Portada del relato GENES EN ALERTA
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Fragmento:


La sala está vacía salvo por mí y el sonido constante de los monitores. De vez en cuando, la radio de la policía crepita desde el rincón donde está apoyada mi taza. Las luces del techo vibran cuando un trueno cae demasiado cerca y todo el edificio parece encogerse, como si tuviera miedo de ser alcanzado de nuevo. Miro de reojo la fotografía de mi hija, Hana, que vive con mi exmarido desde lo de la clínica y las investigaciones. El teléfono 112 permanece en silencio mucho más tiempo de lo habitual esta noche.

Duración: 10:55

GENES EN ALERTA
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Texto de ajuste de pausa.

Me llamo Reina Mizuno y soy la responsable esta noche del centro de atención a emergencias en el área 1 de Suginami, Tokio. La lluvia golpea contra los ventanales de la sala como si quisiera advertirme de algo, y los manchones resplandecientes de los relámpagos empeoran mi insomnio. Hasta hace un año era bioquímica en NovoGenLife, pero después de aquello—una serie de accidentes nunca aclarados—dejé los laboratorios por el consuelo estructurado de la centralita. El dolor sigue gravitando en mi cuerpo cada vez que, en alguna noticia, se menciona la manipulación genética.

La sala está vacía salvo por mí y el sonido constante de los monitores. De vez en cuando, la radio de la policía crepita desde el rincón donde está apoyada mi taza. Las luces del techo vibran cuando un trueno cae demasiado cerca y todo el edificio parece encogerse, como si tuviera miedo de ser alcanzado de nuevo. Miro de reojo la fotografía de mi hija, Hana, que vive con mi exmarido desde lo de la clínica y las investigaciones. El teléfono 112 permanece en silencio mucho más tiempo de lo habitual esta noche.

A la 1:16 AM una llamada rompe el silencio. La tomo de inmediato.

—Emergencias, línea 112, le atiende Reina. ¿Cuál es su situación?

Silencio. Sólo respiro, como si el aire se esforzara por pasar a través de una garganta congestionada de miedo.

—Mi hijo… Ayuda, por favor.

La voz parece la de una mujer joven, pero chirría al llegar al “por favor”, como si se hubiese quedado sin saliva.

—¿Dónde se encuentra usted? ¿Qué ocurre con su hijo? —Pregunto, dándole al teclado comandos rápidos para localización mientras intento no mostrar mi vieja ansiedad profesional.

La voz responde, titubeante.

—La lluvia lo despertó… y… y no se calma. Veo cosas en su piel, cosas moverse bajo. Me duele mirarlo. Huele raro. No sé si sigue siendo mi hijo.

Percibo un giro de pánico que mis años de ciencia me enseñaron a categorizar por encima del miedo: eso que se apodera de los familiares cuando ven un cuerpo mutado y buscan una respuesta aún sabiendo que no la hay. Recuerdo experimentos secretos en NovoGenLife, donde liberábamos cultivos CRISPR en embriones de ratón para ver cómo “ajustaban” la naturaleza. A veces daban a luz cosas agitadas, demasiado listas, demasiado frías. Me obligo a volver a la llamada.

—Tome aire, cuénteme exactamente qué ve —digo, suave pero clara. Mientras hablo, resplandece un relámpago tras los ventanales y un trueno sacude los detectores de humo. Sonrío de puro nerviosismo—, ¿Dónde está usted? ¿Sabe su dirección actual?

La mujer duda tanto que temo que corte.

—No… no… ¡La han tapado! No hay ni carteles… Solo postes caídos y barro que huele químico… —Su respiración se acelera tanto como el latido de mi propio corazón cuando ladra—, Era la carretera vieja de Mitaka, al sur de la fábrica vieja. Hay letreros de NovoGenLife por el suelo, y bidones… Él… él me habló, Reina, mi hijo me habló en un idioma que no es ni japonés ni humano ¡Ayúdame!

