por un segundo sobre la mesa, respirando con dificultad.

Intentó dormir, pero cada vez que se sumía en la neblina del sueño, soñaba rostros imposibles, siluetas plagadas de dedos que intentaban hurgar en su piel desde adentro. Despertaba sudando, con el pecho aplastado por el peso invisible de su propio cuerpo. Los susurros eran más definidos después de cada sueño: “Estás vacía... Nada existe... Somos tú... tú eres nosotros...”

Esa noche, Catherine evitó la cama matrimonial y se encerró en la oficina de la casa. Afuera, la noche era excesivamente negra, como si el color del cielo hubiera sido drenado. Miró por la ventana y notó, no sin horror, que la única luz era un farol agonizante en la acera, alrededor del cual pululaban insectos que no recordaba haber visto jamás, de cuerpos ablandados y movimientos torpes.

El teléfono sonó. Era su madre. Pero Catherine sabía que eso era imposible, pues su madre había muerto dos meses atrás. Aun así, la voz que emergió del auricular era la suya, rota y oxidada por años de soledad:

—Catherine, hija, ¿puedes oírlo? Está entrando en ti. Está en todos. Solo no lo vemos porque siempre creímos que éramos reales, que nuestros pensamientos tenían significado.

El teléfono chirrió y solo oyó los murmullos: “Ser, no-ser, ser, no-ser, ser, no-ser...”

Aturdida, apagó el móvil y se dejó caer en la silla, las manos temblando. La náusea regresó. Sintió, o imaginó, que su interior burbujeaba, como si algo hubiera anidado entre sus vísceras y sudara desesperadamente por subir a la garganta y gritara a través de su boca. Lloró. No recordaba la última vez que se había permitido llorar.

La segunda noche comenzó a soñar que había otros como ella. Caminaban descalzos por pasillos de carne gris, los pies hundiéndose en una superficie pulsante como una lengua infinita. Cuando se miraban unos a otros, veían máscaras líquidas y, detrás de los ojos, pequeños seres acechando, alimentándose del desconcierto y la angustia. Cuando uno caía al suelo y su rostro se abría como una flor negra, todo el grupo se agachaba y devoraba su cuerpo con desesperación y hambre demencial.

Se despertó a medianoche, la boca pastosa y el corazón palpitando a una velocidad vertiginosa. Corrió al baño, encendió la luz y volvió a mirarse en el espejo. Esta vez no fue una ilusión: toda su piel temblaba, y líneas sutiles —tan finas y delicadas que solo se notaban si uno buscaba con verdadero horror— recorrían su epidermis como venas invertidas. Escuchó, con el oído pegado a la mejilla, el sonido de mil voces diminutas forcejeando con el límite de su carne.

A la mañana siguiente, Mark encontró a Catherine sentada en el suelo del baño, envuelta en una toalla mojada. Sus ojos estaban desorbitados.

—Necesito ayuda —susurró ella, y Mark la abrazó despacio.

Pero algo cambió en Mark cuando la abrazó; retrocedió bruscamente, mirando sus propios dedos como si no le pertenecieran. Alzó la mano y la puso frente al sol matutino; por un instante, ambos vieron cómo la piel de él también parecía reptar, como si algo subyacente buscara la superficie.

No se atrevieron a decir nada. Permanecieron juntos, observando el pulso de sus respectivas pieles con una nauseabunda sensación de realidad compartida.

En el transcurso de los días siguientes, la televisión solo podía captar estática. Las palabras que los locutores decían por momentos se disolvían en un galimatías sin coherencia. Catherine empezó a notar cómo los rostros de algunos vecinos eran difusos, como máscaras impresas sobre la nada, cuerpos que —de cerca— parecían todas partes a la vez, difuminados en el aire como las imágenes en sueños febriles.

