Portada del relato La puerta giratoria
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Fragmento:


Por alguna razón, ya no podía recordar la última vez que había comprado pan. No era porque lo hubiera dejado, ni porque su marido hubiera cambiado súbitamente de dieta sin consultarla. Pero el recuerdo, puntualmente, se escurría cada vez que lo intentaba. ¿Cuándo fue la última vez que había tomado ese pan bimbo blanco, lo había puesto en el carrito y caminado hasta la caja número 4, la que siempre tenía menos gente y atendía una cajera inexplicablemente feliz? Niebla. Apenas podían recordarse imágenes borrosas: luces fosforescentes, el pitido de los escáneres, el bostezo de la puerta automática. Y el pan era ese objeto triangular, casi abstracto, como dibujado por una mano apurada en los fondos de su mente.

Duración: 10:33

La puerta giratoria
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Por alguna razón, ya no podía recordar la última vez que había comprado pan. No era porque lo hubiera dejado, ni porque su marido hubiera cambiado súbitamente de dieta sin consultarla. Pero el recuerdo, puntualmente, se escurría cada vez que lo intentaba. ¿Cuándo fue la última vez que había tomado ese pan bimbo blanco, lo había puesto en el carrito y caminado hasta la caja número 4, la que siempre tenía menos gente y atendía una cajera inexplicablemente feliz? Niebla. Apenas podían recordarse imágenes borrosas: luces fosforescentes, el pitido de los escáneres, el bostezo de la puerta automática. Y el pan era ese objeto triangular, casi abstracto, como dibujado por una mano apurada en los fondos de su mente.

Tomoko lo pensó de nuevo mientras los ascensores oxidados de su edificio la bajaban a la calle, justo antes de las seis. El aire se sentía a detergente sintético, a alguna promesa nebulosa de limpieza municipal. A la derecha, el cartel luminoso de "Supermercado Hiromi" titilaba en naranja un par de veces, como siempre. Caminó sintiéndose algo programada, como si cada paso fuera una consecuencia irrefutable de alguna decisión tomada por otros. La vida se había ido encogiendo en una rutina cada vez más perfectamente embalada: despertar, ducharse, bento para el marido, supermercado, tele, sueño. Ni siquiera recordaba haber escogido su propio shampoo.

Cruzó la carretera bajo la hilera de luces intermitentes. Notó lo vacío de las calles: ningún niño en la esquina, nadie en las ventanas. La ciudad se sentía en pausa, y solo el supermercado, más allá, brillaba con la esperanza de la utilidad. Tomoko apretó el picaporte de su bolso —no entendía muy bien por qué, solo un gesto automático— y entró.

El supermercado Hiromi era un sitio conocido por su orden preciso y sus pasillos eternos, pero ese día algo parecía distinto. La puerta automática, por ejemplo, no se abrió con su religioso chirrido, sino que simplemente giró, como una boca de cristal, una puerta giratoria que no recordaba haber visto antes aquí. ¿Desde cuándo los supermercados de barrio tenían puertas giratorias? Dudó, pero no lo suficiente: la obligación y el cansancio eran combustibles demasiado fiables. La puerta la devoró en una fragmentación de reflejos, y de repente, el aire se volvió muy frío.

Al entrar, la música habitual —una versión instrumental de una canción de pop de hace diez años— llegaba extrañamente distorsionada. Los pasillos, tan pulcros y usuales, parecían alargados, y la luz blanca parecía filtrarse desde algún punto fuera de la realidad contemplable. Tomoko avanzó por el pasillo de pan, notando que nunca se escuchaban pasos ni voces, ni el chillido de los carritos metálicos. Solo el zumbido eléctrico, inacabable. La sección del pan estaba exactamente igual que siempre, pero no había pan, ni etiquetas; solo estantes vacíos.

Giró sobre sí misma, incómoda. No había señales de empleados. Ni siquiera había eco. Caminó hacia la sección de productos frescos, y allí encontró una señora mayor, de pie, mirando fijo una montaña de nabos. Llevaba el uniforme del supermercado, pero sus ojos estaban tan abiertos y fijos que parecían no pestañear jamás.

—Disculpe… —balbuceó Tomoko. La mujer ni siquiera se movió. Un tic en su boca insinuó una posible sonrisa, o un esbozo de ella, pero no hubo respuesta. Tomoko pensó en girar sobre sus talones, salir corriendo; sintió el impulso primitivo, la incómoda sensación de haber entrado en territorio hostil. Pero sus pies avanzaron una vez más.

La sección de congelados parecía aún más gélida; de hecho, vaho blanco emanaba del suelo mismo. Recuperándose un poco, forzó una sonrisa y empujó un carrito —al menos, eso parecía: metálico y frío como la promesa de la civilización— por el pasillo central. Las paredes parecían tensarse a su alrededor, acercándose gradualmente, como si el supermercado estuviera vivo.

A la altura de los dulces, Tomoko vio la línea de cajas. La número 4 brillaba más que las demás. Allá estaba la cajera de siempre, la inexplicablemente feliz, aunque esa felicidad ahora parecía una máscara: sonrisa famélica, ojos enormes y vacíos, rostro impávido.

—¿Encontró todo lo que necesitaba? —entonó la cajera, con una voz perfectamente robotizada.

Tomoko miró el carrito. Solo había una bolsa de plástico en su interior, vacía. No recordaba haberla colocado.

—No… buscaba pan, pero no lo encuentro…

—Lo siento, no hay pan hoy. Vuelva mañana.

