Fragmento:
Eran patadas apagadas, como si algo se moviera dando vueltas. Bajé armado con una linterna y una pala vieja encontrada junto a la leñera. No había nada abajo. Sin embargo, el aire pesaba con un aroma a humedad vieja y otra cosa más: algo agrio, demorado, que me revolvía las tripas de un modo que no sabía explicar. Busqué alrededor, pero nada. Decidí no mencionarlo cuando Jude llamó al día siguiente para saber si tenía leña suficiente.
Duración: 10:42
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Había que cruzar casi veinte kilómetros de bosque para llegar a la cabaña. Justo donde la civilización se volvía susurro, donde las copas de los píceas y abetos pesaban como un océano sobre las peñas y la turba. No me importaba aquel aislamiento, incluso lo buscaba, lo necesitaba para trabajar. Quería comprender la apariencia de las cosas más allá de su superficie, y en la quietud del confín, me habían dicho, podía obsesionarme sin interrupciones. Al menos así lo pensé cuando Jude, un conocido, me ofreció su propiedad al norte de Jericó, un agujero de pueblo en el corazón de los Adirondacks.
Ni siquiera escribí un mensaje de despedida a Emely, ni a mis padres. Solo metí ropa, mis cuadernos, un par de frascos de sedantes y una botella, por si el insomnio era peor de lo habitual. El viaje de llegada se borró bajo la bruma de árboles incesantes. Tantas curvas y ninguna referencia, salvo las señales destartaladas y las ocasionales manchas de sangre en el asfalto frío y solo.
La cabaña en sí era un rectángulo deformado y oscuro. Jude me dejó las llaves bajo una piedra, con una carta en letra apretada y, lo supe de inmediato, titubeante. “Si el glaciar hubiera avanzado otros cien metros, ni Jericó existiría”, decía. “Presencia el bosque, no lo mires, no lo escuches”. Era su manera de advertir y explicar a la vez.
La primera noche, la soledad rugió incluso a través de la madera densa de las paredes. Ni el fuego en la chimenea ni el licor me salvaron del susurro constante del viento. Y aun así, empecé a escribir. Me costó más de lo que esperaba. No encontraba un ritmo; todo se sentía como deriva en un océano cuya superficie era puro reflejo oscuro. Escribir o dormitar, soñar o pensar, carecía de sentido o distinción.
Fue esa primera noche cuando oí el ruido en el sótano.
Eran patadas apagadas, como si algo se moviera dando vueltas. Bajé armado con una linterna y una pala vieja encontrada junto a la leñera. No había nada abajo. Sin embargo, el aire pesaba con un aroma a humedad vieja y otra cosa más: algo agrio, demorado, que me revolvía las tripas de un modo que no sabía explicar. Busqué alrededor, pero nada. Decidí no mencionarlo cuando Jude llamó al día siguiente para saber si tenía leña suficiente.
Las noches fueron consolidando su impermeabilidad. Una sola ruta, tal vez más vieja que la propia roca, descendía desde el claro trasero hacia la ribera de un estanque hundido. Durante el día, la niebla flotaba siglos sobre la superficie, y las ranas nunca croaban. En vez de eso, se oían chirridos como el restallar de ramas huecas o el crujido de huesos diminutos.
Dediqué los primeros días a vigilar el exterior; exploré el claro, caminé hasta la carretera y volví. Pero siempre regresaba esa impresión de que algo palpitaba desde el fondo de aquel estanque. Lo vi más de cerca una tarde de neblina: apenas un reflejo, como una miríada de burbujas subiendo, pero nunca alcanzando la superficie.
Una semana después, encontré la piedra. Pasado el cenit de la tarde, bajé al borde del agua para sentarme. Escarbando con el pie junto a la raíz de un nogal, noté la superficie curvada de granito oscuro. Pensé en moverla, pero no cedía: era enorme, la superficie exterior pulida y enterrada. Solo una grieta mínima permitía entrever una zona hueca bajo su base. Al tocarla, la carne de mis dedos se llenó de un ardor frío, como escarcha bajo la piel.
Esa noche, algo raspó la puerta trasera. Supuse que era un mapache o zorro. Sin embargo, al mirar por la ventana, noté una forma arrastrándose, retorciéndose como un manto de ramas húmedas, hasta perderse entre los helechos. Dormí poco y mal. A las 3:17 am, volvieron los golpes en el sótano y, por primera vez, oí un susurro en mitad del zumbido de los tubos: una palabra que casi no entendí, formada de sílabas rotas, arrastradas.
El día siguiente fui al pueblo, buscando un poco de conversación humana. Jericó lucía clavado en la niebla perpetua, con solo una tienda abierta y un bar anquilosado bajo rótulos desteñidos. Pregunté a la anciana tras el mostrador por la cabaña de Jude. Al oír “el estanque”, apretó los labios y marcó el total en voz baja.
—La piedra. Está ahí desde antes que mi abuelo llegara. —Susurró, su mirada escurriéndose hacia la ventana empañada por la humedad—. No se debe tocar. Ni mirar fijamente el agua, hijo. El agua devuelve la mirada.
Volví por pura necedad y porque aún creía en lo racional. Esa tarde fue la primera y última vez que intenté escribir sobre otra cosa. Mis apuntes derivaban una y otra vez hacia la piedra y el estanque, los sueños de niebla aplastada y las formas retorcidas.
