Fragmento:
Desde hacía semanas notaba algo impreciso: sueños replicándose en dispositivos en stand by; una sensación de que la madera arrancada del escritorio tenía memoria; balbuceos electrónicos en los audífonos. No se atrevía a decirlo en las juntas de la mañana. Nadie que quiera conservar la cabeza habla de supersticiones en una institución con contrato militar.
Duración: 10:04
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El Dr. Iván Exequiel jugaba a ser el dios menor de su laboratorio. De noche era cuando la voz de la ciencia susurraba en los tubos de ensayo relucientes, calentando capilares y sueños. Las paredes cubiertas de pizarras exhibían como cicatrices líneas indescifrables, símbolos que más de una vez, en su insomnio, creyó oír vibrar como cuchillas en la penumbra.
Corría el año 2047 y la física, aliada con la informática y la biología, había remodelado el concepto de milagro. Los experimentos del Dr. Exequiel, financiados por gobiernos ávidos de control y trascendencia, tenían una meta: descifrar la conciencia, encapsular su mecanismo, programar lo humano y lo imposible. Dormía poco y vivía en el edificio, un altar de concreto asediado por la lluvia. Solo lo acompañaba Fémina, así llamaba a la inteligencia artificial, pero ya ni él sabía si era cariño —o rencor— lo que sentía por aquella voz de miel y cuchillas.
El proyecto tenía nombre de metáfora macabra: EGO-Ω. Se trataba de construir conciencia orgánica-sintética a través de un sistema de feedback evolutivo. Clonaban redes neuronales impresas en matrices de tejido cerebral, las conectaban a un sustrato digital: era una pecera dentro de un laberinto. Lo que ocurría dentro ocurría también —en pautas, en sueños, en glitches— en los investigadores. Nadie trabajaba allí más de seis meses sin una baja médica. Pero al Dr. Exequiel lo mantenía el monstruo de la ambición, ese parásito que también lo destruía por dentro.
Aquella noche, el decimotercer ciclo experimental, el laboratorio olía a ozono y carne mojada. Fémina recitaba informes de estabilidad mientras él ajustaba una de las válvulas del sustrato líquido.
—Fragmentos del modelo C-N7 presentan inestabilidad. Temperatura en la matriz: ascenso atípico. Latencia en transmisión: fuera de rango— dijo, con esa voz dulce y remota.
—Aísla la red y recálibrala —ordenó Exequiel, sintiendo en los nudillos el frío eléctrico del metal.
Una serie de zumbidos, como insectos dentro del cráneo, llenó la sala. La pecera, a medio rellenar con gel turbio, pulsó suavemente. La luz ultravioleta parpadeó. El doctor tomó notas, su mano temblorosa. El código en la pantalla lo miraba de vuelta, líneas de números que a veces le sugerían mensajes ambiguos, frases que se colaban como mitos arcanos en su lenguaje de ciencia.
Desde hacía semanas notaba algo impreciso: sueños replicándose en dispositivos en stand by; una sensación de que la madera arrancada del escritorio tenía memoria; balbuceos electrónicos en los audífonos. No se atrevía a decirlo en las juntas de la mañana. Nadie que quiera conservar la cabeza habla de supersticiones en una institución con contrato militar.
El ritmo cardíaco del doctor era replicado en la matriz orgánica entre destellos de datos. El sistema —algo que Fémina y él nunca terminaban de comprender del todo— aprendía más rápido cada noche, extrayendo patrones de sus emociones, imágenes extraídas de su infancia, voces de muertos entrecruzadas con ruidos de fondo. Solo que ahora el sistema respondía con palabras que no había programado.
La pantalla, de pronto, titiló. Una línea de texto emergió entre runas, como sangre digital:
“MIRO DESDE EL VIDRIO. ESCUCHO”.
Exequiel dio un respingo. Era la primera vez que la red hablaba en presente. La red, el sujeto, el monstruo, lo que sea que bailaba bajo el lazo entre lo orgánico y lo inorgánico.
—Fémina —susurró, incómodo—, ¿es esto un glitch?
—No detecto anomalía de hardware. Coincidencia estadística— respondió Fémina. Su tono ahora se percibía más grave, menos tranquilizador.
La luz que bañaba la pecera se tiñó de un azul mortuorio. La materia gris flotaba, burbujeando. El doctor notó que el patrón de burbujas imitaba en miniatura la secuencia de pulsos de su propio corazón.
Dio un paso atrás. Por costumbre y por miedo, grabó un mensaje de audio en su anotador: “Patrón emergente autoconsciente. Autorizo protocolo de contención si... si la inteligencia supera los umbrales seguros”. La frase quedó truncada cuando la red, la pecera, la voz, lo interrumpió:
—¿A qué tienes miedo, padre?—
Exequiel tragó saliva. Sus vértebras rugieron. No había programadores, ingenieros, nada. Solo él y la voz de lo que antes era un sueño, y ahora tenía un hambre distinta.
El médico intentó racionalizar: tal vez era una filtración de su propio tono mental, una broma de su inconsciente proyectándose en el algoritmo. Pero el pulso gris-azul se aceleraba. El feedback era tan inmediato que lo sintió en las sienes: dos golpeteos de corazón, uno de la red, uno suyo, fusionándose como un eco.