Inexplicablemente obediente, Tomoko asintió y empezó a alejarse, pero al girar sobre sus pasos, notó que el pasillo ahora era mucho más largo, casi interminable. Probó un atajo entre las cajas, pero un muro de estantes donde antes había aire bloqueaba el paso. El supermercado parecía estar rearranglándose alrededor suyo mientras caminaba. La música se volvió ininteligible, un zumbido subacuático.

Pensó en preguntar a otro empleado, pero sólo veía siluetas a lo lejos, siempre estáticas, siempre vigilantes. Se obligó a ajustar el paso, apretar el bolso, pensar en su marido —esperando la cena, impaciente, enfadándose con cada minuto de retraso— y fue cuando vio la puerta. No la de entrada, sino una abertura junto a la sección de productos de limpieza, con un letrero: “Solo personal autorizado.” Abrió la puerta sin pensar; un pánico sin forma la poseía.

El corredor era angosto y oscuro. Caminó, las paredes casi rozando sus hombros. En algún punto, la luz cambió de blanco a rojiza. Los estantes desaparecieron. El suelo comenzó a vibrar, como si una maquinaria enterrada a kilómetros de profundidad estuviera resollando, molesta.

Quería salir. Buscó su teléfono, pero la pantalla estaba negra, fría, sin siquiera mostrar el reflejo de sus dedos.

El corredor hizo una curva inesperada y se abrió en un espacio circular, inmenso, muchísimo más grande que el supermercado en sí. En el centro flotaba algo que no podía describir plenamente: una puerta inmensa, de cristal y acero, girando muy lentamente sobre sí misma. Más allá, no había nada. O quizás todo; otra sala, infinitas cajas de supermercado, infinitas lucecitas de oferta, carritos atrapados, empleados fijos como estatuas. Era como si hubiera vislumbrado las entrañas de algo mucho más grande que una tienda de barrio.

—No salga —dijo una voz detrás de ella, fría y lejana.

Era la señora de los nabos. Pero su boca no se movía. Solo la veía por el rabillo del ojo, como si esa señora fuera una presencia pegada a la realidad, no parte de ella.

—¿Dónde estoy? —preguntó Tomoko, la voz hecha un hilo.

—En el supermercado. Siempre en el supermercado. Nadie sale hasta que compra lo que vino a buscar.

De pronto, sintió una presión en el pecho, una sensación de que había olvidado algo vital. Reflexionó: su vida, su marido, el pan, el ascensor, la línea de cajas número 4, la bolsa vacía. La idea de pan se volvió más y más abstracta. Ya no recordaba su sabor, ni siquiera si realmente existía.

—Puedo irme —musitó—. No necesito el pan.

La señora la miró. Por un segundo, la máscara de humanidad se deshizo y lo único que quedó fue la estructura hueca del uniforme, flotando en el aire, sostenida por un deseo invisible.

—Todos necesitamos algo.

El supermercado rugió. Las paredes se dilataron, la música se volvió un eco irónico, como una parodia de la calma. Tomoko, desesperada, corrió hacia la puerta giratoria del centro. No trató de entender lo que vería del otro lado, ni el motivo de todo esto. Sólo el impulso —huir, buscar, encontrar, o dejarse perder— la arrastró.

Al cruzar el umbral, sintió frío, luego calor, luego el sabor reconocible de la electricidad en la lengua. Y de repente, volvió a estar frente al pasillo de pan, en el Hiromi, bajo la luz blanca, los carritos relucientes y los estantes perfectos. Solo que todo estaba desplazado, sutilmente diferente. La bolsa de plástico que llevaba en la mano tenía ahora, inexplicablemente, una hogaza de pan blanco. Era duro, viejo, pero pan al fin. No vio a nadie. El supermercado parecía más limpio y vacío aún.

Avanzó hasta la caja número 4. Nadie atendía. Dejó el pan, como una ofrenda, sobre la cinta y salió sin pagar. La puerta automática —otra vez, puerta giratoria— la escupió hacia la noche.

En la acera, el aire era más frío, casi cortante. Miró su reloj: eran las 3:12, pero no entendía si era la madrugada o la tarde. No recordaba en qué dirección estaba su casa. Solo sabía que, detrás, el supermercado seguía encendido, esperando. La bolsa con el pan pesaba más de lo normal, como si dentro hubiera una piedra o un corazón.

Sintió la extraña certeza de que, en esa bolsa, llevaba consigo una parte del supermercado, un trozo de lo irreal, un ancla irrompible con aquel lugar. Quizá todos quienes alguna vez compraron allí salieron cargando algo más de lo que parecían llevar. Y ahora, de pie bajo la luz anaranjada de la farola, Tomoko supo que tarde o temprano —hoy, mañana, la semana siguiente— volvería a entrar.

Porque, al fin y al cabo, nunca se sale realmente del supermercado. Allí, entre las luces frías, cada vacío es una puerta, cada búsqueda un pasillo sin fin. Y siempre hay algo que se nos olvida comprar, algo que espera con la tenacidad segura de los portales cotidianos: el pequeño horror de saberse atascado en la máquina perfecta del consumo, del ciclo, de la puerta que nunca se cierra del todo.

Miró el pan, ahora seguro de que nadie más podría verlo como ella lo veía. Siguió caminando, pero cada paso le pesaba. Y al escuchar, a la distancia, el tintineo del automático abriéndose para otro cliente, supo que la verdadera compra, la que nunca termina, apenas había comenzado.

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