Portada del relato La oficina de las ausencias
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Fragmento:


“Porque la cerraron. Se quedó cerrada toda la tarde, y cuando la abrimos faltaba alguien.”

Duración: 10:35

La oficina de las ausencias
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Las paredes en la oficina eran demasiado grises, no por su color —el clásico “blanco huevo” mantenido contra todo pronóstico—, sino porque el invierno caía con fuerza detrás de sus ventanas, haciendo que hasta las fluorescentes chorrearan un brillo mortuorio. Clara solía mirarlas a las 7:54 cada mañana, preguntándose cuánto tiempo pasaría hasta no notar el zumbido que envolvía todo el piso. Ella llegó tarde ese martes, con el abrigo empapado y el flequillo pegado a la frente. El reloj de pared, ese cuadrado redondeado que nadie se atrevía a cambiar, marcaba las 8:12. Había llegado tras correr dos cuadras y perder el equilibrio en la acera congelada.

Nadie dijo nada. Nadie nunca decía nada cuando alguien llegaba tarde. Si acaso un par de miradas desde cubículos vecinos, asomadas por encima de los monitores, devolviéndose enseguida a la hoja de cálculo o la llamada en espera. Clara intentó respirar sin estertores. Colgó el abrigo y se hundió en su silla, sintiendo ese vacío extendido entre el fin de la silla y el borde del escritorio. Solo su monitor la miraba, neutro, azul.

A las 8:16, llegó el correo de Rosa. El asunto: “Junta urgente a las 9:00. Sala 4. Presencia obligatoria.”

El cuerpo del correo no tenía texto, solo un adjunto: un archivo excel con una contraseña incompleta. Cada uno recibió la suya: Clara07, Hugo51, Julieta32. Números, tal vez un código. Nadie preguntó. Rosa no respondía.

Era la tercera vez ese mes que Rosa llamaba “junta urgente”. El rumor era que Recursos Humanos finalmente haría recortes, otro rumor hablaba de un nuevo virus en la red, uno más de que la compañía sería absorbida. Pero nunca pasaba nada. Solo una hora perdida en silencio, la luz mortecina de la sala 4 y las cabezas inclinadas mientras Rosa, siempre en el extremo de la mesa, repasaba listas con su bolígrafo obsesivo. Los relojes parecían detenerse, o dar vueltas completas durante los monólogos de Rosa.

Pero esa vez fue diferente.

A las 8:57, Clara sintió, primero muy tenue, luego con la certeza de lo físico, que algo vibraba bajo la moqueta de su cubículo. Las teclas del teclado bailaron un instante, lo suficiente para que ella alzara la vista hacia el pasillo —largo, recto como un palo de golf— y viera a Julieta ajustar la pantalla, mientras Hugo se quitaba los audífonos con rapidez.

Nadie dijo nada, pero cuando se reunieron frente a la puerta blindada de la sala 4, todos los ojos eran iguales: buscan una explicación. Rosa ya estaba ahí, de pie, apoyada contra el marco, un poco ladeada. Su pelo parecía más oscuro de lo habitual, como si la luz la cubriera mal.

"Entren", ordenó.

Había sillas para todos, alineadas, la mesa relucía como un ataúd de resina. Adentro, el aire era más frío, o simplemente inmóvil. Clara tanteó la perilla de la puerta, como si necesitara confirmar que aún podía abrirse. Rosa soltó un clic seco al reversar el cerrojo.

"Hoy tengo que hacerles algunas preguntas."

Se sentó finalmente. Ante ella, el excel abierto en una tableta, la fila de nombres y celdas grises todavía esperando que alguien las rellenara. Los nombres estaban mal: Clara07, Hugo51, Julieta32… y uno al final, apenas visible: N43. ¿Quién era ese? Nadie en la oficina, ni en los antiguos listados, tenía ese nombre.

Rosa pasó las hojas con su lápiz y habló rápido, sin modular:

“Siempre que hay recortes, piensan que son al azar. Pero nunca lo son. Siempre hay un criterio, aunque no lo conozcan. Hoy tienen que decirme si recuerdan lo que pasó la semana pasada, el viernes, después del almuerzo.”

La pregunta espantó a casi todos. Clara apretó los muslos contra la silla, sudor frío en la nuca. Se le había borrado ese día. Intentó asir recuerdos: la ensalada tibia en la sala de descanso. Hugo que habló sobre el coche. Julieta que respondió un correo, pero… ¿qué más? Nada.

Rosa insistió: “¿Recuerdan haber cerrado la compuerta de la sala de descanso?”

Todos miraron a la puerta, a Clara especialmente. Clara sintió un latigazo en la base de la columna.

“No… no, no recuerdo haberla cerrado, ¿por qué?”

“Porque la cerraron. Se quedó cerrada toda la tarde, y cuando la abrimos faltaba alguien.”

“¿Faltaba alguien?” Julieta apenas murmuró.

“Sí. Faltaba uno de ustedes.”

El orden de los horarios en la tableta de Rosa les decía que, entre las 15:21 y las 18:03, algún miembro del equipo no salió nunca de la sala de descanso.

El código N43 tenía una X en rojo.

La vibración volvió, bajo el suelo, casi como el canto del aire acondicionado, esa frecuencia tan baja que induce dolor de cabeza y piel de gallina.

