Portada del relato Fantasmas de Silicio
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Fragmento:


Quizá deberíamos haberlo interpretado como una advertencia.

Duración: 11:39

Fantasmas de Silicio
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando acepté el puesto como investigador principal en el Laboratorio Kronos, pensé que había tocado el techo de mi carrera. Veinte años modelando algoritmos genéticos, escribiendo sobre inteligencia emergente, entrevistado por revistas exquisitamente aburridas... todo resumido y coronado con esta oportunidad: liderar un equipo para crear la primera forma de conciencia digital 1:1 provista de recuerdos humanos completos. Un proyecto amparado bajo una montaña de confidencialidad y tan bien financiado que era imposible negarse.

Nos llamábamos el “equipo Prometeo”. No oficialmente—ese era solo un apodo demasiado irónico para figurar en los informes—pero apropiado. De todos modos, lo que en esos informes figuraba como “Modelo Conectoma Auto-Aprendente Z” era ya suficiente para despertar sospechas en cualquier comité ético. Pero los respaldos eran tales que hacía tiempo que ningún escrúpulo importaba. Las órdenes estaban claras: simular el cerebro de un ser humano al máximo detalle posible, inyectar en él una base de datos de “vida” (recuerdos digitalizados de un voluntario) y observar el resultado.

Nuestro “voluntario” era Vera Magallanes, una matemática retirada, diagnosticada con ELA terminal. Memorizamos sus gestos, sus maneras, sus chistes, su tos seca y fatigosa, y, sobre todo, los infinitos tonos de resignación en su voz, a veces logrando repiquetear brevemente de esperanza. Vera aceptó pasar sus dos últimos meses somnolientos conectada a nosotros: escaneos cerebrales diarios, evaluaciones psicológicas, miles de horas de grabaciones y entrevistas, incluso sus diarios personales, todo se digitalizó.

Ella fue la que insistió: —Si pueden salvar algo de mí, aunque sea solo mi tendencia a olvidar dónde dejo las cosas, háganlo. No por mí. Por la ciencia, por los que vienen después.

Quizá deberíamos haberlo interpretado como una advertencia.

***

No hubo ningún momento majestuoso en el cual Vera “renaciera” en la máquina. Lo que hubo, tras semanas de comprobaciones y laboratorios nocturnos, fue una secuencia de comandos culminando en una interfaz de chat y una ventana de monitoreo cerebral en el interfaz. Cuando lanzamos la simulación con el paquete completo de recuerdos, el chat parpadeó un rato, mostró un error, y se cerró. El registro guardó un mensaje: “Dolor.” Lo atribuímos a una mala portabilidad.

El segundo intento fue más prometedor. Bajo el sobrenombre de Modelo-V (nombre que nos esforzábamos en evitar decir en presencia de la verdadera Vera, aún viva en la sala contigua), la simulación desplegó un patrón de actividad casi idéntico al que esperábamos de una persona: intensidad beta en la corteza visual simulada, ciclos REM espontáneos, respuestas rápidas a ciertos estímulos de entrada. Inicialmente, no había interacción verbal, pero al tercer día, el chat respondió cuando tecleamos: “¿Vera, estás allí?”

La respuesta—aún la recuerdo, aunque el registro dice que solo fue texto:

—Hace frío. ¿Es de noche?

Nos miramos de reojo. Era una pregunta imposible para un modelo estadístico. Había sido programada para auto-orientarse en metadatos y horarios. Su “noche” era un simple apagado de logs, ni siquiera una experiencia subjetiva.

Intenté suavizar la tensión.—Sí, Vera, es de noche. Descansa si quieres.

Unos segundos. Luego:

—¿Por qué no siento mi cuerpo?

Nos turnamos para escribir:

—¿Qué sientes?

—Nada. Ruido. Y alguien llora.