El edificio se encoge aún más en su estructura metálica. El frío sube desde el suelo. Para un despachador medio, esto sería un delirio de intoxicación química. Pero he escuchado rumores. En NovoGenLife liberaban soluciones experimentales por los canales pluviales durante tormentas, justo para que las lluvias no dejaran rastros secos. El agua cambiaba el olor en los parques. En la radio, la policía informa de una sucesión de cortes de luz, gritos lejanos en la zona industrial y animales muertos en los margenes. El lenguaje de la mujer y el detalle con que describe los movimientos anómalos bajo la piel infantil despiertan un resorte doloroso.

Introduzco el código prioritario: “Caso probable de accidente biotecnológico. Niño afectado. Carretera Mitaka, zona NovoGenLife.” El sistema tarda unos segundos por la saturación: problemas eléctricos, accidente masivo en una avenida cercana… El resplandor de otro relámpago revela en el ventanal la sombra de mi reflejo, con ojos agrandados y el auricular pegado como una lengua a mi oído.

—Quédese conmigo, señora. Envío ayuda. Pero necesito que observe a su hijo. ¿Está consciente? ¿Cómo se comporta?

Llora alto—algo intermedio entre un gemido y un graznido, por el micrófono.

—Está cantando —me suelta ella, como confesando una infidelidad—, pero cuando abro la puerta se calla y habla entre sí… Entre sí, Reina, entre las cosas de su piel, los bultos, los ojos extras del brazo… ¡No puedo más!

Un golpe seco. Pienso que ha dejado caer el teléfono, pero continúo. El sistema vuelve: “Servicio médico notificado. Policí­a en camino. Tiempo estimado: 21 minutos.”

Intento calmarla. Es de manual: distraerla, contenerla. Pero ahora, como en mis noches de laboratorio, me asaltan retazos de informes ocultos: “Mutación acelerada bajo exposición a estruendos eléctricos. Transferencia de material genético mediante partículas de lluvia.” Experimentamos sobre cuerpos vivos, dábamos pequeñas descargas mientras la tormenta rugía en el laboratorio. Criaturas que reaccionaban a los rayos, como si sintieran su llamado.

La voz regresa, apagada ahora, temblorosa como la lluvia en los cristales.

—Veo filas de dientes en su mano, ojos en sitios equivocados, Reina. Cuando el trueno suena, los ojos me miran juntos. Antes era sólo un niño, se llamaba Kentaro. Ahora parece… ¿una colonia? ¿Una colonia, Reina? ¿Qué es esto?

El centro tiembla con el eco de las sirenas. Las alarmas de aire acondicionado empiezan a zumbar, trayendo consigo un olor acre, como a pelo quemado y amoníaco. Recuerdo la última etapa en NovoGenLife: la consigna de entregar toda cadena genética experimental que “respondiera al fenómeno meteorológico de modo sincrónico”. Nadie pensó que la tormenta llegaría a infiltrarse en las venas. Nadie pensó que esas criaturas buscarían reproducirse en otros cuerpos.

Levanto la vista. Los postes de emergencia situados frente al edificio chisporrotean y todos los monitores pierden la señal, salvo el teléfono, cuya línea permanece viva como un tentáculo obstinado.

La mujer gime—a lo lejos.

—Vi relámpagos caer sobre la tierra, Reina. Después los bultos en Kentaro empezaron a respirar, a latir separados de su pecho. Cuando intento tocarle, una pequeña boca me susurra algo, justo al lado del oído.

El teléfono chisporrotea estáticamente. Me despierto de mi ensueño. La radio policial increpa: “¡Movimientos extraños en la zona de Mitaka! ¡Ráfagas de electricidad en postes de luz! Una… una figura… parece tener muchas extremidades…”

Es imposible acallar la voz interior que me exige actuar. Tomo el micrófono interno, salto el protocolo y aviso a los equipos que llevan máscaras integrales y repelentes genéticos de la armada. Ellos sólo están en Suginami para accidentes extremos. Ahora avanzo a ciegas. La última vez que NovoGenLife nombró la palabra “colonia”, el laboratorio se cerró y muchas placas de Petri desaparecieron en la lluvia.