Rosa respiró despacio. "N43 estuvo ahí, esperó que alguien abriera la puerta, pero nadie volvió."

"¿Quién es N43?" preguntó Hugo, con la voz cortada.

Rosa los miró. “Eso deberían saberlo. Trabajó aquí tanto como ustedes. Tenía un cubículo, salía a fumar cada dos horas, traía café barato en un termos.”

Ninguno pudo recordar la cara. El cubículo entre Clara y la impresora estaba vacío, sí, pero llevaba meses así. O años. Nadie supo nunca su número.

Se cruzaron miradas. Julieta tarareó un nombre, algo sin vocales. Hugo apretó los puños contra la mesa. Pero Clara, en ese instante, tuvo un recuerdo fósil: una conversación torpe en la sala de descanso, alguien (él, la voz de N43 encajada entre dos tartamudeos), preguntando cómo sacar la traba de la puerta. Y luego nada. Solo rumor de monitores, nunca más volvieron a hablarle.

"N43..." murmuró Clara. "Creo que una vez..."

Rosa interrumpió, más dura. “Todos son responsables. Aquí, la compuerta no se cierra sola. Aquí, uno se ocupa del otro. ¿Saben qué sucede si cierran la puerta y se olvidan de que falta alguien?”

Clara volvió a tantear la perilla. Cerrada.

“Se queda adentro. Y la oficina sigue. Y ustedes lo olvidan.”

Hubo un ruido detrás de la pared oeste. Un golpe sordo, rítmico, como si alguien rascara, como si arañaran la moqueta desde el otro lado. Se hizo el silencio. Rosa se levantó y paseó la mirada alrededor.

“Hoy decidirán si siguen adelante o si permanecen como N43.”

Clara intentó reír. Una broma de mal gusto, alguna estratagema de Recursos. Pero Rosa encendió la proyección. En la pantalla, una cámara de seguridad. La sala de descanso, apenas iluminada. El microondas marcando la hora: 15:42. En el fondo, una figura sentada espalda a la cámara. Cuerpo delgado, camisa gris, cabello corto. Se movía apenas: el pie temblando, los hombros agachados.

El rostro nunca se veía.

Primero se oyó un sollozo. Luego golpes suaves, apenas audibles. Un ritmo enloquecedor de espera. La imagen saltaba cada cinco segundos. La figura nunca se movía mucho.

Rosa pausó la cinta.

“Eso fue el viernes pasado. A las 17:59 la cámara se corta. Cuando volvimos a entrar, la sala estaba vacía. Pero desde entonces, algo cambió aquí.”

El zumbido bajo el piso, entonces, se hizo insoportable, una presión en el oído interno que obligó a Clara a doblarse ligeramente.

Rosa pidió las respuestas, una a una, preguntando de nuevo si recordaban haber cerrado la compuerta o visto a N43.

Hugo dijo no.

Julieta, “No, yo solo salí a rellenar mi botella y no vi a nadie más.”

Clara, “No lo sé…”

Entonces, la pantalla de la cámara volvió a encenderse sola. La sala de descanso seguía vacía, pero en la imagen algo se movía en la esquina. Una mancha oscura que no era sombra. Un nudo, creciendo, creciendo en la forma de una figura humana, sin rostro, solo negras oquedades y líneas temblorosas.

Rosa bajó la voz: “A veces solo nos olvidamos de alguien. Pero la oficina, la oficina nunca olvida.”

Los golpes tras la pared se hicieron más fuertes, el aire vibró al ritmo de una respiración.

Julieta se puso de pie, empujó la puerta. No se movía.

Hugo golpeó la cerradura.

Rosa solo miraba la pantalla: la figura en la sala de descanso ahora caminaba hacia la cámara, muy despacio, cada paso dejando la huella negra en la moqueta.

Clara sintió el tirón en su estómago, un grumo helado.

"¿Qué pasa si no abrimos?" murmuró.

Rosa no contestó.

La luz parpadeó.

Afuera del cristal de la sala de juntas, no se veía movimiento.

Los golpes en la pared se convirtieron en arañazos, como si fraguaran mensajes.

Hugo se giró, incrédulo, hacia Rosa.

“¿Qué quiere? ¿Quién es?”

Rosa apenas susurró: “Quiere que no lo olviden. Quiere quedarse con alguien.”

La figura en la pantalla ya ocupaba casi todo el marco; manos largas, dedos de más, rostro sin definir. El microondas, en el fondo, marcaba ahora las 9:09.

Clara intentó recordar, necesitaba recordar. ¿Había hablado realmente con N43? ¿Había existido?

Julieta sollozó.

En la pantalla, la figura levantó el brazo e hizo un ademán.

La puerta de la sala de juntas, finalmente, giró el cerrojo por dentro.

Rosa salió sin mirar atrás.

Julieta la siguió a trompicones, llorando.

Hugo, paralizado, se quedó mirando la pantalla.

Clara dudó, mirando por última vez a la sala de descanso de la cámara.

Hasta hoy, jura haber visto su propio reflejo entre el cristal y la figura, indistinguible.

La siguiente vez que entraron al piso el número de cubículos vacíos era uno mayor. Nadie podía precisar quién lo ocupaba antes.

Solo la vibración, día y noche, que bajo la moqueta sigue pidiendo por el que falta.

La oficina nunca olvida.

Nunca cierra la compuerta del todo.

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