Esa noche el sueño me trajo imágenes abyectas. Rompí una costra de barro y raíces para emerger al fondo de una caverna, donde las piedras estaban dispuestas en un círculo inhumano. Sobre ellas, cuerpos en posturas imposibles. Los ojos de los muertos giraban bajo la piel, buscando hacia el techo de la gruta mientras una mancha de agua negra descendía desde la bóveda, avanzando hacia mí con la cadencia de un coro de voces susurrantes. Desperté empapado en sudor y con una punzada en el costado, justo encima de la cadera.
Al encender la linterna, la luz parpadeó y se fue. Permanecí una hora envuelto en absoluta oscuridad. Juro que en ese lapso oí pasos, varios pies desnudos sobre madera vieja, desplazándose lentamente hacia mi cama.
Tardé tres días en dormir otra vez. Me mantuve a fuerza de café negro y cigarrillos, obsesionándome con la piedra bajo el nogal. Traté de excavar, pero la pala se dobló; la tierra a su alrededor palpitaba despacio, como si algo respirara debajo. Al caer la tarde, el estanque pareció reflejar no el bosque, sino otra extensión: una llanura gris y aplastada de cordilleras imposibles, bajo un cielo donde los planetas cruzaban con lentitud sepulcral.
Esa noche, en el límite de la vigilia, una voz vino a mí desde las propias vigas. No era humana, pero tampoco animal: era múltiple, un murmullo coral preparando mi mente para algo. Decía palabras que reconocía a nivel de médula: “DESPIERTA”, “ENRAIZA”, “DA LA VUELTA”.
Me levanté al amanecer siguiente y, sin apenas voluntad, me encaminé hacia el estanque. No sentía el cuerpo, sólo aquella voz de fondo, insistente. Al llegar junto al nogal, vi que la piedra, ahora claramente un fragmento de algún menhir o altar, estaba rodeada de hendiduras apenas visibles: una runa circular. Tuve un impulso primitivo de retroceder, pero mi carne no respondió. Las raíces del nogal parecían moverse, entrelazadas con otras, de un negro violáceo que no era de este mundo.
La superficie del estanque apenas vibraba. Sin atreverme a mirarme, avancé hacia el agua y su reflejo. En vez de mi rostro, vi una segunda imagen: no de carne ni hueso, sino de algo plano e inconsistente, formado de sombras hiladas y luces atrapadas. Tras ese reflejo sobresalía la silueta de una multitud, congregada en círculo, realizando una ceremonia con movimientos oscilantes, cadenciosos, primordiales y agónicamente lentos.
En el centro de ese círculo, una grieta se abría en la tierra. No era pozo ni cueva, sino un hueco en la realidad misma. Desde ese abismo ascendía, reptando, una sombra informe, como una parodia de todos los seres vivos ensamblados y descompuestos a la vez. Tenía cientos de ojos, bocas convulsas y manos fusionadas, que señalaban directamente hacia mí.
La visión se quebró con una ráfaga de aire fétido y antiguo. La piedra bajo mis pies comenzó a brillar desde dentro, el calor a quemar mi talón. Caí de rodillas, y entonces todos los sonidos del bosque desaparecieron de golpe. Nada, excepto el flujo viscoso de algo líquido y antediluviano que ascendía, burbujeando bajo la tierra.
Cuando desperté, estaba tendido en la orilla, los pantalones y la camisa hechos jirones, la boca reseca como ceniza. En mi costado, justo encima de la piel, una figura grabada: un círculo de piedra rodeado de raíces enroscadas, hecho de sangre y barro. Al presionar, el ardor regresó, subiendo como un frío alienígena hasta mi cerebro.
En la cabeza solo había una orden transmitida no en palabras, sino en pulsos: “Recuerda”. Y recordé. No el pasado común, sino otro: aquel en el que la humanidad nunca existió, en el que el bosque, el estanque y la piedra eran apenas la superficie de un ser arcaico durmiendo bajo el tiempo. Veía a los que llegaban, los que se asentaban en la punta de América, trayendo su lenguaje y su ignorancia. Veía los sacrificios y las ceremonias: cosas impresionantes, articuladas en horror y misterios opacos.
Volví a la cabaña arrastrando los pies. Llamé a Jude, pero contestó la voz rasposa de un anciano: “No se puede huir del círculo. Solo puedes orbitar, igual que todos los otros antes que tú. Mira bajo tu piel; la sima ha despertado.”
La electricidad murió. Afuera, la niebla se espesó hasta la solidez, envolviendo la casa y la percepción como un envoltorio húmedo y apretado.
Escribo esto con los dedos convulsos. En la puerta han comenzado los golpes. No sé cuánto tiempo pasó desde que ellos, los que me observaban desde el estanque, empezaron a entrar. No son cuerpos: son ideas arrastrándose, ganas fosilizadas de otro universo. A veces, cuando cierro los ojos, me asomo al otro lado de la grieta, y presencio a los verdaderos habitantes del abismo, esperando su turno para serpentear entre mis huesos y mis recuerdos.
La piedra brilla desde el sótano. Sé que pronto arderá bajo mi carne. Escucho mi nombre susurrado en una legión de voces, repitiéndose en un idioma imposible.
Si alguna vez encuentras esta carta, no cruces el bosque después de Jericó. No mires el agua ni trates de excavar la raíz. Somos sombras orbitando una verdad que no debía despertarse. El círculo nunca se cierra, pero sí arrastra. Yo... he dejado de ser solo uno. Ya no me pertenezco.
Y la noche, afuera, espera su turno.
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