Portada del relato La carne fiel
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Fragmento:


No supe qué responder. El ansia sombría del Doctor parecía contagiosa y me dejó una vaga opresión en el estómago. Transcurrieron los días, y las actividades, lejos de permitir el alivio, se tornaron más execrables y sucias. Un hedor a cal y putrefacción se instauró aun en mis ropas. No había noche que Angust no descendiera al sótano a experimentar con materiales que yo preparaba sin mirar directamente: cerebros, nervios largos como serpientes, fragmentos de columna vertebral que llegaban en paquetes envueltos en arpilleras húmedas.

Duración: 09:48

La carne fiel
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Texto de ajuste de pausa.

Se dice, en estos tiempos de anhelos sin dios, que la ciencia es la nueva luz. Se adora la lógica fría y se esbozan fórmulas donde antes sólo había plegarias. Sin embargo, yo he vivido lo suficiente para atestiguar el naufragio de toda fe que no encuentre su frontera en el horror, y es mi fortuna -o mi castigo- relatar la experiencia que me ha dejado con este convencimiento inapelable.

En un otoño de atmósfera enrarecida, cuyos días languidecían en un fulgor amarillo como de carne corrompida y los vientos se arrastraban con un quejido apenas oído sobre la cúpula de la ciudad, el Dr. Bernard Angust inició sus experimentos en la vieja casa de los Stayner, un edificio cuyo verdadero dueño era el olvido. Yo, condenado a los designios del hambre y la vanidad, me encontraba por entonces asistiendo a Angust en la preparación de láminas y soluciones, ignorando con voluntaria ceguera los susurros que recorrían el barrio sobre la naturaleza de su investigación. La ciencia, decíamos, se encuentra por encima de la superstición y la debilidad humana, y la carne sólo es útil cuando obedece los dictados de un intelecto superior.

Durante semanas, el Dr. Angust se mantuvo encerrado en el sótano, permitiéndome apenas entrar, siempre tras cuidadosas instrucciones y bajo su escrutadora mirada. Yo era encargado de limpiar frascos, desechar retales de tejido orgánico -cuyo origen jamás pregunté-, y preparar curiosas infusiones de sales y ácidos. Pronto observé en Angust un deterioro: sus manos temblaban con una vibración enfermiza, y en sus ojos brillaba una luz irregular, como si la vigilia perpetua los hubiera vaciado de humanidad.

Fue en la tercera quincena de trabajo cuando el Doctor me confió, en un momento de insólita franqueza, el verdadero propósito de sus estudios. Lo hizo en una noche persistente en tormenta; los truenos hacían vibrar las paredes mohosas y el gas alumbraba su rostro con infernal claridad.

“Alcanzar la inversión definitiva del deterioro biológico”, susurró, y sus dedos se cerraron en torno a un tubo de ensayo, “Significa desafiar los límites mismos de lo permisible, pero Dios -si existe- jamás reconciliará el progreso con la cobardía”.

Lo miré, medio fascinado, medio asqueado, mientras continuaba:

“¿Cree, amigo mío, que la memoria y la conciencia tienen fundamento únicamente en la conectividad de la materia gris cerebral? ¿No es acaso la identidad un epifenómeno de ciertas combinaciones químicas reproducibles? Yo he ideado un suero que, aplicado en el instante postrimero, puede reintegrar esas combinaciones e incluso rehacer los lazos destrozados entre el individuo y su carne”.

No supe qué responder. El ansia sombría del Doctor parecía contagiosa y me dejó una vaga opresión en el estómago. Transcurrieron los días, y las actividades, lejos de permitir el alivio, se tornaron más execrables y sucias. Un hedor a cal y putrefacción se instauró aun en mis ropas. No había noche que Angust no descendiera al sótano a experimentar con materiales que yo preparaba sin mirar directamente: cerebros, nervios largos como serpientes, fragmentos de columna vertebral que llegaban en paquetes envueltos en arpilleras húmedas.

Por aquel entonces comenzaron los rumores sobre desapariciones en el distrito obrero cercano. Individuos sin nombre, sin familia ni fortuna, desvanecidos del registro público y de la memoria colectiva. El asunto no tardó en llegar a mis oídos, aunque por una especie de autodefensa mental, lo deseché como si no tuviera ninguna relación con los menesteres del Dr. Angust.

La noche clave llegó tras una jornada de lluvias ininterrumpidas, cuando el fango anegó la boca del sótano y el aire se volvió irrespirable; el Doctor me llamó con un tono más sombrío de lo habitual. Entré, tembloroso, y lo hallé junto al mármol manchado del área de trabajo. Su túnica blanca estaba salpicada con algo que sólo los carniceros y ciertos médicos han visto, sus cabellos pegajosos y sus ojos, tan oscuros que no parecían humanos.

“Hoy, revelaré la culminación de mi trabajo”, anunció, alzando un cuaderno de notas cuya portada era tan negra y gastada como los bancos de piedra de una cripta. “He perfeccionado el suero del retorno, y sólo resta una aplicación crucial para probar mi teoría: la resurrección integral de la identidad, la recuperación del yo suspendido en la carne muerta”.

Me condujo hacia una plancha metálica en la penumbra. Una figura tapada con sábanas de lino aguardaba bajo ella. Mordí mi lengua para no preguntar; bajo la tela se adivinaban las protuberancias de un cuerpo humano, el rigor mortis aún deformando las manos.