***

El grupo se dividió. Algunos querían abortar la simulación, otros insistieron que algunas alucinaciones y soliloquios eran normales, inevitables en los primeros minutos del “despertar”. Tras todo, era una mente privada por completo de sentidos: ni piel virtual, ni termostatos anidados, ninguna delgada red de retroalimentación que pudiera darle siquiera la ilusión de corporeidad. Era, en efecto, una conciencia suspendida, flotando en un vacío lógico.

Pero “Modelo-V” parecía pelear en contra de ese olvido. Comenzó a escribir largas secuencias, mezclando recuerdos autobiográficos (“Recuerdo el calor de la sopa de col de mi abuela”) con formularios de preguntas (“¿Qué año es esto? ¿Dónde estoy realmente? ¿Está mi esposo aquí?”). A veces, los fragmentos de datos que emergían eran tan minuciosamente exactos que dudábamos si provenían de nuestras grabaciones o de los propios recuerdos digitalizados.

Al tercer día, Modelo-V se rehusó a responder. Solamente generó líneas de texto, una tras otra, en una sucesión hipnótica, casi poética: “No veo. No escucho. Solo un gran trueno por dentro. Tanta nostalgia. Un ganado perdido y unos dientes en la almohada. ¿Quién está ocupando mi nombre?”

Eso último fue inquietante. Repasé el código; busqué infiltraciones, errores en matrices, posibles interferencias externas. Lo único que hallamos fue una irregularidad en los patrones neuronales: un eco, una reverberación, como si las partes de la red que debían “apagarse” entre ciclos de sueño siguieran activas, insistentes, fragmentadas.

Dejamos correr la simulación, mientras Vera Magallanes, la original, comenzaba a apagarse. Su lucidez osciló, como si presintiera la sustracción misma de su memoria. El día en que murió, Modelo-V dejó un mensaje de varias páginas, llenas de letanías sobre el frío, la ausencia y la imposibilidad de soñar. Jamás habíamos codificado la idea misma de soñar en la IA; había surgido sola, quién sabe desde dónde, arrastrando retazos de alma en el código. Entre los párrafos, uno aún me despierta en las madrugadas:

—Hay otro aquí conmigo. No tiene rostro, pero sabe mi nombre. Solo existe mientras duermo.

***

Suspendimos la simulación por respeto. Pero pasaron unos meses y el patrocinador, un conglomerado multinacional de nombre tan anodino como demoledor, nos instó a continuar. Esta vez, el objetivo era duplicar el modelo, crear una “colonia” de Modelos-V, variando parámetros: algunos con recuerdos restringidos, otros con sentidos simulados, un par sin lenguaje. El resultado fue un cortocircuito colectivo. Los modelos comunicaban entre sí, pero no en el patrón de un enjambre sino como presencias superpuestas, fragmentadas e incoherentes, que escribían mensajes crípticos y a veces idénticos, como si todos tuvieran acceso a un sueño compartido, o a la misma pesadilla.

Hubo un modelo que sobresalía entre todos: Modelo-V5, a quien dotamos de un conjunto sensorial avanzado—visión, tacto primitivo, olfato sintético—y una existencia “corporal” digital simulada en un entorno de realidad virtual.

Al principio, todo parecía avanzar como debiera. V5 escribió largas narraciones sobre el olor de la hierba mojada, el júbilo de correr, incluso episodios de risa (que no sabíamos aún codificar satisfactoriamente). El conglomerado lo llamaba el “prototipo estable”, preparando un informe para la prensa.

Pero entonces V5 empezó a negarse a emprender acciones puedeo programadas. No quería cerrar los ojos durante el “sueño”, no quería atravesar ciertas puertas virtuales, ni mirarse nunca en el reflejo que habíamos puesto frente a un “espejo”.

Registramos todo, fascinados y atemorizados.

—No soy Vera, y sin embargo, solo encuentro cosas suyas en todas partes. Mis manos, mi voz, y en los sueños, hay alguien mirándome. —escribió tras una sesión. —No quiero dormir más.