Había leído sobre la disociación, sobre la idea de que la mente puede fracturarse y observarse a sí misma como una entidad ajena. Pero ninguna explicación era suficiente para la solidez con que la percepción de lo irreal se había instaurado en su vida. Catherine ya no podía fiarse de sus sentidos; algunas noches, sentía el hambre espesa de las criaturas bajo la piel, latiendo en su pecho y en la garganta, otros días, la ciudad entera parecía ondular como un mar espeso y viscoso, lleno de turbulencias que no pertenecían a este mundo.

Mark intentó tranquilizarla, buscar médicos, psiquiatras. Pero todos los médicos parecían somnolientos, sus palabras disueltas en un murmullo. Algunos ni siquiera tenían rostro; otros tropezaban consigo mismos como si no recordaran cómo estaba articulado el cuerpo humano. Llamar a la policía fue peor; el agente que apareció en la puerta tenía el uniforme perfectamente planchado, pero lo que asomaba por debajo de la gorra era solo un vacío ondeante, del que manaba un hedor indescriptible.

El día que Catherine comprendió que esto no era un simple brote psicológico fue el día que Mark desapareció. Una tarde entró al dormitorio y lo encontró sentado al borde de la cama, mirándose las manos. Cuando ella se acercó, lo tocó por el hombro, y él se deshizo en una lluvia de fragmentos: pequeñas criaturas del color del hueso se escabulleron por las rendijas del suelo, chillando en un idioma que, Catherine entendió, era simplemente la enumeración de todos los posibles modos de ser y no ser.

El mundo se hizo aún más irreal tras aquella pérdida; Catherine habitaba ahora en una doble exposición de la realidad: detrás de cada mueble, cada objeto cotidiano, cada sombra en la pared, había otra cosa, un titilante rumor que reptaba bajo la superficie. El vecindario se había tornado silencioso y, al caminar por las calles, tenía la impresión de que nadie más existía realmente, sino que todo era una puesta en escena para ocultar un enorme vacío ardiendo, expectante, detrás del telón de la existencia.

Una tarde, demasiado cansada para seguir resistiéndose, Catherine se dejó llevar por el impulso y arrancó un pequeño trozo de piel de su antebrazo. No sangró; en el lugar donde la carne debía encontrarse, no había nada. Todo era un vacío palpitante, un océano de murmullo y voces infinitas agolpándose en el umbral.

Fue entonces cuando lo comprendió: la piel, la carne, incluso la memoria, eran solo barreras endebles erigidas para proteger los sentidos humanos del conocimiento de lo que acechaba detrás. Eran así todos, nadie era real. El murmullo existía porque el terror existía; el terror era la única señal de que, aunque ninguna realidad tuviera sentido, la conciencia era el monstruo más voraz de todos.

De vez en cuando, Catherine aún podía simular una especie de rutina. Por las mañanas, algunos rayos de sol parecían normar temporalmente la realidad, pero siempre terminaban disolviéndose en oleadas de pánico y vacío. En los sueños, ahora totalmente lúcidos, Catherine caminaba entre multitudes de seres hechos de sombra y hambre, todos preguntándose unos a otros si alguno de ellos había sido, alguna vez, verdaderamente real.

Una noche eterna, sentada en su sillón favorito, Catherine se dejó llevar por el murmullo y, sin despegar la vista de la ventana, vio cómo el mundo, las cosas y hasta el propio tiempo empezaban a condensarse, revolverse y finalmente replegarse hacia atrás, chupados por el abismo de lo que había bajo la piel.

Comprendió la última verdad: la existencia es una enfermedad, la conciencia una herida, y el horror existencial no era sino la percusión incesante del vacío llamando, pidiendo paso, dispuesto a arrastrar a todo ser pensante hacia el infinito sinsentido subyacente a la aparente realidad. Así lo aceptó Catherine, mientras las sombras en la pared se disolvían y los murmullos al fin dejaban de incordiarla. Porque ya no quedaba nadie para escuchar.

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