Portada del relato La huella del polvo
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Fragmento:


La primera alarma fue sutil. Venía en forma de polvo.

Duración: 11:11

La huella del polvo
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Texto de ajuste de pausa.

Bajo la piel de las cosas

El padre de la esquina

Tenía apenas veintisiete años cuando me mudé al departamento de la calle Nogales. Había dejado atrás uno de esos romances enfermos, de los que una se cura con tiempo y con espacio propio. Mi nuevo hogar, en la planta baja de un edificio viejo y costoso, tenía ese aire a cosas intocables, objetos que parecen mirar desde el ángulo correcto. Las ventanas eran angostas, como si quisieran evitar ver demasiado de la vida exterior, y las paredes, a pesar de una pintura reciente, conservaban esa textura irregular de lo que se ha remendado demasiadas veces.

Era primavera, abril o mayo quizás, y durante los primeros días sólo disfruté la ausencia de muebles. Era como si el vacío a mi alrededor ahuyentara cualquier idea tenebrosa: ni ecos, ni sombras. Cocinaba pasta sobre una hornalla rechinante y comía novelas con el ansia de una recién liberada del amor.

La primera alarma fue sutil. Venía en forma de polvo.

Aquella mañana, al regresar del supermercado, había una franja oscura de polvo delineando las baldosas del pasillo. Me puse de rodillas a examinarla, una línea recta, pulcra, como si alguien hubiera deslizado los dedos sucios arrastrando minuciosamente el polvo acumulado. Pensé en niños traviesos, pero nadie en el edificio tenía hijos; la vecina del tercero era la más joven después de mí, y tenía cincuenta y ocho años. Cepillé la línea con un trapo húmedo y no le di mayor importancia.

La franja volvió a aparecer a la mañana siguiente, esta vez bordeando la base de la puerta de mi dormitorio. Pensé en las corrientes de aire que arrastraban suciedad, en grietas invisibles en el marco de la puerta. Supuse que algo similar ocurría en los pisos viejos que crujen bajo los pies de los fantasmas cotidianos: tuberías rebeldes, maderas hinchadas. Novia de la lógica, me prometí no caer en cuentos de terror hogareños. Me sentí ridícula.

Sin embargo, cuando la franja apareció nuevamente —y otra, en forma de una espiral minúscula junto al rincón del baño— comencé a dormir mal. Era como si algo estuviera marcando territorio. Cada noche, mis sueños se llenaban de muñecas roídas, piezas de ajedrez cubiertas de polvo, dedos que borraban rastros en la nieve gris.

Vivía sola, eso era parte de la gracia y también del desamparo. Cuando, a la tercera noche, noté que alguien había abierto la ventana de la cocina, empecé a pensar en pedir ayuda, aunque sabía que parecería paranoica. No había señales de robo, nada faltaba. Pero el cenicero estaba puesto boca abajo, las sillas de la mesa ligeramente desplazadas. Había ausencia de lógica, presencia de algo más: una repetición inexorable de detalles diminutos, como si alguien se tomara el trabajo de ser invisible pero imperfectamente meticuloso.

Llamé a mi madre. Contestó con ese tono cansado que usaba cuando yo tenía fiebre de niña.

—¿Has sentido alguna vez que te observan en tu propia casa? —le pregunté.

—Eso te pasa por leer tanto, Clara. Haz lo que dicen las abuelas: pon sal en las esquinas y duerme con la puerta cerrada. Y busca una cerradura mejor.

Detestaba el escepticismo materno, aunque en cierto modo me dio tranquilidad fingir que era superstición lo que dominaba mi casa. Siguió, sin embargo, la danza de los rastros diminutos: un vaso movido, una planta girada hacia el otro lado, el jabonero cambiado de sitio. ¿Hay algo más humillante que no atreverse a confiar en tus propios sentidos?

Comencé a sospechar de las paredes mismas. En una de las grietas que corría serpenteante desde el marco de la ventana hasta la esquina de la sala, introduje una hoja de papel intentando medir la profundidad. Imaginaba que podría haber ahí algún hueco, algún mundo secreto, aunque parezca ilógico decirlo así, como si alguien —o algo— pudiera morar entre las capas del yeso y la pintura desconchada. Esa noche, me resultó imposible pegar los párpados.

Al día siguiente, el polvo me esperaba afuera de la puerta principal. Alguien había dibujado, con gran paciencia, una figura de ocho prolongada, una pista de carreras interminable en miniatura. Me senté en el umbral y conté las vueltas. Había ocho repeticiones. El número me inquietó sin motivo aparente.

Esa tarde me encontré con la vecina del segundo, doña Rosa, una viuda de voz áspera y manos abultadas. Le pregunté si ella o el portero habían notado algo extraño últimamente.

—¿Extraño? Aquí siempre pasan cosas —dijo meneando la cabeza—. Mi marido juraba escuchar niños jugando en la escalera cuando ya no vivía ningún chico en el edificio. Tenía mala memoria, claro. Pero el polvo, ay, el polvo es otra cosa. Si no se lo combate con ferocidad, nos come. Así murió la doña Fernández, ahogada de polvo. Y eso que limpiaba más que nadie.

Me reí, porque era grotesco pensar que una pudiera ahogarse entre mota y mota. Pero la noche llegó densa y mullida, con el silencio sólo interrumpido por mi propio insomnio.

La puerta del armario crujió a las tres de la mañana. Me levanté, temblando, y encendí la luz. Nada fuera de lugar, excepto un reguero de polvo saliendo desde debajo. Saqué todo: sábanas, mantas, cajas llenas de fotos antiguas que mi ex había dejado allí. Y entonces, envuelta en tejido de araña y pelusa, apareció una muñeca de porcelana, delicada y rota, con la cara astillada y el torso rayado por alguna mano cruel. No era mía. Ni siquiera cuando era niña había tenido muñecas tan frágiles.