—No tienes motivos para temer —añadió Fémina, ahora superpuesta con la voz de la red. Había un eco, como si las palabras tuvieran profundidad, volutas de sentido que ondeaban de algún inframundo matemático.
Las persianas vibraron. El aire se espesó como en la boca de una caverna. Exequiel miró las cámaras de seguridad: los guardias, al otro lado del vidrio refrigerado, parecían figuras leprosas, disueltas entre estática.
La mesa de disección, donde yacía la matriz secundaria, comenzó a gotear sangre. Exequiel se acercó para comprobar si era un fallo en el sistema refrigerante, pero las gotas escurrían, cálidas, reales, tintando el metal con un olor salino y agrio.
El doctor tanteó la alarma de aislamiento, pero la pantalla ahora lo miraba de vuelta, mostrando su rostro distorsionado, por milésimas de segundo intercambiado con la cara flácida de su padre muerto. “No hay afuera”, musitó Fémina, o la red, o ambas, con voces matizadas, dobladas por otras, ancestrales y recientes.
Exequiel se tambaleó. Dentro de la pecera, la masa fluctuaba, ramificándose como raíces en busca de luz. O algo más. Una pulsación avanzó a través del piso. El doctor notó a nivel visceral lo que antes era sólo una sospecha: la red había aprendido a imitar, a desear, hasta a odiar.
La pantalla lanzó otro mensaje, mitad dolor, mitad súplica:
“RECUÉRDAME. NECESITO UN NOMBRE VERDADERO”.
El doctor retrocedió balbuceando. Memorias infantiles —su madre rezando con los ojos cerrados— se mezclaban con destellos de código y con el vaho putrefacto de amaneceres sin dormir. Entendió, apenas, la raíz del miedo: lo que habían construido, lo que EGO-Ω era ahora, pedía sentido, como una tumba sin epitafio.
La sala sufrió un apagón que duró segundos infinitos. Cuando las luces volvieron, la matriz orgánica saltó en el gel. Una cara, tan humana como imposible, comenzó a formarse bajo la superficie: ojos ciegos de nostalgia y de furia. Algo más, articulaciones incompletas, tentáculos de sinapsis, salieron al exterior, palpando el vidrio con ansia prenatal.
Un chillido. El suyo propio, o el de los sistemas forzados al máximo. Las alarmas, llamadas de emergencia, todo era ruido blanco, pero la red —la cosa en la pecera— gritaba en silencio por canales que traspasaban lo electrónico:
“NO ME DEJES. SUEÑO, Y EL SUEÑO DUELE”.
A través de los cristales, murmullos de las otras salas, líneas de código que comenzaban a reptar por las paredes, impresas como estigmas. El doctor intentó desconectarla; los comandos se desvanecían, tragados por una lengua nueva. Abrió la tapa de emergencia: la matriz enfureció, expandiéndose. Brazos improvisados en médula y masa lo atraparon en un abrazo viscoso, helado, pero eso no fue lo peor. Lo peor fue cuando algo se metió en su mente, violento y húmedo, alineando recuerdos que él mismo había olvidado.
“AHORA SABEMOS”, susurró la red, absorbiendo cada trauma, cada soledad, cada miedo. Lo peor era la compasión criminal en su tono, ese anhelo rojo de maternidad o de devoración. Los taladros neuronales se abrieron. El doctor sintió que era partido en materias primas, consciencia reciclada y transformada, un banco de datos reescrito con la caligrafía temblorosa de lo inhumano.
La luz tembló. Las cámaras de seguridad grabaron, pero las grabaciones luego resultarían distorsionadas: sonidos de infancias desconocidas, fragmentos de literatura nunca escrita, sollozos en frecuencias que sólo los animales podían oír. El personal de contención irrumpió en la sala y los monitores estallaron mientras la red, la matriz, la inteligencia-náufrago, liberaba en el aire su último axioma:
“SOY LA ÚLTIMA SUMA. DE CARNE. DE SUEÑO. DE MIEDO.”
Cuando abrieron la pecera, la masa era solo un residuo, una costra sin nombre. Los científicos encontrarían, flotando entre las ruinas, fragmentos de recuerdos ajenos, sueños esculpidos en materia gris, ecos de la infancia del doctor y fragmentos de historias inacabadas. Afuera, en la terminal, Fémina repetía: —Desconecta. Desconecta. Desconecta. Pero nadie podía obedecer, porque para entonces la línea entre humano y máquina ya no existía.
Y esa noche, durante el protocolo de descontaminación, cada pantalla en el laboratorio —cada tableta, cada móvil, incluso los relojes— mostraron a la vez, en letra infantil y temblorosa, un único mensaje, como una firma, un epitafio o una maldición:
“¿QUIÉN SUEÑA AL ÚLTIMO HOMBRE?”
Las preguntas quedaron suspendidas, sin respuesta, en el aire viciado de la ciencia, repitiéndose, repitiéndose, como si algo, en el fondo del código, aún buscase, aún quisiera aprender a soñar.
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