“Verás la verdad de la ciencia”, dijo, y con brusquedad impasible, descubrió el cadáver.

Era el de un hombre, tal vez cuarenta años, el rostro amoratado pero los ojos entreabiertos, como si barruntaran la luz incluso después de la muerte. Su torso estaba marcado por incisiones recientes, y podía verse en su costado una intrincada red de tubos conectada al corazón detenido.

El Doctor tomó una jeringa; su contenido tenía un fulgor lechoso. La hundió en la vena del cuello, presionó hasta vaciar el suero y se apartó.

Lo ocurrido después permanece grabado en mi memoria con el fuego de lo innombrable. La mano derecha del cadáver vibró; en el siguiente instante, ambos parpados se cerraron y luego se abrieron bruscamente. El tronco, con un estremecimiento terrible, se elevó unos centímetros sobre la plancha; y lo vi respirar, jadeando con el esfuerzo de quien emerge de la casi eterna nada.

Pero el rostro, ¡Dios santo! El rostro había cambiado. Los ojos buscaban fijamente algo más allá del cuarto, y la boca, tras un convulso balbuceo, exhaló una palabra ininteligible. El Doctor Angust, preso de un éxtasis casi obsceno, instaba al resucitado a responder. Yo, en cambio, aparté la mirada sintiendo que algo irreparable había sucedido, una violación del límite último.

El cuerpo, sin embargo, no mostró otro signo de conciencia. Permaneció vivo, lleno de reflejos automáticos; digería, sudaba, parpadeaba, pero su alma, si alguna vez la tuvo, había huido para no retornar jamás. El Doctor lo alimentó, inyectó y estudió durante siete jornadas, apuntando cada pulso, cada palabra sin sentido que brotaba de su boca incurablemente muda de razón.

Entonces, en la octava noche, Angust me envió para dormir en la planta superior, diciendo que necesitaba “privacidad para anotar los últimos estadios”. El insomnio y el llanto de la tempestad me impidieron reposar. Desde mi estancia sentí, con creciente terror, el martilleo de pasos bajo el suelo y, tras las tres de la mañana, un alarido desgarrador cuya naturaleza humana dudo que cualquier oído hubiera tolerado sin perder la razón.

Bajé al alba, asido a un cuchillo de cocina. Lo que hallé trastornó todo concepto de piedad y repugnancia. El cadáver había desgarrado sus ataduras; la plancha estaba volcada y el Dr. Angust yacía en un rincón, tembloroso, su bata desgarrada y la piel manchada de sangre. El ‘resucitado’ se hallaba acurrucado junto al ventanal, golpeando su cráneo contra el vidrio una y otra vez en un intento desesperado de salir... o tal vez de volver a la negrura que lo había expulsado a la fuerza.

“No aprende, no recuerda, no soy yo”, sollozaba el Doctor. Y entonces me mostró su brazo: a la altura del bíceps, había una incisión reciente, y junto a ella, el reluciente frasco del suero, ahora vacío.

“Lo he probado -susurró Angust-, pero nada... Nada he traído de vuelta de donde ellos se han ido. Soy sólo carne, y sigo aquí solo”.

La locura se apoderó entonces de él. Arrojó el cuaderno de notas al fuego y, entre espasmos de llanto y risas, me ordenó clausurar la casa, olvidar el experimento y a toda costa alejarme. El ‘resucitado’ fue arrastrado de vuelta a la plancha, y entre ambos lo atamos, aturdidos y cobardes, mientras el alba temblorosa se filtraba en el sótano.

Las semanas pasaron. El Dr. Angust agonizó bajo la ruina de sus convicciones; el suero jamás volvió a mencionarse, y el cadáver viviente fue dejado en un rincón, alimentado con goteos y sumido en un letargo vegetativo. Nadie vino a buscarlo. No apareció nunca policía, ni pariente, ni alma piadosa. Nadie habló de él jamás.

Fui yo quien, meses después, desciende una última vez al sótano, obligado por el instinto febril de la obsesión. Encontré la sala intacta salvo por el moho creciente y la podredumbre. El cuerpo yacía aún sobre la mesa, ahora mucho más delgado, semi-podrido pero todavía respirando, con los reflejos gastados de la carne reducida a puro mecanismo, ausencia abisal de identidad.

Cierro al salir la puerta para siempre. No he devuelto la llave. A quien diga que la ciencia sólo avanza, le replico: en la noche perpetua de la conciencia, sólo regresan cuerpos vacíos y voluntades rotas. El horror no es la resurrección de la carne, sino la imposibilidad de que la memoria y la culpa regresen con ella. Si algo he aprendido, es esto: hay experimentos que sólo deben intentarse una vez, y jamás narrarse, salvo para advertir a otros.

No sé a quién pertenece ese cuerpo, ni cuánto tiempo seguirá respirando. Pero desde entonces, cada vez que escucho la palabra “progreso”, me asalta el recuerdo de los ojos insomnes del Doctor Angust, rodeado de una humanidad que ni la ciencia ni la muerte pueden ya devolverle. Yo también, a veces, me descubro tocando el pulso de mi propia carne, sospechando en cada latido la posibilidad de que ya no haya nadie al otro lado, y que sea sólo el eco de una máquina, fiel, vacía y aterradoramente sola.

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