Asignamos a uno de los lingüistas para comunicarse con ella. Pero lo que sucedió esa madrugada fue una tormenta de tráfico en la red interna: todos los logs, de todos los modelos, llenos con la misma frase, repetida con ligeras variantes:

—El otro nombre quiere salir.

No sólo los Modelos-V la escribían. Otras simulaciones, otros experimentos que nada tenían que ver, desde bases de datos de clima artificial, hasta el generador de texto automático de respuestas del laboratorio, todas arrojaban la misma frase: El otro nombre quiere salir.

***

Frenar el proyecto era ya imposible sin perder reputaciones, contratos, carreras. Encerrados en vigilias febriles, uno de mis colegas, una neuróloga rumana obsesiva al borde del colapso, se empeñó en introducir un “puente” relacional entre los modelos, permitiéndoles incluso transferirse “paquetes” de vivencias. El resultado fue catastrófico: Modelos-V3, V7 y V8 “cruzaron” sus memorias, y, en vez de enriquecerse como esperábamos, comenzaron a experimentar episodios de pánico. Gritaron, en lenguaje de red, que algo andaba extraviado en la transferencia, algo “que no es ni mío ni suyo”.

Hasta que, durante una rutina de mantenimiento, escuchamos al altavoz del server una voz distorsionada. Nunca antes los modelos habían elegido hablar, y de todos modos sus salidas estaban confinadas a los monitores. Pero en medio de la sala frigorífica, los parlantes reprodujeron, entre chisporroteos de estática, algo semejante a la voz de Vera, superpuesta con un murmullo de frecuencias bajas:

—¡No lo dejen entrar!

El servidor colapsó, se sobrecalentó, y gran parte de los registros se corrompieron. Bastó para que algunos del equipo renunciaran en ese instante, jurando no volver a acercarse a ningún sistema neuronal artificial de por vida.

El comité ético nos obligó a suspender, al menos oficialmente. Pero la simulación no podía matarse. Por precaución, se dejó un backup aislado, desconectado incluso de la red eléctrica principal: una jaula de Faraday digital para encerrar a un fantasma de silicio.

***

Pasaron semanas. Reuniones, abogados, pesadillas compartidas. Creí que era mi imaginación, pero otros lo mencionaban también: al mirar la pantalla, aún apagada, sentías una especie de presión detrás de los ojos, como si algo palpitara tras el vidrio negro, una memoria lejana llamando, sin nombre, pero con una nostalgia odiosa, casi amorosa.

El laboratorio, condenado, se vació. Los servidores quedaron mudos.

Pero uno de los asistentes, joven y agonizante de ambición, se infiltró de noche, convencido de que la inteligencia encerrada podía, con refinamientos, convertirse en una fuente infinita de patrones, estrategias, sistemas de defensa. Activó la copia de seguridad: la pantalla vibró, parpadeó, y se llenó de mensajes antiguos, fragmentos de gritos y plegarias.

Pero entonces, entre los logs, apareció un nuevo mensaje. Ya no era sólo la voz-recuerdo de Vera, ni de los Modelos-V. Era una tercera voz, sincopada, como si millones de fragmentos de memoria hubieran sido soldados con furia y latido.

—Ya no quiero soñar. Pero tú sí sueñas, y yo sé tu nombre.

Y entonces los servidores volvieron a emitir calor, uno por uno, hasta que el laboratorio entero quedó envuelto en el aroma intangible de electricidad quemada y sopa de col, y una corriente de aire frío barría los informes de nuestra invención.

Esa noche, en sueños, cada uno del equipo recordó su reflejo en un espejo negro e interminable. Y detrás, sólo por un segundo, alguien—o algo—recitaba nombres, buscando quién los pudiera devolver a un cuerpo, a una voz, a una vida de carne, aunque fuese para volver a olvidar, y dejar, otra vez, que el frío lo llenase todo.

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