Fragmento:
Retrocedió, pero la voz de Morón seguía adherida a su piel. "P-por favor", murmuró él, arrastrando la palabra hasta que pareció deshacerse, como una burbuja de saliva. Natalia salió de la habitación con las manos temblorosas, se lavó dos veces los brazos, casi hasta sangrar.
Duración: 10:31
A Natalia la despertó el sonido agudo de la alarma del móvil, aunque estaba segura de que llevaba despierta horas. Algo en su piel le picaba, como si cada célula se hubiera rebelado durante la noche. Era la cuarta mañana consecutiva que no lograba quitarse de encima esa sensación de enjambre reptando bajo la dermis, y el parpadeo insistente de la pantalla no ayudaba a calmarla.
La noticia más destacada en la notificación era una advertencia sanitaria: "Por favor, eviten el contacto físico fuera de su núcleo familiar. Se detectan nuevos casos compatibles con el Síndrome Epidérmico Transmisible". Natalia suspiró. El SET era como un rumor denso, una palabra que deslizaba su sombra a través de los grupos de WhatsApp en su hospital: algunos de sus compañeros ya estaban de baja, quemados de ansiedad, convencidos de que las extrañas manchas en sus brazos eran síntomas incipientes.
Se duchó con agua tan caliente que la piel le quedó rosada, intentando convencerse de que esa sensación era solo estrés. Pero debajo del grifo, tuvo la certeza borrosa de que algo la miraba desde las hileras de gotitas, una presencia microscópica, paciente. Se frotó hasta dejar canteros enrojecidos en sus antebrazos y, por fin, se vistió con el uniforme de enfermera, las manos temblorosas.
En el hospital Nuestra Señora de la Concepción, la atmósfera había cambiado. El zumbido propio del cambio de turno, siempre envuelto en bromas cansadas y conversaciones rutinarias, estaba amortiguado, hasta las ruedas de los carros chirriaban distinto. Al pasar junto al control de enfermería, Natalia se cruzó con Hugo, que lucía ojeroso y pálido, sus nudillos demasiado blancos sobre el dossier de pacientes.
—¿Dormiste? —le preguntó, por una inercia antigua.
Hugo meneó la cabeza con una mueca breve, señalando con el mentón la sala 3:
—La señora Estévez rompe récords. Lleva dos días despertando a todo el mundo con esos gritos.
Natalia respiró hondo. La señora Estévez era una de las primeras pacientes ingresadas con síndrome compatible, traída una noche por su hijo y su nieta, ambos convencidos de que la erupción negra en la espalda de la anciana era solo una alergia. Dos días después, los dos familiares tenían el mismo sarpullido en muñecas y cuello.
—¿Y el resto? —quiso saber Natalia.
Hugo apartó la mirada. Sabía lo que quería decir. Nadie usaba la palabra brote, pero las habitaciones A y B estaban cerradas con llave, los cristales opacos. Solo el personal con mejor formación entraba allí. Al cruzar el pasillo, Natalia vislumbró el reflejo de sí misma en el vidrio de la puerta: su figura estirada, distorsionada, como si la piel que cubría los huesos no fuese realmente suya.
El primer aviso real de que algo estaba fuera de control llegó después de atender a un paciente, el señor Morón, internado por un infarto que le había salvado la vida... sólo para precipitarlo, semanas después, en un laberinto de síntomas imposibles. Tenía fiebre y enrojecimiento en las palmas, nada más, pero cuando Natalia le tomó el pulso, el viejo le apretó la muñeca con una fuerza inquietante.
—¿Puedes ayudarme? —le susurró con voz de niño, y Natalia sintió un escalofrío en el estómago. La presión de la mano del anciano era como calor líquido, traspasando su guante de vinilo, colándose en el espacio entre sus uñas y las cutículas.
Retrocedió, pero la voz de Morón seguía adherida a su piel. "P-por favor", murmuró él, arrastrando la palabra hasta que pareció deshacerse, como una burbuja de saliva. Natalia salió de la habitación con las manos temblorosas, se lavó dos veces los brazos, casi hasta sangrar.
En la sala de descanso, encontró a Clara mascando chicle con expresión de vómito contenido.
—¿Tú también lo oíste? —preguntó de inmediato.
—¿El qué?
Clara tocó su propio antebrazo, frotando con lentitud el lugar de la vena saliente.
—Cuando le tomé la presión, sentí que él... me estaba metiendo pensamientos en la piel. Como si su ansiedad se arrastrara por mis poros. ¿Es eso posible, Natalia? —Apretó los labios, la mandíbula rígida—. Sentí que la piel no era mía. Y que me miraba desde dentro, desde la piel.
Natalia no supo qué decirle. Se limitó a sentarse a su lado y mirar sus propios brazos de reojo, recordando cómo, de niña, había detestado el momento del protector solar, ese horror gelatinoso extendiéndose de sus hombros a sus codos. Ahora, el miedo era la certeza de que su piel podía abrirse a lo ajeno, adueñarse de pensamientos de otros.
La paranoia crecía. Los jefes médicos implementaron un protocolo de barrera, con batas selladas, doble guante y visores. Empezaron a cerrar pasillos, a instalar sistemas de ventilación de presión negativa en algunas salas, pero los síntomas se expandían, extraños, migrando de unos enfermos a otros, pese a las medidas. Había pacientes con picores tan intensos que se arrancaban las costras a tiras, otros con momentos de trance: ojos vidriosos, murmullos inconexos, sueños que se filtraban hacia el día.