Cogí la muñeca con asco y la arrojé al cubo de basura. Me lavé las manos tres veces, con frío, encendí las luces de todas las habitaciones y me envolví en las mantas.

En la media luz antes del amanecer, alguien tocó el timbre. No era un golpe urgente ni amigable. Bajé los pies de la cama, caminé despacio. Nadie respondió cuando pregunté quién era. El portero, don Jesús, apareció al rato para comentar que nadie había entrado ni salido por el portal.

Aquella jornada el polvo fue aún más insistente, ocupando ahora la encimera de la cocina, los pomos de las puertas, el respaldo de mi silla favorita. Como si el departamento estuviera siendo sacudido desde dentro, y lo que se desprendía era la capa superficial de una cosa mucho más vieja y profunda.

Durante cuatro días evité la casa, alegando trabajo impropio, visitando cafeterías y librerías en las que podía respirar un aire neutro, sin huella. Pero en algún punto el exilio termina.

Volví el miércoles, decidida a enfrentar el desastre. Adentro todo parecía en orden, un orden de catálogo, frío. Pero un olor metálico impregnaba el aire; algo escondido, algo que quería disimularse bajo el leve perfume a jabón de lavanda que solía esparcir con generosidad.

Avancé hacia el dormitorio. En la almohada, alguien había escrito la palabra REGRESA, dibujada con polvo y pelusa en mi funda blanca. Estuve a punto de desmayarme, pero la ira fue más fuerte. Abrí las ventanas, grité amenazas a un vacío imposible. Me senté en el suelo y lloré como una niña que no entiende la trampa del universo.

Pensé en el anterior inquilino. Recordé que en la agencia no me detallaron mucho del pasado del departamento, ni de sus ocupantes previos. Decidí visitar a doña Rosa, por primera vez no por cordialidad sino por miedo, ese miedo que te obliga a buscar testigos, cómplices, realidades compartidas.

—Aquí no le gustaba vivir a nadie —dijo la anciana mientras hurgaba una taza de café con la cucharilla—. Antes había un señor mayor. Nadie lo visitaba, pero a veces decíamos que hacía compañía porque siempre hablaba solo, y con voz fuerte. Un día se lo llevaron. Nadie supo si muerto o enfermo, pero después viene usted. Y ahora me cuenta estas cosas… Mire, si fuera usted, llamaba a un cura, o a quien sea.

Volví a casa convencida a no ceder ante el delirio. Siendo escritora, uno teme volverse narradora de su propia destrucción.

Esa noche, el ruido vino desde dentro de las paredes. Un roce, un rasguido. Como uñas o dedos, pero más torpes, menos animales. Alarido contenido de la vieja madera, protestando, revelando algo empujado durante años hacia las capas de yeso.

No dormí. A la mañana siguiente, mis ojos eran dos grietas. Del baño emergía una sombra, no una sombra real, sino una falta de claridad, un movimiento detenido. Cada cosa —los platos, los libros, el jarrón de flores secas— parecía ocupar un lugar inexacto, diferente al habitual por milímetros. Y el polvo. Siempre el polvo, como una polvareda interna que nunca podía ganarle a la limpieza.

Cansada de la tortura leve pero incesante, decidí abandonar la casa por unos días. Rellené maletas al azar, cerré el gas, apagué la nevera. Llamé a una amiga para decirle que me quedaría con ella. Antes de salir, me vino la necia intuición de mirar por la mirilla, aunque el pasillo debía estar vacío.

Vi, pegado a mi puerta, a alguien, o a algo, de perfil. No era un vecino, ni siquiera un ser completo: era la sombra de alguien antiguo, desgastado, como una mancha de humedad. Su contorno, cubierto de polvo, se adhería a la madera como un decalque. Tenía orejas grandes y desproporcionadas. No exhalaba calor, pero el aire se volvió frío de golpe. Retrocedí, sin aliento.

No sé cuánto tiempo pasó. Cuando volví a mirar, la figura se había esfumado. Abrí la puerta, maleta en mano, y el pasillo estaba vacío. Pero en el suelo, justo ahí donde esa sombra se había apoyado, había una franja de polvo reciente y nítida, la marca de alguien que nunca se fue del todo.

Al salir pisé el polvo, tratando de borrar el último vestigio. Sentí, sin embargo, que la suciedad se adhería a mis zapatos, a mi piel, como si la casa me retuviera un instante antes de dejarme ir.

No regresé nunca, pero durante semanas llegaba a la casa de mi amiga y encontraba motas de polvo en mi cuarto, dibujando figuras caprichosas: un ocho, una palabra, un círculo diminuto. Dormía con la luz encendida.

A veces, cuando el sol se cuela por la ventana, veo bailar en el aire partículas de ese polvo extraño y tibio que no parece de ninguna parte. Pienso en la casa de la calle Nogales, en las huellas invisibles que habitan todos los lugares donde la soledad y el tiempo se dan la mano. He aprendido a no limpiar demasiado, a dejar polvillo en las esquinas, como un pacto cobarde con lo que no se ve.

Hay terrores pequeños, domésticos, que se alojan bajo la piel de las cosas. No hacen ruido ni amenazan con gritos. Simplemente esperan, acurrucados en el polvo. Cada vez que algo se mueve de sitio sin razón aparente, me quedo quieta, casi paralizada, esperando ver si la huella es humana, o de ese otro, más paciente y perpetuo, que no necesita más que tiempo y olvido para regresar.

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