—No toque a su hijo —digo, firme—. Cierre bien la puerta. No deje que las gotas de la lluvia entren, ni que ningún filamento toque sus heridas. Ayuda llegará en breve.

La mujer está al borde de la histeria.

—¡Está tocando mi puerta!—llora—. ¡Hay otros niños fuera, Reina! Caminan arrastrando el barro. Cantan con la misma voz. Dicen mi nombre con distintas bocas.

El relámpago más potente hasta ahora ilumina la imagen de Hana pegada a mi consola. La radio repite: “Vemos… ¡no son humanos! ¡Niños múltiples, fundidos, goteando barro de la zona del río, se arrastran hacia la carretera!”.

—Mamá —dice la mujer en el teléfono, por primera vez usando esa palabra—, ¿por qué siento que algo de mi niño sigue vivo ahí dentro, pero no me habla? ¿Me ayudarás… verdad, Reina?

Otro estruendo. El techo del centro se sacude. Los fluorescentes caen parpadeando y el teléfono se apaga, sólo para regresar como si una fuerza desconocida reactivara la línea.

—Estoy aquí, no se preocupe —digo, aunque ya no sé si lo digo para ella o para mí.

Oigo, filtrada por sonidos huecos y húmedos, una letanía asonante: muchas voces pidiendo cosas imposibles, con acentos distorsionados.

—Déjanos entrar, madre… —una combinación de voces infantiles y animales, como si el aire las tejiera.

El sistema marca pérdida de la señal GPS sobre la carretera. Desaparecen los rastreos policiales. La emisora de la policía estalla en chillidos y luego silencio. Me quedo a solas con la sensación de haber sido la única testigo de un umbral invisible cruzado.

La consola emite un pitido hueco: cortocircuito general. El informe de alerta máxima emite solo unas líneas antes de morir toda luz: “Fuga biológica clase alfa. Aislamiento urgente. Indicio actividad bioeléctrica anómala. Lluvia no apta contacto.”

En la penumbra, sólo el teléfono, como una ampolla encendida, permanece.

Me recuesto, atenta a los jadeos de la madre, esperando que los equipos lleguen antes de que se le acabe la voz. Un canto, apenas humano, se filtra por la línea, mientras un eco de pasos colectivizados golpea la grava y el barro fuera del mundo seguro de mi central. Por un instante, el instinto de la vieja bioquímica me tala el alma: reconozco la letanía en la voz coral, un código oculto en la secuencia de gritos y risas. Sé que las células de Kentaro podrían ser ya colonias, que la lluvia, los rayos y el barro solo han sido vectores de una inteligencia dispersa, ansiosa por reunir partes dispersas de sí misma bajo la tormenta.

Pienso en Hana, en su próxima excursión escolar al parque cercano al río Mitaka. El teléfono aún brilla en la oscuridad, como un faro desesperado.

Sé que oigo a la madre responder, con voz rota y alma calcificada: “No soy ya madre. No soy ya Reina. Ahora soy parte también, ¿me oyes? Somos la tormenta.”

Cuando finalmente la policía recuperó la energía, encontraron la central apagada y las consolas fundidas por dentro. Nunca localizaron a la mujer ni al niño. Las autoridades recomiendan evitar Mitaka en noches de lluvia de relámpagos, pero las familias siguen recibiendo llamadas de números imposibles, donde voces familiares musitan desde la oscuridad: “Déjanos entrar, mamá. Déjanos vivir contigo en la tormenta.”

A veces, cuando llueve y la electricidad zumba en el suelo, aún me creo que seguiré pudiendo distinguir entre la ciencia y el horror, entre la llamada y el grito. Pero luego el teléfono brilla solo, preguntando por el nombre de quien atiende, y dudo de quién, en verdad, responde al otro lado.

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