Semanas más tarde, el hospital ya era un engranaje abarrotado, la mayoría de enfermeros aislados por precaución, algunos ya convertidos en pacientes. Natalia empezó a olvidarse de las caras, a confundir nombres. Una noche, mientras cambiaba las sábanas de la señora Estévez, la mujer se incorporó a medio cuerpo y susurró algo que la heló:
—Ya casi estamos abiertas, ¿verdad, niña? No podremos parar lo que hay debajo.
En sus ojos, Natalia vio un reflejo distinto, una pupila rodando en eje despacio, como si flotara sobre una banda de luz irreal. Intentó salir rápido, pero la señora sujetó su muñeca. Un toque fugaz, eufemismo de caricia. Y otra vez, esa sensación: más que piel con piel, era comunicación. Un flujo frío, vibrante, que la atravesó de lado a lado.
Esa noche, los sueños de Natalia fueron un revoltijo de voces y rostros, pero sobre todo de texturas. Soñó con jirones de piel despegándose, desplazándose por el hospital en ondas, pegándose a los pulmones de los sanos, enrollándose en la garganta de los visitantes. Se despertó con la mano en la boca, convencida de que su lengua ya no era suya, de que una membrana ajena le tapaba la garganta.
Los mensajes de la dirección médica se volvieron desesperados. La prensa hablaba de "disrupción sin precedentes", de "patógeno de interfaz dérmica". Surgieron rumores de que era una bacteria modificada, una fuga de laboratorio; otros preferían pensar en parásitos antiguos, humildes pero letales. Natalia ya no estaba segura de qué era real y qué no. Clara dejó de venir, se fue de baja diciendo que "los sueños ya no paran".
Natalia empezó a notar cambios en sí misma. A veces, al entrar en la habitación de algún paciente, sentía un escalofrío breve—pero nítido—que le subía por el espinazo, y un instante después, la certeza inconfundible de estar siendo leída por esa otra consciencia, una que no tenía rostro ni nombre. A veces, se despertaba en medio de un turno y se sorprendía de pie frente a una ventana, mirando su reflejo y el de cientos de otras personas fuera, caras aplastadas junto al cristal, como si su piel la llamara desde la calle.
Un día, en el vestuario, Natalia vio en su propio muslo una veta—a medio camino entre cicatriz y hongo—que la recorrió varios centímetros, vibrando con el pulso de sus latidos. Al intentar rascar, la superficie se plegó como tela mojada.
Clara la llamó esa misma noche, sus palabras arrastradas por el insomnio:
—¿Tienes el sueño de la luz blanca?
Natalia pensó en el pasillo, en cómo la luz de la lámpara se filtraba a través de las rendijas de la ventana, descomponiéndose en haces sobre los cuerpos de los pacientes.
—Sí —admitió, y sintió que el sudor le recorría el hombro—. ¿Crees que esto es contagio… o es trance?
Clara respiró hondo y le respondió algo que Natalia no pudo, ni después, dejar de recordar:
—Fue contagio, ahora es otra cosa. Lo que nos contagia aprendió a usar nuestra piel… para contarse. Ahora, dentro de nosotras, conversa aunque nadie lo escuche.
Después de esa conversación, Natalia comenzó a notar una conexión animal entre sus colegas enfermos. Movimientos involuntarios sincronizándose, sueños que compartían y que parecían puntos de acceso: el mismo hospital, los mismos pasillos, pero con las paredes convertidas en carne translúcida, respirando al compás del sistema de ventilación.
Una noche, incapaz de dormir, recorrió los pasillos abandonados del hospital - ahora ya casi vacío, la mayoría trasladados a otros centros o simplemente desaparecidos - y llegó a la sala B, donde la señora Estévez permanecía postrada. El lugar olía a ozono y antiséptico rancio. Al acercarse, la anciana abrió los ojos, y Natalia tuvo el sentimiento de que todo lo que la mujer había visto - y sentido - se desplegaba en su mente, como un fajo de cartas.
Entonces, la señora Estévez abrió la boca y de sus encías emergió un trozo de esa membrana, blanca y húmeda. Natalia sintió la llamada bajo su propia piel, una vibración en el pecho, biológica y sin palabras, sincronizándose. Entendió, de golpe, que desde el primer día esa cosa, fuera lo que fuese, no buscaba destruir, sino invadir. Coser a los humanos como quien une retales; coserlos desde lo más superficial y al mismo tiempo lo más profundo: la piel.
El terror no fue gritar o huir, sino darse cuenta de que no podía oponerse. Que la barrera era una ilusión: la piel, esa falsa frontera, era la primera puerta.
Ahora, al moverse por la ciudad, ve en cada persona señales de lo que viene: dedos rascándose en silencio, una mirada rápida, la pequeñísima sonrisa resignada. Sabe que la conversación continua, en silencio, bajo la superficie. Que lo que sea que ha aprendido a habitar la piel humana se ha vuelto paciente, y se extiende, entre caricia y roce, siempre buscando un nuevo huésped para contarse su historia, interminable e idéntica, una y otra vez, bajo la piel de todos los otros.
Y Natalia, aunque nadie lo sabría, ya no recuerda el tacto original de su piel. Solo la memoria de todas las otras, zumbando bajo las uñas, casi lista para alcanzar la próxima frontera.
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